He leído con tristeza la carta de los hijos de Eric Roland Larsson, ingeniero forestal sueco que se quedó en Tierralta (Córdoba) después que sus compañeros terminaron su labor en la Represa de Urrá y decidieron regresar a su patria. Y digo con tristeza porque en ese hermoso país, Suecia, estudió uno de mis hijos y vive ahora mi hija, y porque tengo el mejor de los conceptos de su realidad social y de sus gentes. Y porque creo que es verdad, como lo afirman sus hijos, que el señor Larsson "es un hombre bueno que quiere lo mejor para todos y piensa lo mejor de todo el mundo". Y lo creo porque sé que los suecos son así, en su mayoría.
Antonio
Mora Vélez*
Ignoro las razones que haya tenido Erik Roland para cambiar el mejor ambiente social de su país por la inhumana, injusta y violenta sociedad colombiana. Lo imagino siguiendo los pasos de Linneo, su eminente compatriota, buscando en la gran biodiversidad del Alto Sinú el conocimiento de las muchas especies que allí tienen su nicho. O cediendo a los impulsos del amor con una mestiza del trópico. O viviendo la experiencia del sobresalto diario en nuestro mundo que es todo lo contrario del suyo en el cual los días pasan y pasan y la vida es el reinado de una felicidad monótona que termina por aburrir al hombre amante de las aventuras.
Pero al margen de las razones que haya tenido Roland para quedarse en Colombia y en una zona de conflicto, no hay derecho a que su libertad sea conculcada y su vida sea puesta en peligro. Él es un extranjero que nada tiene que ver con las causas de esta guerra y un hijo de Suecia, país en el cual la libertad no se limita a la libertad de elegir cada cuatro o más años a los gobernantes, sino que se extiende a la de contar con empleo bien remunerado, vivienda digna a bajo costo, educación y salud gratuitas.
Hace apenas seis meses estábamos mi señora y yo en el Aeropuerto de Barajas de Madrid y le entablé conversación a un vecino de la sala de espera que parecía latino. Le pregunté en inglés si esa era la puerta para el vuelo Madrid-Estocolmo y me contestó en perfecto español que sí. Yo le indagué entonces de dónde era y me dijo que de Suecia. ¡Pero habla usted muy bien el español! -exclamé. Y él me contestó: Lo aprendí gracias a mi trabajo, que me ha llevado por varios países de Sudamérica. ¿Y en qué países?. En varios –me contestó--, la última vez estuve en Colombia. -¿En Colombia?. Qué coincidencia: Yo soy colombiano. ¿Y en qué ciudad estuvo?. -En Montería, me respondió. -¡Yo soy monteriano!, le dije entusiasmado. –Qué pequeño es el mundo- me dijo y me habló de su trabajo como ingeniero hidráulico en Urrá, de lo bien que lo había pasado en Montería, de la comida sinuana, de la música de banda, del río, de la alegría de nuestras gentes, de la belleza de nuestras mujeres.
Y ya cuando nos preparábamos a abordar el avión que nos llevaría a Suecia, me dijo, sin el mayor asomo de pesadumbre ni de reproche, que solo se había sentido mal los días que estuvo secuestrado por la guerrilla. ¡Que pena! -alcancé a decirle y sentí toda la tristeza del mundo en mi alma y todo el orgullo de ser colombiano regado por el suelo. En ese momento pensé decirle al ingeniero que por desgracia estábamos en una guerra fratricida que desangraba al país y que la mayoría de los colombianos repudiábamos, pero no pude, el siguió adelante en busca de su asiento y me despidió con un gesto y una sonrisa y yo seguí con Idalia en busca del nuestro, mirando hacia ninguna parte con una cara que se me caía de la vergüenza.
Ahora ocurre el secuestro de Roland Larsson –infame y criminal como todos los secuestros—y siento que es otra vergüenza para Colombia y que la voy a sentir cuando vuelva a visitar a mi hija y alguien en Suecia me pregunte por él. Por eso no puedo menos que demandar su libertad con la sola fuerza de la palabra –la única que tengo— y de mis sueños de siempre de un mundo sin pobreza y con verdadera democracia –como el sueco- en el que no haya necesidad de recurrir diariamente a la violencia para dirimir las controversias o para conseguir la comida, las medicinas, el vestido y el techo.
P.D. Al término de este artículo la prensa de Montería ha divulgado que Roland Larsson entregó a una Inspección de Policía una denuncia en la que señala como responsable de lo malo que le pueda pasar a su concubina, a quien sindica de haber intentado asesinarlo con un cuchillo. Y que las autoridades no descartan que Larsson haya sido "vendido" a las Farc, las que lo tendrían secuestrado con fines de extorsión.
27 de junio de 2007
* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.