La
Jornada Semanal de México - 24 de Octubre de 2004
La fiebre
de Fahrenheit 9/11
L.T.
Cuando hacen
uso irrestricto de la virulencia, o bien cuando sacan a pasear su mejor
tono perdonavidas, los detractores de Michael Moore no están haciendo
otra cosa que ponerse, sin mayor necesidad de pastoreo, exactamente donde
y como el documentalista los quería tener: incómodos y alertas.
Comenzando por el propio director
de Fahrenheit 9/11, que lo ha declarado sin ambages, todo mundo
sabe que su más reciente filme tiene un último propósito:
colaborar a que George W. Bush no se reelija dentro de unos días.
Las razones que lo mueven, si uno ha vivido en otro planeta y no las lee,
las ve y las sufre de un modo u otro, están resumidas en el propio
documental.
Independientemente de cuántos
votos logre quitarle a ese garante/gestor/beneficiario de los intereses
de la derecha corporativa depredadora y cuasi fascista, el método
elegido por el también autor de Masacre en Columbine y Roger
& Me es de una eficacia y una sencillez endemoniadas: se trata
de decir la verdad con toda la ironía posible.
Es más que comprensible que
quienes en la repartición de la riqueza se llevan trozo y no migaja
se incordien por la exhibición masiva del documental y actúen
en consecuencia. Lo que no tiene ninguna lógica es que entre todos
los demás -es decir, casi todos- pueda haber alguien que le haga
el trabajo sucio al poder económico y se ponga a hablar mal de Fahrenheit
9/11, ya sea por anuencia, por ignorancia o por mera candidez.
Quizá sea pronto para decirlo,
pero estamos ante un fenómeno cinematográfico que trasciende
al cine como pocas veces ha sucedido. Considerando la gravedad del tema
y el objetivo planteados, es una fruslería detenerse a pensar si
la vena humorística de su autor no es la que uno prefiere, o si
Moore está enamorado de la fama o si se está llenando los
bolsillos. (En cuanto a esto último, el caso Moore sólo
es la cresta de una ola que se ha repetido varias veces: el sistema estadunidense
haciendo negocio lo mismo de un acto de protesta que de su propia decadencia.)
Atenerse únicamente a una crítica formalista para acabar
pergeñando que Fahrenheit 9/11 "es un trabajo más
bien regular de un cineasta con afanes protagónicos", equivale a
perder el bosque por el árbol, cometiendo así un error monumental:
creer que el cine no va más allá de la pantalla.