veintena de países del continente africano, donde vive el mayor por ciento de mujeres circuncisas del planeta, cuyo total oscila entre 85 y 127 millones de niñas, jóvenes y adultas.
La circuncisión, a pesar de estar prohibida oficialmente en varios países de Asia y África, es un ritual indispensable establecido por la sociedad tribal, con el fin de controlar a la mujer, quien, según las normas de determinadas etnias, debe conservar su virginidad hasta el matrimonio, sentirse sumisa y desvalorada ante la supremacía masculina. En países como Somalia, Eritrea, Etiopía, Sudán, Arabia Saudita, Togo y Egipto, casi la totalidad de las mujeres del ámbito rural han sufrido alguna variante de la mutilación en los genitales antes de alcanzar el umbral de la adolescencia.
De acuerdo con un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se sabe que después de la mutilación se presenta una alta incidencia de morbilidad y mortalidad femenina, ya que la ablación -eliminación total o parcial del clítoris- se realiza con instrumentos rudimentarios que van desde una hoja de afeitar hasta un pedazo de vidrio. Las “operaciones”, además de ser riesgosas, son de diferentes grados. Así, la infibulación, conocida también como circuncisión faraónica, consiste en mutilar el clítoris, cortar los labios vaginales y coser la abertura, dejando apenas un pequeño orificio para dar paso a la orina, la menstruación y las secreciones vaginales.
A largo plazo, como es natural, los efectos de estas costumbres tribales suelen provocar trastornos urinarios, infecciones genitales crónicas, disfunciones sexuales y sicoafectivas, esterilidad y partos complicados, que pueden desembocar en la muerte. Por éstas y otras razones obvias, la Organización Mundial de la Salud (OMS), aparte de insistir en que la circuncisión es nociva para la salud, considera que esta práctica tribal es una feroz discriminación contra la mujer y un atentado flagrante contra los Derechos Humanos.
No es exagerado aseverar que el nacimiento de una niña constituye una pesadilla para las africanas, sometidas desde tiempos faraónicos a sangrientas prácticas tribales. Ahí tenemos el caso de la supermodelo somalí Waris Dirie, quien, en su libro autobiográfico “Desert flower” (Flor desértica), ha revelado que a la edad de cinco años pasó por el doloroso proceso de la circuncisión. Ella es una de 127 millones de mujeres que fueron víctimas de una tradición que está reñida con los principios más elementales de los derechos de la mujer. Actualmente es una de las embajadoras de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en los países africanos, donde se viene desarrollando una extensa campaña de información para acabar con esta tradición arcaica; una labor que la enfrenta no sólo a los prejuicios y la desinformación, sino también a las estructuras jerárquicas del mundo masculino. Pero igual, Waris Dirie está consciente de que el atropello contra la integridad de la mujer no se trata de identidad cultural, sino de derechos humanos, y que la defensa del goce sexual es tan importante como la emancipación femenina.
Una escena cotidiana
Para comprender mejor la crueldad de esta tradición arcaica, es necesario imaginar una escena cotidiana, que bien podría ser la siguiente: la niña, que será sometida a la “operación” traumática, se asea el cuerpo con la ayuda de su madre, se pone un vestido nuevo y se atusa los cabellos con un peine en forma de trinche.
La comadrona entra en una de las cabañas de construcción rústica, mientras en el patio se aglomeran las mujeres del caserío, dispuestas a entonar los cánticos que suelen acompañar la “ceremonia de iniciación”.
La niña, de aproximadamente seis años de edad, llega agarrada de la mano de su madre, una mujer joven que, en vez de sentir pena, denota alegría en su rostro, aun sabiendo que esta costumbre brutal dificulta la relación sexual, provoca infecciones, obstruye el parto y origina complicaciones que muchas veces conducen a la muerte.
La niña espera su turno, con los ojos llenos de temor y espanto. Escucha el cántico de las mujeres y el chillido de otra niña que pasa por la hoja de afeitar de la comadrona. La niña sabe lo que le espera. Ahora le llega el turno. No puede permanecer tranquila. Cuatro mujeres la tienden sobre el camastro, de modo que la comadrona pueda realizar la “operación” con el consentimiento de la madre. La niña abre las piernas y rompe a llorar a gritos. Las mujeres le sujetan de los pies y las manos, mientras la miran desde arriba, intentado distraerla con un cántico que recuerda a las canciones de cuna.
La comadrona, sin usar anestesia, se esteriliza las manos con ceniza, sujeta la hoja de afeitar entre los dedos de la mano derecha, mientras con los dedos de la izquierda tira de la vulva, lista para ejecutar el corte transversal desde el clítoris hasta la comisura posterior de los labios superiores. La niña se retuerce entre espasmos de dolor. Llora, chilla, pide ayuda y consuelo. Las mujeres prosiguen el cántico monocorde, hasta que la comadrona, agarrando una aguja con hilo de fibras, le cose la herida como si fuese la rotura de una tela. Después le echa un puñado de ceniza entre las piernas y le aplica un vendaje para evitar las infecciones y la hemorragia. Consumada la “operación”, sin anestesia ni instrumentos estériles, la niña se levanta del camastro, apoyándose en los brazos de su madre y se aleja de la comadrona, sintiendo un dolor que le arde entre las piernas, como si un hachazo le hubiese mutilado la parte más sensible del cuerpo.
La niña, la cara empapada en lágrima, no entiende los motivos de esta ceremonia cruel, salvo el hecho de que las mujeres adultas, quienes siguieron pacientemente la “ceremonia de iniciación”, la miran con un gesto de aprobación, como diciéndole que ahora está a salvo el honor de su familia y que ella será considerada una “mujer verdadera” por los hombres de la comunidad, pues la mujer que no pasó por las pruebas de la circuncisión es la “vergüenza de la familia” y está condenada al aislamiento social, que es el peor castigo para una mujer de vida tribal.
La niña, aunque no deja de temblar ni sentir dolor, sabe que de esta “operación” no se salva nadie, ni siquiera quienes viven rogando a los dioses de la fecundidad. Lo peor es que aquí no termina el suplicio, ya que la mutilación en sus genitales influirá negativamente en su futura vida. Cuando se case, le volverán a abrir la herida con una hoja de afeitar, el coito será doloroso y el embarazo un riego para su salud. Ella misma conoce a varias víctimas de esta tradición arcaica.