or los tiempos en que yo estudiaba Derecho en la Universidad de Cartagena, el entonces secretario general del partido comunista, Gilberto Vieira, visitó nuestro claustro universitario por invitación del Departamento de Humanidades y nos ofreció a los estudiantes una conferencia sobre la situación política y económica de esa Colombia de los años 60s. Los jóvenes militantes de la juventud social-cristiana –todos ellos mis amigos personales-- hicieron colocar un cartel a la entrada del viejo convento de San Agustín que decía: "Dr. Gilberto Vieira White: No estamos de acuerdo con sus ideas pero defendemos el derecho que usted tiene a expresarlas. Bienvenido a nuestra Universidad". La conferencia se desarrolló normalmente y el veterano dirigente revolucionario e intelectual, respondió todas las preguntas que le hicieron sus amigos y contradictores.
Un año después fue Alvaro Gómez Hurtado el invitado por el Departamento de Humanidades a disertar sobre sus ideas políticas. En esta ocasión los jóvenes militantes del FRES (Frente Revolucionario Estudiantil) decidieron sabotear la participación del destacado dirigente conservador con los célebres "pedos químicos". Antes intentaron cerrar la puerta de entrada a la Universidad, lo que fue aprovechado por la extrema derecha y por un célebre ex – rector, para entronizar la violencia armada en los predios de la institución, lo que casi ocasiona una tragedia porque uno de sus disparos pasó a pocos centímetros de la humanidad de un joven impávido que se lamentaba de no poder frenar la intolerancia desbordada de las dos extremas. Por esa misma época, el también intelectual revolucionario, Teodosio Varela, era víctima de un atentado que lo dejó con una pierna defectuosa y otras secuelas.
Es obvio que la postura democrática es la primera. Alguien dijo, en la misma dirección de los jóvenes social-cristianos de entonces: "No estoy de acuerdo con tus ideas pero daría la vida para defender el derecho que tienes a expresarlas". Y por eso no puedo menos que recordar con afecto ese cartel de 1966. Y la razón es que no puede haber paz allí donde a los contradictores políticos se les asesina o se les impide con violencia el derecho a obtener el respaldo popular, de hacer valer en las urnas sus ideas, de vivir tranquilamente en una parcela. Y si hoy no hay paz en Colombia es, en gran parte, por culpa de esa clase dirigente de los años 60s que no previó que su intolerancia y egoísmo de entonces irían a desembocar en la intolerancia y en la exclusión social de hoy.
Lamentablemente, ni la extrema izquierda ni la extrema derecha han aprendido la lección de la historia. Y continúan practicando la estrategia del exterminio para tratar de vencer al adversario, cuando la democracia –con todo sus defectos-- resulta mucho más fácil, menos dolorosa y más útil para lograr ese mismo cometido. El atentado a Germán Vargas Lleras, hay que decirlo con pesar, sigue esa línea de intolerancia que los grupos fundamentalistas –de derecha y de izquierda-- han impuesto en Colombia y que ha dejado víctimas tan valiosas como Jorge Eliécer Gaitán, Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro y Alvaro Gómez Hurtado –todos ellos presidenciables que vieron frustradas sus carreras políticas por la irracionalidad. Toca a los partidos democráticos y a los sectores esclarecidos de la sociedad parar este desenfreno con una oxigenación democrática del Estado y con la firma de un nuevo pacto social de convivencia que le garantice sus derechos constitucionales a los sectores vulnerables de la población, si no queremos que la sociedad colombiana se devore a sí misma, víctima de su locura.