Periodista
Digital de España - 8 de Agosto de 2004
Bush,
Dios y Michael Moore
• El cineasta cuestiona la incultura,
el machismo, la ignorancia y los intereses económicos del presidente
norteamericano en el filme 'Fahrenheit 9/11', pero no su fundamentalismo
evangélico
Ian
Gibson - Historiador
Unas semanas antes de ser elegido
presidente de su país, George W. Bush demostró en
un programa de televisión estadounidense que sus conocimientos de
la geografía del mundo oriental eran casi nulos. No daba pie con
bola. Hablaba y contestaba torpemente, en un inglés pobre y confuso.
Era como la parodia del típico norteamericano que nunca ha salido
de casa y para quien los demás países apenas existen. Quisiera
tener un vídeo de aquella comparecencia. Producía vergüenza
ajena. Y daba miedo pensar que a un hombre así se le pudiera considerar
digno de ejercer la presidencia de la nación más poderosa
del globo.
YO NO SABÍA entonces que Bush
hacía alarde de ser un "cristiano renacido", salvado por Jesús
(en 1985) del abismo alcohólico. No había caído en
que se trataba de un cristiano evangélico, fundamentalista, de los
que creen que cada palabra de la Biblia es de inspiración divina.
Desde entonces he oído o leído a menudo sus declaraciones
de fe, no exentas de orgullo. Bush cree, por lo visto sinceramente,
que, sin la intervención personal de Cristo, habría
acabado sus días hecho una piltrafa debajo de cualquier mesa de
cualquier bar tejano.
Hay que tener en cuenta que el presidente
no es ninguna excepción a la regla yanqui. Si un porcentaje muy
alto de la población de EEUU, el 85%, se declara "bastante o muy
religioso", lo cual ya es preocupante, casi el 40% se compone de cristianos
blancos evangélicos. O sea, de cristianos más o menos como
Bush. Según un reciente artículo de Julian Borger
en The Guardian, donde comenta estas estadísticas, el cerebro
de la campaña electoral republicano, Karl Rove, cree que
Bush tiene asegurados ahora cuatro millones más votos evangélicos
que en el 2000, cuando su talante religioso era menos conocido. Los dueños
de estos votos se identifican ciegamente con un presidente cuyas decisiones,
según él, se toman después de la debida consulta con
Dios. Les encanta su lenguaje apocalíptico, sus referencias a la
Biblia, su insistencia en que estamos viviendo una lucha titánica
entre el Bien y el Mal.
Y hay algo más. Los evangélicos,
obsesionados con el Viejo Testamento, dan la impresión a menudo
de ser más judíos que cristianos. Según Borger,
están convencidos de que la creación del Estado de Israel
es designio de Dios. No pueden ver a los árabes, y la guerra que
ha emprendido Bush contra éstos les encanta. Todo lo que
dice el presidente les suena absolutamente familiar. Lo oyen cada fin de
semana en sus megatemplos. Pese a lo que ocurra entre ahora y noviembre,
votarán a George.
Así las cosas aparece el
anti-Cristo en forma de cineasta alto, gordo, feo, peleón, contestatario
y rebelde. Rebelde con vocación de acabar con el matón de
turno, sea Charlton Heston o, como ahora, el hombre que tanto daño
ha hecho a la entente cordiale de Estados Unidos con Europa y que
nos ha llevado al actual embrollo en Oriente.
La película de Michael
Moore es propaganda descarada. Y selecciona cuidadosamente sus frentes
de batalla. Llama la atención que el cineasta no haya subrayado
en absoluto el aspecto evangélico de su adversario. La razón
parece sencilla: a la vista de la religiosidad de tantos americanos podría
ser contraproducente. Mejor centrar el ataque en la incultura, el machismo,
la ignorancia y, sobre todo, los inconfesables intereses económicos
del personaje y de su entorno. Lo hace Moore con consumada maestría.
ES INOLVIDABLE la secuencia en la
escuela cuando Bush, solo en medio de aquellos niños, recibe
la noticia de que un segundo avión acaba de estrellarse contra las
Torres Gemelas. Ya no hay duda. Es un ataque. Pasan los segundos. El presidente
no se inmuta. Pasan más segundos. El presidente no reacciona. ¿Qué
está pensando? El tono del comentario de Moore gira entre
sarcástico, irónico e incrédulo. Está calculado
para los que dudan, para los que no están del todo seguros. Moore
tiene una voz estupenda, matizada, sugerente. Es muy difícil no
reírse cuando se ríe él, cuando, por ejemplo, pregunta
si es absolutamente normal dejar escapar de Estados Unidos toda la familia
del hombre que acaba de perpetrar el mayor atentado jamás perpetrado
contra la nación en su propio territorio.
¿Y Kerry? Parece ser
que muchos seguidores suyos estiman que debería insistir más
sobre la fe católica que profesa. Pero el hombre no quiere, tal
vez porque, dada su posición proabortista, ello podría ensanchar
la división que ya existe entre católicos progresistas y
católicos conservadores, capaces, éstos, de dar su voto a
Bush, cuya oposición al aborto y a los matrimonios gay es
bien conocida. Por otro lado Kerry padece una grave falta de carisma
que es de esperar logre compensar John Edwards. ¿Será
posible que con la ayuda de Fahrenheit 9/11 se obre en Estados Unidos
un milagro equiparable al español? Esperémoslo. Si no, bonito
futuro nos espera.