Víctor Montoya Víctor Montoya - rodelu.net
19 de agosto de 2007

Diario de un aspirante a profesor



     1

La clase era pequeña y asfixiante, tenía la calefacción tan larga como la pared y más libros que alumnos. Yo, aspirante a profesor, mientras observaba de soslayo la lección dictada por el maestro, cogí un libro del estante, volteé la tapa y repasé con la mirada: ¡Viva el jabón!/ La manta se me escapó/ la sábana echó a volar/ y la almohada por el cuarto/ saltaba a todo saltar./ La sábana subió al techo/ sobre el armario quedó/ y el libro bajo la cama brincó...

Víctor Montoya
Este poema mágico, con ilustraciones a todo color, me desentendió de la lección y me mantuvo levitado como a la sábana, hasta que cerré el libro y escuché el timbre del recreo.

En otra escuela, donde los niños levantaron un muñeco de nieve, presencié una escena ocurrente: un alumno, de piel cetrina y aspecto huraño, llegó barriendo el aire, con el rostro constelado de miedo. El maestro, apenas lo vio moverse como si llevara articulaciones en todo el cuerpo, le preguntó:

–¿Qué te pasa?

–Olvidé traer los libros, profesor –contestó el muchacho, con la voz atascada en la garganta.

El maestro se agachó a la altura de sus ojos y dijo:

–¡Ay-Ay-Ay! ¡Qué memoria, eh!

Luego, levantándolo en vilo, lo tendió de espaldas encima del pupitre.

–Te voy a operar el cerebro, chiquitín –le dijo.

En ese instante, entre el asombro y el espanto, el muchacho quedó desconcertado, sin saber si reír o llorar. El maestro le miró a los ojos e hizo el simulacro de trepanarle el cráneo y escribir en su cerebro: “El próximo lunes no debo olvidar mis libros”. Luego agregó:

–Levántate despacio, despacito; de lo contrario, se te volverán a destapar los sesos.

El niño se incorporó al filo del pupitre y de un brinco se dejó caer en la silla, mientras el maestro, medio en serio y medio en broma, improvisó la lección leyendo un maravilloso cuento, que relataba la increíble historia de un niño y un libro.

Cuando tocó el timbre, el maestro encarpetó los papeles y, dirigiéndose al muchacho, le preguntó:

–¿Recuerdas lo que escribí en tu cerebro?

–No profesor... –contestó ahuyentando la mirada. Se despidió y desapareció.

El maestro, acostumbrado a la memorización del aprendizaje, hundió la cabeza entre las manos y cerró los ojos con un ademán tragicómico.

     2

Estando en una clase de segundo año, el maestro escribió en la pizarra: “El león atacaba a cinco ballenas metidas en un acuario. Pasó una hormiga, mordió al león y se comió a las ballenas”. Después pidió a los niños ilustrar la idea. Ellos, sin saber si primero dibujar al león atacando a las ballenas o a la hormiga mordiendo al león, empuñaron el lápiz y lo apuntaron contra el papel.

Al cabo de un rato, cada niño ilustró la idea a su modo. Uno hizo con el león dentro del acuario, otro con el león fuera del acuario. Y, con el golpe de la imaginación, el resultado de las ilustraciones fue tan diferente, que no había línea de comparación.

Por la tarde, sentado sobre una mesa desvencijada, observé la lección desde un ángulo, con la sensación de encontrarme en un frontón de pelota de mano. El techo era alto y cada pared tenía dos puertas, una al lado de la otra.

Frente a la pizarra pintarrajeada habían dos mesas y dos sillas; allí se sentaron el maestro y el alumno, quienes, vistos desde cualquier rincón, parecían siluetas recortadas contra la pared.

La lección se desarrolló con interferencias del sueco y del inglés. A ratos, las palabras se cruzaban en el ámbito vacío y frío.

No concebía cómo podía destinarse una sala tan grande a un grupo tan reducido ni cómo podía dictarse una lección tan breve.

El maestro preguntaba en español y el alumno respondía en sueco-inglés. Así, entre los tres idiomas hablados a medias, transcurrieron los cuarenta minutos de la enseñanza de lengua materna.

     3

El día era maravilloso, el frío no rompía la cara como otras veces y los copos de nieve caían en una danza monótona.

En medio de la lección, el maestro preguntó de súbito:

–¿Dónde se paga en un supermercado?

Las alumnas contestaron al unísono:

–En una “kassa”, profesor.

El maestro dio un paso atrás y exclamó:

–¡En un supermercado no se paga en una “kassa”, sino en una caja!

Una de ellas, que tenía el colmillo montado sobre otro diente, replicó con el rostro iluminado de admiración:

–¡¿En una caja?! Si se puede pagar en una caja, por qué no es posible pagar también en una “kassa”. Además, las dos palabras se pronuncian casi igual, sólo se diferencian en la escritura.

El maestro, sin aludir la semántica ni la fonética del sueco y del español, se echó la mano sobre la barba y, dubitativo, acotó:

–Dije que se pagaba en una “kassa” y no en una caja. ¿Entendido?

     4

En el trayecto hacia la escuela, el viento me arrojó nieve en la cara. Tenía las manos entumecidas y una pereza que me aplomaba el alma.

A la primera lección llegó una alumna colombiana. Al mirarle el rostro, pensé inmediatamente en el café, la cumbia y, sobre todo, en García Márquez.

Ella y el maestro se sentaron a la mesa. Él le explicaba las reglas de la ortografía de la acentuación, con voz lacónica y apenas perceptible, mientras ella jugueteaba con un lápiz de doble punta.

Yo tenía tanta pereza, que no seguí el curso de la lección, y, en medio de aquel paisaje blanquecino que contemplaba a través de los vidrios empañados por el vaho de la respiración, cavilaba en el artículo que debía enviar a la prensa, conmemorando un aniversario más de la muerte de César Vallejo.

     5

Para aguardar el Metro en el Centro, me senté en un banco frío como el hielo. Me quité los guantes y los puse a un costado. De pronto, me sumergí en pensamientos sin convicción, hasta que apareció el Metro de azul intenso.

Sentado ya en el vagón, con el hombro afianzado contra la ventanilla, divisé los guantes abandonados a su suerte. Quise salir a recogerlos, pero era ya demasiado tarde; las ruedas empezaron a chirriar sobre los rieles y no alcancé sino a mirarlos hasta que el Metro desapareció tragado por las penumbras del subterráneo.

     6

El sol se mostró en el cielo y reverberaba en la nieve. En el trayecto leí un artículo sobre la obra de Franz Kafka, a quien algunos consideran el padre del modernismo literario no sólo por haber fundido el sueño con la realidad, sino también por haber influido decisivamente en varios escritores del siglo XX.

A la primera lección asistió un solo alumno, quien se sentó en una silla que, al poco rato, acabó en pedazos. Por lo tanto, al no existir más sillas en la clase, maestro y alumno tuvieron que sentase en el piso, las piernas flexionadas y las espaldas arrimadas contra la pared.

El alumno, más adolescente que púber, leía deletreando, y el maestro, lejos de toda consideración didáctica, le interrumpía la lectura cada vez que cometía faltas.

Era frustrante observar una sala sin sillas, donde el maestro tenía que dictar las lecciones sentado a ras del piso.

     7

A la tercera lección llegaron los niños del segundo año. El maestro les disparó un saludo y dictó:

–El libro de Matías (nombre de uno de los alumnos) tenía alas. Una noche se echó a volar y se marchó a la luna –Luego prosiguió–: A la noche, antes de acostarse, miren en dirección a la luna y a lo mejor ven el libro de Matías. Si lo ven, díganle que baje, porque Matías lo necesita.

Los niños le miraron perplejos, sin percatarse que el dictado aludía al niño que se olvidó traer su libro.

–Te daré otro libro, Matías –le dijo meneando la cabeza–. Pero cuidado que le salgan alas y se pierda otra vez.

–No, profesor –balbuceó el niño–. Le prometo que, apenas llegue a casa, lo meteré en la jaula de mi canario.

     8

Ni bien salí de casa, me hice el quite de un carámbano para evitar que me atravesara el cráneo como un sable helado.

Ese día demoró tanto el tráfico, que llegué retrasado a la escuela, donde debía continuar mi práctica de aspirante a profesor.

La escuela estaba perdida entre los edificios de hormigón armado, y en las calles se oían voces y lenguas de medio mundo. Digo de medio mundo, porque algunos comparan el barrio de Rinkeby con Estambul y al Metro azul con el Expreso del Oriente.

La clase, cuyos pupitres y libros estaban desordenados, correspondía a los alumnos hispanohablantes. En ese laberinto amurallado, lo único ordenado eran las fichas de los números y las letras que pendían de la pizarra. Pero lo que más me llamó la atención fue la explicación de la letra A, que decía: La “A” es muy fuerte. La usa Tarzán: “¡Aaaaaah...!”.

A poco de presentarme a la maestra, una argentina bajita y regordeta, me invadió la idea de huir de ese sitio a cualquier precio. Y así lo hice.

     9

Por la mañana, en el autobús leí un artículo de Milán Kundera, quien hablaba de la aurora y el ocaso de la literatura europea, y en el Metro viaje frente a una muchacha punki, que tenía los cabellos desafiando la ley de la gravedad, una alhaja incrustada en la nariz y un marfil en el lóbulo de la oreja.

En la clase trabajé con un niño chileno, quien estaba en la etapa de la lectura y la escritura inicial. En tal virtud, leía tan despacio que parecía que el tiempo avanzaba a paso de tortuga. Ésa fue la primera vez que tuve la sensación de que enseñar a leer y escribir era un proceso lento y doloroso como el acto de parir.

En el recreo, la escuela estalló en gritos y, como en el patio soplaban vientos gélidos, arrastrando remolinos de nieve, todos permanecieron en la sala, jugando y peleándose como fieras encerradas en una jaula.

La clase era una suerte de rompecabezas, donde cada niño era una piecita diferente. La aritmética hacían tendidos de bruces, los ojos clavados en unos cubitos lógicos y siguiendo el método Montessori, de modo que la aritmética les resultara concreta y no abstracta.

Antes de salir, los niños cantaron a coro: “Bartolo tiene una flauta/ con un agujero solo/ y a todos les da la lata/ con su flauta/ el buen Bartolo”.

El timbre rompió las voces y los niños se retiraron en desbandada.

     10

En la lección de enseñanza de lengua materna se hizo de todo, se abarcó mucho y se apretó poco. En lo que respecta a mí, aprendí, al menos, la siguiente adivinanza:

–¿Quién tiene el sombrero más grande en Estocolmo? –preguntó la maestra.

–El rey –contestó uno.

–La reina –contestó otro.

–Mi diablo –dijo un tercero.

La maestra, al comprobar que nadie acertaba con la respuesta, repitió la pregunta con una sonrisa que se le amplió en el rostro:

–¿Quién tiene... el sombrero... más grande... en Estocolmo?

Al cabo de un tiempo, una niña levantó la mano y, como si le estallara un resplandor en la mente, dijo:

–El que tiene la cabeza más grande, profesora.

–¡Correcto!...

La niña me dirigió una mirada triunfal y yo le devolví una sonrisa cómplice.

Así, con ese gesto simpático, concluyó mi último día de aspirante a profesor. Me enfundé en mis ropas de invierno, puse un punto final a esa experiencia y me marché en dirección al Metro de Rinkeby, dejando atrás la escuelita cubierta por un manto de nieve.

Estocolmo, invierno de 1984


Víctor Montoya
Escritor boliviano radicado en Suecia
montoya@tyreso.mail.telia.com
http://www.sololiteratura.com/mon/victormontoya.htm
 
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