Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
20 de diciembre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 16

Veinticinco años después

I

Han transcurrido cinco lustros desde la fecha de ese telegrama y Montería no es ya la villa apacible y solariega de esa época. Hoy es una urbe que ha crecido, pero los habitantes de la periferia, que son la mayoría, continúan caminando sobre el barro de las calles cuando llueve, durmiendo bajo el acoso de los mosquitos y con el sopor de las promesas de los politiqueros. La intolerancia de los años sesenta se creció cual turbión de lodo y hoy sus avenidas empozadas han visto correr la sangre de muchos de sus hijos, y el río vital que ayer matizaba nuestras ilusiones ahora conduce cadáveres hacia el olvido. Fracasó la utopía y se nos truncó la ruta de la esperanza, por lo que todos mis amigos han tenido que vivir descreídos del pasado para no alborotar las miradas encendidas del odio de quienes, con su indolencia, su intolerancia y su torpeza, le arrebataron a los pobres sus derechos, que éstos hubieran ejercido dentro de los cauces de la democracia, y los condenaron a exigirlos con las armas de la violencia.

La noche está metida en lluvia en mis recuerdos y un equipo de sonido acompaña con su música el croar de los sapos en los charcos de las calles. Suena La noche de Joe Arroyo. Me veo sentado en una mecedora, en la sala de mi residencia ubicada en el barrio Juan XXIII, en la orilla pobre del río, alrededor de una mesa sencilla de madera, encima de la cual hay una jarra de cerveza y un azafate con unos patacones con queso. Una foto del expresidente y mártir chileno, Salvador Allende, preside el encuentro. Conmigo está Maruja Jiménez, mi nueva compañera, a quien recuperé para el amor en el comité de maestros de la Escuela del barrio, en una de las primeras reuniones a las que asistió y a quien admiré desde entonces por su inteligencia y arrojo y más por los cambios de posición frente a la vida que la nueva realidad le obligaba. Maruja, joven normalista, trabaja como docente de Instrucción Cívica, y mi compañía le llegó como un bálsamo a sus horas de angustia, las que empezó a vivir desde el día en que sufrió las consecuencias de la intolerancia de sus padres conservadores, quienes no vacilaron en ponerle la maleta y demás motetes en la puerta de la calle, después de una jornada callejera de protesta contra el desalojo violento de unos invasores, al tiempo que le decían acremente que ellos no podían seguir manteniendo a una hija que se negaba a aceptar el principio de autoridad y el derecho de la gente decente a mantener las cosas de la vida como Dios las puso en el mundo.

Para mí, Maruja fue también el oasis que anhelaba, después de tanto sufrir en la capital las inconsecuencias de Ana Paola, porque ésta no quiso entender que la vinculación a la lucha sindical y luego el ejercicio profesional en ese sector, imponían limitaciones económicas, y estaba empecinada en sobresalir en la radio, ascender en la escala social y abandonar la vida azarosa de la Asociación de Educadores que nos había ocupado la totalidad de los años del matrimonio, obligándonos a casi dejar a un lado los sentimientos y los goces de la vida en pareja.

Me acompaña también Antonio, quien tiene un automóvil parqueado enfrente de mi casa. La vida para él dio un vuelco inesperado; terminó sus estudios pero abandonó el ejercicio de la abogacía, se dedicó a la literatura con relativo éxito, ya casi se pensiona como docente en la Universidad y ahora disfruta del año sabático y lo utiliza para documentar la escritura de una novela realista sobre los viejos tiempos de la ilusión y la rebeldía. Salgo a la puerta y no veo otra cosa que la soledad casi a oscuras del barrio. "Una soledad hecha para los sicarios", anoto cruelmente. Antonio capta la inquietud de mis palabras y dice que esa entrevista para la novela a esa hora y en ese lugar no es conveniente. "Somos comunistas históricos", le digo con no poca dosis de miedo. Mis palabras son advertencia y sorna al mismo tiempo.

-En Alemania –me responde Antonio-, Hitler mandó a matar a todos los que fueron comunistas en alguna etapa de sus vidas, para eliminar por completo el virus.

Yo había regresado de la capital, luego de casi veinte años de ejercicio profesional como abogado laboralista al servicio de los sindicatos del sector educativo y había abierto mi bufete profesional en el garaje de la casa. Atrás habían quedado las pesadumbres diseminadas en el aire frío de las noches bogotanas, los conflictos de pareja y las maromas que tuve que hacer para poder culminar los estudios de Derecho. Un sabor amargo de fracaso me obligaba a mentir, a decir que volvía para reverdecer laureles cuando en verdad lo hacía porque sentía sobre mis espaldas el peso de la frustración profesional y, en el registro de mis sentimientos, el dolor de la separación de mi esposa. En la capital, y estoy descubriendo el agua tibia con lo que digo, el litigio ante los tribunales es más que una pelotera de perros, es un combate desalmado en plena selva entre especies depredadoras y sus víctimas naturales. Y los juicios no los gana la inteligencia o la razón jurídica sino el dinero.

Antonio y yo habíamos concertado la cita para hablar de los viejos tiempos, de los sueños fenecidos, de los amigos que habían hecho tránsito al mundo del olvido y de paso reanudar los lazos de amistad suspendidos por la distancia y los horizontes divididos durante todo ese tiempo de vida consumida a la que le faltaba el ingrediente del recuerdo impreso para ser historia.

Esa noche hicimos el repaso vital de los personajes que abrevaron en las mismas aguas que nosotros, muchos de los cuales desaparecieron de la escena política de un modo tal que el pasado de todos ellos tiene hoy un sabor a leyenda, y quienes ahora viven una vejez sosegada y anónima, cargada de desilusiones y de no pocas amarguras, pero alimentada por la nostalgia y por la íntima convicción de que cumplieron su misión de hombres de su tiempo, que lucharon, amaron y sembraron en la tierra las semillas de la dignidad.

Rafael Yances, el mejor, el más sabio de todos, se sumergió en las aguas doradas de su segundo y último amor, optó por el retiro electoral y profesional, descreído por completo de la democracia y de la justicia, y abrazó las toldas del escepticismo, filosofía que adornó con su fino humor y con el manejo oportuno del sarcasmo que le era tan suyo. Con la muerte de Amelia, dice Antonio, su vida empezó a decrecer y ya no se le vio más con su guayabera, su corbatín y su cachucha, caminando por los parques y avenidas de una ciudad que le era cada vez más desconocida por el rostro de empobrecimiento de la mayoría de sus habitantes. Hoy camina distraído las callecitas del Asilo del Perpetuo Socorro con el libro de algún novel escritor en las manos, que él lee como terapia en contra del aburrimiento. Y contempla desde su mecedora de madera y paja los paseos tiernos de Romeo y Julieta, los esposos del asilo a quienes bautizó él de esa manera, y no puede menos que pensar, cada vez que los ve, en la ausencia de una compañera que estuviera allí a su lado, ayudándole a pasar ese hostigante trayecto del estío. Y en Ana Bertina –su esposa que aún vive y que era, según sus palabras, una mujer excepcional pero hecha para vivir al lado de otro hombre-, en sus hijas abandonadas, que lo visitan de vez en cuando y que lo han perdonado pero que no olvidan los años de la infancia sin sus caricias, cuidados y juguetes. Y en Amelia, su amor trunco que le acolitó su bohemia intelectual y que se le fue para la eternidad cuando ambos empezaban a transitar el camino de la dicha. Y piensa entonces, desde la placidez de su mecedora, que le apostó al amor y que lo derrotó la muerte.

Lo visitan, de vez en cuando, algunos amigos como el lector consumado Raimundo Berrocal y el historiador de la ciudad, Edgardo Puche, quienes le ayudan a mantener el contacto con el mundo de la cultura y el arte, porque los de la política y el derecho le interesan poco, desde el día en que el segundo fue convertido en celestina al servicio de la primera. “La obra compilada de Rafael –me recalca Antonio- es apenas una referencia al periodismo intelectual e iconoclasta de esa época”.

Hernando Santos –me dice Antonio-, el médico poeta que atendió y le cantó a los negritos del barrio, se fue del paisaje en busca de un remanso más dulce. En la Sultana del Valle ejerce su profesión, totalmente desligado de la política, y escribe poemas de amor y de protesta por el desamparo de los niños, manejando el bajo perfil de los hombres que sienten el miedo del pasado cabalgando sobre sus espaldas. Pocas personas de Montería lo recuerdan vestido de lino blanco y con su voz de bardo fino haciendo estremecer el sentimiento, ni mucho menos con su voz de tempestad diciendo que ya era hora de juntar las rabias de quienes tienen a los pobres por bandera. Le hace compañía en el exilio el licenciado Pastrana, el bohemio erudito de ojos orientales que se refugió en los libros y en la escritura como parte de un programa personal encaminado a paliar los estragos del desencanto.

Antonio continúa contándome, poniéndome al día, y me dice que Remberto Canabal se volvió a casar, en esta ocasión con una mujer serena y comprensiva que no le exige más de lo que él le puede dar y que le parió dos hijos, lo que no pudo la primera que, al parecer, tenía secas la matriz y el alma. Remberto abandonó las cuartillas escritas y los tipos de imprenta –agrega-, se curó del asma con yerbas traídas del cerro Murrucucú y hoy repasa en un ritual diario las páginas de El Rebelde, en las que encuentra la motivación que necesita para vencer el tedio de las declaraciones de renta, y repasa también, casi religiosamente, los manuscritos de un cuento sin terminar que dejó en una desvencijada maleta de madera y cartón, el entonces estudiante de Derecho de la Universidad de Cartagena y su compañero de almuerzos y pesadillas, Gabriel García Márquez, la noche en que a éste le tocó volarse de la pensión provinciana de la calle del Porvenir por atraso en el pago de las mensualidades y por la hostilidad de los estudiantes cordobeses que residían allí, “hijos de papi” a quienes les molestaba el tecleo permanente de la máquina de escribir durante las noches, el mamagallismo crepuscular y la prestadera de plata del adolescente de Aracataca.

Otros han muerto, me anuncia Antonio. El Coronel Uribe, vencido por los años y por la pesadumbre que le produjo el naufragio de la ilusión de los días que estaban por venir. Luis Arenales, colgado de una soga en una de las ceibas de su casa de La Granja, la misma bajo cuya sombra hizo la primera reunión del comité de adjudicatarios del barrio y en la que tuvo la idea de bautizar la plaza enmontada de enfrente con el pomposo nombre de Plaza de la Revolución. Maximiliano de la Ossa, víctima de una penosa enfermedad, y a quien la muerte le jugó una broma cruel porque murió en el asilo de la Curia, atendido por monjas. Él, quien gozaba al afirmar que la humanidad no alcanzaría su perfección hasta que no cayera la última piedra de la última iglesia sobre la cabeza del último cura. Y acompañado hasta su última morada por los colegas, amigos y familiares de un famoso abogado que fue inhumado ese mismo día -muchos de los cuales alcanzaron a preguntar “¿Y quién es el otro muerto?”—, acompañamiento que fue como castigo de Dios por sus imprecaciones a los discípulos de Justiniano, a quienes consideraba pícaros por naturaleza porque uno de ellos, según decía en cada una de sus borracheras, le robó su parte de la herencia paterna en contubernio con su hermano mayor, aprovechando su célebre periplo por Centro América y El Caribe durante el cual se gozó la vida en los mejores cabarets de Ciudad de Méjico, Santo Domingo y La Habana. Otro que murió –me cuenta Antonio—fue el profesor Alfonso Cujavante, ¿lo recuerdas? Murió asesinado unas horas después de haber regresado a Montería para tomar posesión de su escaño como concejal electo por la Unión Patriótica.

Otros aún viven –continúa Antonio-, como Marcos Flórez, quien cambió el violín y la docencia por la fotografía y ahora atiende, solo y sin familia, su almacén Kodakolor en Miami, ajeno por completo a todo lo que ocurre en su patria nativa. Como Miguel Mendieta, confirmando en la realidad la dialéctica de Mao ("Una cosa se transforma en su contrario; el proletariado en burguesía y la burguesía en proletariado") y viviendo casi clandestinamente de las utilidades de sus empresas de muebles en un lujoso chalet de Cartagena. Como Edgar Potes, enfermo, solo y retirado del sindicalismo y de la política, dedicado a su oficio de farmaceuta en un barrio marginal de la ciudad en donde vive la miseria que quiso remediar con su viejo partido y su doctrina. Como el “polaco” Portillo, quien canceló la estantería marxista y ahora vende en su librería de Corozal libros religiosos y esotéricos, que le producen mejores ingresos y que le han franqueado las puertas de la espiritualidad. Como Felipe Zabala, hombre bueno y sabio a quien le clavaron un puñal en el sentimiento el día en que le asesinaron a su hijo por haber heredado sus ideas. “Su palabra inconforme está apagada y su figura de gladiador de ébano empieza a doblegarse por el paso y el peso del tiempo”, dice Antonio. Como Rosita Santos, hoy madre de familia y con la piel surcada de tristezas, al margen de la fama que sus dotes de declamadora y actriz y su lumen poético le auguraban. Como Edgardo Nieto, marginado de la lucha política y viviendo hoy con el recuerdo de sus tiempos de gloria. O como Benjamín Puche, quien decidió abandonar el papel de defensor de los hombres sin vivienda y prefirió indagar por el pasado de los aborígenes que poblaron los extensos y fértiles valles de Córdoba. "Eran descendientes de los mayas, así lo demuestran las similitudes de los dibujos que hay en tejidos y pinturas de esa cultura y en nuestro sombrero vueltiao zenú", dijo en la última tertulia del Liceo Atenas a la que asistió antes de embarcarse en Barranquilla hacia Campeche, en uno de los vapores de carga de la flota naviera de Julio Zakzuk.

Finalmente, luego de pasar revista a las vidas de todos ellos, de reír con sus anécdotas y de ponderar sus logros y virtudes, Antonio me pregunta, poniendo sobre el tapete el fracaso del comunismo en Rusia y en Europa Oriental, si valió la pena el sacrificio de tantos compañeros en una lucha aún sin perspectivas, que desangra a la patria y destruye la riqueza largamente amasada por las generaciones que nos antecedieron.

-Lo que hoy existe en materia de conciencia popular y democrática tiene una deuda con nuestro trabajo político de ayer, del mismo modo que esa lucha de nosotros tuvo su inspiración en el valor y el tesón de hombres como Vicente Adamo, Jerónimo Triviño y Manuel Charrys -le respondo, y no puedo evitar el azote de los recuerdos y ver, como si fuera hoy, a Gilberto Vieira en el patio del Liceo Atenas tomándose un refresco con agua de coco y diciéndonos que el país tenía unas reservas democráticas inmensas que evitarían el retorno de la barbarie fascista de los años cincuenta.

-¿Y la lucha armada? ¿Crees tú que fue necesaria? -me pregunta de nuevo Antonio. Pienso un poco antes de responder y se agolpan en mi mente mis viejas ilusiones de ver a la izquierda convertida en un partido de masas, con senadores, representantes y concejales, ministros, alcaldes y gobernadores, como en Europa.

Vuelvo a la realidad, tomo la jarra y me sirvo cerveza en un vaso de cristal.

-Para muchos fue una necesidad impuesta por el egoísmo de los terratenientes y la intolerancia de políticos y funcionarios del Estado –le respondo-. Como lo explicó el padre Camilo Torres en su proclama guerrillera de enero de 1966, todas las vías legales de cambio democrático estaban cerradas y a los intelectuales inconformes y a los campesinos perseguidos no les quedó otra alternativa.

-¿ Y hoy?

-Después de lo que ha pasado en el mundo con el despiporre del comunismo y contando con los nuevos vientos que soplan en materia de política internacional, la considero equivocada y sin perspectivas. Como sabes, siempre creí un error teórico del Comité Central, un suicidio, la tal combinación de las formas de lucha. Ahora la estimo un genocidio de la oligarquía... Menos mal que tú y yo nos retiramos a tiempo, de lo contrario estaríamos muertos -le contesté.

-Fuiste un entusiasta defensor de la revolución cubana en sus inicios. ¿Te acuerdas de las sesiones que hacíamos en el Liceo Atenas para escuchar las canciones de Carlos Puebla y los discursos de Fidel?... ¿Cuál es tu posición ahora sobre ella?

-Que debe abrirse al mundo pero sin devolverle los ingenios azucareros, las playas, las tierras y las tabacaleras a los gringos. Pienso que Fidel debe hacer lo que China con Hong Kong, aprovechar el capitalismo para mejorar el nivel de vida de su pueblo y en general la economía del país. En fin de cuentas la historia ha demostrado que no existe mejor sistema para producir riqueza que la propiedad privada y la libre competencia; los socialistas tenemos el deber de impedir que esa riqueza se acumule en pocas manos y darle la utilidad social que es de ley, no el de evitar que se produzca.

Antes de la próxima pregunta, le pido un poco más de cerveza a Maruja, la hermosa maestra que me llenó el vacío dejado por Ana Paola, y la invito a sentarse con nosotros. “Deja de caminar de un lado para otro, mujer. Ven y acompáñanos un rato”, le dije.

Antonio repasa su libreta de apuntes, recibe otro vaso con cerveza que le entrega Maruja y luego mira hacia la puerta de la calle para constatar que su automóvil permanece allí.

-En pocas palabras, ¿por qué crees tú que se derrumbó el comunismo en Europa? -me pregunta.

-Porque de tanto mirar el bosque se olvidó de los árboles, como dijo el novelista cubano Manuel Cofiño. Al comunismo se le olvidó el individuo y éste, que es egoísta por naturaleza, le cobró el abandono. Al hombre, mi estimado Antonio, no se le puede mantener por mucho tiempo engañado con el cuento de que la libertad es el conjunto de las necesidades satisfechas. Un hombre sin libertad es como un pájaro sin alas...

-¿Te imaginaste alguna vez que podrías llegar a pensar así? -me interrumpe Antonio.

-No. La verdad es que jamás pensé que ese hermoso ideal que acariciamos por los años sesenta se iría a derrumbar del modo tan estrepitoso y tan evidente como se derrumbó. Esto nos obliga a replantear la democracia y el Estado, ponerlos al servicio del pueblo pero sin recurrir a la ortodoxia leninista. Y a orientar el norte de la Patria con un modelo de desarrollo humano y más justo que el capitalista salvaje, pero sin llegar a los excesos del socialismo burocrático.

-Hay algo de lo que no hemos hablado -continúa Antonio-. Se trata de lo personal. Veo que a los 56 años sigues igual de pobre, no obstante tu título, y que ejerces la abogacía de un modo franciscano…-me señala el garaje en donde tengo mi modesto bufete de abogado.

-Eso es lo de menos -le interrumpo-. Como dice el refrán: yo nací en cueros y todo lo que tengo es ganancia. Tener dinero no ha sido mi meta en la vida.

-¿Y cuál es tu meta entonces?

-La literatura y el socialismo -le respondo después de sorber un poco de la cerveza de mi vaso-. Estoy escribiendo una novela sobre el problema social que espero publicar algún día. Y no dejo de soñar con el socialismo...

-¿El socialismo? ¿Pero cuál, Guillermo -me pregunta sorprendido-, si el socialismo que conocimos fracasó en la Unión Soviética y en los países de Europa Oriental? -Bebe también un sorbo de cerveza.

Yo torcí los labios y miré bien adentro, en el sentimiento. Recordé en ese momento la historia de Vicente Adamo que me quedé sin poder contar, mis discusiones ideológicas con los camaradas del Comité de Zona en torno a la democracia y el socialismo, que siempre consideré unidos e inseparables; recordé a los centenares de miles de intelectuales desterrados al campo por Pol Pot, a los millones de campesinos y disidentes asesinados por Stalin, los tanques de Imre Nagy que sofocaron con sangre la protesta callejera de los inconformes de Hungría, la invasión rusa que aplastó la primavera de Praga, los estudiantes muertos en la plaza de Tienanmen, los obreros de Walessa que se enfrentaron y derrotaron al régimen comunista de Polonia, el desplome de la otrora poderosa patria de Lenin, y le contesté a su pregunta con una seguridad madurada por la experiencia de todos esos años y con la íntima convicción de que la marejada de la historia conducía a esa inefable conclusión.

-Fracasó el comunismo ruso, esto es, el socialismo despótico y totalitario, la línea trunca que impuso Lenin en Rusia y que se aplicó en los demás países, línea que no tenía ni tiene porqué ser la única. Ahora hay que volver a los principios, construir una verdadera democracia en la que todo el pueblo controle los bienes terrenales y los distribuya en forma justa. Una democracia que garantice que el Partido no le va a usurpar el poder al pueblo. Las historias natural y social se parecen y si hoy existe el hombre, amén de las varias líneas truncas de la evolución, la de los gorilas y chimpancés, por ejemplo, mañana existirá el nuevo socialismo, un socialismo humanista y democrático –no burocrático- que resultará de integrar todo lo positivo aportado por la sociedad como solución a los problemas materiales y espirituales del hombre. Y la razón es que el hombre no puede vivir sin ideales, sin utopías, y el socialismo es eso, un ideal de fraternidad y de justicia que no puede morir. Si muriera, habría que inventarlo nuevamente.


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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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