astó un huracán de las dimensiones del Katrina para dejar al desnudo las falencias de la sociedad norteamaricana, las inconsistencias del sistema de atención a catástrofes de su Estado y la ya sabida incapacidad del presidente Bush como gobernante. Y bastó también esa terrible calamidad natural para mostrar las imágenes del subdesarrollo en un país que pretende ser paradigma de bienestar y prosperidad ante los demás del mundo. Porque lo que se ha visto y sabido por la TV es que, no obstante las advertencias de los científicos, como en Armero, las autoridades de los Estados afectados y el gobierno federal de Washington poco o nada hicieron para prevenir la inundación de Nueva Orleáns. Que los refuerzos los empezaron a enviar cinco días después y en dimensiones que no se compadecen con las colosales de la catástrofe. Y que el presidente Bush se limitó a pedirle a los habitantes que evacuaran, ignorando que la mayoría carece de automóviles, que prefirió quedarse descansando sus vacaciones en su rancho con su perro, y que al término de las mismas pronunció un discurso considerado por muchos como el “más desacertado de su carrera” y que hizo exclamar “Pura mierda” al alcalde de la hermosa ciudad cuna del Jazz y de Louis Armstrong.
Y lo que se ha visto también son las imágenes de la pobreza en Louisiana, estado de mayoría negra, que han hecho pensar a muchos si no estarían equivocados los camarógrafos y en lugar de las víctimas del huracán Katrina nos mostraron tomas de alguna favela del Brasil o de algùn tugurio de Colombia o de alguna aldea tribal africana. Porque en Estados Unidos, la sociedad de la opulencia –siguen pensando algunos
idiotas-, no puede haber miseria. Pero así es. Solo que el huracán nos ha permitido ver solo el rostro de la miseria en Nueva Orleáns, y pueblos vecinos; una miseria que, además, tiene color, lo que pone al desnudo también el racismo aún vivo en esa sociedad que se precia de ser la defensora de la democracia y los derechos humanos en el mundo.
Las causas de esta destrucción han sido señaladas, y no sobra repetirlas si de ese modo contribuimos a quitarles el antifaz a muchos compatriotas que aun creen en las bondades del gobierno “americano” y su TLC. En primer lugar está la guerra de Irak, que le ha restado recursos al gobierno central y tropas y unidades de rescate a los gobiernos de los Estados afectados por el huracán, aparte del tiempo que el presidente le dedica a su manejo, de todos modos, desastroso. En segundo lugar la negativa de Washington a firmar el acuerdo de Kioto sobre control de substancias que contribuyen al calentamiento de los mares, causa de formación de los huracanes. Y en uno y otro caso, los intereses de las grandes compañías petroleras y productoras de armas y de químicos clorofluorocarbonados; que son, en últimas, los intereses que determinan las actuaciones de Bush y no los del pueblo norteamericano.
La sociedad norteamericana reclama, en un número de pobladores cada vez mayor, la retirada de los EEUU de Irak Y la sociedad mundial, la firma del acuerdo de Kioto, a objeto de garantizar para las futuras generaciones la sostenibilidad del ambiente propicio para la vida en el planeta. Estas serían algunas de las medidas que los Estados Unidos tendrían que adoptar para evitar futuros huracanes de esa magnitud y paliar sus consecuencias en el caso de que se produzcan. La segunda es bien fácil, basta la firma del documento de compromiso. Pero a la primera le sale el muerto de que es tal la dispersión de la invasión militar en Irak que al Ejército gringo le resulta casi imposible una evacuación rápida, y altamente peligrosa una evacuación gradual porque ésta dejaría a merced de los grupos fundamentalistas musulmanes, las tropas que vayan quedando Y ahora están metidos en un callejón sin salida, peor que en el Vietnam— a punto de entregarle el poder a los chiítas, que son peores que Hussein— y todo como consecuencia de esa invasión basada en mentiras y con la sola intención de apropiarse del petróleo de los iraquíes.