Periodista
Digital de España - 1 de Marzo de 200
Los Bush
mantuvieron relaciones comerciales
con la
familia Bin Laden
Los flecos
oscuros del 11-S
Michael
Moore / elPaís.es
Éste
es el último libro del autor de 'Estúpidos hombres blancos'
y ganador de un Oscar por su documental 'Bowling for Columbine'.
Michael Moore, declarado adversario político de los Bush, analiza
en clave de humor la situación en Estados Unidos y formula siete
preguntas al presidente George Bush a propósito de los atentados
del 11-S o de las armas de destrucción masiva que supuestamente
había en el Irak del depuesto Sadam Husein.
Las preguntas
que me vienen a la cabeza cuando pienso en el 11 de septiembre no son cómo
lograron los terroristas burlar nuestros sistemas de defensa o vivir en
el país sin que los descubrieran, ni por qué todos los búlgaros
que trabajaban en el World Trade Center recibieron un comunicado secreto
para que no fueran a trabajar ese día, ni cómo es posible
que las torres se derrumbaran tan fácilmente cuando se suponía
que estaban hechas para resistir terremotos, tsunamis y la explosión
de coches bomba en el aparcamiento.
Se supone que
una comisión especial encargada de investigar lo ocurrido el 11
de septiembre debería responder a estas preguntas. Sin embargo,
la Administración de Bush y los republicanos del Congreso se opusieron
a que esta comisión se constituyese. Al final cedieron de mala gana,
pero luego trataron de impedir que el organismo encargado de la investigación
cumpliese con su cometido dificultándole la obtención de
las pruebas que buscaban. (...)
Entonces, una
noche de noviembre de 2001, mientras leía medio dormido en la cama
un artículo de la periodista de investigación Jane Mayer
en la revista The New Yorker, me topé con un párrafo
que hizo que me incorporase y lo releyese, porque no acababa de creerme
lo que ponía. Decía así: "Unas dos docenas de miembros
de la familia Bin Laden, residentes en Estados Unidos, en su mayoría
universitarios o alumnos de colegios secundarios privados, estaban en el
país cuando se produjeron los atentados. The New York Times
informó de que los funcionarios de la Embajada saudí, por
temor a que pudieran convertirse en blanco de las represalias estadounidenses,
los reunió rápidamente. Con el consentimiento del FBI, según
un funcionario saudí, los Bin Laden volaron en un avión privado
de Los Ángeles a Orlando, luego a Washington y finalmente a Boston.
En cuanto la Agencia Federal de Aviación permitió los vuelos
al extranjero, partieron hacia Europa. Al parecer, al embajador saudí
en Washington, el príncipe Bandar Bin Sultán, no le costó
mucho convencer a los funcionarios estadounidenses de que entre los Bin
Laden no había ningún testigo importante".
¿Qué?
¿Cómo era posible que no hubieran dado esa noticia en los
informativos? Me levanté, repasé The New York Times
y vi este titular: "Temiendo represalias, los familiares de Bin Laden huyeron
de Estados Unidos". La noticia comenzaba así: "Durante los días
siguientes a los atentados terroristas en Nueva York y Washington, Arabia
Saudí supervisó la evacuación inmediata de Estados
Unidos de 24 miembros de la extensa familia de Osama Bin Laden...".
Así
pues, con el consentimiento del FBI y la ayuda del Gobierno saudí
-y a pesar de que 15 de los 19 piratas aéreos eran ciudadanos saudíes-,
los familiares del principal sospechoso de los atentados terroristas no
sólo lograron abandonar el país, sino que además lo
hicieron con la ayuda de nuestras propias autoridades. Según el
London
Times, "la partida de tantos saudíes preocupó a los investigadores
estadounidenses, pues creían que posiblemente algunos de ellos poseían
información sobre los piratas aéreos. Los agentes del FBI
insistieron en comprobar los pasaportes, incluidos los de la familia real".
¿Eso
es todo lo que hizo el FBI? Comprobar los pasaportes, formular varias preguntas
del tipo "¿hizo usted mismo las maletas?" o "¿ha llevado
las maletas consigo en todo momento?". Luego se despidieron de esos potenciales
testigos esenciales y les desearon buen viaje. Tal y como escribió
Jane Mayer en The N ew Yorker: "Cuando le pregunté a un agente
secreto de alto rango si alguien se había planteado la posibilidad
de detener a miembros de la familia, replicó: 'A eso se le llama
tomar rehenes. Nosotros no hacemos eso". ¿Hablaba en serio? Me quedé
estupefacto. ¿Lo había leído bien? ¿Por qué
los medios no se hacían más eco de la noticia? ¿Qué
más había ocurrido? ¿Qué otras cosas nos ocultaban,
o a qué otras cosas no les prestábamos atención? ¿No
le gustaría al resto del país -y del mundo- saber toda la
verdad?
Cogí
un bloc de notas y comencé a escribir todas las preguntas que no
cuadraban. Por supuesto, las matemáticas nunca han sido mi fuerte,
así que para ayudarme a cuadrar todo aquello y analizar su significado
supuse que necesitaría la ayuda de, digamos, un licenciado de la
Escuela de Negocios de Harvard.
Así
que, ¿por qué no me echas una mano, George W.? Ya que casi
todas las preguntas tienen que ver contigo, seguramente serás la
persona más indicada para ayudarme -a mí y al país-
a aclarar todas estas dudas.
Voy a hacerte
siete preguntas, George, y, si fueras tan amable, quisiera que las respondieras.
Te las pregunto en nombre de las 3.000 personas que fallecieron ese día
de septiembre, y en nombre del pueblo estadounidense. Sé que participas
de nuestro dolor, y me gustaría que tú, o aquellos conocidos
tuyos que, sin querer, contribuyeron a aquella tragedia, no fueseis tan
reticentes para sacar la verdad a la luz. No queremos vengarnos de ti.
Sólo queremos saber qué ocurrió para evitar atentados
futuros contra nuestros ciudadanos. Sé que compartes nuestros deseos,
así que te ruego que me eches una mano con estas siete preguntas.
Pregunta
número 1.
¿Es
cierto que los Bin Laden han mantenido relaciones comerciales contigo y
tu familia de manera intermitente durante los últimos 25 años?
George, en 1977, cuando tu padre te dijo que había llegado el momento
de que consiguieses un trabajo de verdad, te puso al frente de tu primera
empresa petrolera, que bautizó con la traducción española
de tu apellido: Arbusto. Al cabo de un año recibiste financiación
de un hombre que se llamaba James A. Bath, un viejo colega de tu época
(cuando no estabas ausente sin permiso) en la Guardia Nacional Aérea
de Tejas. Salem Bin Laden -el hermano de Osama- le había contratado
para invertir el dinero de su familia en varias empresas de Tejas. El señor
James Bath aportó unos 50.000 dólares, el 5% del valor de
Arbusto.
¿Actuaba
en nombre de los Bin Laden?
A la mayoría
de los estadounidenses les sorprendería saber que tu padre y tú
conocéis desde hace mucho a los Bin Laden. ¿En qué
se basa exactamente esa relación, George? ¿Sois buenos amigos
o simplemente socios? Salem Bin Laden viajó por primera vez a Tejas
en 1973; después compró terrenos allí, edificó
una casa y fundó la compañía Bin Laden Aviation en
el aeródromo de San Antonio.
Los Bin Laden
son una de las familias más acaudaladas de Arabia Saudí.
Podría decirse que su empresa constructora ha realizado obras por
casi todo el país, desde las carreteras hasta las centrales eléctricas,
pasando por los rascacielos y las sedes gubernamentales. Construyeron algunas
de las pistas de aterrizaje que Estados Unidos utilizó durante la
guerra del Golfo de tu padre e hicieron reformas en los lugares sagrados
de La Meca y Medina. Estos archimillonarios pronto comenzaron a invertir
en otras empresas a lo largo y ancho del mundo, incluido Estados Unidos.
Mantienen importantes relaciones comerciales con Citigroup, General Electric,
Merrill Lynch, Goldman Sachs y Fremont Group, empresa subsidiaria del gigante
energético Bechtel. Según The New Yorker, la familia
Bin Laden también posee parte de Microsoft y del gigante de la industria
aeronáutica y militar Boeing. Han donado dos millones de dólares
a la Universidad de Harvard, tu alma máter; otros 300.000
a la Tufts University, y decenas de miles más al Middle East Policy
Council, un gabinete estratégico centrado en la política
hacia Oriente Próximo y dirigido por un ex embajador estadounidense
en Arabia Saudí, Charles Freeman. Aparte de sus propiedades en Tejas,
poseen bienes inmuebles en Florida y Massachusetts. En pocas palabras,
nos tienen bien pillados.
Por desgracia,
como bien sabes, Salem Bin Laden falleció en un accidente de aviación
en Tejas en 1988 (su padre, Mohammad, también pereció al
estrellarse el avión en que viajaba en 1967). Los hermanos de Salem
-unos 50 en total, Osama incluido- siguieron ocupándose de las empresas
y las inversiones familiares.
Una vez finalizado
su mandato, tu padre se convirtió en un asesor muy bien pagado de
una empresa llamada Carlyle Group. Entre los inversores de esa empresa
figuraba nada menos que la familia Bin Laden, que invirtió en ella
por lo menos dos millones de dólares.
Hasta 1994
dirigiste una empresa llamada Cater Air, que pertenecía a Carlyle
Group. El mismo año que abandonaste Cater Air, que estaba a punto
de quebrar, te nombraron gobernador, y enseguida te encargaste de que la
Universidad de Tejas -una institución estatal- invirtiera 10 millones
de dólares en Carlyle Group. El clan Bin Laden ya se había
subido al carro de Carlyle en 1994.
Carlyle Group,
entre sus muchas actividades, es una de las principales empresas contratistas
del Departamento de Defensa del país. En realidad, no fabrican las
armas. Más bien compran empresas del sector militar, las sanean
y luego las venden por sumas astronómicas.
Los que manejan
el Carlyle Group es gente que cortaba el bacalao en el pasado, desde el
secretario de Defensa de Ronald Reagan, Frank Carlucci, hasta el secretario
de Estado de tu padre, James Baker, pasando por el ex primer ministro británico
John Major. Carlucci, el director general de Carlyle, también pertenece
a la junta directiva del Middle East Policy Council, junto con un representante
de la empresa familiar de los Bin Laden.
Curiosa
coincidencia
Tras el 11
de septiembre, The Washington Post y The Wall Street Journal
publicaron sendos artículos en los que señalaban esta curiosa
coincidencia. Tu primera reacción, George, fue la de no hacer el
menor caso, confiando, supongo, en que la gente, sencillamente, se olvidaría
de la historia. Tu padre y sus colegas de Carlyle no renunciaron a la inversión
de Bin Laden. Su ejército de expertos pasó a la acción.
Dijeron que no se podía meter a esos Bin Laden en el mismo saco
que a Osama. ¡Han renegado de Osama! ¡No tienen nada que ver
con él! ¡Odian y aborrecen cuanto ha hecho! Éstos son
los Bin Laden buenos.
Entonces aparecieron
las imágenes de vídeo. Mostraban a varios de los Bin Laden
buenos
-entre ellos, la madre de Osama, una hermana y dos hermanos- con Osama
en la boda del hijo de éste, celebrada apenas seis meses y medio
antes del 11 de septiembre. Según The New Yorker, la familia
no sólo no ha interrumpido las relaciones con Osama, sino que ha
seguido suministrándole fondos como en el pasado. La CIA sabía
que Osama Bin Laden tenía acceso a la fortuna familiar (se calcula
que su parte asciende a 30 millones de dólares por lo menos), y
los Bin Laden, al igual que otros saudíes, financiaban a Osama y
a su grupo, Al Qaeda.
¿Sabes,
George? Varias semanas después de los atentados de Nueva York y
el Pentágono, tu padre y sus amigos del Carlyle Group seguían
negándose a renunciar a su apoyo al imperio de los Bin Laden.
Finalmente,
casi dos meses después de los atentados, cuando cada vez eran más
las personas que se preguntaban cómo era posible que la familia
Bush estuviese a partir un piñón con los Bin Laden, la presión
obligó a tu padre y al Carlyle Group a pedirles a los Bin Laden
que retiraran sus inversiones, y devolverles sus millones.
¿Por
qué tardaron tanto?
Para colmo,
resulta que uno de los hermanos de Bin Laden, Shafiq, estaba presente en
una conferencia de negocios del Carlyle Group en Washington la mañana
del 11 de septiembre. El día anterior, en la misma conferencia,
tu padre y Shafiq habían estado de palique con los otros peces gordos
de Carlyle.
George,
¿qué está pasando?
Te has aprovechado
de los medíos, aunque saben que todo cuanto he escrito es cierto
(de hecho, he obtenido la información de las principales fuentes
de noticias para las que trabajan). Por lo visto, no quieren o no se atreven
a formularte una pregunta bien sencilla: ¿qué diablos está
pasando?
Por si acaso
no comprendes lo extraño que resulta el silencio de los medios de
comunicación con respecto a las relaciones entre los Bush y los
Bin Laden, permíteme que trace una analogía con el modo en
que la prensa o el Congreso habrían abordado un asunto similar si
Clinton hubiese estado implicado. Si, tras el atentado terrorista contra
el edificio federal en Oklahoma, se hubiera revelado que el presidente
Bill Clinton y su familia habían mantenido relaciones comerciales
con la familia de Timothy McVeigh, ¿cómo crees que habrían
reaccionado el Partido Republicano y los medios? ¿No crees que al
menos habrían planteado un par de pregunas del tipo "de qué
va todo esto"? Sé sincero, conoces la respuesta. Habrían
planteado algo más que un par de preguntas. Habrían desollado
vivo a Clinton y arrojado los restos a los tiburones.
Así
que, ¿de qué va todo esto, George? Tenemos derecho a saberlo.
(...)
Pregunta
número 7.
¿Qué
significaba exactamente la cara que pusiste en esa aula de Florida la mañana
del 11 de septiembre cuando tu jefe de gabinete te dijo que "Estados Unidos
está siendo atacado"?
La tarde del
10 de septiembre viajaste en avión a Florida. Te alojaste en un
centro vacacional de lujo en Sarasota, cenaste con tu hermano Jeb y te
fuiste a dormir.
Por la mañana
saliste a correr al campo de golf y luego te dirigiste a la escuela primaria
Broker para leer en voz alta a los niños. Te marchaste del centro
turístico entre las 8.30 y las 8.40, unos 10 o 20 minutos después
de que la Agencia Federal de Aviación se enterase de que había
aviones secuestrados en vuelo. Nadie se molestó en comunicártelo.
Llegaste a
la escuela después de que el primer avión se hubiera estrellado
contra la torre norte en Nueva York. Tres meses después le contarías
a un alumno de tercer curso, en una reunión abierta con ciudadanos
de Orlando, que estabas "sentado fuera de la clase, esperando para entrar,
cuando vi el avión chocar contra la torre [...] la tele estaba encendida,
claro, y yo fui piloto, así que me dije que aquél era un
pésimo piloto. Me dije que debía de haber sido un accidente
terrible. Pero me apartaron de allí y no tuve mucho tiempo para
pensar en ello...".
Repetiste la
misma historia al cabo de un mes en otro coloquio parecido celebrado en
California. El único problema es que en realidad no viste al primer
avión estrellarse contra la torre: nadie lo vio en directo en la
tele, ya que esas imágenes no se emitieron hasta el día siguiente.
Pero es comprensible, esa mañana todos estábamos confundidos.
Entraste en
la clase a eso de las 9.00, y el segundo avión impactó contra
la torre sur a las 9.03. Al cabo de unos minutos, mientras escuchabas sentado
a los niños, Andrew Card, el jefe de gabinete de la Casa Blanca,
entró en el aula y te susurró algo al oído. Al parecer
te comunicó lo del segundo avión y lo de que estábamos
"siendo atacados".
Fue en ese
preciso instante cuando adoptaste esa expresión, no exactamente
distante o perdida, sino paralizada en parte. No transmitía emoción
alguna. Y luego..., te quedaste allí sentado durante nada menos
que siete minutos, sin hacer nada. Fue, cuando menos, extraño. Escalofriante.
Permaneciste sentado en la sillita, escuchando a los niños mientras
leían en voz alta durante cinco o seis minutos, como si no hubiera
pasado nada de nada. No parecías preocupado, no te excusaste, y
ni tus asesores ni los del servicio secreto te sacaron del aula a toda
prisa.
George, ¿en
qué estabas pensando?, ¿a qué le estabas dando vueltas?,
¿qué significaba esa expresión? De todas las preguntas
que te he formulado, ésta es la que me tiene más perplejo.
¿Estabas
pensando que deberías haberte tomado más en serio los informes
que la CIA te había entregado hacía un mes? Te habían
comunicado que Al Qaeda planeaba cometer atentados en Estados Unidos y
que era posible que utilizasen aviones. Unos informes secretos previos
mencionaban la intención de Al Qaeda de atacar el Pentágono.
¿Te estabas diciendo: "¡Gracias a Dios que no han atacado
el Pentágono!"?
¿O es
que estabas acojonado? Es normal que lo estuvieras, todos lo estábamos.
No hay nada de malo en ello, salvo que habías asumido el papel de
comandante en jefe, y eso quiere decir que tienes que tomar el mando cuando
nos atacan y no quedarte petrificado en una silla.
O quizá
estuvieras pensando: "¡Nunca he querido este trabajo! Se suponía
que se lo darían a Jeb, ¡él era el elegido! ¿Por
qué yo? ¿Por qué yo, papá?". Eh, lo comprendemos.
Y no te culpamos. Parecías un cachorrito perdido que sólo
quería volver a casa. De repente, nada era lo que parecía,
ya no eras director general / presidente, ahora tendrías que convertirte
en guerrero / presidente. Y ya sabemos lo que ocurrió la última
vez que tuviste que actuar como militar.
O... tal vez,
quizá, estabas sentado en la clase pensando en tus amigos saudíes,
tanto los de la realeza como los Bin Laden. Personas que de sobra sabías
que no tramaban nada bueno. ¿Empezaría la gente a hacerse
preguntas? ¿Se despertarían sospechas? ¿Tendrían
los demócratas agallas para investigar las relaciones pasadas de
tu familia con los saudíes (¡no, no te preocupes, ni por casualidad!)?
¿Saldrá la verdad a la luz?
Bajo tierra
Menos de una
hora después ibas a bordo de un avión, pero no de regreso
a Washington para dirigir la defensa del país y tranquilizar a los
ciudadanos asustados, ni siquiera a la cercana base de la Fuerza Aérea
MacDill de Tampa, donde se encuentra el mando central del ejército.
No, primero huiste a Luisiana y luego a Nebraska para esconderte bajo tierra.
¡Qué tranquilizador para el resto de la población!
Durante las semanas siguientes, los tuyos y tú vinisteis con el
cuento de que fue por tu seguridad porque tú eras el objetivo de
Al Qaeda.
Por supuesto,
cualquier tonto de remate sabe que si los aviones secuestrados se utilizan
como misiles, lo menos aconsejable es estar ahí arriba montado en
una gigantesca diana volante llamada Air Force One.
Quizá
algún día sepamos qué ocurrió de verdad. A
mí y a varios millones más nos pareció que estabas
cagado de miedo. Y supongo que por la tarde te diste cuenta y comprendiste
que lo mejor era volver rápidamente a la Casa Blanca para presentar
un aspecto un poco más presidencial. En cuanto tu helicóptero
aterrizó en el patio sur, tu presidencia se convirtió en
algo que nadie se atrevería a cuestionar de nuevo.