Antonio Mora Vélez - rodelu.net |
20 de Septiembre de 2006
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Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 3
La invasión frustrada de los camaradas
I
Esa
noche salí de la Emisora doblemente impresionado y contento. Por Ana Paola, la joven locutora y actriz, a quien miré desde entonces como la mujer con la cual debería juntar mi soledad y ansias de amor. Y por la grabación del episodio siniestro de El Boche que me mostró hasta qué grado de degradación de la conducta puede llegar el hombre obnubilado por los celos o el odio. Posteriormente le contaría a Antonio, en el Bar Regina y al calor de unas cervezas Costeñitas, que haber presenciado esa parte oculta de las radionovelas que ocurre en los estudios de radio, le había servido de norte a mis ideas en lo referente a mi futuro laboral en la incipiente capital del Departamento.
Tenía entonces veinticinco años de edad y un sartal de ilusiones que me fueron naciendo en las aulas del Liceo Bolívar durante los episodios turbulentos de la dictadura de Laureano Gómez, y que compaginaban perfectamente con mi temperamento extrovertido y con esa visión optimista del futuro que no le da tregua a la tristeza. Había participado también en las refriegas callejeras en contra del despotismo del gobierno de Rojas Pinilla y fui uno de los jóvenes que contestó “¡Presente1”, junto a Manuel Cepeda Vargas y a Jaime Pardo Leal, al llamado de fundación en mayo de 1952 de la Juventud Comunista (Juco). Pero mi vocación real era el arte y por eso, esa noche lluviosa en la que conocí el desenlace triste de El Boche, decidí que mi mejor contribución a la causa de los pobres la podía dar en la radio, escribiendo los libretos de los dramatizados que resaltaran la vida y obra de héroes populares como Vicente Adamo y Jerónimo Triviño, pero no del modo como lo hizo Jorge Valencia con el concertado sanjacintero Manuel Hernández, sino señalando sus virtudes humanas, su liderazgo y el interés clasista que inspiró su acción. Sabía ya, porque la radionovela había motivado mi interés por la historia, que las versiones utilizadas por el libretista sobre la vida, pasión y muerte del personaje central de la tragedia estaban marcadas por el desprecio que dejaban traslucir los autores investigados hacia los macheteros de piel morena y modales rústicos que trabajaban en las haciendas de la época.
Pero una cosa pensaba yo y otra muy distinta pensaban los dirigentes del Partido. La noche del 13 de Mayo de 1960 fui convocado a una reunión en la casa del vendedor de refrescos en el mercado, don Hortensio Jiménez, veterano de las luchas agrarias de Vicente Adamo y quien portó con orgullo, hasta su muerte, un telegrama firmado en San Petersburgo, en Noviembre de 1919, por el líder de los bolcheviques Vladimir Ilich Lenin y en el cual el estadista ruso agradecía a la Sociedad de Gremios Unidos del Sinú, su solidaridad militante con la Revolución de Octubre.
En esa reunión del Comité de Zona de Montería, que jamás olvidaría, se decidió que yo sería uno de los "cuadros" del Partido en el frente juvenil de los destechados y que a la noche siguiente debía acompañar al librero León Portillo, al joven profesor Alfonso Cujavante, al fotógrafo Hernán Correa y al secretario político del Comité de Zona, el farmaceuta Edgar Potes, en la tarea de orientar a los camaradas de base que tenían la misión de invadir los predios de la clausurada granja experimental del Ministerio de Agricultura, en las estribaciones de la Sierra Chiquita.
-Son 144 hectáreas que el alcalde Rafael Yances Pinedo recibió de la Nación y que ha decidido entregar a la gente del movimiento Pro-vivienda, pero a las masas hay que enseñarles que las cosas se consiguen mediante su movilización y no con dádivas de la burguesía. -les explicó Potes a los asistentes a la mentada reunión.
II
“La
invasión de mentiras tenía el propósito de entregarle a cada familia el lote que ya le había sido adjudicado previamente en las oficinas, de acuerdo con los directivos del comité central Pro-vivienda, y para que la gente entendiera que el lote no era una dádiva del gobierno, sino el fruto de la lucha popular. Eso decía Potes. Y en parte era cierto. El descontento por el desalojo policial de los compañeros Francisco Regino y Mariana Meza de un predio que habían invadido cerca al cabaret El Platanal fue el florero de Llorente que dio origen a la toma masiva del barrio 14 de julio, y al movimiento pro-vivienda que gestó el proceso que terminó con la adjudicación de los lotes en el barrio La Granja. A mí me parecía, gracias a mis lecturas, que las luchas agrarias y por la tierra urbana, lejos de generar una conciencia socialista, generaban una conciencia de pequeño propietario; y no era que me pareciera mal esa conquista para los hombres que habitaban los cinturones de miseria de la ciudad, dignos todos ellos de mejor suerte, sino que no entendía tanto embeleco para transformar verdaderos parias, proletarios de verdad, en pequeños propietarios que se aferrarían a sus predios con el mismo ardor con que los capitalistas lo hacían con sus bienes y que, por eso, jamás llegarían a ser militantes revolucionarios, sino conservadores de su propiedad. Yo proponía impulsar la organización y la lucha sindical del magisterio, de los estibadores del río, de los trabajadores de las carreteras en construcción, de los empleados del municipio, de los loteros, albañiles, areneros, tipógrafos, meseros y de los pequeños abarroteros del mercado. Pero ayudaba a los desplazados que vivían en la periferia en su lucha por el techo porque esa ayuda producía dividendos electorales y porque me interesaba el reconocimiento de las gentes, sentirme útil, sentir que mi trabajo de organización le producía felicidad a muchas personas”.
III
Recuerdo,
como si fuera hoy, la reunión del Comité de Zona efectuada la víspera en el apartamento de Potes, en la que se decidió que los beneficiarios escogidos del comité de Pueblo Pescado entrarían por los lados de la embotelladora de gaseosas; los destechados del barrio Sucre, con el camarada Mendieta al frente, por el camino a Guateque; los adjudicatarios del barrio Colón con Luis Arenales de comandante, por los pajonales de la familia Lacharme, y los seguidores del “polaco” León Portillo, del barrio Nariño, utilizando el viejo cauce del Sinú y luego cruzando los matorrales de la familia Hawasly. A mí me asignaron este último grupo y a las ocho de la noche me senté a esperar, en la puerta de la casa del camarada Nel Badillo, en el barrio Colón, mi primera cita con “la acción de masas”, como la calificaba Potes, y bajo la dirección de León, el librero que me surtió de muchos de los libros y folletos marxistas que leería durante esos años, y quien tenía una pinta de gamonal satisfecho que no se compadecía con su militancia política. Estos comités, surgidos a raíz de la invasión triunfante del barrio 14 de julio, estaban coordinados por un comité central pro-vivienda del cual era alma y gestor el camarada Edgardo Nieto, quien había sido elegido concejal del MRL, premio a su trabajo de organización y a su entrega a la causa de los destechados.
En esas lides, esa noche y en esa casa de El Tuerto Nel, conocí a una de las personas que me ayudarían a decidir mi futuro. Hombre corpulento y afable, de una inteligencia crítica y gran sentido del humor, fue quien primero me habló de la existencia del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y de las pretensiones de su jefe nacional, el doctor Alfonso López Michelsen, de convertirlo en "un partido clasista... el partido de los consumidores, enfrentado al partido de los productores". Se llamaba Remberto Canabal y había nacido en Ciénaga, Magdalena, el mismo día de la célebre masacre de las bananeras. De él recibí el primer ejemplar de El Rebelde, hebdomadario provincial del movimiento, en cuya primera página había una cartilla de alfabetización ideada por el etnólogo Benjamín Puche y en la que cada letra estaba simbolizada por una figura del campo que tenía con ella una semejanza morfológica; en las páginas interiores un artículo de Joaquín Castillo sobre la vida de El Boche y la importancia de la radionovela escrita por Jorge Valencia, que en su opinión rescataba del olvido el hecho histórico así no haya resaltado el perfil social del personaje y la naturaleza rebelde de su acción; y una nota de la gacetilla que anunciaba la pronta publicación de la ecuación matemática descubierta por Benjamín Puche y que aplicaban los aborígenes trenzadores de Tuchín al hacer el sombrero "vueltiao".
Remberto estaba casado con una mujer añosa y neurasténica que se la pasaba la mayor parte del tiempo reclamándole por su pasividad, exigiéndole más dinero y una mayor vinculación con los círculos del poder. Ella sabía que su marido había sido condiscípulo en las bancas de la secundaria de la mayoría de los actuales funcionarios de la administración pública, que había compartido la habitación en residencias de estudiantes con varios de ellos y que tenía, por ello, acceso fácil a las oficinas del gobierno. Pero lo que no sabía era que Remberto había sufrido en familia el azote de la violencia y que estaba más informado que nadie que esa violencia había sido auspiciada, dirigida y ejecutada por los conservadores en contra de los liberales, y que por eso no entendía, ni quería entender, cómo se podía votar para presidente de la República por un "godo" y colaborar con mandatarios regionales de semejante estirpe. Aún estaban frescas en su memoria las imágenes del incidente electoral que le tocó vivir durante el viaje por el Canal del Dique, rumbo a Barranquilla, que hizo en la motonave Ciudad de Santa Cruz de Lorica durante sus tiempos de estudiante. Los policías -me contó Remberto esa noche- nos interceptaron cerca de la desembocadura al río Magdalena en Calamar y con la fusilería montada abordaron la embarcación. El capitán de ésta le informó al sargento que ninguno de los pasajeros traía consigo la cédula, porque varios kilómetros atrás se las habían llevado unos salteadores. El oficial de policía se quedó mirando al capitán naviero con cara de incredulidad y le subrayó:
-¡No importa! Ustedes van a cumplir de todos modos con el patriótico deber de votar y lo van a hacer por el futuro presidente, doctor Laureano Gómez.
De modo que, aunque parezca increíble, porque no tenía pinta ni pensamiento de proletario -era alto, gordo, blanco y bien vestido-, por tales razones dolorosas del pasado, Remberto estaba en el grupo que pretendió invadir la granja del Ministerio de Agricultura el 13 de Mayo de 1960. Y era tal su deseo de crearle problemas al gobierno departamental que se olvidó de su asma y de las prescripciones médicas y se aventuró junto con el librero Portillo y los destechados del comité pro-vivienda de Nariño, por los peligrosos pedregales del viejo cauce del río, soportando el frío de esa hora de la madrugada y los mosquitos que venían del cenagal.
Al llegar al morichal bautizado, meses después, por el talabartero y dirigente del barrio, Luís Arenales, con el pomposo nombre de Plaza de la Revolución, y después de abrir una trocha de casi trescientos metros por entre la manigua, observaríamos el enjambre de puntos luminosos que parecían cocuyos fijos, y el humo que salía de ellos y que empañaba la claridad de la luna.
-¡Mierda... Se nos adelantaron! -exclamé, sorprendido, y con no poca dosis de desilusión por haber comprobado ese día que el partido, a diferencia de lo que afirmaba Brecht y repetían Potes y Portillo, no siempre tenía la razón.
Mucho más inteligente que los estrategas leninistas de la provincia, el alcalde Rafael Yances, avisado y asesorado por su secretario de gobierno, Rodrigo García, había dispuesto esa noche la toma del predio por parte de la Policía y había colocado en cada poste de señalamiento a un agente armado, con el propósito de desbaratarle a la dirección del Partido el embeleco político de hacer aparecer como invasión lo que en verdad era un programa de adjudicación de lotes del municipio.
-Esto es para que veas, Guillermo, que nos enfrentamos a una de las burguesías más astutas de América -me dijo Potes.
A los pocos minutos, luego de entrar por la vieja puerta de golpe de la hacienda, Potes recordaría el célebre mitin organizado unos meses atrás por él, Octavio Rivera y Luis Arenales, frente al Palacio Municipal en demanda de vivienda, y la respuesta que Yances les dio después de preguntarles por las razones del mismo y que éstos le explicaran que los terrenos del antiguo Puesto de Monta de la granja experimental del Ministerio de Agricultura estaban abandonados y que los habitantes de los tugurios necesitaban tierra para construir.
-“¡Invadan!” -les contestó entonces con un sonrisa pícara de acompañamiento.
Finalmente, con rabia y frustración, le preguntaría Potes al alcalde Yances, quien descansaba debajo de una ceiba iluminada, en los terrenos de la mencionada granja.
-¿Y esta jugarreta qué significa?.
-Significa que la entrega de los lotes es mañana a las 9 con Obispo a bordo y que se tienen que aguantar hasta esa hora si no quieren que en lugar de darle la tierra a la gente de los comités de ustedes, se la demos a los recomendados del concejal Medardo López, que está que se las pela por repartirla entre sus conmilitones –le respondió Yances.
Arrellanado en una hamaca morroana, Yances escuchaba la vitrola que le había prestado el intelectual y músico Rafita Díaz para que disfrutara durante la noche los paseos y merengues de Rafael Escalona interpretados por Bovea y sus vallenatos.
-Pero usted era partidario de la invasión cuando le solicitamos la tierra en el mitin del 59—le dijo Potes.
-Eso era antes –contestó Yances—. Pero ahora no. Las cosas cambian sin cesar, al menos eso dice la dialéctica materialista de ustedes.
Y rió, con su peculiar risa, que más parecía una sonrisa con un sonido que le salía del lugar del cerebro en el que almacenaba sus picardías.
IV
“El
MRL me gustó por su alegría, porque quería mejorar la política, ayudar a los desposeídos, a los desempleados, a los huérfanos del poder, a los campesinos irredentos y no les prometía el paraíso, sino, como decía el compañero Julio César Uribe, un lugar en el combate. Me gustaba también porque en su seno había muchos intelectuales, artistas y escritores que ayudaban a esperanzar con sus obras el futuro que soñábamos para Colombia. Hoy, después de todo lo que pasó, pienso que fue la segunda gran frustración del pueblo colombiano después de la de Gaitán, cuya muerte produjo el desencanto y la rabia desatada de un labriego humilde llamado Pedro Antonio Marín, apodado hoy Tiro Fijo, quien se enmontó para vengar al caudillo liberal y terminó de comunista y después en fundador de las FARC, al verse abandonado por la dirección de su partido oligárquico, y rodeado por los viejos zorros de la guerrilla de El Davis, al sur del Tolima, quienes se encargaron de adoctrinarlo en el marxismo. De haber llegado el MRL al poder hubiera sido el inicio de un nuevo modo de enfrentar los problemas del pueblo colombiano y seguramente el germen de un nuevo partido, distinto del liberal oficialista, que estaba atado de pies y manos por la oligarquía desde la aciaga muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán. Para los pobres de la ciudad y el campo, el programa liberal gaitanista del Teatro Colón en el 47 o el plan SETT de López Michelsen hubieran significado la solución de muchas de sus penurias. El regreso de López al liberalismo oligárquico le castró el empuje renovador al MRL, su romanticismo revolucionario, sus ganas sinceras de ayudar a los menesterosos. Y aplazó una vez más el surgimiento del nuevo país que quedó trunco con la muerte del líder liberal inmolado el 9 de abril del 48”.
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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.
Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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