Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
31 de diciembre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 17 (Final)

“Balada del encuentro más allá del silencio”


I

"Entonces limpio lo ajeno de la muerte", había escrito en mi libreta de versos, al final de una estrofa que reflejaba mi estado de ánimo en ese medio hostil a la vida y al pensamiento libre en que se había convertido la ciudad desde la aparición de los grupos llamados paramilitares o de autodefensa. Había decidido no exponer más mi seguridad personal como mimbro del comité defensor de los derechos humanos y seguir mi vocación de bardo comprometido con los anhelos de un pueblo signado por el dolor y la desesperanza. Así se lo había manifestado a los mentores del grupo literario El Candil, con ocasión de mi solicitud de ingreso a él, y así se lo había asegurado a mis amigos cercanos y en especial a Antonio, quien conocía mejor que todos, mis cualidades literarias y mi pasado político. Y a quien primero le leí mis poemas, que eran una declaración de amor al futuro, a la vida y a la esperanza.

Esta tarde del catorce de octubre de 1991, después de atender a un cliente, me refugié en mi rincón de lecturas -un desván pulcramente decorado- y al cual subía para repasar mis versos y tomar café tinto con agua helada, que me atenuaban el acicate del miedo, de ese miedo que se me había prendido detrás de las orejas desde el día aciago en que recibí en mi oficina de abogado a Tania, la sensual activista cristiana de los derechos humanos de la cual me enamoré en uno de mis viajes a Tierralta como abogado litigante y que, unos meses después, apareció muerta, con signos de tortura, en el sitio denominado Los Pericos de la carretera del sur, con un papel que la calificaba como auxiliar de la subversión y que presuntamente firmaba un grupo armado de extrema derecha.

Eran las cinco y treinta en el reloj de mi oficina cuando mi mujer me comunicó que no había más clientes esperando. Le pedí entonces que cerrara y que comenzara a cocinar el pollo al coco que había decidido cenar esa tarde, y Maruja accedió de buena gana.

Vivía por esa época una excitación más. Mi poemario inicial iba a ser leído en El Candil, en una tertulia en la que se decidiría mi aceptación como miembro del grupo, y ese reconocimiento era para mí un acto de justicia a mis desvelos de hombre comprometido con el dolor de los humildes y de los perseguidos, que había asumido la poesía como medio de expresión de mis sentimientos estéticos, filosóficos y políticos.

Un mes antes había mostrado los manuscritos al director del grupo y éste, un narrador de historias inverosímiles que fungía de crítico veraz, me había dicho que tales poemas eran buenos, que sus versos eran limpios, estremecedores y profundos y que le ganaban la partida al pesimismo y al descreimiento. Por ello estaba feliz. Sabía que iba a ser admitido en el exclusivo colectivo literario y que tal acontecimiento, deseado y esperado por mí, me abría las puertas del curubito intelectual de Montería, algo que necesitaba para terminar de convencer a mis enemigos que era sincero en la posición de neutralidad frente a los grupos armados, de mi vocación de socialista democrático, y de que ya estaba dedicado al ejercicio legal de la profesión de abogado, a mi mujer y a tallar, como si fueran gemas, el carácter y la personalidad de mis hijos menores.

Trabajaba en el poema, aún inconcluso, que reflejaba mis emociones vividas con Tania en la Quebrada del Juí, debajo de la bonga milenaria de la finca de los Negrete, escuchando el gorjeo de los mochuelos, los congos y los pico-gordos, el mugido de las vacas y de los terneros y los cantos de los corraleros. En ese instante llegó mi compañera y me dijo que en la puerta estaba un hombre con la mano vendada, al parecer herida. Le respondí que lo hiciera pasar a la sala de espera y recordé el episodio de la muerte de Tania y luego los consejos insistentes del abogado Raimundo Berrocal, mi colega de paliques intelectuales y quien presumía de pertenecer a la derecha democrática y decía que por esa razón él podía convivir y ser amigo mío, por ser yo un socialista democrático, aunque no estuviéramos de acuerdo en todo y que ese era el estilo de relaciones humanas que el país necesitaba para vivir en paz.

"El papel de un poeta es fustigar con la verdad de las imágenes poéticas, desde las orillas del conflicto, y no jugar con la candela de la revolución. Usted lamentablemente lo ha hecho con esa aventura amorosa llamada Tania Lujuria y ahora tiene que irse si quiere salvar la vida”, me dijo Raimundo unos días antes, a la salida del homenaje que El Candil le ofreció al Compae Goyo en el restaurante “Uno y dos, sancocho y arroz”. Igual me dijo Antonio cuando se enteró que Tania había sido asesinada por los sicarios de la finca Las Tangas del Alto Sinú y que éstos le habían encontrado un papelito con mi nombre y dirección.

Entonces retomo la balada que había iniciado y cambio un par de palabras.

-El señor de la mano vendada está esperando -me interrumpe Maruja mientras yo borro la palabra "ser" y escribo "cuerpo" en su lugar.

-Dile al cliente que ya voy -le contesto y cierro la libreta.

El hombre se levanta de la silla al escucharme, sujeta su extremidad cubierta y hace el ademán de caminar hacia la puerta divisoria.

-El doctor lo llama cuando esté listo -lo detiene Maruja.

Bajo a mi despacho llevando conmigo el poemario. Una vez acomodado en el sillón, lo abro en la página en donde estaba iniciada la balada que le prometí a Tania el día que la conocí en la casa parroquial de Tierralta, y que escribí luego de verla en el paseo a la finca de los Negrete, en el corregimiento El Caramelo, bañándose en la quebrada del Juí y exhibiendo toda su majestad de diosa deseada.

-¡Siga!- llamo al hombre que suponía iba en demanda de justicia frente a la agresión de que fue víctima. El hombre se levanta de la silla otra vez, se dirige hacia la puerta del cancel, serenamente, la abre, entra y se sienta delante de mí.

-Doctor -me dice-, vengo para que demande al sujeto que me lesionó la mano con un cuchillo -y comienza a desenrollarse la toalla ensangrentada.

Yo no lo miro, de lo cual me arrepiento unos segundos después, retomo la estrofa que pulía y aguardo a que aquél termine de descubrirse la mano. Recuerdo entonces el instante en que Tania me descubrió su corazón y el primer encuentro de amor con ella en el cobertizo de la finca, con el tropel de la corriente, el trino de los pajaritos y el ulular del viento por entre el entechado de ramas, como telón de fondo.

Cuando miro la diestra del inesperado cliente, mi expresión de embeleso se torna en angustia y terror al notar que éste me apunta con un revólver. No sé entonces si gritar o correr y conozco allí, en ese instante, la acción paralizante del miedo. Pienso decirle al falso lesionado que yo tenía una mujer y dos hijos aún pequeños que me necesitaban; que era un hombre bueno, un abogado servicial que no merecía morir así, que ya estaba retirado de las actividades políticas desde los tenebrosos días en que la Unión Patriótica fue eliminada físicamente de la faz de Colombia. Pero el sicario no me da tiempo y acciona varias veces su arma. El instinto de conservación me induce a tratar de eludir los proyectiles y a huir por la sala en dirección al patio en busca del auxilio de mis fieles perros guardianes. Éstos, alertados por los disparos, comenzaron a ladrar y el homicida, al verlos al final del pasillo, abandona la persecución sin dejar de mirar hacia ellos, y sale de la casa poco después con rumbo a la esquina en donde lo espera tranquilamente su cómplice en una motocicleta Yamaha 115 sin placas.

Todo ocurre como en los filmes de Hollywood. Los gritos de espanto de Maruja, la confusión y el llanto de mis dos hijos pequeños, la mirada medrosa de los pocos testigos, el ladrido de los perros, hasta el momento final en el que intento escalar la tapia del patio para salir de mi casa con la idea de llegar al Hospital, que quedaba al otro lado de la calle del fondo, y que es la última barda que no puedo escalar porque el peso de los años me lo impide y porque con la hemorragia interior, se me va la vida poco a poco.

Los rastros de mis dedos ensangrentados quedan en la pared en forma de rayas sinuosas. Empiezo a morir con los ojos abiertos pero mirando hacia atrás en el tiempo, recordando a Alma Olga y mis primeros y elementales escarceos del amor en el cine Colonial de Cartagena; a Cecilia, la india de la finca de Santa Lucía que me enseñó las delicias del sexo sigiloso; a Damaris, el idilio de los cafetales, la compañera pereirana de la Escuela de Cuadros que me enseñó la ternura; a Evelia, amor fugaz que se perdió en el ritmo de una noche; a Tania, la amante salvaje que me hizo reverdecer los laureles de la pasión en los parajes selváticos del Alto Sinú. La veo imponente, a Tania, en mi oficina, con su guedeja negra y su cuerpo de mulata rumbera, diciéndome: "Si tú no vas más a Tierralta yo tengo que venirme a tu lado"; y después muerta y sin encantos, a la vera de la carretera. Y a Maruja, mi refugio sentimental, la compañera pensada para los años del reposo. Me veo también recordando a mi padre autoritario, a quien nunca le conocí un gesto de cariño, y la entrega al cuartel que me hizo para que corrigiera mis ideas revolucionarias de juventud; mi pasado de glorias como columnista de El Rebelde y redactor de El Informativo, las tertulias literarias del Liceo Atenas que me ayudaron a definir mi rumbo de poeta, los libretos que alcancé a escribir para la radio, mis experiencias con los destechados de Montería de los años sesenta, los entusiastas y documentados debates en contra de la oligarquía “romo-sinuana” en el Concejo de Montería; mi condición de militante clandestino del viejo Partido de Potes, de Mendieta y de Portillo, y finalmente las penurias económicas durante mis estudios de Derecho en Bogotá y los conflictos conyugales con Ana Paola por su trabajo en la Radio Reloj hasta el día de la ruptura y en el que ella me sacó en cara hasta la cantidad disminuida de los “polvos” y mis cada vez más frecuentes fracasos en la cama que no le permitían gozar del himeneo plenamente y con la periodicidad que su condición de mujer aún joven le demandaba.

Tuve tiempo de pensar en todo lo que fue mi vida de hijo incomprendido, de intelectual discriminado, de socialista democrático frustrado, de hombre abandonado por la mujer que amó; desde el instante del fuego mortal e inesperado que salió del arma homicida, hasta el momento de la imagen borrosa del espíritu que se fuga y del cuerpo que se queda para empezar a ser materia sin alma ni poesía.


II

Hoy, después de varios años de mi muerte, he visto sentada en el frente de mi antigua residencia a Maruja, mi viuda inteligente y hermosa, en compañía de mis hijos y de un ganadero que la exhibe orgulloso como si fuera uno de sus trofeos de Feria. Y he vuelto a pensar en la balada trunca que empecé a escribir y que descubrió Antonio entre los papeles que dejé sobre mi bufete, el día del asesinato. Esa noche, mi entonces mujer adolorida, le dijo a mi amigo entre sollozos: "Son sus últimos poemas...el inconcluso me lo dedicaba a mí". Este último, titulado Balada del encuentro más allá del silencio, decía en sus versos iniciales:

"Mis sueños eróticos son suyos
y acarician la imagen de su cuerpo.
El silencio de su risa
me hunde en el vacío de la noche.
Entonces limpio lo ajeno
de la muerte..."

Al término de su lectura, Antonio la consoló diciéndole que sí, que el poema estaba inspirado en ella, sin duda, para evitar empañarle la imagen del esposo asesinado. Luego meditó un rato en torno a los actos impredecibles del amor y abandonó con discreción la sala del velatorio, que estaba llena de personas que habían ido, unas, a manifestarle a Maruja sus condolencias y otras, a beberse el café tinto endulzado con panela que le había preparado, en un gesto de solidaridad, su amiga Cristina Morón.

Recuerdo que Antonio salió de la casa y que se quedó un rato debajo de uno de los chiminangos de la entrada y que la brisa del río meció respetuosamente la imagen de Tania, la activista cristiana asesinada, que le sonreía gozosa en sus recuerdos de cronista. Recuerdo que miró a su alrededor y vio a nuestros contertulios literarios: Alexis, Serafín, Rubén Darío y Néstor, con el temor pintado en sus rostros, y sintió que en adelante nada sería igual en la “ciudad de las golondrinas”, que el país de las altas esferas optaba, una vez más, por el recurso de la sangre derramada, como en las épocas aciagas de la violencia de los años 40's y 50's. Recuerdo que se despidió de mis amigos y les dijo que no se quedaría a escuchar los cuentos de velorio que referiría esa noche el cuentero oficial de Montería, Carlos Doval; que tomó la ruta de su residencia, ubicada a en el barrio Buenavista, que recordó la forma como yo llegué a las praderas del Sinú, treinta y un años atrás, y que esa misma noche comenzó a escribir esta historia, la historia de mis alegrías y de mis tristezas, de mis logros y de mis frustraciones, de mis amores y de mis desengaños, la historia de una época que nos marcó a todos los de nuestra generación, en especial a quienes creímos sinceramente poder cambiarle la cara a Colombia. Una historia que decidió escribir con sangre la oligarquía colombiana, en aras de preservar el statu quo feudal y politiquero. Y cuya escritura Antonio estimó como el mejor homenaje que él, un escritor descreído de los partidos, de la clase dirigente, del electorado y del país, podía brindarle a la memoria de su viejo amigo y compañero asesinado y a mi papel jugado en la región cordobesa y ya convertido en olvido y al papel jugado por los dirigentes y militantes -políticos y sindicales- y por los artistas e intelectuales que lucharon, crearon y amaron en la Córdoba de los años sesenta y que me acompañaron en mi peregrinaje vital por estas tierras del recuerdo y del afecto.

Febrero de 1991- diciembre de 2006


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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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