Antonio Mora Vélez - rodelu.net
20 de noviembre de 2005

La revuelta francesa

Antonio Mora Vélez
El estallido popular de estos días en Francia, estallido que ha dejado miles de automóviles destruidos, no se parece a la pasada revuelta de los jóvenes de mayo de 1968. En aquéllos tiempos, los jóvenes protestaban contra las discriminaciones políticas del gobierno De Gaulle y proclamaban los ideales de un socialismo libertario que tenía en Sastre y en Marcusse a sus profetas, por oposición al socialismo burocrático de la URSS y demás países del llamado “campo socialista”. Para los jóvenes de mayo del 68 era prohibido prohibir y la sociedad debía mirar hacia los estudiantes como a sus voceros y verdaderos críticos del Establecimiento. Más que un programa revolucionario, los jóvenes rebeldes franceses de ese año proponían una ética social que idealizaba los principios de la libertad y de la fraternidad y una independencia de la universidad frente al Estado.

Lo que ha ocurrido ahora en Francia es bien diferente. Se trata de la rebelión espontánea y desordenada de los hijos de los inmigrantes que ven cómo el Estado los considera ciudadanos de segunda clase y les niega las mismas oportunidades que tienen los hijos de los nativos franceses. Igual que el Katrina puso al desnudo la miseria de los negros del sur de los EEUU, esta rebelión de los franceses hijos de inmigrantes ha puesto al desnudo las injusticias de un capitalismo xenòfobo orientado hacia el beneficio de las grandes empresas y conglomerados. Como decía Sartre en la década del 60: “Europa hace agua por todas partes”. Hoy dicen los matutinos europeos: “Alarma en Europa por el caos en Francia”.

Un destacado columnista de Buenos Aires --José Pablo Feinmann-- dice: “Europa no sólo hace agua, tiene miedo. Los monstruos salieron de las catacumbas. Porque el de hoy es un mundo infinitamente más injusto que el que habitó Sartre. Caída la bipolaridad, el capitalismo se ha desbocado. Nada lo frena. Entregado a su codicia infinita (y a su infinita torpeza y a, insistamos, su no menos infinita falta de sensibilidad, de humanitas), el capitalismo nuevo milenio concentra la riqueza en manos cada vez más escasas y hunde en la miseria a la mayor parte del planeta. Esto lo saben todos. Lo que hoy ocurre en Francia no es fruto de las malas políticas de asimilación (de los inmigrantes y de sus hijos). La asimilación es imposible. Los hambreados, antes de morir, invaden la casa de los amos”.

No me cabe duda que, frente a esa situación, es necesario buscar alternativas que impidan el deterioro de la sociedad hasta extremos que hagan inevitable el estallido violento de los marginados. Pensar en una sociedad que ni endiose el mercado ni repudie el papel del Estado, sin mercadolatrìa ni estadofobia, que es la receta del desastre en Occidente. Pero tampoco con mercadofobia y estadolatrìa, receta fracasada en los países de la extinta “cortina de hierro”. Hay que buscar un justo equilibro entre el mercado y el Estado, pensando en el hombre, en el pueblo.

En esta época electoral, este tema –que los entendidos llaman: modelo de desarrollo-- debe ser un punto esencial de discusión entre los candidatos. No es posible, frente a fracasos tan estruendosos, seguir manteniendo la ilusión en un sistema que abre cada vez más la brecha entre ricos y pobres, engañando a los electores con el trapo de la violencia y el deseo de éstos de una mayor seguridad. Como lo he sostenido en varias de mis columnas anteriores, la seguridad es fruto del bienestar. Y el neo-liberalismo no lo produce. Todo lo contrario, genera cada vez mayores desigualdades, más miseria, y por ende mayor inseguridad.

Antonio Mora Vélez

Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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