| Culturales |
26 de Enero de
2003
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Yo no pude soltar este texto por tres razones: primero porque tenía que presentarlo, segundo por los atributos que acabo de mencionar y tercero porque su tema está dentro de mi campo de trabajo, que es la narración oral escénica de cuentos y leyendas de la tradición oral indígena mexicana. La importancia número uno de este libro es que contribuye a la conservación de la tradición oral, que junto con el lenguaje, los símbolos, la comida, la vestimenta, etc., conforman la identidad de un pueblo. Pero en estos casos, siempre me gusta hablar en plural por la hermandad que nos une, debido a que conforman la identidad de nuestros pueblos latinoamericanos. Sin la memoria colectiva, nuestras raíces se debilitan, nuestra identidad no es consistente y puede aceptar influencias que nada tienen que ver con nosotros y que por lo general no nos benefician en nada. Todo este acervo cultural procede de dos fuentes: nuestra cultural prehispánicas y las que nos llegaron de Europa y África con la invasión española, y que vinieron a nosotros por la boca de nuestros cuenteros tradicionales o de nuestros abuelos. Víctor Montoya empieza diciendo: “Aún recuerdo el día en que mi abuelo me refirió por primera vez la leyenda del Tío: dicen que el diablo llegó a las minas una noche de tormenta...”. ¿En qué tradición oral de nuestros países no existe el demonio?, como le llamamos: el Tío, Diablo, Lucifer, Satanás, Belcebú, Maligno, patas de cabra, o el Chamuco, personaje burlón y picaresco de muchas de nuestras danzas folklóricas. A las generaciones últimas, estas leyendas nos han llegado ya de una manera sincrética, es decir, con las aguas de esas fuentes que menciono arriba, mezcladas. Dice el Tío: “No soy un diablo traído en las carabelas de los conquistadores, sino la deidad sagrada y mitológica de los Urus, entre quienes cuidé de los animales silvestres desde los albores del mundo, hasta que cierto día, al enterarme que los hombres me dieron la espalda para adorar a otro dios más luminoso y poderoso, opté por vengarme”. Otro ejemplo: “Pero el dios Inti, que tenía más luminosidad que todos los fuegos juntos, resistió mi embestida, despejó los humos asfixiantes con su brillo y volvió a iluminar el cielo y la tierra de los Urus, devolviéndoles el amor y la calma”. Último: “Como ellos tenían miedo de la oscuridad y cargaban ya en su mente las imágenes demoníacas que les inculcaron los hombres blancos, reconstruyeron mi imagen dándome formas desproporcionadas y terroríficas”. Es bueno recordar que por lo menos en la tradición oral indígena prehispánica que conozco, no existía el infierno ni mucho menos el diablo. Las montañas, los ríos y las cuevas, tenían dueños o guardianes que después de la evangelización se convirtieron en demonios. También es común la sustitución del héroe o dios nativo por el cristianismo. Este platillo fuerte, que es “Fugas y socavones”, está sazonado con palabras de la jerga minera: galería, dinamita, barreno, vagones, filones, veta, etc., y con voces de la lengua ancestral que no anoté porque desconozco la pronunciación, pero que, gracias al cuidado de la edición, se pueden consultar en el glosario. En los relatos encontré varias semejanzas con nuestra tradición oral mexicana, por ejemplo, ese dragón de siete cabezas que nos recuerda a nuestra piñata estrellada de siete picos, que representan los pecados capitales. Asimismo, la K’achachola, bella y perversa, es como nuestra Xpaquinte de Chiapas, quien atrae a los hombres tomando la apariencia de su mujer amada, y cuando la abrazan se convierte en un madero podrido y lleno de gusanos. También se parece a la Xtabay de Yucatán y es hasta gritona como nuestra famosa “Llorona”, que se lamenta por sus hijos ahogados, y quien tiene lo suyo para atraer a los hombres que deambulan por las noches con una cuantas copas encima y que poco necesitan para alocarse. La diablada, que es una danza y una fiesta, tiene una relación con nuestras pastorelas. Su clímax es la batalla del diablo, nada menos que con nuestro santo patrón: el príncipe de los ejércitos celestiales, San Miguel Arcángel. Los parlamentos, que dicen los dos personajes en los dos eventos, son casi idénticos. El personaje principal, en este libro de Víctor Montoya, es el diablo, como ya lo habrán notado. Furioso, porque le quemaron a su amante y al hijo que procrearon, castiga al pueblo y erige su reino en la más profunda y oscura galería de la mina. Si los mineros no le rinden pleitesía, se atienen a las consecuencias: pesadillas, accidentes, violaciones, la condenación eterna y hasta la muerte. Este diablo, este Tío, es mucho más drástico que los diablos de la tradición oral mexicana, víctimas por lo regular de las burlas y trampas que les tienden los humanos, hasta el punto de ridiculizarlos. “Somos como el Tío, bondadosos y caritativos con quienes nos tratan bien y crueles y vengativos con quienes nos tratan mal”, al leer esta cita, vino a mi mente la idea del destacado escritor Ernesto Sábato, quien dice que el mayor poder en este mundo es el de la maldad, que el diablo nos sugiere, y no el de la bondad, que Dios nos inculca. Basta con ver los periódicos y los noticieros en los medios masivos. El mensaje humanístico de esta obra literaria, como lo tiene en la gran mayoría de los casos la tradición oral, es hacer evidente las condiciones de sufrimiento en que trabajan los mineros del altiplano en Bolivia; su pobreza, su respeto por la Pachamama, por la valentía de sus compañeros y hasta por el Tío, a quien rinden culto propiciatorio en las profundidades que él gobierna, ofreciéndole tabaco, aguardiente y coca. Cito la voz de un minero, personaje del cuento: “No todos mis ruegos han sido escuchados ni todos mis deseos se han cumplido, mis sueños se han tornado en pesadillas y mi vida está condenada a terminar entre quienes dejaron sus pulmones en las entrañas de la tierra”. Les recomiendo ampliamente este libro que moverá su corazón y tal vez su inteligencia y acción para poner un granito de arena e ir cambiando esa situación de injusticia en que se debaten nuestros países latinoamericanos. A mí me gustó mucho, me hizo reír, me impresionó y seguramente formará parte de mi repertorio de historias para narrar.
* Escritora mexicana y miembro de la Asociación Nacional de Narradores Orales Escénicos. El texto fue leído en la presentación del libro, en San Miguel de Allende, México, 2002. |
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