Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 10
“¡Que suene el porro que a mí me gusta!”
I
En
este momento de amargura no puedo menos que recordar los buenos tiempos de la radio, que era, por esas lunas, no solo la fuente de alegría musical en los hogares sino el medio de información más eficaz. Las noticias que enviaban los corresponsales de los diarios bogotanos salían impresas dos o tres días después, cuando ya toda la gente, por medio de los noticieros de radio y de la radio bemba, conocía los detalles del suceso. Por esa razón, y porque El Rebelde había entrado en bancarrota económica por culpa del bloqueo publicitario que le decretaron el gobierno y la empresa privada, el comando departamental del MRL decidió hacer, en marzo de 1963, una radio revista informativa, aprovechando la circunstancia de la llegada a la localidad del empresario radial Germán Gómez Peláez, hombre de convicciones democráticas y espíritu tolerante, quien me abrió nuevamente las puertas de la creatividad, facilitándome por su nueva Emisora la difusión de un dramatizado que tenía en mente sobre la vida de María Varilla, nuestra legendaria bailadora de fandango.
El Informativo salió al aire con la finalidad de desmentir la campaña de desorientación que los politiqueros de la oligarquía hacían entre los habitantes de los barrios populares y para servir de soporte al trabajo legislativo que hacíamos en el Concejo Municipal. Era escrito por Rafael Yances, Remberto Canabal y por mí, quienes llegábamos todas las noches a la Emisora con los libretos y nos metíamos dentro de la cabina y allí preparábamos al excelente locutor de nombre Carlos Ospina, y a Antonio, en la entonación maliciosa de las voces para que las palabras dijesen mucho más de lo que significaban literalmente.
-El presidente Valencia -leía Carlos- fiel a la estirpe de los Valencia de Popayán, pasa este fin de semana en la ciénaga de Ayapel dedicado al deporte real de la cacería de patos...
-Le acompañan el gobernador Amín y varios conserjes del Palacio de Cachichí, aparte de una legión de "lagartos" en trance de figuración- agregaba Antonio, con ese timbre brillante de tenor lírico que tenía y con el cual soñó ser igual o mejor que Julián Ospina, el locutor noticioso de la emisora Nuevo Mundo de Caracol.
-Sin importarle un pepino -continuaba Carlos- que en el país el índice de inflación haya pasado del 4% en 1.962 al 27% en este año...
-Ni el tíbiri tábara en el que se encuentran los adjudicatarios del barrio La Granja que no pueden pagar las cuotas que les han impuesto en abierta violación a la ley 140 de 1.959 que ordena la entrega de los lotes en forma gratuita -finalizaba Antonio.
El humor fino y la ironía que manejábamos Rafael, Remberto y yo en los comentarios, se complementaban con el manejo apropiado en la modulación de las voces que Ospina y Antonio hacían. Y era tal la acreditación del programa del MRL que a esa hora de la noche no había un sólo receptor que no lo sintonizara. Y todos lo escuchaban porque por él se enteraban de los desfalcos, de las trapisondas de los "manzanillos" liberales y conservadores, de las ollas podridas, del tráfico de influencias, de los contratos polutos y de las demás artimañas de la rosca politiquera empotrada en el Palacio de Cachichí. En esas emisiones, y no obstante los coqueteos de algunos emerrelistas de la línea blanda con el Palacio de San Carlos, El Informativo sostenía que era preferible ser cabeza de ratón y no la cola de Guillermo León Valencia, y rechazaba la colaboración burocrática con un gobierno que, según López Michelsen, había sido elegido "por el falangismo, el consorcio Ospina del dinero, los representantes del capital imperialista y el oficialismo liberal oligárquico".
Por esa época, empezaba a sospechar que el Partido iba por un camino que no era el mío. En Cuba, la Segunda Declaración de La Habana señalaba que no era justo ni correcto ilusionar a los pueblos con vías legales de acceso al poder que no existirán mientras las oligarquías latinoamericanas y los monopolios tengan la fuerza de las armas. En ese sentido iban los funcionarios del llamado Comité Regional de la Costa del PCC, Pedro Márquez, Carlos Ávila y Augusto de la Parra.
-Toda la actividad del Partido -decía el primero de ellos en una reunión del Comité de Zona, convocada para escucharlos- debe estar en función de la perspectiva revolucionaria. En la provincia hay una selva impenetrable, la del San Jorge, ideal para un proyecto de lucha guerrillera a largo plazo.
-Los “mamertos” del Comité Central –apuntaba el segundo—están comprometidos con el Partido Comunista de la Unión Soviética para sostener la línea pacífica de la revolución en Colombia, con todo y la masacre de Santa Bárbara.
-Nosotros, los marxistas-leninistas, debemos crear las condiciones para la toma del poder y no esperar que éstas se den por obra y gracia del espíritu santo- sentenciaba Márquez Ribón.
-”Centro América” debe ser la chispa que encienda toda la pradera- decía el camarada De la Parra.
A la dirección nacional no le gustaban las propuestas de Márquez Ribón y de Arias. Por esos años, su política era la de justificar la existencia de las llamadas repúblicas independientes que el senador Gómez Hurtado pedía someter con las armas del Ejército y que no eran más que las colonias agrarias de Marquetalia y Río Chiquito, organizadas por antiguos guerrilleros comunistas desmovilizados durante la pacificación de Rojas Pinilla, y que, a diferencia de los liberales, no habían entregado las armas y mantenían su organización política.
Una de esas colonias, la de Marquetalia, dirigida por el ex-guerrillero Pedro Antonio Marín, apodado Tiro Fijo por su buena puntería, y para la cual éste pedía al Estado una carretera, una escuela y un puesto de salud, fue invadida unos meses después por un ejército de dieciséis mil soldados al mando del Coronel José Joaquín Matallana, para imponerle el puesto de policía que los compañeros de Tiro Fijo se negaban a aceptar porque para eso tenían su propia policía cívica y sus propios mecanismos de solución de los conflictos. Tal situación obligó al Comité Central a hacer un replanteamiento político, del cual emergió como panacea la “combinación de las formas de lucha”. Y a mi se me hizo más difícil sostener mi posición civilista, mi defensa de las luchas electoral y de masas por la democracia. Luego ocurrió lo que todo el mundo sabe. Que los campesinos comunistas se convirtieron en guerrilleros porque el Estado colombiano no fue capaz de permitirles vivir en paz en un paraje selvático a mil millas de la capital, y que el hombre humilde que los dirigía, que hubiera podido llegar a ser concejal de Ibagué con los votos de su pueblo, o a lo sumo diputado a la Asamblea Departamental del Tolima, si la solución hubiera sido otra, pacífica y democrática, hoy comanda un ejército de veinte mil hombres que no se va a contentar con la devolución de las gallinas, de los cerdos y de las vacas que perdieron con la célebre toma militar aerotransportada de 1964.
La copa se rebosó en el pleno del Comité de Zona en el que alegué que para mí eran más importantes la labor de libretista de radio y los debates que hacía en el Concejo de Montería en defensa de los pobladores de los barrios pobres, que las reuniones casi clandestinas del edificio Panzenú.
- En tales reuniones –les dije en ese Pleno, realizado en el patio de mamones y tamarindos de la compañera Corina- las más de las veces no hacemos sino hablar del socialismo que se construye en otras partes del mundo, en lugar de estudiar cómo vamos a hacer para construirlo en nuestra patria.
Con la sola excepción de Nieto, los demás camaradas del Comité de Zona: Potes, Mendieta, Portillo, Valero, Vitola y “el tuerto” Badillo, no quisieron aceptar que yo había nacido para la cultura y el periodismo y me insistieron en que debía ocupar una trinchera en el combate contra el imperialismo y el izquierdismo infantil de Pedro Márquez y Carlos Ávila.
-Un marxista de sus capacidades, camarada Sobrino, no puede andar desperdiciándolas escribiendo pendejadas sobre una bailadora de fandango- me decía Mendieta al tiempo que me reclamaba una mayor vinculación a las tareas internas del Partido y me invitaba a que lo ayudara en la labor de esclarecimiento de la línea política del noveno congreso.
- Yo prefiero ser Manuel Zapata Olivella y no Gilberto Vieira –le dije a Mendieta en esa reunión-, porque aspiro a estar en el corazón de todos los colombianos con mis obras literarias y no a vivir Detrás del Rostro impenetrable de un partido casi desconocido por el pueblo.
- Y yo estoy de acuerdo –expresó, “metiendo la cuchara”, la compañera Corina, quien no era del comité pero quien se permitía una que otra acotación cada vez que llegaba con una nueva tanda de patacones con queso y otra jarra con chicha de corozo, las que preparaba con esmero y disciplina revolucionaria, para aliviar con ellas el desgaste producido por las kilométricas y aburridas intervenciones teóricas de los camaradas.
II
-¡Que suene el porro que a mí me gusta!- diría Ana Paola en el papel de María Varilla. El operador de sonidos puso a rodar el disco María Varill en interpretación de la banda Bajera de San Pelayo, y Ana Paola comenzó a mover con gracia y erotismo las caderas, como si estuviera de verdad en la rueda del Fandango. Siguiendo un libreto escrito por mí, estaban en las festividades patronales del Dulce Nombre de Jesús y la banda de Alejandro Ramírez tocaba su repertorio de porros pelayeros. El "Guillo" Valencia Salgado -poeta, escultor, locutor, coreógrafo, actor, músico y creador del personaje de la farándula El Compae Goyo- hacía el papel de Ño José, el tamborero, parejo de la famosa bailadora.
Al inicio del baile sacó su pañuelo y empezó a moverlo en el aire y a poner los ojos en la pareja con picardía, mientras Ana Paola se le plantaba sonriente y desafiante con las manos a la cintura y moviendo cadenciosamente sus caderas, invitándolo. El Goyo dio un salto adelante y pisó con su pie derecho los predios de Ana Paola. "Ayayayay, se encontró el hambre con la ¨comía¨, María de los Ángeles", exclamó, y le brindó a la bailadora el mazo de velas. Ella, coqueta y jacarandosa, lo cogió, lo elevó en ofrenda a los dioses de la danza, luego dio media vuelta y se le perdió en la rueda imaginaria del fandango.
El Goyo abrió los brazos, abanicó su sombrero y se fue rítmicamente tras el cuerpo danzante y esquivo de Ana Paola, abriéndose paso por entre los demás bailadores. El narrador Carlos Ospina describió a los oyentes del dramatizado los movimientos eróticos de la pareja, él persiguiéndola con pasos en zigzag a ras de suelo y ella apresurando el paso sin dejar de mirar a su parejo y luego realizando un giro en abanico para que los espectadores se sintieran contagiados por la emoción de la bailarina que juega coquetamente con el asedio de su parejo, y refleja en su rostro y en sus movimientos sucesivos, la pasión, el placer y el ardor amoroso que aquél le inspira. Luego explicó la reminiscencia africana del baile según Moureau de Saint- Méry y a continuación dijo que María Varilla era porro, era mujer y era leyenda.
Los miles de seguidores del programa radial evocaban las caderas y glúteos insinuantes de María Varilla y el acoso permanente del mulato que la seguía en el redondel, girando ambos alrededor de la banda pelayera en sentido contrario a las manecillas del reloj. Él invitándola con sus piruetas y su sombrero "diecinueve" en la mano y los ojos buscando los ojos de ella, y ella coqueta, jugando con sus requiebros, ahuyentándolo con el fuego de las velas. En más de una vereda, la radionovela fue el epicentro del fandango que prendía sus espermas apenas terminaba el capítulo de esa noche, porque María Varilla -decía Carlos- era la bailadora interminable, la fandanguera exquisita, la sandunguera, la mulata sensual que enardecía a los hombres con la mecedura de sus caderas y el paisaje ondulado de sus nalgas.
"¡Baila, María, baila!
que el fandango es para ti"
Recalcaba Ospina, con las palabras del poeta Valencia Salgado, y a Ana Paola la desnudaba el sudor, por el calor de la cabina de grabación, y su rostro palidecía por el cansancio. El fandango del acetato, entretanto, continuaba su fiesta de clarinetes y el narrador, ensimismado en su libreto, se transformaba y asumiendo el papel de declamador decía los versos del poeta:
"¡Baila, María, baila!
que te azuzaron los perros
los músicos de mi tierra.
¡Baila, baila, baila!
que ya se rompió la noche
sobre tus anchas caderas..."
María Varilla bailó y bailó hasta el amanecer, de acuerdo con el libreto. Y fue tal el paroxismo de Ana Paola en la interpretación del personaje, que todavía recuerdo, como si fuera hoy, la expresión de angustia de mi amigo Maximiliano de la Ossa -a quien le pedí esa tarde que me acompañara a ver la grabación del capítulo- y la frase que lanzó en el ánimo de volverla a la realidad:
-¡Por Dios, paren la música que a esa mujer le va a dar algo!
Ana Paola, compenetrada a fondo con su papel, paró en seco, sonrió al escuchar las palabras del buen amigo Max y se retiró silenciosamente del escenario de grabación, limpiándose con un pañuelo el sudor que le corría por su rostro.
III
“Guillermo Valencia Salgado, el popular Compae Goyo, solía acompañar las tertulias culturales que hacíamos en el Liceo Atenas, aunque no con la frecuencia de Rosita Santos y de Benjamín Puche, porque para esas calendas aún soñaba con llegar a ser un jurista de prestigio y hacía, con tal fin, la judicatura rural en los municipios lejanos y polvorientos del Alto Sinú y del San Jorge. En mi época de estudiante de secundaria, lo escuché muchas veces por la Radio Colonial de Cartagena de Indias, representando al personaje que lo inmortalizó, El Compae Goyo, haciendo reír con las picardías de Tío Conejo campesino enfrentando las maldades de la Tía Zorra latifundista. Por esos tiempos él cursaba los primeros años de derecho en el Claustro de San Agustín. Y estuvo a punto de terminar su vida en Cuba, si hubiera accedido a la invitación que Celia Cruz, la guarachera de la Sonora Matancera, le hiciera para trabajar en CMQ-TV de La Habana, desde que lo conoció cantando y representando al Compae Goyo en la Emisora y bailando un porro en la Plaza de La Aduana, en las fiestas del 11 de Noviembre de ese año. Lo vi por primera vez, años después, en uno de los programas folclóricos en vivo de la Radio Cordobesa, declamando un lamento campesino, que le salía tan natural porque él era un campesino de El Sabanal, y desde entonces supe que no había nacido para los códigos sino para el arte. Con él compartí varias reuniones literarias y puedo decir con orgullo que conocí los esbozos de sus primeros relatos y de sus famosas estampas sinuanas. De él aprendí los tres movimientos musicales del porro y la historia de las primeras bandas que lo ejecutaron. Y gocé muchas parrandas en la casa de José Luis Sossa, oyéndolo cantar sus creaciones en ritmo de “sinuanito”, esa especie de porro paseado, acompañado con guitarras, que le sirvió para cantarle a la Quebrada del Juí, a la mujer de sus sueños, a los personajes del pueblo, al paisaje y a la vida. Era un artista y un bohemio, y tenía frente a los ricos y hacendados una expresión de sorna y desprecio que jamás llegó a convertirse en eso que los teóricos del Partido llaman 'odio de clase'. A los camaradas les decía 'compañeritos', que más que un calificativo cariñoso, era la forma como expresaba su convicción acerca de la pequeñez del partido que representaban. La última vez que lo vi, hace apenas unos días, los escritores del grupo literario “El Candil” le hacían un homenaje en el Restaurante “Uno y dos, sancocho y arroz”. Esa noche, después del homenaje, y de habernos comido con regodeo la carne al escalope que fue ofrecida por el cocinero del negocio, salí con Antonio, con Néstor, con Alexis, con Serafín y con Rubén Darío y nos sentamos en una taberna del barrio con la decisión de degustar unas cervezas bien frías, con escarcha. Al poco rato, cuando todavía no habíamos escanciado la primera botella, ni concluido el análisis del acto organizado por 'El Candil' y yo no hacía sino mirar de un lado para otro, tuve que retirarme. Presentía la inminencia del fuego sobre mi cuerpo, de este fuego que me arrebata la vida en este instante por mi imprudencia con Tania, la joven activista de Tierralta, y no quise comprometer a mis amigos literarios”.