l edificio de estilo impreciso que el doctor Abraham Pupo hizo construir en la esquina de la calle del Comercio con la carrera tercera fue el escenario del trabajo de edición y divulgación por las ondas hertzianas de la popular radionovela. Allí, en el local del tercer piso, estaban los estudios de grabación de la emisora. A ellos se llegaba por una escalera de casi dos metros de ancho, construida así para facilitar el trasteo del piano de cola y de la escenografía de los programas que eran difundidos en vivo y que congregaban a los pocos amantes de la música en Montería, ciudad en la que, por esos tiempos, la visita de un artista como Pedro Vargas no ocurría sino de lustro en lustro y no por la ausencia de líquido en las escasas cañerías del acueducto, que obligó al destacado tenor de las Américas a bañarse en la orilla del río con totuma, sino por la ausencia de empresarios que se aventuraran a invertir, pero sobre todo, de un público solvente que pudiera pagar, con su entrada, la inversión.
En ese edificio conocería, una noche de abril de 1960, a Ana Paola Anaya, la locutora adolescente de temperamento alegre y talento de artista que sería mi compañera durante un gran trayecto de mi vida y que por esos abriles apenas si descubría las cosquillas del amor con un locutor de apellido Acevedo que había llegado a Montería procedente de Medellín, contratado por Joselito Pupo, gerente propietario de la Radio Cordobesa, para transmitir los desfiles del reinado y de la Feria Ganadera y evitar de ese modo que su locutor estrella, quien también transmitía las fiestas de corraleja y los partidos de béisbol, comparara a una de las candidatas con la vaca lechera ganadora del primer premio.
Por esos días ya me había trasteado para Montería, y llegué esa noche de abril con Antonio a los estudios de la Radio Cordobesa, bajo un aguacero que nos empapó las ropas y nos obligó a desentumecer los huesos en la cabina de sonidos y a esperar allí, mientras el operador cerraba la emisión de ese día con las notas del Himno Nacional.
El director Farid Cura, una vez la señal salió del aire, llamó a los actores y técnicos y les dio el libreto del capítulo que se grabaría esa noche.
Los radioyentes conocían ya los episodios del esfuerzo y la aventura, que se iniciaron cuando los hermanos Antonino y Alejandro Lacharme llegaron a las fértiles praderas del Sinú y organizaron la empresa maderera que le hacía competencia a la Casa Americana de Míster Emery; y que continuaron con la llegada a la finca Misiguay de Manuel Hernández, sabanero pequeño y fornido, de piel oscura y diestro machetero, a quien posteriormente apodaron El Boche, y de su mujer negra, de caderas amplias, cuello recortado y senos turgentes, de nombre Graciela.
Los Lacharme, hombres cultos y emprendedores que habían introducido en la región la siembra y procesamiento industrial del cacao, el teléfono de magneto, la fábrica de hielo y la planta de energía eléctrica, tenían una bien ganada reputación de hombres de visión empresarial y deseos de progreso. Los trabajadores de Misiguay se sentían estimulados por el ensanchamiento de las labores de tala y exportación de la madera y por la forma de manejo de la Casa por parte del Musiú Antonino, quien era el encargado de la administración de la hacienda. En los círculos sociales de la entonces villa de seis mil habitantes, los Lacharme eran estimados por ser hombres de finos modales y extensos conocimientos de literatura y ciencias.
Esa madrugada del 4 de Octubre de 1908 -según el libretista-, El Boche afilaba su machete en la piedra de amolar de su compadre José Armenteros. Carmito Montes, el matarife de la empresa, lo hacía también con su cuchillo. El negro Hernández le advirtió: -Mañana tú vas a matar res pero yo voy a matar gente-. El matarife no le creyó y sonrió. Ignoraba que en el maizal se daban cita la mujer del machetero y el hijo de la lavandera Juana Sotelo, un mozalbete vaquero de nombre Antonio Sotelo, representado por mi amigo Antonio en el reparto artístico de la radionovela, y tampoco sabía que El Boche había sorprendido al Musiú contemplándole extasiado el trasero exuberante a Graciela, especialmente cuando arriaba el agua con la múcura sobre el hombro y el agua que se derramaba sobre la falda se pegaba a su cuerpo y hacía resaltar sus nalgas de negra bantú, redondas y paradas.
La ira del hombre herido en su orgullo de macho condujo a Manuel Hernández a buscar en el ron anisado que destilaba en su alambique don Manuel Herazo, al cual le mezcló una pizca de pólvora, el estímulo necesario para poder consumar sus propósitos uxoricidas. Todavía hoy, con todas las investigaciones de los historiadores José Morales Manchego y Fernando Díaz Díaz, y de la entrevista que le hizo a Graciela, Jorge Valencia Molina, sesenta años después de la tragedia, no es posible establecer si el asesino actuó movido por los celos frente al joven Antonio Sotelo o enardecido por las miradas furtivas y festivas del Musiú cada vez que Graciela pasaba junto a él contoneándole las caderas, o como reacción por los horarios de trabajo y la paga que recibían todos los concertados, y los altos precios del comisariato. Frente a las versiones contradictorias de los cronistas, el libretista decidió que el machetero de las Sabanas de Bolívar fue la víctima de una suma de factores conjugados que lo condujeron a la desgracia.
Miguel Girón, ex guerrillero liberal de la guerra de los mil días, fue el primero en sufrir la acometida del machetero enloquecido. De un tajo, simulado en la cabina de locución con un navajazo en un palo de balsa, El Boche le voló el brazo derecho. El narrador describió la sangre a borbotones y más de una mujer impresionada se desmayó y cayó de bruces frente a su receptor. El control de sonidos se lució con una cortina de terror tomada de la banda sonora de una película de la Metro con Bela Lugossi, prensada en un disco de acetato de larga duración que recogía varios de los temas musicales famosos del celuloide. El narrador Carlos Ospina completó el dramatismo del episodio diciendo que Girón, en su huida, dejaba una estela de sangre por entre el maizal y que llegó al embarcadero de la hacienda y se sentó a esperar, desangrándose, la llegada de la lancha del General Cabrales, que ya venía en camino, llamado por el teléfono de manivela de la finca vecina, segundos después que El Boche empezó a amenazar de muerte a sus compañeros de trabajo si no le decían dónde carajo se encontraba su mujer.
Luego vinieron las agresiones y heridas a la lavandera Juana Sotelo, a quien le destrozó los senos y dejó casi muerta en un chiquero, y a su amigo Carmito Montes, que se defendió con su cuchillo de carnicero mientras le gritaba: -¡Tú estás loco, Manuel!... yo no sé dónde está tu mujer!-. Pero El Boche era una fiera enfurecida y no entendía de razones en ese trance. Carmito Montes recibió, muy a pesar de su valor y su pericia, varias sajas en los brazos y en la espalda que lo dejaron como un mapa, marcado para siempre.
En esos instantes apareció don Alejandro Lacharme, hermano del musiú Antonino, quien regresaba de caza y venía armado con su escopeta de perdigones. Un fondo de música de suspenso logró el efecto deseado por el director de la radionovela. Pero el diálogo fue mejor; en él se sobraron los locutores Octavio Valencia y Vicente Robles en los papeles de El Boche y el Musiú Alejandro, respectivamente.
-¡Manuel!... ¿Qué locura has hecho? -leyó Vicente, arrastrando la erre como los franceses.
-Vea blanco, no se meta conmigo -El Boche sembró los ojos en el suelo del mismo modo que el toro criollo cuando se prepara a embestir.
-Has actuado mal, Manuel. Ven, vamos a Montería y allá resolvemos lo que hay que hacer.
-La cosa no es con usted, Musiú. Es con ella...
El Boche pensó en el cepo, que era el castigo de la ley contra los concertados insumisos, e intentó irse pero don Alejandro le detuvo: -¡Entrégate, Hernández, o de lo contrario...!-. El machetero se detuvo y miró desafiante al francés. Iba a decirle “o de lo contrario, qué”, pero el francés, temeroso, hizo un disparo al aire con la intención de amedrentarlo. Y esa fue su perdición, porque ocurrió todo lo contrario. El hombre enceguecido por el odio, empezó a correr hacia el patrón.
-¡Espéreme que allá voy! -le dijo con rabia y se abalanzó con el machete en alto.
Don Alejandro trató de cargar su escopeta pero se dio cuenta que no tenía tiempo y optó por correr con rumbo a las oficinas de la casa de madera con la esperanza de salvar la vida, y allí ni el mayordomo ni el contador -petrificados por el miedo-, le abrieron la puerta. Trató, desesperadamente, de ampararse utilizando su arma como escudo y logró atajarle varios golpes de muerte al machetero enceguecido, pero al final se impusieron la fuerza y la destreza de Hernández, quien le descargó un machetazo en la cabeza al Musiú y se la abrió como si fuera una "astilla de leña".
-¡Una fanfarria trágica, rápido!- exigió Farid Cura y agregó: -¡Este capítulo es la verraquera!-. Se refería, obviamente, a la buena actuación de Octavio y de Vicente, y a los formidables efectos de sonidos logrados por Fabio Agresot, que le dieron a la escena un realismo tan dantesco que muchos días después los médicos del Hospital seguían atendiendo enfermos de la presión arterial con pastillas de Apresolina, y los curanderos de Mocarí, quienes no daban abasto con el número de pacientes que acudían a ellos con los nervios alterados, recetando zumos de limón y ajo cada hora, en pocillos de tinto, y agua fresca de berenjena, todo el día.
Al día siguiente, no obstante la conmoción de la noche anterior, los monterianos al pie de sus receptores seguían las incidencias del drama. "Porque un crimen salvaje como ese no se podía quedar así, ni siquiera en una radionovela", tal y como lo consignó el periodista y locutor Aquiles Colón García en su radio revista Ariel, que se transmitía por la misma Emisora, en el horario siguiente.
Y todos, hombres, mujeres, adultos y adolescentes, vivieron otra vez la odisea del horror.
Lucía, la cocinera de don Alejandro (Ana Paola Anaya en la actuación) al ver a su Musiú en un charco de sangre, agonizante, expresó: "¡Pobrecito el Musiú, tan bueno que era!". El Boche, al oírla, le abrió el vientre de una sola cortada. Un gallo, prestado por Pedro Nel Zapatero, otro de los actores, cantó, y El Boche le voló la cabeza. Un niño lloró al ver las vísceras de Lucía, y el asesino cortó un pedazo de queso con el arma ensangrentada y se lo dio para que lo comiera. Finalmente, el negro de San Jacinto le prendió fuego a las casas del campamento y huyó por entre los matorrales de la ciénaga, hasta donde fue perseguido por una comisión de hombres armados al mando del General Cabrales.
Al término de una cortina musical, tomada de una de las cintas del programa Ojo de águila de La Voz de los Estados Unidos de América, el narrador contó que El Boche se les perdía a sus perseguidores por entre las taruyas y lirios de agua, cuando se zambullía. Le disparaban y las balas no daban en el blanco. Uno de los hombres comentó entonces que había escuchado decir que el asesino tenía "los niños en cruz" y que por eso no podían matarlo con balas comunes y corrientes. Juan Jiménez, que así se llamaba el jinete, sacó una bala de plata de su cartuchera, la rayó en cruz y la puso en la recámara de su carabina. Le siguió enseguida el rastro por las burbujas y la turbidez que dejaba en el agua el fugitivo. Lo presintió debajo de unos juncos al reparar en el movimiento del agua y en un canutillo que emergía en la superficie. Lo esperó sin moverse, a pocos metros. Apuntó en el lugar preciso por donde debería aparecer la cabeza del homicida y justo en ese punto le descerrajó el tiro. El Boche, al sentir el impacto en el pecho, alcanzó a decir: "Así no se mata a un hombre bueno" y se hundió en la ciénaga. “Bueno era el hombre al que tú mataste”, le contestó Jiménez.
Todas las miradas quedaron fijas en el sitio de los juncos. A los pocos segundos la mano crispada del concertado salió de las aguas con el machete en alto y todos creyeron que el asesino de los "niños en cruz" regresaba de la muerte para seguir matando, pero ya era cadáver.
Cuentan los cronistas, y así lo consignó el libretista en la novela radial, que El Boche fue llevado a Montería tirado por la lancha de gasolina del General Cabrales, la misma en donde fueron transportados los muertos y heridos que él causó con su locura. Al llegar al puerto hubo consternación y llanto porque era la primera vez que una tragedia como esa tenía ocurrencia en la región y porque don Alejandro Lacharme, según los historiadores, era un hombre querido y respetado en el Sinú.
La comitiva macabra fue recibida por las autoridades locales y por los abarroteros del Mercado, en la albarrada frente a la Gran Calle.
Al notar que el cadáver del machetero tenía el brazo derecho tieso hacia arriba, el señor alcalde ordenó que se lo llevaran rápidamente al cementerio, pero alguien protestó.
-Mejor lo enterramos aquí mismo para que las aguas del río se lleven sus huesos al mar y no queden restos de ese maldito.
-En ese caso traigan un ataúd- pidió el señor cura párroco.
-¡Ningún ataúd!- enfatizó el hombre-. ¡Que lo entierren en el suelo!
IV
“La radio me apasionó siempre. Tal vez desde que escuché, siendo aún un niño, El derecho de Nacer, del cubano Felix B. Caignet, por los años en que mi madre residió con mi tío Agustín en la calle San Andrés del popular y tradicional barrio cartagenero de Getsemaní, y seguí en el radiorreceptor de él, todas las noches, la historia de amor y dolor de Alberto Limonta, el joven médico de Palma Soriano que fue criado por una aya negra (María Dolores Limonta), quien lo salvó de la muerte ordenada por su abuelo -Don Rafael del Junco- para borrar el pecado de su hija María Helena del Junco, y a quien Albertico descubrió como su verdadera madre cuando ya era un profesional de la medicina. Y me apasionó también gracias a un programa de aficionados a la canción al cual asistía en la Radio Colonial, ubicada entonces en la calle del Porvenir, programa que dirigía el maestro Joaquín Mora, un argentino que dejó el tango y la milonga por el bolero tropical y la cumbia, y que cambió las bonaerenses por una costeña que lo amarró a la tierra con su belleza y con el sabor del sábalo frito y del arroz con coco. En uno de esos programas conocí a Alma Olga, la que sería mi primera novia, que era delgada y desgarbada, pero con un rostro hermoso, y cantaba como los ángeles y me encantaba cada vez que me decía con su cálida voz ‘Te quiero mucho, mucho, mucho, pero mucho, mucho ...Te quiero tanto, tanto, tanto como a Dios’. Y esos recuerdos gratos de la infancia me hicieron volver los ojos a ese medio de comunicación que aún permanecía en el silencio de los inocentes, acompañando las nostalgias y esperanzas de sus oyentes con las voces de Leo Marini, Vicentico Valdés, Carmen Delia Dipiní y demás “boleristas” de la época, ignorante aún del poder que alcanzaría con el correr de los años y de la sangre”.