Antonio Mora Vélez - rodelu.net |
4 de diciembre de 2006
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Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 14
Breve historia de la ruptura y el fracaso
I
Mi vida en este instante –alma y materia separándose-- me lleva a pensar en la división política del Partido y en la posterior del MRL, y en la llegada a Montería en octubre de 1965, del intelectual marxista Luciano Ariza, invitado por el Liceo Atenas para dictar una conferencia titulada “Las diferencias del Partido Comunista Chino con el movimiento comunista internacional”, tema que se había convertido de actualidad por la división existente en el seno del Partido entre las dos líneas, la de Moscú y la de Pekín. La noticia produjo en la curia un estremecimiento de soberbia por lo que el padre Restrepo estimó, en su homilía dominical, “la patente de corso que el Liceo sacrílego otorgaba a un representante de Satanás en Colombia para envenenar las mentes de nuestros estudiantes”. Y, cosa curiosa, también en las filas maoístas, que consideraron la presencia del politólogo como una provocación a su indiscutible triunfo en el movimiento sindical y estudiantil del departamento.
Luciano era, además de filósofo y crítico literario, uno de los columnistas mas leídos de la Voz de la Democracia y un destacado abogado nacido en cuna de plata, que se codeaba en los cócteles de los clubes de la capital con lo más granado del cogollo aristocrático santafereño, y que podía decir que tenía un pie en Tunjuelito y otro en el Chicó, sin el temor de que alguien le gritara: “¡Cuidado con el cerro de Monserrate!”.
En su erudita disertación, presenciada por casi doscientos asistentes apretujados en el patio y pasillos del Liceo, Luciano sostuvo que los chinos tenían los cables cruzados ya que confundían la contradicción interna, nacional, que se da entre la burguesía y el proletariado, con la contradicción externa, internacional, que se da entre los campos socialista y capitalista. La solución de una y otra contradicción es diferente, dijo. En lo interno: la lucha de clases, que puede resolverse pacíficamente, como sucedió en Checoslovaquia, o por la vía armada, como en China y Cuba. En lo externo, la coexistencia pacífica de los dos sistemas, que no puede resolverse militarmente ya que se pondría en peligro la existencia de la humanidad puesto que el “tigre de papel” (el imperialismo, según Mao Tse Tung) tiene colmillos nucleares.
Después de la disertación nos fuimos varios miembros del Comité de Zona y del MRL al Bar Regina para contemplar el escultural cuerpo y la cara de princesa de la mesera estrella del establecimiento y para consumir unas cuantas cervezas bien frías. En el Bar, el profesor Pastrana le preguntó a Luciano cual era su cargo dentro del partido y éste, inflado como un pavo real, le contestó: “Ideólogo”.
--¿Ideólogo? –exclamó Pastrana--. Ideólogos son Marx, Engels, Lenin… Aquí en Colombia somos intérpretes pero no ideólogos --dijo finalmente, mostrándose tal cual era, iconoclasta e irreverente.
Los demás sonrieron pero no le dieron mayor trascendencia al asunto para no apenar al camarada Luciano, quien simplemente sonrió después del desplante del profesor Pastrana.
A la mañana siguiente, Luciano, --quien conocía plenamente mi condición de marginado, me llamó a conversar sobre la situación política del país, pensando tal vez que mi retiro de las filas se debía solamente al dogmatismo y al sectarismo de Potes y de la mayor parte de los integrantes del Comité de Zona. Yo lo pensé dos veces pero asistí a la cita del camarada Ariza en la rectoría del plantel, porque lo conocía de vieja data, desde la vez que, en una de sus visitas a Montería, me acompañó a una noche de farra en el cabaret de la “Negra” Amalia y resultó pringado con una gonorrea romo-sinuana que lo obligó a gastarse casi una fortuna en inyecciones de “Benzetacil”.
--Camarada: ¿Por qué no regresa a las filas partidarias? Ahora hay muy buenas condiciones para el trabajo de masas en el cual usted tiene experiencia y que es el que le gusta --me dijo en la oficina del Liceo--. Además –agregó--, en diciembre el grupo fraccionario maoísta hará un congreso para protocolizar la división, y con ellos están Potes y otros camaradas más del Comité de Zona.
Luciano Ariza, no obstante el calor acrecentado por el techo de zinc de la vieja casona, vestía de saco, chaleco y corbata, como si estuviera en Bogotá.
Yo medité antes de contestarle. Pasé la mirada sobre la fotografía de López Michelsen arengando las multitudes y sobre los retratos de Marx y Engels, que adornaban las paredes de la rectoría; sonreí, hice un gesto de escepticismo y le dije:
--No, camarada. No es posible ese retorno que usted me propone. La tesis de la combinación de las formas de lucha de masas, en mi opinión, apunta a un desenlace sangriento de este proceso. La burguesía va a hacer lo mismo. Va a combinar la democracia aparente con la violencia sin nombre y entonces en las filas de los cuadros legales de las ciudades no va a quedar títere con cabeza, y yo quiero conservar la mía.
II
“Ahora que la sangre resbala entre mis dedos, no puedo menos que pensar en la terrible ironía de esas palabras y en el célebre poema atribuido al dramaturgo alemán Bertold Brecht, que dice que por haber guardado silencio cuando se produjo el apresamiento de los liberales, de los sindicalistas, de los católicos y de los comunistas, porque no era conmigo, ahora me llevan a mí. Y pensar que los fascistas de ahora no se llevan a los sindicalistas, a los liberales, a los revolucionarios y a los católicos para la cárcel, los matan en cualquier esquina o vereda”.
III
Wilson Potes, uno de los líderes de la escisión y uno de los “cuadros” que lió bártulos hacia el partido maoísta (ML), había introducido en el seno de la Juco el cuestionamiento a la línea política, que consideraba pacifista y “mamerta” porque se fundaba en los llamados métodos juveniles de trabajo, que no eran, según él, sino “puro porro, merecumbé, guachafita y mamadera de gallo”, en lugar de preparar a los jóvenes para la lucha revolucionaria, seria y frontal contra el sistema.
Pero la ruptura orgánica estuvo precedida de un divorcio en los sentimientos de amistad, que tuvo como florero de Llorente el incidente ocurrido en un baile financiero que hicimos en la Casa Sindical para costear los gastos de envío de Geminiano a la Escuela de Cuadros de la Juco. Las hermanas Cabrales, altas y esbeltas hijas de un campesino rico de Jaraquiel, fueron la causa del incidente. Wilson Potes departía con Otoniel Linares, el propagandista regional de la línea china. Evelia Cabrales, que así se llamaba la hermosa colegiala de ojos rayados que había sido una de mis novias clandestinas, no perdía las esperanzas de recuperar mis afectos, y fue al baile con su hermana Liduvina y con la resolución de reemprender el trayecto, de volver a amarrar los lazos de amor que yo solté una noche de fandango en los palcos de la corraleja de la Plaza Grande. Le dije en esa ocasión que yo no tenía pensado vivir con ella ni romper con Ana Paola –que no fue al baile porque hacía un turno en la Emisora--, y la razón era que yo tenía pensado estudiar Derecho y que lo mejor era separar los rumbos y que cada uno realizara su plan de vida sin el apremio o la talanquera del otro. Evelia no pudo retener las lágrimas esa vez y me observó: "Pero que conste que entre nosotros no ha pasado nada". Yo le respondí que era un caballero y que los caballeros tienen como inviolables los secretos más íntimos y deliciosos del amor, pero no pude resistir la tentación de escribir un poema que titulé: Aquellos besos de la radio, hasta hoy inédito y en el cual le pregunto al final:
¿Y si hubieras sido mía
rodeada de ventanas empañadas
y de boleros añejos
aquella noche de la lluvia?
La noche del baile de la Juco volvimos a recordar las vespertinas en la luneta de madera del cine Montería, las citas en los escaños situados debajo de los grandes árboles de la avenida 20 de Julio, los paseos a la finca El Embrujo de su tío Eduardo y el amartelamiento nuestro en una de las hamacas de los dueños, y los programas de complacencias que Antonio perifoneaba por la Emisora y que yo utilizaba para enviarle mensajes cifrados con el título de las canciones. Pero en mis predios sentimentales había una sembradora de ilusiones de nombre Maruja, joven trigueña, más espiritual y con un rostro más hermoso que el de Evelia y el de Ana Paola y unas caderas de rumbera cubana, que le valieron para ganar un reinado del colegio, y con la que me hubiera amancebado ese año de no haber sido porque en los bailes --y a ellos no íbamos muy a menudo-- evitaba que su monte de Venus coqueteara con mi intimidad despierta y porque en las noches de visita, sentados juntos en la butaca de la sala de su casa, me agarraba las manos y las mantenía a la altura de sus muslos, empecinada en maniatar el afán exploratorio de mis dedos. En ese tiempo yo creía que la mujer estaba destinada, como decía Nietzsche, para el reposo del guerrero. Pero Maruja –la mujer que ahora llora mi muerte-- había sido educada en un instituto religioso de inspiración agustiniana y en él le enseñaron que el sexo impuro, no bendito por el matrimonio, es la prueba visible de la persistencia del demonio en el cuerpo del hombre.
Esa noche yo le pedí a Geminiano que me hiciera "el cuarto" con la hermana de Evelia. Wilson se ofendió porque Geminiano y yo departíamos alegremente, y porque me consideraba un renegado oportunista que se acomodó en el MRL, en la docencia y en la Secretaría Académica del Liceo Atenas para sacarle el cuerpo a la revolución. Y comenzó a fraguar la acción que debería dañarnos el programa con las hermanas Cabrales. Primero fueron una serie de indirectas dichas en voz alta, que salían engañosamente espontáneas de su conversación con Linares ("Oye mamerto, despáchame una cerveza que voy a bailar, voy a combinar la lucha etílica con la lucha rítmica"). Seguidamente, los sucesivos "baratos" y en los mejores porros, que nuestras amigas se encargaron de parar ("Nosotras vinimos al baile por ellos y no deseamos bailar con ustedes", les reclamó Evelia, quien era una mujer alta, acuerpada y de carácter), y finalmente, cuando ya la fiesta había terminado y nos encontrábamos en la caseta de la cantina contando el dinero de la venta, la andanada de piedras que nos lanzaron desde afuera de la casa y que logramos eludir detrás de un parapeto que armamos con las cajas de las cervezas y de las gaseosas y con la nevera de madera que nos prestó el compañero vendedor de refrescos Hortensio Jiménez.
Pero no hay mal que por bien no venga. Esa noche, escondidos en la caseta de la cantina, Evelia se refugió en mis brazos y pude besarle apasionadamente sus labios carnosos, recorrer los valles y ensenadas de su cuerpo de guitarra con mis dedos, y estuve a punto de fondear mi bergantín en su íntima rada de ensueño de no haber sido porque Liduvina le armó una tremenda bronca a Geminiano cuando éste, obnubilado por el licor, y apenas conociéndola, la apercolló de buenas a primeras e intentó montarse en ella como si fuera la potra de nácar del poema.
Unos meses después, Geminiano y Antonio habían viajado a Cartagena de Indias, ilusionados con la carrera de Derecho, la que --según el mentor del primero, el doctor Roberto Yances-- habría de sacarlos del anonimato y de la pobreza. Ya para esa fecha Evelia se había casado con un obrero del acueducto que la visitaba en mis ausencias y se había producido en el Partido la división que intentó evitar el politólogo Luciano Ariza. En el Comité de Zona de Córdoba no quedaron sino el viejo Hortensio Jiménez, eterno vendedor del semanario VOZ en su mesa de refrescos del callejón del mercado; los profesores Nieto y Cujavante, el abarrotero Agámez, el cacharrero Colón, el lotero Sepúlveda, el hojalatero Rosendo, el tendero Benítez, el campesino Valero, el comerciante Mendieta -- quien ya había organizado su negocio de venta de artículos hogareños por el sistema de clubes—; Floro Guerra, ex-dirigente de la colonia de Centroamérica, quien se tuvo que mudar para Montería como consecuencia del triunfo de la línea china en el San Jorge; y los dirigentes de la Juco: Richard Daza y Boris Zapata, quienes no le comieron cuento a los cantos de sirena de Wilson Potes y de su carnal Linares.
Enfrentado al dilema de estar con las masas y de no compartir ni la guerra campesina que consideraba prematura, ni la fusión del MRL con el oficialismo liberal que ya se perfilaba, opté por recibirle juego a los camaradas supérstites y hacer parte de las listas de asamblea y concejo de la llamada línea dura del MRL que orientaba el intelectual Alvaro Uribe Rueda y a la cual me vinculé para no quedar políticamente en el limbo.
IV
Enfrente de mí, el sicario, la bala que rompe el silencio del espacio y en mis recuerdos el primer disparo del naciente Ejército Popular de Liberación, que no fue contra el ejército del Estado sino contra la frágil humanidad de un militante del Partido que ellos calificaban de “revisionista”. Se llamaba Benjamín Valbuena, natural de la región de Sumapaz y el Secretariado Nacional lo había enviado como funcionario de organización de la colonia campesina de Centro América. Era un hombre menudo, bajo y delgado, con apariencia de no matar una mosca; hablaba pasito, casi que bisbiseaba, y su risa era como silbido de culebra. Valbuena tuvo la osadía o la ingenuidad de presentarse en el despacho de Pedro Márquez, en plena selva, en las estribaciones de un cerro matoso que ya se decía era rico en níquel y cobalto.
--¿Qué hace usted por aquí, Valbuena? --masculló Pedro Márquez, al verlo entrar esa mañana de octubre de 1965. Habían estudiado juntos en la Escuela Internacional de Cuadros de Moscú y habían sido compañeros en el Comité Central del PCC.
--He venido por mis pertenencias que tengo en la colonia y quiero pedirle el favor de que me autorice a retirarlas.
El líder maoísta no supo si reír o estallar en cólera. Le pareció tan ingenua la petición de Benjamín, pero al mismo tiempo tan atrevida, que optó por darle rienda suelta a sus dotes de político avezado en el arte de esquivar el acoso de las situaciones embarazosas: "Hombre, Valbuena, yo te doy la orden pero tenés que andar con cuidado allá en el poblado, oís, porque tu mujer ya tiene otro dueño y además hay más de uno con ganas de cobrarte una que otra deuda; pero yo los aguanto, no te preocupés”.
Valbuena llegó a su viejo rancho de “Centro América” y encontró a la que había sido su compañera durante el período que estuvo de funcionario del Partido en esa región.
--¿A qué vino usted por acá, Valbuena, usted está loco? --le dijo su ex mujer. Se trataba de una campesina adolescente de ojos color miel y cabellos lisos y negros, que exhibía orgullosa su cuerpo de calabaza mientras pilaba.
--Vengo por mis cosas --le contestó el otrora guía de los colonizadores de Centro América.
La muchacha dejó a un lado el pilón y se dirigió hacia su rancho de caña y paja ubicado al comienzo de la trocha que conduce hacia el arroyo del Níquel. Durante el trayecto rememoró los episodios de su entrega a Benjamín, definida por la célula del caserío en contra de su voluntad, con el argumento de que al camarada funcionario, según decía el camarada secretario, había que brindarle la costilla de una mujer costeña para que no sintiera el acoso del guayabo producido por la distancia de su tierra andina. Y luego el traspaso de su querencia, por decreto de estado mayor, a los brazos y deseos carnales de otro funcionario más alborotado que no se andaba con rodeos para resolver a balazos las ofensas verbales y las cuentas aplazadas del rencor. Pero pensó, para consolarse, que esas eran determinaciones de la fatalidad que se arreglaban en la cama con el correr del tiempo.
En su cuarto de paredes de bahareque cubiertas de papel periódico y piso de tierra apisonada, abrió un baúl derruído que a Benjamín le dijeron había pertenecido al legendario agitador sindical Jerónimo Triviño y que éste había comprado en Curazao, en una tienda de antigüedades, al concluir su exitosa gira por el Caribe como boxeador profesional. Luego regresó donde Benjamín y le dijo:
--Tenga usted --y le entregó una mochila y unas carpetas llenas de papeles amarillos--. Debo informarle que su revólver y su escopeta de cacería se los entregué al EPL, que es partidario de la guerra. Ya que usted no lo es, le entrego sus binóculos para que se la vea desde lejitos. Y por favor, ¡váyase antes de que regrese mi marido y lo mate!
Benjamín Valbuena agarró la mochila con su ropa y los cartapacios con su correspondencia personal y se marchó por el mismo camino selvático y culebrero por donde había llegado, no sin antes mirar a su ex compañera por última vez y recordar con una sonrisa de picardía sus “polvos” desnudos a la orilla del arroyo y sus maullidos de éxtasis, tan intensos y resonantes que excitaban a los gatos salvajes de los alrededores.
Unos días después, a principios de noviembre, varios cazadores de Puerto Bijao encontraron su cadáver descompuesto en un rastrojo, cerca a la desembocadura del arroyo en la Quebrada de San Pedro, y un papel en un bolsillo con estas palabras: "Mamerto hijueputa".
V
“A Pedro Márquez Ribón lo conocí en un pleno del Comité de Zona al cual fue invitado dada su doble investidura de secretario político del Comité Regional de la Costa y miembro del comité central del Partido. Yo era el responsable del trabajo juvenil y tenía frente al camarada Edgar Potes una actitud crítica porque consideraba que no se daba el porte de un profesional universitario, que no vestía como químico farmacéutico sino como un proletario; que no actuaba abiertamente como líder comunista en la región, sino siempre escudándose en la Federación de Trabajadores o en el comité pro vivienda o en el club deportivo Juventud. Por eso, cuando le escuché al camarada Márquez, a quien cariñosamente le decían “El Cachaco”, decir en ese pleno que la revolución en Colombia no avanzaría mientras en el comité ejecutivo central estuvieran los vejestorios prostáticos que lo dirigían, pensé sin quererlo en Potes. Creía en ese momento que el Partido no tenía presencia en la región por la sencilla razón de que su Secretario Político no tenía presencia. Ignoraba que era un problema originado por la concepción “economicista” y sectaria del camarada, formado así por su experiencia de militante durante las luchas clandestinas en contra de las dictaduras conservadoras y de Rojas Pinilla. Todavía recuerdo, como si fuera hoy, que en plena lucha por la conquista de la legalidad del Partido, Edgar Potes insistía en lo que él llamaba el minuto conspirativo, que no era otra cosa que ponerse de acuerdo todos en la explicación que iríamos a darle a la policía si allanaba el lugar.
Al finalizar el pleno le dije, en privado, al camarada Márquez, que en el Comité de Zona también pululaban los viejos prostáticos. Márquez me miró sonriente y me contestó: Camaradita Guillermo, los prostáticos del Sinú tienen cura, y en esa labor estoy, pero los de Bogotá no, esos están desahuciados, y hay que enterrarlos, no lo olvide.”
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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.
Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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