Víctor Montoya Víctor Montoya - rodelu.net
12 de noviembre de 2006

¿Suecia?

Víctor Montoya

Como muchos latinoamericanos que nunca salieron de sus países de origen ni abrazaron las esperanzas de llegar a Europa, debido a la pobreza y la mentalidad provinciana, desconocía la ubicación geográfica exacta de cada una de las naciones que hoy integran la Unión Europea.

Así, en mis años mozos, cuando aún no había culminado mis estudios de secundaria, desconocía olímpicamente la existencia de Suecia, acaso ni se me pasó por la mente que estuviese ubicada en el techo del mundo y que un día llegaría a constituir mi segunda patria, pues desde cuando llegué en calidad de refugiado político, me abrió sus brazos solidarios y me adoptó como a uno más de sus ciudadanos, concediéndome las mismas responsabilidades y los mismos derechos que a los nativos.

Sin embargo, ahora que han transcurrido más de dos décadas desde cuando pisé estas tierras como un conquistador sin espada ni coraza, llegó el instante de contarles que, mientras vivía encerrado entre las altas montañas de la cordillera Andina y los gruesos muros de la cárcel, desconocía la existencia de este país escandinavo, hasta que una mañana de cielo despejado y aire fresco, el carcelero, fumando como todos los días, me entregó un sobre por la ventanilla de la celda.

–Es la segunda carta que te llega desde el extranjero –dijo–. No sabía que tenías tantos contactos...

Abrí el sobre con una sensación extraña y verifiqué que la carta, proveniente de la oficina de Amnistía Internacional de Estocolmo, me confirmaba que un grupo de trabajo decidió adoptarme como a uno de sus “presos de conciencia” y que pronto me enviarían los pasajes, con la facha y hora exactas de mi partida.

Ese día no comí ni salí de la celda. Me lo pasé pensando en el viaje y en ese país cuya existencia desconocía.

Por la noche, acurrucado en un rincón de la celda, no pude conciliar el sueño. No me abandonaba la inquietud de saber dónde quedaba Suecia, un nombre que en mis oídos sonaba a Suiza. Así amanecí, sin pegar los ojos y con el deseo irresistible de preguntárselo al carcelero, quien, antes de ingresar a trabajar como agente en el Ministerio del Interior, decía haber dado la vuelta el mundo a bordo de un trasatlántico.

Cuando el carcelero abrió la puerta, con el fin de ventilar la celda, aproveché para dispararle la pregunta:

–¿Sabes dónde está Suecia?

–Allí donde el diablo perdió el poncho –contestó, mientras su mirada recorría la celda y encendía un cigarrillo.

–¿Suecia es lo mismo que Suiza?

–Suiza es el país donde están los bancos y los relojes –dijo–, donde se habla francés, italiano y alemán, pero no suizo.

–Entonces, ¿Suecia y Suiza son países diferentes?

–Claro que sí, huevón. Suecia es el último paraíso en la Tierra, donde hay mujeres de pelo rubio y ojos azules como el cielo, que andan desnudas en verano y abrigadas con pieles en invierno. Además, si Suiza está en la parte central de Europa, Suecia está cerca del Polo Norte.

–¿Entonces Suecia es el país donde viven los esquimales?

–No –contestó categórico–. En Suecia no hay pingüinos patinando en el hielo ni osos polares tendidos en la punta de un iceberg. Suecia es el país donde primero habitaron los vikingos y después los inmigrantes con sus reyes y sus reinas. Actualmente es una sociedad moderna. Allí está la cuna del Absolut Vodka, de la LM Ericsson, de la Volvo...

–¿Y en qué más se diferencian Suiza y Suecia? –pregunté, cortándole la palabra.

–Suiza es un país con cadenas montañosas como Bolivia, en cambio Suecia es un archipiélago lleno de lagos, bosques y canales, donde la gente vive en medio de la abundancia. En otras palabras, confundir el nombre de Suecia con Suiza es como confundir el canal de Panamá con el canal... Ya sabes de quién, ¿no?

Lo miré confundido, sin saber si me lo decía en broma o en serio.

El carcelero, fumando y sin moverse, me miró con un halo de sospecha y dijo:

–¿Y por qué me preguntas tanto?

–Porque Amnistía Internacional me ofreció asilo político en Suecia.

–Así que te irás al país de los vikingos –asistió. Lanzó una bocanada de humo cerca de mi cara y prosiguió–: ¿Y me puedes decir, quién te espera allí?

Quedé callado por un instante. Luego contesté:

–No lo sé. Apenas tengo una dirección y un número telefónico.

El carcelero se retiró de la puerta. Arrojó la colilla del cigarrillo y dijo:

–El exilio, a veces, es como un viaje sin retorno, como un pasaje de ida pero no de vuelta...

Lo seguí con la mirada, hasta que desapareció en la celda contigua, donde metieron a otro preso, las manos esposadas y la cabeza encapuchada.


Víctor Montoya

Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://www.sololiteratura.com/mon/victormontoya.htm
 
PORTADA MONTOYA