Antonio Mora Vélez - rodelu.net |
6 de Septiembre de 2006
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Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 1
"¡Pobrecito del Perú si se descubre el Sinú!"
I
El revólver
del sicario me obliga a contemplar la realidad como si fuera un chorro de agua clara, y a repasar aceleradamente mi tránsito vital por este mundo, desde el día en que, cansado de vejámenes y humillaciones, decidí desertar del Ejército Nacional, hasta este instante en el que veo el fuego de la muerte sobre mi rostro y el semblante del odio que lo dispara. Por mi mente pasan en sucesión fugaz, los recuerdos de mi tránsito vital por Montería, y veo caer –la primera página del repaso- la lluvia sobre la noche de mis primeros días en el cuartel de Yarumal, sentado en mi litera y recostado a la pared de la barraca que me tocó en suerte en el Batallón de Lanceros "General Rondón", al cual llegué por culpa de mi padre, un hombre soberbio e intransigente y con el alma dura como una roca, quien me entregó al distrito militar con el objetivo de que en el Ejército templara mi carácter indómito y olvidara esas ideas anarquistas de juventud que a nada conducen, según me decía.
-¡Colombia no puede vivir sin los gringos!– recuerdo que gritaba siempre que me recriminaba por mis lecturas y opiniones, y ello ocurría cada vez que le recordaba la frase premonitoria del Libertador sobre el papel de hoy de los Estados Unidos en esta América mestiza "plagada de miseria a nombre de la libertad".
Recuerdo que me subí en el primer autobús intermunicipal que pasó por la carretera, luego de varias horas de andar deambulando por las calles enfangadas, frías y oscuras de los extramuros de Yarumal. El autobús llegó cuando empezaba a desesperarme y había vislumbrado la posibilidad de quedarme en la finca vecina de un amigo hasta el día siguiente. Lo detuve y me subí en él sin preguntar por su ruta, y me recliné en una de las butacas de atrás y empecé a revolver el pozo de los recuerdos. Por mi mente desfilaron atropelladamente las imágenes de la niñez, de cuando salíamos por las calles de Lo Amador el primero de noviembre e íbamos de casa en casa diciendo "ángeles somos del cielo venimos pidiendo limosnas para nosotros mismos" y les decíamos a las caseras, si se demoraban, "no te dilates, no te dilates, saca el bollo del escaparate", y si no nos daban algo, "esta casa es de aguja donde viven todas las brujas", y recordando también el primer día de playa en el balneario de Marbella con Lucila, la joven mulata y melega de la casa que me excitaba la libido y a la que accedí carnalmente en uno de los paseos campestres que organizaba mi primo Luis Enrique en una finca de un tío suyo en el municipio de Turbaco, aprovechando la soledad del rancho durante la cacería de las guartinajas; también las escenas de mis primeros amores con Alma Olga, una de las niñas vecinas del barrio La Quinta en el que residí, meses después, con mis padres; de las clases de Español en el colegio con el profesor Vargas Prins, sobre el sujeto, el predicado y el complemento; de los partidos de béisbol con pelotas de hilo forradas con esparadrapo, en los playones de Basurto, con mi primo Orlando en el campo corto y yo en la segunda base; y de las tardes de vespertina en el cine Colonial, disfrutando los filmes de Pedro Infante, de Marga López, de Silvia Pinal y demás artistas del cine mejicano de la época, con Alma Olga "cogiendo pucho" conmigo en las bancas de atrás, a escondidas de su padre militar retirado que la celaba con un celo castrense que a su hija le parecía exagerado porque apenas si empezaban a salirle los "corocitos" pero que estaba fundado en la fama que me regó por todo el vecindario una prima de mi mamá de nombre Isabelita, desde la mañana bien temprano en que llegó a mi casa, entró a mi alcoba de entremetida, me levantó el toldo y me vio en la cama de lona, desnudo y con el pene alegre y derramado apuntando hacia el techo. "Este ya es capaz de preñar una burra", le dijo a mi mamá, con una sonora carcajada y sin reparar en el pudor de las vecinas impúberes que escuchaban en las accesorias contiguas, gracias a las paredes de tablas que las separaban y que filtraban hasta las rumores y quejidos de la noche de los habitantes del popular pasaje de madera y zinc de la calle de los Almendros.
A los pocos minutos de viaje, gracias al frío de la noche y a la música de fondo de la radio del bus, me quedé dormido.
A la mañana siguiente, luego de varias horas de sueño, desperté y vi por la ventana los primeros rayos del sol de ese día de enero de 1960 y reparé entonces en unas típicas casas de bahareque con techo de palma, de un barrio que parecía sacado de un filme de Sabú en tierras africanas o la reproducción a escala humana de los pesebres navideños que armábamos en la casa con los cartones y figuritas que mi madre guardaba durante el año en el cuarto de San Alejo. Pregunté a mi vecino de viaje en dónde estaba y éste me informó que en Montería, población de sesenta mil habitantes situada en las riberas fértiles del Río Sinú y capital del joven departamento de Córdoba: una región tan rica en recursos naturales que hizo exclamar al Inca -según los cronistas- "¡Pobrecito del Perú si se descubre el Sinú!".
La respuesta del pasajero me tranquilizó y en ese instante recordé al muchacho violinista que conocí en el primer Pleno Nacional de Dirigentes de la Juco realizado en Bogotá a finales del 59 y al cual asistí como premio a mis logros como dirigente estudiantil del Liceo Bolívar y, en especial, por mi participación en la huelga que le hicimos al profesor de Filosofía, un cura frustrado que no pudo concluir su carrera de Teología y quien se empecinaba en enseñarnos que el hombre no podía venir del mono porque no estaba cubierto totalmente de pelos como éste y porque, según Aristóteles, el efecto no podía ser de naturaleza diferente y superior a la causa.
En la estación, y luego de sentir el afecto de la brisa de esa hora temprana de la mañana, me bajé del vehículo, caminé unos metros y leí en la esquina la dirección del lugar. Busqué entonces en la libreta y encontré el nombre de Marcos Flórez. Y recordé al joven violinista nítido en mi memoria, cual flaco y pálido era, ejecutando el instrumento en uno de los descansos del evento, acompañando con su violín la murga de Alejandro Gómez Roa, el acordeonista que popularizó en un Festival Internacional de la Juventud en Cuba, un par de años después, la canción La solitaria estrella del poeta Valencia Salgado -el popular Compae Goyo-, y vi en mis recuerdos la escena de clausura del evento: el kilométrico discurso de Filiberto Barrero, invitándonos a practicar los métodos juveniles de trabajo; las canciones de la Guerra Civil Española, los abrazos y promesas de cartas, el besito de despedida de las hermanas Vera y Yira Castro, sobre todo el de Yira, compañera sincelejana que me gustaba y que se convirtió en Afrodita inalcanzable desde el día en que la descubrí de manos cogida con el camarada Manuel Cepeda, en una de las calles de la capital.
Al llegar a la casa número 30-37 de la Avenida Primera, supuse que había encontrado el sitio exacto y me decidí a tocar. Era una casa vieja de mampostería que acusaba el deterioro conjugado del tiempo y la desidia. Casi al instante me abrió el joven violinista.
-No me digas que también eres dentista- le pregunté, al reparar en el aviso de madera en el cual se leía Dentistería y que colgaba de la pared de la casa.
-El dentista es mi papá-, me aclaró Marcos Flórez, con la pesadez del insomnio en su rostro, sin reconocerme y sin poder ocultar su enojo. Me detalló de pies a cabeza, tratando de identificarme en el recuerdo. -¿Qué se le ofrece, amigo? - me interrogó enseguida.
Yo sonreí y busqué la libreta de direcciones en el bolsillo de la chaqueta.
-¿No te acuerdas de mí? Soy Guillermo Sobrino. Nos conocimos en el primer pleno nacional de dirigentes de la Juco.
Marcos me volvió a mirar de arriba a abajo, sin poder ocultar la desconfianza y el cansancio.
-¿Guillermo Sobrino? -me dijo-. La verdad es que te recuerdo vagamente. Tal vez has cambiado con esa motilada de recluta que tienes...
Marcos me invitó a entrar. Y yo lo hice. Al pasar por el vestíbulo observé la sala de recibo del consultorio, de aspecto más bien pobre, y en el cuarto de al lado, una unidad odontológica de pedal que parecía una reliquia de los tiempos de Upa.
-Me volé del cuartel en Yarumal, aprovechando una licencia, y tomé el primer bus que encontré en la vía... ¡Mira, aquí en esta libreta tengo apuntado tu nombre, la calle y el número de tu casa!
Marcos advirtió que, en efecto, en mi libreta de anotaciones estaban sus referencias, al lado de las direcciones de Manuel Cepeda Vargas y de Carlos Romero, quienes eran los máximos dirigentes de la Juco; de Francisco Garnica, de Cali; de Iván Ospina, de Pereira; de Jaime Pardo Leal, de Bogotá; y de otros dirigentes regionales de la organización juvenil revolucionaria.
-Es todavía temprano para estar levantados -adujo Marcos-. Te doy un tinto, te acuestas un rato y luego pensamos qué hacer con tu problema.
II
"De
haberlo sabido, esa mañana del día en que mi padre me entregó al Ejercito, hubiera liado bártulos para Mompós, a trabajar de maestro en el puesto que un amigo de mi padre vinculado a la Secretaría de Educación me había conseguido. Pero Mompós no me gustaba, por conservador y camandulero, y en donde, con seguridad, iba a tener problemas con los trapisondistas de la política, los curas y los padres de familia, por mis ideas revolucionarias. Y lo sospechaba porque sabía de los sinsabores que padecían Elvira Ortiz, Francisco Caraballo y Alejandro Mieles, los jóvenes estudiantes redactores de una revista de radio que denunciaba desde Cartagena los chanchullos de los gamonales y políticos de la Ciudad Valerosa. Por ese entonces, yo estaba convencido de la necesidad de un cambio para acabar con las injusticias sociales que observaba en los tugurios de Chambacú, del Papayal y de Canapote y no quería entender que ese cambio lo pudieran propiciar "los mismos con las mismas" como decía Jorge Eliécer Gaitán, porque ellos, los politiqueros y los aristócratas del poder y del dinero se encargaban de demostrar con su indolencia y su egoísmo que no lo harían. Creía que los partidos tradicionales, como sostenía Anteo Quimbaya en Los Tres Partidos Políticos Colombianos, no representaban las aspiraciones de los humildes sino los intereses de los gamonales y de los potentados. Y estaba convencido que ese tercer partido, que se frustró con la muerte de Gaitán, era ahora el partido que dirigía Gilberto Vieira. Y lo empecé a creer después del vuelo al espacio de Yuri Gagarin que demostraba, en mi creencia de entonces, la superioridad del sistema socialista sobre el capitalista. Y de leer las revistas soviéticas que mostraban casi siempre la imagen sonriente de una "koljosiana" recogiendo el fruto de la cosecha, y que registraban los informes sobre la ciencia soviética y los logros de los deportistas en un país que había sido destruido por la guerra y que se levantaba airoso entre los escombros. Siempre fui un rebelde y esa rebeldía encontró en el sistema socialista la justificación esclarecida. Y en la Juco, la "escuela de socialismo para la juventud colombiana". Aunque mantuve siempre la idea de un socialismo realizado mediante los cauces de la democracia, como en Europa, opté, a falta de algo mejor, por la organización juvenil del partido de la hoz y el martillo, que en esos años proponía una revolución democrática con participación, incluso, de la burguesía nacional. Pero la vida, con su carrusel de sorpresas, me depararía otros rumbos; y la historia, la desagradable realidad de una guerra atroz que no sospeché y que me tiene aquí, muriendo frente a esta barda ensangrentada de mi casa que no puedo escalar porque con la sangre se me va el espíritu, y pensando que no somos lo que queremos ser, sino lo que el destino quiere que seamos"
III
Al
día siguiente, agobiado por el calcinante calor del trópico, llegué en el campero destartalado contratado por el secretario del Partido, a una finca pequeña y hermosa, sembrada de maíz, plátano, hortalizas y frutales, de propiedad de Domiciano Genes, un pequeño agricultor y tío de Marcos que había sido militante del gaitanismo y que luchó al lado de don Carlos Lara en la población de Tierralta por la "restauración moral de la República", y a quien no le cupo la menor duda de que a Gaitán lo mandaron a matar las oligarquías de ambos partidos tradicionales porque sentían pasos de animal grande con su candidatura presidencial. Me hicieron compañía durante la media hora del recorrido por un carreteable polvoriento: el camarada secretario de agi-pro del comité de zona, Edgardo Nieto; el compañero Geminiano Pérez, un joven campesino humilde que había llegado procedente del corregimiento de Sarandelo con el firme propósito de estudiar la secundaria en el colegio nacional José María Córdoba; y Antonio, quien por esos días trabajaba como discotecario programador en la Radio Cordobesa y hacía sus pinitos como locutor de cabina en el horario de las diez de la noche.
La finca, ubicada en el corregimiento de Santa Lucía, tiene una casa de bahareque y techo de palma con apenas tres divisiones: la sala y dos alcobas, una, ocupada por los propietarios y otra por la empleada. Enfrente de la casa hay un rancho, también de palma, en cuyo interior están la cocina y el pañol, y dentro de éste, abundantes comestibles de la tierra. Cerca hay un embalse que sirve de baño natural y en los corrales una vaca manchada que les da la leche de todos los días, bastantes aves de corral y un par de bestias de montar.
Con el señor Domiciano conviven su esposa -una campesina trigueña y regordeta que trabaja a la par con su marido- y la empleada, una india de San Andrés de Sotavento que les hace la comida y les asea los aposentos y los alrededores.
La finca fue el hogar definido por el comité de zona del Partido para ocultarme mientras me salía el cabello, y en ella aprendí a manejar los aparejos agrícolas, a barbechar, a ordeñar, a cabalgar en pelo, a arreglar los portillos, a pescar y a cazar ponches y venados, sierra adentro y hombro a hombro con el señor Domiciano.
En contraste con el rigor de los cuarteles, allí disfrutaba la experiencia de la libertad en el escenario más propicio: junto al rumor de la brisa que mecía las hojas del maizal, junto al agua cristalina del arroyo que corría libre por entre el boscaje, junto al vuelo libre de los pájaros.
Así me sentía esa mañana mientras me bañaba en el embalse y me restregaba el jabón por mi cuerpo pequeño y cobrizo, completamente desnudo. Atraído por el chasquido de las ramas divisé a Cecilia, la cocinera india, oculta detrás de una trinitaria florecida. "El llamado de la raza, la magia del amor al natural, el deseo de la mujer que busca su otra parte para sentirse plena", pensé, y Cecilia ahí, agachada como si estuviera orinando pero lo que hacía era mirarme mis desnudeces mientras el agua se deslizaba acariciándome el pecho, el vientre y las extremidades.
Me dispuse a echarme otra totuma de agua y Cecilia apartó unas ramas con su mano izquierda y se acarició los senos con la derecha. "El olor de la raza penetrando cálidamente por sus ojos", volví a pensar. Y se me alebrestó el indio, porque yo era indio también, indio descendiente por línea materna de los primitivos pescadores de Kalamarí y de los orfebres y agricultores chibchas, por la paterna. Y decidí llamar su atención.
-¡Cecilia!-, se oyó justo en ese instante la voz de Domiciano llamándola y la india sorprendida se levantó y se marchó presurosa hacia el rancho. Frustrado por la interrupción, la vi partir y le acaricié con los ojos las caderas de potranca en celo que Dios le dio.
Por la tarde, a la hora del café y al entregarme el pocillo, Cecilia me clavó los ojos con malicia y me sonrió tan sutilmente que nadie se dio cuenta. Deduje que la sonrisa furtiva llevaba un mensaje y me dispuse a atenderlo.
Una noche, al cabo de muchas tardes de acicalamiento y de miradas y expresiones sugerentes, decidí traspasar la cortina de retazos que separaba la sala donde yo dormía, en una hamaca, de la alcoba de Cecilia, y me acerqué a la cama de ella y pude contemplar su belleza india completamente desnuda, aparentemente dormida en su catre de lona.
-¡Cecilia, Cecilia! -le dije, muy quedo, rogando que don Domiciano y su esposa no se despertaran. Ella hizo como si saliera de un profundo sueño y recogió los brazos alrededor de su cabeza. Gimió. Se pasó los dedos por sus ojos y reparó en mí.
-¿Qué hace usted aquí? -me preguntó. Usó el mismo tono de voz mío, casi un susurro, y se cubrió rápidamente el sexo con la sábana y los senos con sus manos.
-Te oí quejándote y supuse que tenías algo -le contesté muy cerca al oído. Involuntariamente le rocé las caderas con mi mano al apoyarme en el bastidor de la cama.
-No hable más porque el señor tiene el sueño ligero -me recriminó del mismo modo. Su voz era un susurro de hojas alegres y sus labios tocaron mis orejas.
Con el contacto, todos mis vellos se erizaron y sentí punzante el acicate del deseo en todo el cuerpo, y decidí hacer mía a la muchacha y experimentar una vez más el olor y el sabor de la mujer en celo. Me senté en la cama y empecé a acariciarle los cabellos largos y lacios y ella me recorrió con los dedos toda la geografía de mi tórax. Sus manos se convirtieron en exploradoras eróticas y las mías se regaron por toda la epidermis de Cecilia y abordaron sus amplias y duras nalgas de chola virgen. Ella se volvió, coqueta, sobre sus espaldas y dejó al descubierto la almendra húmeda del placer. Yo junté mi cuerpo con el suyo, mis labios succionaron el néctar de la pasión que se desbocaba en la hembra y mi falo, enhiesto y anhelante, penetró su tibia cavidad de algas.
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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.
Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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