Brecha
de Uruguay - 1 de Octubre de 2004
"Fahrenheit 9/11"
Un señor
muy gordo
con
unas ganas enormes
Hoy se estrena
"Fahrenheit 9/11", la película del folclórico y corajudo
Michael Moore. Su premio en Cannes, su oportunidad y efectividad política,
su impacto mediático y sobre todo la causa que lo inspira, han convertido
a la obra y a su autor en uno de esos datos insólitos de estos tiempos.
Rosalba
Oxandabarat
Hace ya algún tiempo, en una
de esas entrevistas que pueden bajarse de Internet, el implacable Gore
Vidal hablaba de sí mismo, de su soledad en el panorama político
de Estados Unidos. El último republicano (de república, no
del partido de igual nombre), se decía el escritor. Preguntado sobre
si, en ese desierto, pensaba que tenía algún sucesor, respondió
luego Vidal: "Sí,Michael Moore".
Cuando esa entrevista circulaba por
la red, no se había estrenado aún Bowling for Columbine,
y los libros de Moore no habían llegado al idioma español.
Alguno había visto sus programas en el cable, y habló de
lo insólito de ese gordo empeñado en desnudar con su propia
y voluminosa presencia y un estilo tan cachaciento como impertinente los
peores aspectos de la política y de la convivencia ciudadana en
su país. Después de Bowling for Columbine, el Oscar, su desafío
al presidente en plena ceremonia y el griterío consecuente, Michael
Moore se convirtió, súbitamente, en el opositor (a Bush y
su política) más mediático, cuestionado y famoso del
mundo entero. La Palma de Oro de Cannes, otorgada este año a Fahrenheit
9/11 -y por un jurado encabezado por Quentin Tarantino que integraban unos
cuantos compatriotas de Moore-, completó y prolongó el ruido,
la fama y las discusiones. Cannes nunca había dado tal distinción
a un documental. Un buen sector de la crítica frunció el
ceño: ¿era éste tan notable como para merecerlo? Tampoco
un documental había alcanzado resonancias, y taquillas, de estas
proporciones. Lo que no pocos explican como consecuencia no de la genialidad
cinematográfica de Moore, sino del desempeño irresistible
de su actor principal, George W Bush.
Lo cierto es que las obras de Moore
-libros y películas-, y sobre todo el cómo las hace y las
promueve, lo colocaron en una posición que despierta tanto adhesiones
como suspicacias. Se lo señala como: agitador, showman, luchador
por los derechos humanos, contestatario, payaso mediático, portador
de la conciencia progresista estadounidense, oportunista, creador a la
medida de estos tiempos, anticreador, manipulador, demagógico (siguen).
Todas y cada una de estas calificaciones, de todas maneras, ubican a Moore
en un lugar improbable de ser alcanzado hasta hace muy poco tiempo por
un escritor, un periodista o un cineasta (él es las tres cosas).
Si de un lado está Bush, su escuadra política, sus cómplices
económicos de varios pelos, Bush-cabeza-de-imperio, al fin, del
otro, tan suelto de huesos y sonriendo si cabe tanto o más que cualquier
mandatario estadounidense (se sabe que la primera condición imprescindible
para postular en las elecciones de aquel país es mostrar sin pausa
los dientes), está Michael Moore. Gordo, desprolijo, con su eterna
gorrita y sus lentes, cabal hombre de pueblo chico (Flint, Michigan) al
que sólo le falta bajarse de una pick-up años cincuenta para
completar la imagen de granjero blanco a la que nos han acostumbrado, desde
hace décadas, centenares de filmes y telefilmes. No un hippie ni
un transgresor de la contracultura estilo sesentista sino uno de los supuestos
destinatarios de la convocatoria patriótica de los sonrientes. Desafiando
al que hoy representa el poder, y desde un lugar tan visible -o casi- como
el de su enemigo.
Para más coincidencias y oposiciones,
si George W Bush es algo así como la anticultura republicana en
su más pura expresión -no se trata solamente de lo burdo
de sus argumentos para justificar la invasión a Irak: ¿quién
no recuerda alguna frase de la selección de las tantas dichas por
él, durante y después de la campaña presidencial?-,
Michael Moore no se anda con sutilezas. Piedra imperial, petrolera, desinhibida
a fuerza de piel gruesa, desafiada por otra piedra de cantera popular,
zafia, apurada, y efectiva.
¿Cómo desafía
Moore, desde el cine? En Bowling for Columbine su insistente indagatoria
de la masacre estudiantil recayó, sistemáticamente, en el
culto a las armas de fuego sacralizado por una poderosa asociación,
y la irresponsabilidad de cultores y fabricantes. ¿Era la única
explicación? Desde luego que no; ensayos como el de Camille Paglia
y películas de factura tan diferente como la de Elefante, de Gus
van Sant, señalaron otros caminos y sobre todo otras preguntas,
quizá más hondas, de mayor calado en los oscuros intríngulis
del inconsciente colectivo, por lo mismo más inquietantes y con
poca posibilidad de conclusiones tranquilizadoras. Pero lo de Moore era,
al menos, parte de la explicación. Frente a tragedia tal, bueno
es encontrar culpables rápidamente. O algunos de ellos. Moore los
encontró, y los enfrentó -los expuso- con una batería
incontestable de argumentos de los que su presencia formaba parte sustancial.
Poco se avanzó, desde Bowling..., en el desbrozamiento de los tortuosos
caminos de la violencia adolescente, pero el tipo logró poner el
tema en los titulares y arruinarle el sueño a más de uno
(a Charlton Heston, por ejemplo).
DESPRECIADO ENEMIGO
En Fahrenheit 9/11, la mirilla de
Moore no vacila un momento. Enfoca sin pausa a Bush, el presidente. El
omnipotente, el millonario, el amigo de los petroleros sauditas, de la
familia Bin Laden y de los palos de golf, el enemigo de Saddam Hussein
y -según Moore- del pueblo estadounidense. Bien fijado su objetivo,
Moore descarga sus andanadas.
Primera: Bush es enemigo sobre todo
de los pobres, y entre los pobres, de los negros: así empieza su
ilustración de la fraudulenta elección de Florida (de)mostrando
cómo se impidió votar a ciudadanos negros (más adelante
mostrará a dos oficiales del ejército intentando reclutar
chicos pobres, preferentemente negros, mediante la oferta de ayuda económica).
Primer impacto, y primera sospecha: entonces, ¿qué hacen
Colin Powell y Condoleezza Rice en el gabinete de Bush? Eso no le interesa
a Michael Moore; el tema del racismo viene bien cuando demuestra lo que
él quiere, no cuando es complejamente tramitado incluso desde el
poder. Que éste haya evolucionado lo suficiente en sus estrategias
como para, por ejemplo, usar lo que le conviene cuando le conviene, no
importa el color del que aporte tal conveniencia. Y no consuela a nadie
pensar que Bush no sea del todo racista.
Segunda andanada: el ataque a las
Torres Gemelas fue el pretexto para una guerra cuyo fin es el petróleo
y su explotación, piensa Moore, algo que piensan muchos otros dentro
y fuera de Estados Unidos. Para demostrarlo, el hombre no se detiene en
matices. Y hay que reconocer que Bush le brinda innumerables flancos débiles.
Sus vínculos con los Bin Laden, por ejemplo. Según Fahrenheit,
los miembros de esa familia residentes en Estados Unidos pudieron irse
tranquilamente en seguida de los atentados del 11 de setiembre -en plena
"veda aérea"- sin que nadie pensara en interrogarlos sobre su pariente,
el sospechoso principal. Qué escándalo. Pero la cosa no se
detiene ahí: el presidente no interrumpió por el atentado
sus excelentes tratos con los jerarcas sauditas, desde cuyo territorio
emerge ese sospechoso principal, muestra Moore. Impacta, ¿no? Y
enseguida uno se pregunta en cuántos países del mundo, incluidos
los que se opusieron a la invasión de Irak, se interrumpieron o
enfriaron las relaciones con los representantes de uno de los más
importantes países petroleros. Pero lo que pasó, pasó,
¿no? Ahí está, en imágenes.
Tercera andanada: a Bush y su escuadra
no les altera la pérdida de vidas estadounidenses en Irak. Las muertes
se multiplican, y Moore encuentra a una familia que encarna esa cifra abstracta.
La madre cuenta sobre el hijo que murió en Irak, sobre sus planes
de vida, enseña su foto, sus cartas: la ausencia se hace concreta,
palpable; Moore se detiene bastante allí buscando conmover. Y conmueve.
El momento de mayor emoción: la madre lee ante cámara la
última carta del muchacho. A la vez, Moore se va a la puerta del
Congreso con una ficha de inscripción para el ejército pidiendo
a los senadores que inscriban a sus hijos para el patriótico deber.
Cualquier día... Otro soldadito habla de lo que siente matando iraquíes
mientras escucha rock pesado. Lo primero tiene la impronta del melodrama,
lo segundo la de la farsa, lo tercero la del apocalipsis moral. Aquí
no hay matices, ni representación: la muerte es real, la viveza
no criolla de los poderosos y la trasmutación (in)humana de la guerra,
también.
Cuarta -y permanente- andanada: ese
hombre todopoderoso que armó tamaña guerra es, además,
un personaje que "da". Da para reírse y para temblar, no necesariamente
por separado. No sólo por lo bien que queda en un fotomontaje de
Bonanza. Bush imagen inspira a Moore. Y hay mucha imagen, que usa a discreción:
Bush jugando golf, Bush siendo peinado y acicalado antes de aparecer en
televisión, Bush delatando una suerte de pasmo cuando es informado
de los atentados mientras lee cuentos en una escuela, Bush con sus miraditas
de reojo antes de mandarse alguna de sus frases, con esa curiosa cara de
casi sonrisa que parece preguntar: ¿voy bien, papá? (Sí,
hijito, me has superado completamente.) Se produce entonces un curioso
clic. Si Moore dedica casi todo su material a tallar con corte grueso lo
chocante y lo inexcusable, la imagen de Bush -cómo aparece la imagen
de Bush, los tiempos y contigüidades de planos que el montaje le otorga-
habilita en cambio un abanico de sensaciones -¿sentidos?- en el
que pueden ubicarse, confusamente por cierto, otras consideraciones de
fondo que no aparecen explícitamente en Fahrenheit 9/11. La cercanía
del plano televisivo aproxima, carnaliza, la preparación, la actuación
-o la no actuación-, la confusión, el qué hago, la
inseguridad, la seguridad amañada: ése es el robot-hombre
preparado para convertir la mentira en verdad y la tragedia en negocio.
El tipo de cónsul que el imperio necesitará siempre. Si uno
de los reproches que se le hacen a Moore es la simplificación de
la política al encarnar todos los males en el presidente Bush, es
paradójicamente la presencia de Bush en la visión de Moore
la que es capaz de sugerir las sombrías redes que lo sustentan.
Es difícil saber si de esta
derivación fue consciente Moore, que se autodefine como de "sensibilidad
de clase media baja, de clase trabajadora, populista",* que apela mayoritariamente
a una suma desprejuiciada de clisés para sacudir a conciudadanos
que imagina desinformados y susceptibles sólo de involucrarse gracias
a un espectáculo apoyado en golpes de efecto (él sabrá).
En todo caso, este hombre voluntarioso, astuto y corajudo se manejó
con una formidable intuición que le funcionó no sólo
para subirse a una torreta similar -en cobertura mediática y capacidad
de impacto- a la de aquello que quiere combatir.
Al enemigo con (algunas de) las armas
del enemigo.
* Véase BRECHA, 23-VII-04.
El
otro escándalo
Ronald
Melzer
Gracias
a Michael Moore, el mundo está al tanto del "escándalo Bush".
La familia y los amigos de Bush hicieron buenos negocios con la familia
y los amigos de Bin Laden. Bush solía reunirse frecuentemente con
líderes árabes sospechosos de apoyar o practicar el terrorismo.
Bush reaccionó con impavidez ante la primera noticia del atentado
a las Torres Gemelas. Bush leyó interesadamente mal las causas y
las implicancias del atentado y actuó en consecuencia (mal). Bush
confunde a sus enemigos, por insidia o por ignorancia, pero siempre deliberadamente,
y entonces manda invadir Irak. Bush es una suerte de personificación
burda, ignorante y escasa o nulamente intelectualizada del mismísimo
diablo, y en tanto presidente, el culpable principal, si no el único,
de las más atroces desgracias humanas y económicas que deben
afrontar hoy el pueblo estadounidense y el mundo.
Noventa, quizás cien de los
ciento veinte minutos de este panfleto tienen como leitmotiv la reafirmación
del origen espurio y la peligrosidad del supuesto diablo. Los otros veinte
o treinta se destinan a mostrar las consecuencias de las diabluras sobre
sus víctimas, que son primordialmente ellos, los estadounidenses,
y en menor medida nosotros, los demás terrícolas. Todas las
imágenes y los sonidos que el periodista Moore buscó, captó,
seleccionó, montó e indujo a existir exteriorizan con el
máximo de ambición aleccionadora y el mínimo de pruebas
concretas esa dicotomía. No hay una sola imagen -ni sonido- que
relativice, ponga en duda, desmienta o humanice el proceso de búsqueda.
Al no humanizar, tampoco estetiza. Es que al periodista Moore no le interesa
la estética. Su cine o no-cine al que el formato celuloide condena
es el de las verdades reveladas al servicio de una causa ajena a su espeficidad
como lenguaje, no el de las preguntas que todo comunicador (¿artista?)
consciente debería hacerse con toda naturalidad desde el inicio
de su proyecto. Sin embargo, como si se propusiera magnificar el escándalo
político a través de otro menos peligroso pero más
visible, el jurado del Festival de Cannes con Quentin Tarantino como presidente
le otorgó la Palma de Oro. La misma que ganaron películas
como La dolce vita, Blow Up y Tiempos violentos, realizada por Tarantino
en nombre de una buena causa llamada cine. No de ésta.