Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
26 de Septiembre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 4

Un santo extraviado en las riberas de asombro del Sinú


I

Rafael Yances, abogado de cuarenta años y alcalde de una gran sensibilidad social, fue un momento fugaz de reformismo en la sociedad monteriana de los sesenta y un brazo extendido que agarraron los náufragos de la vida que sentían cómo se les deshojaban los almanaques mientras seguían, agónicos y sin esperanzas, con un collarín de angustias al cuello.

Por esa época el departamento de Córdoba era un inmenso pastizal y la mayor parte de la población vivía diseminada en el campo, en las riberas de las ciénagas y de los ríos, viviendo de la pesca y de pequeñas huertas que le suministraban los “tres golpes”, como solía decir don Domiciano para referirse a las tres comidas diarias. Mientras en otras regiones del país se desarrollaba la industria, por acá los pastos abrumaban el paisaje y las calles polvorientas de los pueblos no eran más que trochas por donde diariamente transitaban las reses de cría de los ganaderos.

El paso por la alcaldía del doctor Yances sirvió como ejemplo de tolerancia y sensibilidad y demostró que los problemas sociales se podían arreglar, alargando los hilos de esa madeja de bondad que nos permite encontrarnos como seres humanos en el oasis del sentimiento. Coincidió su toma de posesión con las advertencias del jefe liberal Carlos Lleras Restrepo, en el sentido de que esa actitud de desplazamiento de los pobladores del campo a las ciudades podría generar, con el correr del tiempo, situaciones de miseria, de disolución y de violencia en los suburbios.

A pesar de tales advertencias, las víctimas del desempleo y de las injusticias, y los cosecheros de pesadumbres de Canalete, Tucurá, Tinajones y Pica Pica, habían iniciado un desfile migratorio, una especie de gran marcha de la necesidad, hacia los extramuros de “La perla del Sinú” en procura de mejores oportunidades de subsistencia.

Acostumbrados a la desidia y a los malos tratos de los funcionarios públicos, tales desplazados y los asalariados y desempleados de Montería, creyeron que el doctor Yances, más que un político predestinado para mayores metas, era un santo extraviado en las riberas de asombro del Sinú, destinado por Dios para resolver los problemas fundamentales de los hombres agobiados por la desesperanza. No fue casual que los directivos de la asamblea de adjudicatarios del barrio La Granja que él ayudó a fundar, lo hubieran bautizado en el primer aniversario con el nombre de San Rafael, ni que en las mesas de velación de las beatas beneficiadas con el milagro de la repartición de los lotes, estuviera la imagen de ese San Rafael trigueño, bajito y bonachón que usualmente vestía de cachucha, guayabera y corbatín; que siempre estaba oloroso a picadura de buen tabaco y que acostumbraba citar las Encíclicas papales en todos sus discursos y escritos, en el espíritu de justificar sus decisiones de gobernante, encaminadas a aliviar las consecuencias de las desigualdades.

El estilo –me contó alguna vez- le vino desde los años de la infancia en Ciénaga de Oro, de cuando él y su hermano Domingo se peleaban por algún juguete en el impluvio solariego de la casa paterna, y el padre afectuoso los reprendía y les enseñaba que la paz es darle a cada ser humano lo que le pertenece según los criterios de la equidad y el bien común. Después aprendería en la universidad de la vida que las cosas abandonadas no son de quienes las alegan sino de quienes las necesitan y les dan la utilidad social que intrínsecamente tienen por imperativo del orden natural.

La primera vez que el doctor Yances enfrentó un conflicto de tierras era Secretario de Agricultura de Córdoba. Eso fue en 1958. Los campesinos de Pueblo Nuevo invadieron una finca y los propietarios de ésta quisieron desalojarlos con la policía. El alcalde del municipio, hombre prudente y bueno, solicitó los sabios consejos del doctor Yances y éste, fiel a sus convicciones cristianas, fue al lugar de la invasión y constató lo que ya se sabía: que más de un millar de labriegos habían habilitado los pajonales con cultivos de “pancoger” y que vivían en sana paz de Dios con la ilusión de no ser molestados por los terratenientes ni por las autoridades.

Al llegar, el burgomaestre le pidió su opinión y respondió:

-Esto es un caserío y los caseríos son una realidad sociológica y geográfica y no pueden ser lanzados por la policía ni cambiados de sitio por decreto.

Al cabo de un año, el día 14 de julio de 1959, procedería de igual manera en Montería frente a los menesterosos que se tomaron un predio del Instituto de Crédito Territorial ubicado en las cercanías del barrio Granada, al sur de la ciudad, en solidaridad con el desalojo que la policía le hizo a Francisco Regino y a Mariana Meza, quienes el día anterior habían ocupado un lote vecino del famoso cabaret El Platanal y habían instalado en él su fritanga de patacones, carimañolas de yuca harinosa, empanadas y buñuelos de maíz verde. Esa madrugada, la carrera novena de la apacible villa de las golondrinas se llenó de seres apresurados, los destechados ilusionados con el verbo del camarada Potes y la bondad de Yances, que la cruzaban de norte a sur desde los barrios Nariño, Sucre y Pueblo Pescado, pasando por el cruce de vías llamado Los Cuatro Caminos, hasta la zona despoblada del inicio del carreteable al caserío de Guateque; y lo hacían con baúles, camas de lona, taburetes, aguamaniles y tinajas a cuesta y con un costal de esperanzas que creían posibles; "guapirreando" -¡huepajé!- por el camino, como si estuvieran en una “corraleja”, y mentándole la madre a la oligarquía “romo sinuana”, causante de sus desgracias. Horas después se enfrentarían a la lluvia de mosquitos en esa noche memorable de julio, al frío de la noche metida en lluvia; y fueron dueños, al día siguiente, del futuro y artífices heroicos "del mayor escándalo en la historia de la capital", según la calificación dada al suceso por el noticiero radial del periodista liberal y concejal Medardo López.

A la mañana siguiente, el Inspector de Obras del Municipio llegó y le pidió a los invasores que desocuparan para evitar el desalojo violento. El vice-presidente del comité, el sastre Fidel Cancino, le contestó:

-El señor de la guayabera y el corbatín vino y nos dijo que iba a mandar las máquinas para trazar las calles. De modo que no tenemos porqué desocupar...

En el palacio de Naín, sede del gobierno seccional, entretanto, el gobernador recibía una visita de las llamadas "fuerzas vivas", que habían ido a su Despacho con el fin de ventilar el tema de la invasión y de sugerir medidas conducentes a escarmentar a los osados pobladores del recién nacido tugurio llamado 14 de Julio. El primer mandatario los recibió en el salón de gobelinos y con la preocupación visible en su rostro, porque su amigo Rafael no estaba allí y a él no le parecían piadosas las actitudes de los visitantes.

-¡Metámosle candela a la invasión! -demandó iracundo un sacerdote antioqueño de apariencia bondadosa.

-Padre: Si usted les tira el primer mechón, nosotros le seguimos -le replicó un diputado liberal que en sus años mozos había sido sindicalista. El cura se puso pálido, pero de la rabia, por el desplante de su interlocutor. Los demás hicieron mutis frente a la propuesta.

-La policía está en la obligación de restablecer el orden perturbado por esta gentuza y de proteger la propiedad privada -aseveró Don Austreberto Navarro: un ganadero que tenía una merecida fama de semental porque en toda la comarca había regado hijos en tal cantidad que ya había agotado el santoral católico como nomenclador y había tenido necesidad de recurrir a varios diccionarios de lenguas extranjeras con el fin de completar la nómina.

En esos precisos instantes llegó al salón de gobelinos el alcalde Yances, sonriente y luciendo su habitual indumentaria tropical, que le quitaba algunos años de encima y que denotaba a las claras su idiosincrasia de hombre caribeño que espantaba con su alegría los sinsabores de la realidad.

Al entrar apagó su acostumbrado cigarro “Partagás” cubano, que compraba en la cigarrería de Buenaventura Beleño.

-Siquiera llegaste, Rafa -le dijo el gobernador Jiménez-. Por favor, explícales a estos señores cuál es tu posición sobre al asunto de la invasión.

El doctor Yances reparó en los asistentes, los saludó uno por uno y seguidamente les preguntó sus opiniones en relación con el tema. Al verificar que todos ellos coincidían en la defensa del derecho de dominio como argumento del desalojo violento, les aclaró:

-¡Esos terrenos no son de propiedad privada, son del Instituto de Crédito Territorial, es decir, del Estado, y pueden ser adjudicados a los invasores!


II

“A Rafael lo conocí siendo él, alcalde de Montería y yo, profesor recién nombrado del colegio nacional “José María Córdoba”. En una inspección de obras que le hizo al colegio, indagó por mí, interesado en conocer al docente que ponía a leer a los jóvenes integrantes de un círculo de estudios sociales, libros de tendencia marxista como Lecciones de Filosofía de George Politzer, obra en la cual el destacado intelectual francés enjuiciaba la versión creacionista de la Iglesia y sostenía que el universo no tenía principio ni fin, ni en el tiempo ni en el espacio. Rafael me preguntó entonces si yo creía que el hombre venía del mono y que la materia podía engendrar conciencia sin la participación de un ser superior. “Una cosa no puede tener su causa en ella misma, ésta tiene que ser extrínseca”, me dijo. Yo le contesté entonces que la evolución lo explicaba todo y que el hombre tenía un antepasado común con el mono, que es otra cosa bien distinta, y que el universo es todo, que por fuera de él no existe sustancia alguna y que hasta ese día no se había demostrado la existencia de una molécula espiritual que obligara a pensar en algo diferente de la materia de átomos y electrones. Esa mañana discutimos también sobre la ideología liberal. Él me dijo que el liberalismo era el partido de la democracia y la justicia social y yo le respondí que en algunos momentos de la historia sí, pero que desde que el presidente Ospina Pérez logró que Darío Echandía aceptara el Ministerio de Gobierno, a las pocas horas de haber sido asesinado Gaitán, dejó de ser ese partido del pueblo que tanto susto le produjo a Carlos Lleras por esos días y se convirtió en un partido oligárquico y electorero.

Con el correr del tiempo sabría que Yances no solo era un intelectual, un jurista y un político de primera línea, sino un bohemio empedernido que hizo famosas sus borracheras de varios días. Y sabría también que era un hombre de una honestidad a toda prueba, que terminó pobre y sin un centavo y que tuvo que recibir en la etapa final de su vida la solidaridad de los amigos, viviendo inicialmente en casa de varios de ellos y finalmente recluido en el Asilo del Perpetuo Socorro, espacio que se ganó gracias a un jugoso donativo que le hizo a las monjas custodias con los honorarios de uno de sus triunfos profesionales”.


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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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