Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 11
El Liceo Atenas
I
Recuerdo
ahora que en una tertulia de música y literatura realizada en el patinejo de la casa de Rafael Yances, surgió la idea de comprar el Liceo. Esa tarde de sábado, el violinista Marcos Flórez, acompañado por Tiburcio Romero al piano y por el maestro Herazo en el bandoneón, interpretaría con su “Stradivarius”: Hurí, El cucarrón, La gata golosa y otras piezas musicales andinas; el poeta y médico recién graduado, Hernando Santos Rodríguez, declamaría, con su elegancia de cuna, los poemas de su inspiración: Noche triste en Chambacú, Playera y Campesina descalza; Rosita Santos, su hermosa y delicada hermana, declamaría El Prodigio, de Juana de Ibarbourou, y su voz y sus manos parecían compendiar el embrujo de todo el universo, y posteriormente leería uno de sus poemas, el que dice en uno de sus apartes: “Estoy hecha de esperas y ansiedades, de ausencias y nostalgias milenarias, huérfana de mimos y caricias, exiliada del gozo y del amor, habitada por infinitas soledades...”, ella, hermosa estampa de mujer deseada que siempre fue la omega de mis sueños. Yo leería el cuento social “Viernes Negro”, con el cual aspiraba a participar en un concurso literario; el Guillo Valencia Salgado, preludiaría sus cantos costumbristas con la tonadilla de presentación que lo popularizó en los medios artísticos ("Yo soy el Compae Goyo/ campesino y zaramullo/ pa'la mujer soy capullo/ y en sus brazos soy ternura/ mi voz tiene la dulzura/ de la paloma en su nido/ y pa'el hombre estoy medío/ desde el hombro a la cintura..."). Y luego declamaría Amores Campesinos, Paloma Guarumera y Velorios Campesinos, poemas costumbristas de su autoría que reflejaban su amor por la tierra cordobesa, sus gentes y su folclor; Geminiano declamaría las Odas al Aire, a la Papa, a la Cebolla y a la Alcachofa, de Pablo Neruda. Y Rafael Yances diría, por su parte, citando La revolución invisible del poeta Jorge Gaitán Durán: "Sentimos que se ha producido una ruptura dramática en la historia de Colombia. Durante años hemos percibido un sabor de lodo y muerte... sentimos el ruido subterráneo de un cambio, de un gran movimiento de estructura. Sabemos que estamos al borde de un proyecto decisivo pero ignoramos cómo integrarnos a él, cómo iniciarlo, cómo realizarlo..."
Marcos Flórez fue quien hizo el contacto entre el dueño del plantel, un guitarrista e instructor de música de apellido Martínez, y los intelectuales del MRL interesados en comprarlo. A los pocos días de esas primeras conversaciones se perfeccionó el contrato y en Octubre de 1963, la junta directiva integrada por los doctores Rafael Yances, Felipe Zabala, Remberto Canabal y Rafael Espinosa, este último un “cachaco” de destacada actuación como asesor jurídico del sindicato de la embotelladora de gaseosas Román, anunciaba a la comunidad monteriana la aparición de un centro de educación diferente que en su declaración de principios prometía: "Cátedra libre, libertad de investigación, respeto estimulante por las ideas progresistas, vigencia permanente de las más certeras orientaciones del magisterio universal, estudio honrado del mundo real que circunda al hombre y tolerancia con la libertad y la conciencia del individuo".
En el acto de apertura de labores académicas diría el culto y gallardo médico Hernando Santos, designado Rector, que en el Liceo no habría "sitio para el sectarismo ni para el fanatismo, porque la verdadera instrucción libre dice lo que gusta y lo que no gusta y evita cuidadosamente que la inteligencia sea esclavizada por el error".
En ese clima de intolerancia que vivía Montería en esa época, que produjo hechos tan aberrantes como el del director de la Biblioteca Municipal, quien prohibió a los jóvenes la lectura de obras como Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia, de Indalecio Liévano Aguirre y El origen del hombre, de Carlos Darwin, por considerarlas peligrosas, el Liceo Atenas se convirtió en el oasis de los intelectuales contestatarios y en el escenario de divulgación de las ideas anatematizadas por el "Establecimiento".
A él se vincularon los compañeros Edgardo Nieto, como Vicerrector; Marcos Flórez, como docente y tesorero-pagador; Ana Paola Anaya como secretaria, más para ayudarme a mejorar los ingresos de la familia, dado que el sueldo de la radio no era bueno y el del colegio tampoco; y yo, como Secretario Académico. Fueron sus docentes los abogados Felipe Zabala y Roberto Yances; el licenciado en Sociales recién egresado de la Universidad de Tunja, Eduardo Pastrana; el gramático autodidacta Alfonso Cujavante y el topógrafo Benjamín Puche, ya retirado del MRL por desavenencias con "el Compañero Jefe", López Michelsen, a quien consideraba incapaz de dirigir el proceso de toma del poder por el pueblo. En el cargo de revisor fiscal fue designado el camarada León Portillo, dada su experiencia laboral en el Banco de Colombia, adquirida antes de haber decidido incursionar en el oficio de vendedor de libros y folletos de tendencia marxista.
El Atenas funcionaba en una casona vieja de madera con techo de zinc, ubicada en la esquina de la Calle del Comercio con la carrera séptima. A ella nos mudamos Ana Paola y yo. Marcos Flórez, quien ofrecía las cátedras de contabilidad y de música. Y el docente de matemáticas Benjamín Puche con su esposa Josefina, famosos por las siestas interminables que hacían y que a mí se me puso, se me metió entre ceja y ceja, no eran más que un pretexto para ocultar el “polvo” de las dos de la tarde.
También, y aunque por el tiempo requerido por el contrato, el carpintero Julio César Uribe, a quien le decían el capitán porque había sido propietario de una camioneta de acarreo, a la cual le puso el nombre de uno de los más renombrados barcos de cabotaje que surcaban las aguas del Sinú en travesía hasta Cartagena de Indias. Había llegado a Montería procedente de las praderas agrestes del río San Jorge, región en donde dejó un buen crédito como ebanista. Tenía ese año de su vinculación al Liceo como carpintero de planta, cincuenta y dos años bien vividos, edad que no representaba, por su contextura vigorosa y su tez colorada y libre de arrugas.
La sociedad cultural Atenas le había asignado la tarea de fabricar en tres meses los ochenta pupitres que iría a necesitar el nuevo instituto de bachillerato comercial en Febrero de 1964. En Enero, cuando el “capitán" Uribe terminaba su obra de carpintería, sucedió el incidente que ameritó en el sentimiento de sus amigos el ascenso al grado de "coronel", grado que exhibió con orgullo por el resto de su vida.
Yo había adelantado un debate en el cabildo en contra de los auxilios oficiales a institutos privados de educación que en nada beneficiaban a la sociedad porque "se mantenían atados a una concepción anacrónica del mundo que no permitía la liberación de las conciencias". Al concretar cargos y referirme a los dineros entregados por el Concejo a un benemérito maestro chocoano, me expresé de éste con términos desobligantes que motivaron la ira de su hijo, un agente retirado de la policía conocido por el apodo de Bolillo quema'o por su color, sus pocas carnes y su condición de carabinero en uso de buen retiro.
El vástago herido en su honor de familia recordó sus viejas misiones de patrullero rural en las riberas del río Atrato y se armó de un “Colt 38” decidido a cobrar con mi existencia el agravio infringido a la tranquilidad de conciencia de su anciano padre. Llegó al Liceo y entró por el postigo del patio. En el amplio pasillo al cual se accedía por dicho postigo encontró al "capitán" Uribe y le preguntó por mí. El ebanista cepillaba una de las sillas del contrato y le respondió que el señor secretario académico no estaba. Se percató del revólver que llevaba Bolillo escondido detrás de la pierna derecha, se retiró disimuladamente hacia el dormitorio de los internos y sacó de una mochila que había colgado detrás de la puerta, otro revólver que tenía el aspecto inofensivo de las reliquias históricas y con el cual amedrentó al frustrado homicida.
Días después conocimos la otra versión acerca de la actuación del ya ascendido "coronel" Uribe. Fue un domingo después de oír El Sueño de las Escalinatas, de Jorge Zalamea, en el tocadiscos que le servía al ilustre preceptor de música, Marcos Flórez, para capear el bochorno del medio día con los conciertos para piano de Mozart que eran, según decía, verdaderas sinfonías con piano obligado.
Rafael Yances, amigo y vecino del anciano educador ofendido, me llamó por teléfono y me previno: "¡Guillermo!: Bolillo quema'o va en tu busca para matarte. Vente para mi casa, que es el último lugar en donde él te buscaría". Yo salí al patio dando tumbos por entre los pupitres y, con todo y mi pequeña estatura, subí la pared que limitaba con la calle del comercio y ya en ésta corrí en dirección a la casa de Beatriz Lorduy, mujer valerosa que estampó su firma en el acta de constitución de la Asociación de Maestros de Córdoba en 1958 y quien gozaba del aprecio de todos los compañeros sindicalistas por su alegría contagiosa, su condición de mujer de bien y su decidida identificación con la causa de los asalariados.
Allí le pedí un poco de tintura de “merthiolate” y me unté en una escoriación que me hice en la rodilla derecha durante el primer intento de escalamiento de la barda.
Mientras en el Liceo ocurría el enfrentamiento entre el "coronel" y Bolillo quema'o, enfrentamiento aún no definido por los historiadores, yo saltaba cercas y eludía la persecución de varios perros furiosos que me salieron al paso por los patios de la vecindad. Rememoré entonces mis jornadas victoriosas como centro delantero del onceno Juventud que entrenaba Edgar Potes y reconocí que el Comité de Zona tenía razón al llamar a sus militantes a practicar el fútbol la tarde de los sábados en la plaza grande. Prevalido de mi buen estado físico, pude saltar las ocho cercas que separaban el Liceo de la casa de Rafael y encontrarlo en la hamaca que tenía guindada en el quiosco del patinejo. El doctor Yances me recibió con su acostumbrado buen humor.
-Creo que has impuesto un récord en los cuatrocientos metros con vallas -me dijo luego de enterarse de los pormenores de mi espectacular fuga-. Esa reacción de Bolillo yo me la esperaba -- agregó, y rió socarronamente.
-¿Ese loco si será capaz de matarme? -le pregunté, todavía jadeante. Rafael aspiró el humo de su cigarro y lo exhaló en forma de anillos sucesivos.
-Es capaz de eso y de mucho más -me contestó y me invitó a comer un poquito de dulce "mongo mongo" servido en tortas de casabe “orense”, y a beber un vaso de chicha fermentada de maíz que guardaba en una damajuana-. Es para que se te quite el susto -agregó.
En el Atenas, entretanto, ocurría el célebre episodio que le significó al ebanista Uribe Tuirán el ascenso al grado de coronel, grado cariñoso inspirado en el afecto de quienes lo trataban y que confundió al General Rojas Pinilla la vez que éste le consultó, al concluir el "coronel" un fogoso discurso en una manifestación de la Alianza Nacional Popular, en qué destacamentos había servido y de cuál promoción de la Escuela Superior de Guerra era.
El profesor Eduardo Pastrana sostuvo que Bolillo quema'o fracasó en sus propósitos vindicatorios porque no contó con el valor y la astucia del "Capitán" Uribe. En un libelo ortodoxo que publicó en el exilio, años después de su obligado traslado ministerial a Santiago de Cali, a instancias de la curia, el erudito investigador del pasado diría que "El ebanista de izquierda hizo salir del recinto al armado y energúmeno visitante. Este sintió en la espalda, arriba de las nalgas, una punta de hierro que lo tocaba. Y una voz: Suelte esa pistola o usted se muere en el instante". Minutos más tarde, cuenta el referido historiador, llegó "un batallón de soldados y policías. El "capitán" Uribe estaba trabajando en la construcción de un tablero. Los jefes de la tropa lo interrogaron. Le pidieron el arma. El "capitán" echaba humor como si nada hubiera ocurrido.
-Ningún arma, señores. La última vez que toqué un fusil casi no la recuerdo.
-¿Y la pistola que usted usó en contra del señor Murillo?
El "capitán" Uribe soltó una carcajada sardónica y fugaz.
-Ninguna pistola, amables señores. El problema es que el señor Murillo se llenó de miedo porque le puse esto y se lo sobé por la espalda.
En la mano derecha, el "capitán" mostró en alto una enorme, reluciente y sarcástica garlopa".
II
Mi
esposa Maruja, petrificada como una estatua de mármol por el horror, ve pasar al sicario que huye después de haberme disparado. Viene a mi mente entonces ese día de abril de 1964 en el que Montería amaneció con una escultura más. Una escultura que no había sido encargada ni por la Curia ni por el Gobierno local. Y que no tenía la firma de ninguno de los escultores famosos de Cartagena de Indias y de Bogotá, a quienes los voceros del "Establecimiento" les habían encomendado los bustos de Laureano Gómez y del patricio conservador Miguel R. Méndez y la estatua del Papa Pío XII.
Ancho de espaldas, de facciones duras, estrecho de caderas, de piernas cortas y apenas cubierto en sus partes pudendas por el taparrabo usual de los canoeros, El Boga fue presentado como un homenaje artístico al pueblo trabajador que había contribuido con su sudor al engrandecimiento de toda la comarca. Su autor, el abogado, poeta, músico, actor, coreógrafo y escultor Valencia Salgado, lo había esculpido en los talleres del popular “Tigre” Pérez, un simpático empleado judicial que quería ser escultor y que era amigo de aficiones artísticas y de bohemias intelectuales del Compae Goyo.
El día de su inauguración en la avenida 20 de julio, a orillas del Río, estuvimos presentes casi todos los dirigentes del MRL y profesores del Liceo Atenas. El intelectual Eduardo Pastrana fue el encargado de hacer el brindis. Con la parsimonia que le era característica alzó su copa de licor, entrecerró los ojos y brindó porque con ese monumento se abrían las puertas del arte a las aspiraciones estéticas de los trabajadores, puertas que habían sido cerradas con la censura clerical y desmantelamiento de la parodia teatral “Vivan los árboles”, escrita y llevada a escena por él con los alumnos del colegio nacional José María Córdoba y en la que hacía una crítica al fanatismo y a la intolerancia reinantes en toda la provincia.
El Boga duró setenta y dos horas en su base de concreto: una canoa truncada pegada en el centro de una alberca pequeña y rodeada de nenúfares y de algas. Un tipo altanero, atrabiliario y fortachón de apellido Villadiego, estimulado por el ron anisado que expendían en el cabaret El Palmar y por las palabras del cura Restrepo, dichas en la misa dominical en contra de la escultura ("violación aberrante de la estética cristiana basada en el pudor"), la destruyó a martillazos y para ello contó no solo con el silencio cómplice de la policía sino de la prensa hablada, que se limitó a decir, al día siguiente, que un artista loco, émulo de Miguel Angel, le había arrancado un pedazo a la rodilla de El Boga, mientras le decía, en medio de su delirio: “¡Habla, corroncho de mierda, habla!”.
El domingo siguiente, y en medio del estupor de las beatas de la primera misa, la estatua de mármol del Papa Pío XII amaneció sin la mano derecha. Así había sido decidido en una reunión posterior realizada en el patio del Liceo Atenas, a la cual asistieron los dirigentes más esclarecidos del MRL, del Partido y del colegio y algunos “maestros sublimes” de la incipiente masonería pitagórica del Sinú, en una santa alianza que fue comparada por el padre Mercado con la figura del basilisco que usaba Laureano Gómez para asustar a los conservadores durante los años tenebrosos de la violencia. Ana Paola vestida de caqui, el espigado visitador médico Maximiliano De la Ossa, quien no olvidaba sus épocas de iconoclasta en Centroamérica, Marcos Flórez y yo, fuimos los encargados de ajustar la cabuya en la diestra de Eugenio Paccelli, la noche del sacrilegio. Remberto Canabal pisó el acelerador de su "jeep". La cabuya se puso tensa. Maximiliano le decía: "¡Acelera! ¡Acelera!... que no quede nada en pie de ese fascista", convencido de que los pobres de solemnidad anhelaban saborear el placer de la venganza por lo acontecido a El Boga e irían a prorrogar las festividades del 20 de enero para explayar su alegría. Remberto aceleró y aceleró hasta que la mano cedió y la escultura de Su Santidad quedó manca, daño sacrílego que fue apañado inmediatamente por un tallista sacro de renombre, enviado por la Arquidiócesis de Cartagena de Indias.
Pero no hubo el jolgorio democrático que los catedráticos y amigos del Liceo Atenas deseaban y esperaban que se produjera. Pasó todo lo contrario. La Iglesia organizó una misa campal de desagravio a la que asistió casi toda la comunidad y en ella el señor obispo Pimiento excomulgó de forma innominada a los autores del sacrilegio, a quienes señaló como enemigos de Dios, de la Iglesia y de sus feligreses. La estatua del Papa, una vez arreglada, fue cambiada de sitio y hoy se la puede admirar en el pórtico del palacio episcopal. El Boga, en cambio, terminó arrinconado en el cobertizo parrandero de la finca “La nueva ola” de Rafael Espinosa, convertido en colgadero por su mucama. Y hoy, al cabo de tantos años, es apenas un pedazo de añoranza en el sentimiento de los intelectuales contestatarios de entonces.
III
“La
impune destrucción de El Boga –le recuerdo ahora- generó un sentimiento de frustración entre los intelectuales y artistas de izquierda del Sinú, quienes vieron cerradas sus posibilidades de expresión en el sistema político excluyente que la clase dirigente había impuesto en nuestro país. Este sentimiento de frustración se incrementó días después cuando se produjo la toma de Marquetalia por parte del Ejército y sus pacíficos moradores tuvieron que enmontarse para defender sus vidas. Era el comienzo de una nueva etapa que no presagiaba nada bueno, que auguraba el comienzo de una nueva guerra. Y el temor comenzó a rondar en el pensamiento de todos nosotros, porque las arbitrariedades en contra del MRL y de los campesinos se convertían poco a poco en represión caliente y porque veíamos cómo se cerraban las posibilidades de un desarrollo democrático del país y cómo la intolerancia se tomaba los escenarios del debate.
Los camaradas del San Jorge también temían que algo parecido a lo ocurrido en Marquetalia ocurriera en la colonia campesina de Centro América y comenzaron a presionar el envío de cuadros militares que prepararan a los colonos por lo que pudiera ocurrir. “Si hasta ahora nos han venido decomisando los productos, nos han inmovilizado el “Johnson” y nos han enviado comisiones punitivas con la policía, ¿qué podremos esperar cuando las cosas empiecen a ponerse más calientes?”, dijo Gonzalo en una de las asambleas de la colonia. Pero el Comité Central los ignoró, no juzgó que en el caserío existieran condiciones que justificaran este tipo de lucha, calificaron como una ventolera las propuestas del camarada Gonzalo y optaron por enviar al camarada Vicente Valero, destacado “cuadro” sindical agrario que se formó políticamente en los cafetales del Tequendama y ni él –que no tenía cara de saber disparar un tiro- ni nuestros camaradas de la célula, nada pudieron hacer frente a la rabia desatada de los colonos que advertían inermes cómo los policías, conchabados con el latifundista Serpa, les decomisaban los frutos de la tierra que ellos transportaban hacia Montelíbano en el ”Johnson” que les regaló el camarada Potes, y tuvieron que padecer el rechazo de los camaradas que se voltearon para la línea china y quienes, con el trabajo de organización de Gonzalo, de Abigail y de Otoniel y la orientación de Márquez Ribón y de Francisco Caraballo, decidieron fundar el PC-ML y el Ejército Popular de Liberación.”