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Costa había viajado a Bogotá a una reunión de universidades. Estaba en un descanso de la plenaria inicial, sentado en uno de los cafetines de la Universidad Capital. Le acompañaba Napoleón Rodríguez, profesor y directivo académico, que había sido en sus años mozos un aguerrido militante de la Juventud Comunista.
-Hombre, Foncho, cómo te parece, se murió Jorge Salím, tan servicial como era- dijo apesadumbrado el veterano profesor y hoy decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Capital.
Alfonso se quedó de una sola pieza cuando le escuchó decir a Napoleón que sentía mucho la muerte del "turco". El mismo Napoleón que varios años atrás acusó a Salim de ser un rector burgués y pro-imperialista durante las huelgas y mítines que dirigía con su verbo encendido en la plazoleta "Che" Guevara y que pidió su "cabeza de puerco" –así le decía- para evitar que a la universidad se la llevara "el putas".
Alfonso sonrió pero esperó a que el profesor terminara de manifestar sus condolencias por la muerte del "turco", a quien -nos contó también- le había hecho "el cuarto" en sus intentos fallidos de conquistar a Deyanira, la hija de Filiberto, lo que equivalía en esa época, de haber tenido éxito, a "tomarse el cielo por asalto", y que era parte de un plan político de Napo que no cuajó, encaminado a ganarse al "turco" para la causa proletaria.
-No se me olvida –dijo Napoleón- que, gracias a él, yo entré como profesor en la Universidad, que él peleó en el consejo directivo mi nombramiento con el argumento de mis buenas notas y de mi sentido de pertenencia con la institución, enfrentado a la oposición de los demás miembros reaccionarios del consejo.
Alfonso no le quitaba la mirada a Napoléon.
-Tampoco que la vez que la policía me persiguió y yo entré a los predios del edificio administrativo, él me escondió en la rectoría y no dejó que me capturaran...
Alfonso tuvo la tentación de dejar a Napoléon en su creencia y que se encontrara algún día a Jorge Salim en persona y se asustara, pero no quiso seguir cargando sobre su conciencia el peso de una muerte que no había ocurrido y de pronto el otro peso de una muerte ocasionada por la impresión de creer ver a un muerto más pesado que un escaparate.
-Óyeme Napo –le dijo-, todo eso que has dicho está bien. Yo sé que el "turco" es solidario, buena gente, demócrata, liberal, y todo lo demás, pero ocurre que no se ha muerto, está más vivo que el carajo, imagínate que es uno de los dueños de la universidad en donde yo trabajo...
Napoleeón quedó como petrificado por el anuncio y en lugar de alegrarse, lo que Alfonso esperaba, recordó sus épocas de dirigente juvenil revolucionario y exclamó:
-¿Nojodaaaa! ¿Está vivo ese politiquero liberal de mierda?... Oye, definitivamente la yerba mala nunca muere, y tanta gente buena como ha muerto, ¿Ah?. ¡ Pero lo que yo sueño se cumple! ¿Oíste?
-¿O sea que el "turco" se muere?— le preguntó Alfonso, sonriendo, a Napoleón.
-¿Qué si se muere?... ¡Ve preparándole el entierro! –le respondió
Sincelejo, agosto 23 de 2005