Un momento
de gratitud
Antonio
Mora Vélez
Hay personas
que contribuyen con una simple actitud a cambiar el modo de pensar y la
vida de otros hombres. Antonio Guardo Guardo, abogado, educador y masón,
fue uno de ellos. Por los tiempos en que los sueños de los jóvenes
iban de la mano del asalto a las estrellas de las cosmonaves soviéticas,
el doctor Guardo era rector del colegio de bachillerato "Benjamín
Herrera" de la Universidad Libre en Cartagena. Braulio Barrios, excelente
docente de Filosofía, quien me conocía desde las aulas monterianas,
me recomendó para reemplazarlo en dicho colegio cuando apenas yo
cursaba el segundo año de Derecho en la Universidad de Cartagena.
El rector Guardo, conocedor de este hecho y de mis inclinaciones dialécticas
y materialistas, no se opuso al cambio –un cambio colosal, dado el título
y la trayectoria del profesor Barrios y a mi ninguna experiencia docente—pero
me dijo: "Antonio: No nos oponemos a que enseñes tu modo de pensar,
pero debes también enseñar lo que dicen las otras escuelas
filosóficas". Y así fue. Aunque, desde luego, prevalido del
criterio de libertad de enseñanza que manejaba la institución,
defendía mis interpretaciones dialécticas de la naturaleza,
la sociedad y el pensamiento, que suponía verdaderas y capaces de
explicar los vacíos de las ciencias y la transformación futura
del mundo.
Ese ejemplo de tolerancia puso a
flaquear mi dogmatismo de entonces y en tela de juicio la idea de la supremacía
de una ideología frente a las demás. Comencé a pensar
que todas las ideologías filosóficas y políticas,
igual que las religiones, tenían el mismo derecho a la palabra,
con voz y voto en el foro de la razón, y a contribuir con sus propuestas
a la labor de hacer más humana la vida del hombre sobre La Tierra.
Y aprendí que el respeto por el pensamiento ajeno era el primer
deber de un hombre que aspiraba a hacer realidad su propio pensamiento,
lo cual me condujo a pensar que la democracia era el escenario ideal para
que las ideas se abrieran, como las flores de Mao, y compitieran todas
las escuelas filosóficas. Y que el triunfo político de una
ideología era necesariamente el triunfo del humanismo contenido
en ella, lo cual implica el reconocimiento del derecho de las demás
a seguir disputándole el voto de conciencia de los ciudadanos.
Antonio Guardo Guardo, el rector
ejemplar del colegio "Benjamín Herrera" de Cartagena, me enseñó
esa lección de tolerancia que jamás olvidaría y que
me serviría para encontrar el camino de la rectificación
al dogmatismo sin perder de vista los sueños de una sociedad justa
e igualitaria, libre de violencia y de corrupción. Después
aprendería que esa sociedad era posible y que a ella se podía
llegar sin sacrificar la libertad en aras de la satisfacción de
las necesidades materiales y espirituales del hombre, y más que
posible, real en países como Suecia y Noruega, que han eliminado
la pobreza y la ignorancia y que han resuelto --con libertad-- todos los
problemas de la vida contemporánea.
Por ello, ahora que me entero que
la Serenísima Gran Logia Nacional de Cartagena va a hacerle un homenaje
póstumo para honrar su memoria y resaltar sus valores como masón,
como educador, como ser humano, como esposo, como padre y como ciudadano,
escribo con mucho afecto y mucha sinceridad este sencillo testimonio de
gratitud a quien, en un momento de mi vida, me enseñó el
camino de la solidaridad, de la prudencia y de la tolerancia.
31 de mayo de 2005
Antonio
Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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