Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 13
¿Quién es el padre Camilo Torres?
I
Ahora miro en la conciencia que me queda, al colegio nacional José María Córdoba con sus prados extensos y su arboleda frondosa, que convertían en un placer los minutos previos a la entrada a clases. Y veo sus canchas y amplios pasillos, la caseta de las gaseosas, los dulces y las tortas de pan viejo que parecían ladrillos y que llamábamos de esa manera. Y la esquina cervecera de enfrente en la que nos reuníamos los sábados los profesores amigos a hablar de política, de deporte y de mujeres y en donde vivía una chica de caderas como de ánfora que tenía fama de alborotada y que era pretendida por uno de nuestros colegas de apellido Ossío. Y recuerdo que había vuelto a la cátedra, aunque por horas, gracias a los buenos auspicios del prefecto de disciplina, Eduardo Blanquicet, quien me recomendó al Rector Montoya Calderón para que resolviera el problema de la asignatura de Francés, que había quedado otra vez sin docente y que yo había regentado con éxito en años anteriores, hasta el día en que el cura Cortázar me despidió por subversivo. Y recuerdo también ese interés que existía entre los docentes del plantel de esa época por las formas de expresión verbal y por los libros.
El Licenciado Montero, por ejemplo, luego de escribir en el tablero el desarrollo cada vez más simplificado de una ecuación algebraica, les dijo a sus alumnos, una mañana:
-De donde se colige -Y giró la cabeza para observarlos, aún con la tiza puesta en la madera -que equis es igual a 2y-. Luego sonrió, se sentó en su escritorio y les interpeló engreído: "¿Qué tal, cómo les pareció el terminacho?
Las clases de Literatura con el ilustrado profesor Pastrana eran un paseo por lo mejor de la novelística y la lírica mundiales. En ellas enseñaba los nombres y nos ponía a leer y a comentar en clase fragmentos de las obras de Camus, Faulkner, Hemingway, Neruda, Gorki, Darío, Vallejo, Kafka y el de un costeño de apellido García que prometía mucho, en opinión de los críticos, autor de una obra que estaba a medio camino entre la novela y el cuento y en la cual narraba las desventuras de un coronel después de su jubilación, y que terminaba con una palabra que al rector del colegio, que era “cachaco”, le pareció grosera y poco literaria: mierda. El profesor Rengifo afirmaba en las tertulias debajo de los árboles del patio que en El Ramayana hindú se hacía mención de naves aéreas propulsadas por el fuego, de simios que hablan y pelean con armas de rayos que carbonizan lo que tocan, y de seres sobrenaturales que parecían provenir de otros planetas. El padre Rojas Alarcón, docente de Filosofía, también sugería la lectura de buenas obras. Decía que el hombre culto era, por fuerza, virtuoso y bueno. Seguía en esto a Sócrates, aunque sentía por Aristóteles la admiración que se le profesa al científico. Nada, según él, ocurría al azar; todo estaba determinado por leyes y éstas eran una creación de Dios, quien no jugaba a los dados, como dijo Einstein.
En ese ambiente se produjo un movimiento de lecturas y discusiones intelectuales en torno a los problemas del país, en el cual el profesor Pastrana; el profesor de castellano, Alfonso Cujavante, recién vinculado al colegio y quien también sabía de literatura; Geminiano, quien ya era miembro del secretariado de la Juco, Antonio y yo, jugamos un papel importante. Parte de ese proceso –que se inició con la creación de los centros culturales- lo constituyó el acto que decidimos hacer en el colegio, en agosto de 1965, con la participación del sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo, aprovechando su anunciada visita a la provincia. "Desayuno proletario con el padre Camilo", titulamos el encuentro, aludiendo con sorna al banquete del millón del padre García Herreros.
Una vez hizo su aterrizaje el DC-3 de Avianca en el aeropuerto de Montería y en el cual venía el cura rebelde de Bogotá con su comitiva, la brigada de activistas de la Federación de Estudiantes, de la Juco y yo, rompimos el apretujamiento de la muchedumbre y prácticamente lo secuestramos y lo llevamos al colegio, que quedaba a pocas cuadras del campo aéreo. A nuestra llegada, la academia se desarrollaba normalmente. El licenciado Pastrana decía que el visionario había sido Bolívar y no Santander, y que el segundo había traicionado al Libertador en el Congreso Anfictiónico de Panamá, postrándose de rodillas ante los gringos. En el laboratorio de Química, el prefecto Blanquicet hacía el experimento del potasio o del chisporroteo como lo calificó Geminiano. Y en el laboratorio de Física, Alcides Montero le explicaba a un escolar abierto de piernas que lo que le colgaba era la bisectriz.
Nada hacía presagiar la alteración de la tranquilidad matutina y solariega del plantel. Pero a la media hora de iniciadas las clases llegamos con Camilo, sus acompañantes y los manifestantes del Frente Unido del Pueblo y nos tomamos por asalto las instalaciones.
-¡Agarra la campana y dale hasta que todos estén afuera!—recuerdo que le ordené a un compañerito de nombre Pancracio, quien golpeó la campana con más contundencia que el señor Barón, el campanero, y a los dos minutos la mayor parte del estudiantado estaba frente a la tribuna, en el lugar de las banderas, aplaudiendo al padre Camilo y a sus acompañantes: el caudillo universitario Jaime Arenas y el dirigente nacional de la Juco, Alvaro Marroquín. Todos ellos charlaban animadamente a pocos pasos de la rectoría con el abogado laboralista Rafael Espinosa, quien se había desilusionado del MRL y se había convertido en el principal animador del Frente Unido en Montería.
El profesor Pastrana me preguntó si le habíamos pedido permiso al señor Rector y le dije que no, que se me había olvidado con tanto agite en la organización del acto pero que lo podíamos hacer, que no había problema. Enseguida me dirigí al despacho del doctor Montoya y lo encontré leyendo un código voluminoso y fumando un puro de fabricación nacional.
-Señor Rector -le dije-, el padre Camilo Torres desea saludarlo.
El rector Montoya divisó con desagrado el final del pasillo del segundo piso y confirmó que, en efecto, allí estaba el sacerdote rebelde con sus acompañantes. Seguidamente me dijo.
-¿Simplemente saludarme, profesor? ¡O sea que tampoco él me va a solicitar el permiso para ocupar la tribuna! -Cerró el libro que leía y aspiró una bocanada de humo del cigarro. Su expresión de desagrado cambió con el aroma del tabaco.
-El padre Camilo va a hacer un simple saludo a la comunidad y luego va a desayunar con nosotros en el comedor; por ello no creí necesario pedirle el permiso -le contesté nervioso, de pie y delante de su escritorio.
-¡Siempre que ustedes utilicen las instalaciones del colegio deben pedirme el permiso! -me replicó mientras se levantaba de su sillón giratorio. A continuación puso el cigarro en el cenicero y se encaminó hacia la puerta que comunicaba con el pasillo. Afuera y enfrente de los visitantes inesperados, echó mano de su bagaje y de su diplomacia y saludó al padre Camilo con la cortesía que le era proverbial.
-Este centro de educación se honra con su presencia, padre y doctor Camilo Torres. Puede usted hacer uso de la palabra y ojalá les enseñe a los muchachos que no existe contradicción entre la rebeldía de la juventud y el respeto por los reglamentos y el orden.
El sacerdote sonrió amablemente y le estrechó la diestra al rector. Éste regresó a sus oficinas y nos dejó el balcón libre para que pudiéramos realizar el acto de presentación del padre Camilo a la comunidad del colegio.
Dijo entonces el padre Camilo a los asistentes que su llamado estaba dirigido a los liberales, a los conservadores, a los socialistas, a los comunistas, a los teístas, a los ateos, a los obreros, a los campesinos, a los profesionales, a los pequeños, medianos y grandes propietarios, a los empleados, a los estudiantes y a las amas de casa que creen en la necesidad de un cambio que elimine el hambre, el desempleo, los tugurios, el analfabetismo, la prostitución, los niños sin escuela, los campesinos sin tierra, las muertes prematuras por inasistencia médica, en fin, las injusticias de la libertad. "Porque para nadie es un secreto -afirmó- que la libertad en un sistema individualista, como el nuestro, condena a los hombres a sufrir las consecuencias de la desigualdad".
Después de ese breve discurso del fundador del Frente Unido, nos trasladamos al comedor del plantel, dos puertas más adelante. Las grandes mesas, unidas por los manteles blancos que nos prestó la secretaria Muriel Pernett, no fueron suficientes dado el número de escolares, docentes y empleados que quisieron esa mañana desayunar con el padre Camilo.
No obstante que a última hora, “el flaco” Richard, responsable del avituallamiento, aumentó el valor del puesto y disminuyó las raciones de yuca harinosa y de mantequilla casera, los estamentos del colegio se inscribieron masivamente en el desayuno, más con la ilusión de quedar impresos en los anales de la historia que con el deseo de consumir las viandas elementales que acompañarían el delicioso chocolate de harina que había preparado “La Niña” Rosa, la mamá de Antonio, en su puesto de venta del mercado público. Allí estuvieron presentes -entre tantos que se me escapan- los casi bachilleres y hoy destacados profesionales: Pedro Falco, César Solano, Luís Moreno, Nelson Cotes, Antonio Mora, Fausto Zapa, Omar González, Jorge Barrera y Alberto Hernández; los catedráticos de entonces: el profesor de Biología, Luis Aparicio; el de dibujo, Antonio Martínez; el esoterista y docente de Inglés, José Rengifo; el preparador físico y entrenador, Saturnino Jiménez; el ya conocido profesor Eduardo Pastrana, el profesor Cujavante y casi todos los empleados que se encontraban a esa hora en las edificaciones.
Consumido el desayuno, despedí a los visitantes y comensales de esa mañana con unas palabras de salutación por lo que consideré un acontecimiento histórico: “Nunca antes un sacerdote había sido recibido en el colegio con tanto entusiasmo como hoy —dije-. Todavía están presentes en mi memoria los aciagos días de la inquisición montada en estas aulas por el cura falangista Cortázar, de ingrata recordación para todos”, agregué. Geminiano, por su parte, no quiso perder la oportunidad para mostrar sus dotes de declamador social y despidió al padre Camilo y a los integrantes de su comitiva con el poema de Nando Santos:
"Cómo me duele Colombia,
compañera
con su sangre inundando el labrado y el sol
y el cielo inmenso
Cómo me duele a mí, tremendamente
esta mujer que cuelga la miseria entre sus senos y estira su mirada
para buscar promesas y horizontes"
Al concluir el poema y recibir Geminiano los aplausos de los comensales, el joven dirigente de la Juco, Wilson Potes, exigió que nos volcáramos a la calle en manifestación por toda la avenida del cementerio y encontró decenas de voces que lo secundaron.
-¡Para salir a la calle no hay permiso!- advirtió Antonio-. Los actos tienen que ser en recinto cerrado por el estado de sitio.
Pero el alborozo de los jóvenes y el deseo de los directivos del Frente Unido se impusieron y en media hora, con mi ayuda y la de los profesores Pastrana y Cujavante, los estudiantes habían organizado la manifestación, y al poco rato pasábamos por la vía de entrada al aeropuerto y seguíamos por la calle del cementerio hacia el Centro, aclamando a Camilo y gritándole ¡abajo! a la oligarquía vacuna y pastoril de Córdoba y llamando a los pobladores del sur a la unidad para hacer respetar los derechos de los pobres.
A la altura de la Carrera Séptima -y ya habíamos recorrido un buen trayecto-, un pelotón policial se apostó en la mitad de la vía con la evidente intención de no dejarnos pasar. La avanzada de la manifestación llegó hasta ellos y se detuvo y todos nos sentamos sobre la calzada en actitud pasiva. Un capitán de apellido Escobar, que estaba al mando, se adelantó unos metros con el propósito de dialogar con nosotros. El padre Camilo, Jaime Arenas, Espinosa, Marroquín, Cujavante y yo, continuábamos dentro de la multitud, sin embargo era fácil advertir que éramos Camilo, Arenas, Espinosa, Marroquín, Cujavante y yo, por la edad y la indumentaria. Jaime Arenas supuso que el capitán actuaba en cumplimiento de una orden de captura en contra del padre, porque así había ocurrido en Medellín en días pasados, y se puso de pie y salió al frente de la situación.
-¿Quién es el padre Camilo Torres?- preguntó el oficial de la policía, utilizando un tono reposado y conciliador.
-Yo soy- contestó Jaime Arenas. Y atisbó con picardía al padre.
-Padre Camilo -advirtió el capitán-: El señor alcalde le manda decir que por favor realice su concentración en el cine Nariño, conforme lo convenido, ya que las manifestaciones callejeras están prohibidas por el estado de sitio.
Mientras el oficial de policía decía lo anterior, el verdadero Camilo cruzaba el cordón de detención acompañado por el “flaco” Richard y Boris Zapata y se marchaba, pero no con dirección al cine, sino al hotel, para cambiarse de ropa. Los manifestantes continuamos sentados en la calzada y esperamos que él se perdiera en la distancia de la avenida tercera y después nos dispersamos, dándole las gracias al comandante de la patrulla por su prudencia y buenas maneras.
-Padre Camilo: hágame el favor de regalarle un autógrafo a mi hija -le solicitó el capitán a Jaime Arenas, al despedirse.
El líder estudiantil de la Universidad Industrial de Santander recibió la libreta con sorpresa pero actuó con naturalidad y escribió: "A María Juana y con el mismo amor del padre Camilo, Jaime Arenas". Los manifestantes que nos percatamos del hecho, aguantamos la risa por un rato.
Unas horas después, en el cine Nariño, el padre Camilo presidiría el mitin del Frente Unido que estaba programado para esa tarde. El cine estaba ubicado en la parte baja de un edificio de tres pisos, todavía en obra negra e inconcluso en su tercer nivel y que era el lugar de entretenimiento de los habitantes de los barrios Nariño, Sucre y Montería Moderno. En su interior cabrían apretadamente quinientas personas sentadas en bancas largas de madera, a la mayoría de las cuales le faltaban algunos listones que les habían arrancado los cineastas de galería en respuesta a los cortes intempestivos del celuloide por el mal estado de los proyectores o a las mutilaciones de escenas eróticas ordenadas por Nazario Martínez, el censor sempiterno de la Acción Católica. En el segundo piso quedó la Emisora del Sinú, por los tiempos en que Augusto Yepes Fernández dirigía y animaba el programa “Buscando una Estrella” y Antonio interpretaba, con el acompañamiento musical de los guitarristas Roque Zumaqué y Pepe Guerrero, las canciones que cantaba Andy Russell, en especial Soy un extraño, y la eterna inspiración de César Portillo de la Luz, Contigo en la distancia, en dura competencia con Anita Zumaqué, mulata sensual que cantaba, actuaba y tenía los labios y el cuerpo como la actriz mejicana María Victoria.
Esa tarde, memorable para la izquierda de Córdoba, fue el escenario de varios discursos de todos los matices. Desde el fogoso del “Coronel” Uribe, quien dijo, emocionado: “Yo soy un hijo del proletariado y estoy con los hombres que sean capaces de movilizar esta marcha de gigantes que cambiará el sentido de la historia”; pasando por el alegre y orientador mío, que llamaba a la unidad popular en defensa de la democracia amenazada por el militarismo y la “mano negra”; por el doctrinario y ortodoxo de Marroquín, quien se refirió a las metas tácticas y estratégicas de la lucha revolucionaria; hasta el diáfano y pedagógico del padre Camilo Torres.
Luis Arenales estaba también en el mitin pero como espectador, sentado bien al fondo de la sala. Lucho, a diferencia de los militantes y simpatizantes del Partido, no entendía cómo se podía estar en el MRL y en el Frente Unido, simultáneamente. Con la idea de recibir una aclaración a sus dudas pidió la palabra, luego de que el vocero de la juventud en el acto, Boris Zapata, hiciera un llamado al compromiso serio y decidido con la revolución. Era la hora de las golondrinas y afuera una larga fila de cinéfilos esperaba la anunciada función de vespertina: un filme con el humorista mejicano, Clavillazo.
Arenales se puso de pie y puntualizó con voz fuerte:
-En el MRL hemos luchado juntos los liberales de izquierda y los camaradas como Sobrino, Nieto y Rosso, en llave con los conservadores progresistas y del pueblo, como Víctor Forero, Tozcano y Cancino, que están aquí conmigo. ¿Para qué queremos otro Frente Unido si ya tenemos uno aquí en Montería?
El padre Camilo dudó un instante antes de responderle, sopesando el argumento, instante que aprovechó el compañero Marroquín para explicarle:
-El Frente Unido es una organización estratégica, es decir, de mayor alcance político, cuyo objetivo es conseguir las metas inmediatas de la revolución, en cambio el MRL es un movimiento electoral, con objetivos limitados, y está en crisis.
Arenales no quedó conforme con la explicación de Marroquín y lo hizo ver con la expresión que inmortalizó Gaitán y que produjo hilaridad entre sus compañeros.
-¡Mamola! -gritó, y acompañó la palabra con el conocido símil de los tres dedos-, ustedes lo que están es ardidos porque el MRL va a ingresar al Poder -dijo finalmente.
II
“A Camilo no lo mató el desespero revolucionario, la enfermedad infantil del comunismo de que hablara Lenin, lo mató el acoso de una clase gobernante que no quería dejarse arrancar una sola conquista, que no quería permitir una sola reforma que limitara sus ganancias y su poder. Una clase que, así como su antecesora, la asesina del 9 de abril del 48, creó la “Mano Negra” para urdir su muerte y así evitar que su palabra honesta, limpia y buena, prendiera en el corazón de los humildes. A Camilo no lo mató la impaciencia. Lo mató la incomprensión de los sectores de izquierda que se decían voceros del pueblo y que se peleaban por acaparar su imagen y sus ideas, y que llegaron, incluso, a criticarlo después de muerto. A Camilo no lo mató el deseo de hacer realidad el amor con un fusil. Lo mató la hostilidad de los púlpitos. La indiferencia de los católicos de camándula. La intolerancia de los gobernantes. El egoísmo de los potentados. A Camilo no lo mató el Ejército. Lo mató la convicción de que el imperio del norte y la oligarquía colombiana no le permitirían desarrollar su evangelio electoral y que lo irían a asesinar como a Gaitán. A Camilo lo mató la desilusión de ver a tanto pueblo seguir las pisadas del verdugo.”