Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
11 de diciembre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 15

Un telegrama insólito


I

Habían transcurrido dos meses desde que Antonio y Geminiano se fueron a estudiar la carrera de Derecho en la Universidad de Cartagena, impulsados, el primero, por el buen consejo del rector del Colegio Nacional, Arturo Montoya Calderón, quien le dijo en la reunión de orientación profesional: "Si usted es bueno en todas las asignaturas, debe estudiar Derecho"; y el segundo, por la necesidad de defender la parcela de su padre genético residente en Sarandelo, parcela que le era disputada por un colindante antioqueño que decía poseer mejores títulos. En una de sus primeras cartas, remitidas por el servicio de correos y encomiendas del Expreso Cartagena, me contarían que se habían vinculado al grupo de teatro de la universidad, y Antonio, que disfrutaba la agradable compañía de Plácida Villaveces --la hermosa trigueña, condiscípula y compañera del grupo, que a él le gustaba por sus bien torneadas piernas y sus caderas y nalgas de mulata cartagenera, pero que no le paraba bolas por su facha de faquir sin esperanzas, de joven en la olla que parecía usar camisas y pantalones ajenos— y me contaría también Antonio que desayunaba todos los días, en la cafetería de la Facultad, las habituales empanadas de trigo y carne con un vaso de avena helada, para estirar la mensualidad que le enviaba, haciendo de tripas corazón, su abnegada madre desde Montería.

También me pusieron al tanto de sus jaranas y parrandas de esos primeros días; desde el bautizo de fuego con las putas negras de la playa del Arsenal, pasando por las noches de tertulia en el Camellón de Los Mártires, "jalándole la pita" a todo el mundo, y los bailes para "brillar la hebilla", con los "picós" de escaparate de El Papayal y de Lo Amador, hasta la rutina de todas las tardes caminando las tres cuadras que separan la universidad, del Teatro Heredia; y que allí, subiendo las escalinatas, y un instante detenidos en las paredes que muestran en placas de mármol la historia del arte escénico de muchos años, y en especial la placa de Tita Ruffo, Geminiano preguntaba: "¿Y quién fue esa vieja?". Y que el violinista, estudiante de medicina y poeta, Mario Mendoza, le contestaba que no era una vieja sino un tenor famoso. Y que finalmente entraban y saludaban al maestro Luis Enrique Pachón, el director, y a la actriz Lourdes del Río, quienes repasaban el libreto de la tragicomedia "El Rey" de José María Amador, obra en la que Antonio hizo el papel de un rey triste y Geminiano el de un bufón apodado Harapos, y que el Grupo presentaría en el Festival Universitario de Medellín.

Geminiano vivía en la calle de Las Flores del barrio Canapote, una calle que no tiene flores y sí mucho lodo y los malos olores de la marisma y de los "excusados" o retretes de madera construidos, al fondo del patio, sobre las aguas empozadas del caño "Juan Angola". Antonio dormía en casa de un tío, en el sector llamado Caimán, a la salida para Barranquilla, sector en donde se esconden los rateros y carteristas que mantienen en ascuas a los fanáticos del béisbol que salen del estadio "11 de Noviembre", los domingos por la tarde. Sé que ambos le ponen al mal tiempo buena cara, que estudian con libros prestados, y que viven diariamente sacándole mantazos al toro de la necesidad que los embiste sin consideración las veinticuatro horas del día. Recuerdo que a Geminiano lo bautizan Harapos, no sólo por el nombre del personaje que representó en la obra de José María Amador, sino por sus pantalones remendados con primor por su hermana bacana. Que Antonio aceptó las pretensiones de amor de una joven negra hija de un médico de apellido Caraballo, que lo visitaba todas las tardes en la cafetería de la universidad y que le llevaba medicinas, complementos vitamínicos y bizcochos, panes de centeno y pastelitos chinos para curarle los achaques de la influenza y las pesadumbres de la pobreza. Y que ambos se vincularon al reducto del Partido en la Ciudad Heroica, integrado por un profesor universitario de apellido Montenegro; un vendedor de libros de segunda mano que tenía su almacén "agáchate" en el Parque del Centenario; un campesino tolimense de nombre Arnaldo Domínguez, que fungía como funcionario del Comité Central; un antioqueño que vendía horchatas, panderos y almojábanas en su tienda de abarrotes de la calle de La Mantilla; un vendedor de pólizas de seguros, un maestro de escuela y dos estudiantes de Derecho, "que cabrían todos en una radiopatrulla", según la expresión coloquial de la época, y que Antonio repitió frente a uno de los puestos de venta del Portal de los Dulces, en medio de la atronadora carcajada de sus contertulios golosos, el día en que se enteró de tales estragos de la división.

Al saber de sus vidas, decido entonces enviarles una carta para contarles que las cosas andaban de mal en peor en la "ciudad de las golondrinas". Les dije que tuvimos que trastear el Liceo Atenas a un local pequeño, incómodo y sucio en el barrio Sucre porque la matrícula de ese año no garantizaba la persistencia de la empresa en el Centro y también por el desliz sexual de Marcos Flórez con la hija de Nélinton Frías, un compañero del MRL oriundo de Cartagena que trabajaba como obrero en la Secretaría de Obras Públicas del municipio. Tal suceso, que tuvo notoriedad y que perjudicó notablemente la imagen del plantel, y que comprometió a nuestro compañero profesor, ocurrió así tal cual se los cuento, les escribí.

Nélinton era el padre de una morena exuberante que estudiaba en el Liceo y que resultó ligada con Marcos. Como dicen las abuelas en estos casos de amores clandestinos, sucedió lo que tenía que suceder, que Flórez y Ederlinda -que así se llamaba la bien formada y desarrollada doncella- se comieron el "ponqué" antes de tiempo, el veinte de Enero en las horas de la noche, en una pensión con nombre de mujer situada en las inmediaciones de la Plaza del Fandango. Ederlinda no supo explicar a su padre, al llegar a su casa, las razones de su tardanza, y el morocho, severo y malicioso, la puso en confesión. Ya sospechaba que su hija se traía algo entre manos -y entre piernas- porque un día la sorprendió leyendo un poema de Valencia Salgado que Marcos le dedicaba y que remataba con estos versos: "¿Dime, amada, qué lugar tienes que no te haya besado?".

Nélinton no quiso entender que su hija era una mujer adulta y en edad de merecer y que se había entregado por amor a su pequeño, delgado y erudito preceptor de música, atraída por los chascarrillos que le hacíamos sus amigos, en las tertulias de fin de semana debajo del palo de mango, por su pene curvo, rosado y glandillón. Enterado del desfloramiento de su hija, el cartagenero desempolvó su vieja escopeta de perdigones y se trasladó al Liceo. Llegó en el momento en que escuchábamos, Maximiliano, el "Coronel" y yo, por Radio Habana, un informe con las mejores intervenciones de la conferencia Tricontinental.

-¿Dónde está ese flacuchento de mierda? ¡Que le voy a llenar el culo de plomo! -gritó al entrar armado, por la misma puerta por donde entró "Bolillo quema'o" con idénticas intenciones, veinticuatro meses atrás.

-Compañero, cálmese, que las cosas se pueden... -alcanzó a decir el "coronel" Uribe en los instantes en que cepillaba un estante de la biblioteca.

-¡Que cálmese ni qué carajo! -le interrumpió Nélinton con su vozarrón de estibador negro.- ¡A mí tú no me "mamas gallo" con esa garlopa! -agregó, y comenzó a requisar cuarto por cuarto.

El "coronel" se quedó impávido frente a la corpulencia del padre ofendido y al advertir que el cañón de su escopeta apuntaba hacia todos los rincones de la casa. Marcos, quien se encontraba en su alcoba en ese instante, huyó por la misma barda por donde brinqué yo cuando escapé de la furia de "Bolillo quema'o", y no volvimos a saber de él sino al cabo de tres meses, después de su obligado refugio en la ciudad sabanera de Sincelejo, en donde se empleó como locutor de variedades de una radioemisora local, y de su viaje posterior a la Ciudad del Sol en donde instaló su nuevo negocio de fotografía.

Continúo contándole a mis amigos que el MRL obtuvo su menor votación en esta región; no obstante la cual logramos conservar el renglón de Cámara de Nando Santos, a quien apoyamos, pero que los candidatos de la Línea Dura de asamblea y concejo de Montería nos "ahogamos" y yo le achaco este descalabro al error de habernos tragado el cuento del "mamerto" Miguel Lino Castro, que era más dogmático y sectario que el carajo, y no habernos aliado electoralmente con la Línea Blanda. Que el maoísmo había triunfado en el movimiento obrero y en el estudiantil y que todo parecía indicar, por las palabras de López y por los vientos que soplan, que el MRL va a desaparecer como los billetes de a peso y de a dos, que ya están siendo reemplazados por monedas. Les dije también en esa carta que por Montería, con excepción de Nando, de Felipe, de Edgardo, de Remberto y la mía, todos estaban borrachos de felicidad con la mentada unión liberal y la entrada del MRL al gobierno y por lo que esto significaba en términos burocráticos. Hemos quedado en la mitad de los dos extremos: O transformación burguesa con Lleras Restrepo o revolución violenta con Pedro Márquez Ribón. Pero lo peor no es eso –les digo en esa carta-, resulta que según los ganaderos soy un subversivo (cría fama y acuéstate a dormir), en cambio los maoístas del PC-ML y los guerrilleros del EPL me consideran un traidor y un oportunista (¿Cómo la ven?). Que la novedad en el Partido es que Miguel Mendieta ha decidido fabricar él mismo, con una sierra y un torno de segundas que compró a una empresa en proceso de liquidación, los muebles y camas que vende en su negocio de clubes. Y que la universidad, en cambio, va para atrás como el cangrejo, que está en huelga porque el gobierno seccional le adeuda $265.000 por concepto de aportes de mantenimiento (Ahora la consigna en las asambleas estudiantiles es: "Sólo cambiando el sistema cambiará la educación").

Finalmente les cuento que Ana Paola trabaja una licencia de maternidad en La Voz de Montería y que, como el Atenas está que se muere y en el Colegio Nacional no me ofrecen sino las horas de Francés, que son pocas, y a precio de catedrático sin título profesional, Nando me ha ofrecido una plaza en el magisterio del distrito capital y la ayuda de un cupo en el programa de Derecho de la Universidad Libre, para que viaje lo antes posible antes de que nos mate el hambre.


II

Un mes antes de hacer las maletas del traslado a la capital del país, le propuse a mis compañeros del MRL: Felipe Zabala, Edgardo Nieto, Remberto Canabal y Nando Santos, el envío de un telegrama al ex compañero jefe (así le decíamos ya) en el que le consignaríamos nuestra inconformidad por la entrega que él hacía del movimiento al presidente Lleras Restrepo. Con el objeto de discutir los términos del mismo nos dimos cita en el Tertuliadero La Paridad. Era una noche fresca de noviembre de 1966 y la dueña del centro nocturno lucía un vestido de tisú, de color azul marino, abajo de las rodillas. Se acercó a nuestro grupo, todos asiduos visitantes de su negocio. Escuchábamos a Antonio Prieto cantar: "Blanca y radiante iba la novia...", en el traganíquel del bar.

-¿Qué viento los trajo por aquí tan temprano?- preguntó y nos invitó a consumir unas cervezas "Águilas" bien frías, con escarcha.

-Hemos venido a saldar una deuda de conciencia -le respondió Remberto. La elegante y otoñal mujer ordenó a uno de los meseros que nos atendiera, se acercó a nosotros y nos preguntó por Rafael, su contertulio de muchas noches, y al cual admiraba por su buen sentido del humor y por su inteligencia.

-Volavérunt—le respondió Felipe, ante la mirada de incomprensión de la mesonera. Y todos sonreímos por el latinajo de nuestro amigo.

- Que Rafael está perdido hace ratos -le aclaró Edgardo-. Dicen las malas lenguas que encontró la "horma de su zapato": se llama Amelia y desde que la conoció en una exposición de pinturas en la Biblioteca "David Martínez", se mudó para donde ella, abandonó a su esposa y a sus hijas pequeñas y se alejó del mundanal ruido.

-O sea que logró lo que no pude lograr yo- dijo la elegante mujer. Felipe asintió con un gesto y ella se marchó, con cara de resignación y pensando que en el juego de la vida, como en los boleros, unos ganan y otros pierden, y que a ella le había tocado perder y aplazar hasta otra oportunidad el sueño de vivir sus últimos días, cristianamente, al lado de un hombre como Rafael.

La seguimos con la mirada y una vez se perdió entre el humo y las luces del bar, pasamos al asunto que nos convocaba. Edgardo recordó la frase de López en contra del "oficialismo" en su comunicado de Marzo ("Ustedes han hecho del Partido Liberal el aliado de los poderosos después de siglo y medio de representar a los humildes") y la confrontó con la tal unión del Liberalismo que se perfilaba. Nando protestó porque, no obstante su condición de Representante a la Cámara, López no lo tuvo en cuenta al integrar el directorio provincial del movimiento. Remberto conceptuó que en el Palacio de Cachichí seguían mandando los mismos con las mismas y que una unión así, sin beneficio de inventario, no servía para un carajo. Felipe se limitó a decir: "López siempre ha sido el mismo y de él no podía esperarse otra cosa; los ilusos hemos sido nosotros". Eso está bien pero vayamos al grano, solicitó Edgardo. Felipe les entregó enseguida una declaración de contenido doctrinario que a Edgardo le pareció demasiado extensa y solemne. Había que ser agresivo y directo, coincidieron los demás. Nando propuso que fuera un telegrama lacónico y fulminante, como un tiro a la cabeza. "No tenemos porqué gastar tanta pólvora en gallinazo", enfaticé yo y leí el texto que a todos les pareció mejor, el que reflejaba fielmente nuestro estado de ánimo por lo que considerábamos una traición que nos frustró como socialistas democráticos. Las palabras escogidas, gráficas e hirientes, clausuraban toda una etapa de nuestras vidas. Decían así:

Montería, noviembre 20 de 1966
Alfonso López Michelsen
Senado de la República
Capitolio Nacional
Bogotá

Doctor López: ¡Váyase a la mierda!

Ex-copartidarios: Hernando Santos, Edgardo Nieto, Felipe Zabala, Remberto Canabal y Guillermo Sobrino.


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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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