Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
6 de octubre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 5

“Ay cosita linda, mamá”


I

Mi romance con la locutora Ana Paola Anaya surgió por culpa de una verruga. Ella estaba en la cabina de locución de Radio Cordobesa, perifoneando un programa musical de complacencias y yo quise hacerle una broma en el instante en que anunciaba un bolero por el micrófono, pasándole los dedos por la verruga vellosa que tenía al lado derecho de su cuello. A Ana Paola, mestiza fiestera con un trasero de negra bantú y ojos saltones que descubrían sus posibilidades amatorias, esa caricia desprevenida se le tornó en descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo.

Anunciaba el título de la canción de Consuelo Velázquez, Bésame mucho, y lo hizo de un modo tan sensual e insinuante por culpa de mi broma con su verruga, que por muchos meses sus amigas le estuvieron preguntando a quién le había pedido ese beso, con el erotismo ardoroso de esa entonación de voz y el quejumbroso entusiasmo de esa tarde.

Poco tiempo después éramos novios y para la noche en que se presentó en el radioteatro de la emisora la gran orquesta de Pacho Galán, casi amantes secretos. Esa noche, al término de un largo período de aprendizaje en el horario de las dos de la tarde presentando el programa de rancheras de la Talabartería Ayala de don José Ayala del Portillo, Antonio debutaba como locutor de escenario. Vicente Robles y Edison Rodríguez le habían pedido que leyera los comerciales a efecto de poder ellos repartirse en la animación. Ana Paola estaba recostada a una de las columnas interiores de la platea, vestida con un traje de medio paso, de tafetán rojo, bien ceñido a sus amplias caderas de mujer nativa del Sinú. Sonreía y esa sonrisa al principio me pareció de burla porque lo hacía cada vez que Antonio decía, empinándose: "No compre donde sea, compre donde Jorge Zea todo lo que necesite en ferretería", y la sonrisa se le volvía risa sin el son cuando cantaba: "Los aretes que le faltan a la luna los tengo empeñados...en el almacén Imán, de Gilberto Villa, quien lo atiende en la avenida 2O de Julio con la calle 34".

Yo creía que Ana Paola se burlaba de Antonio porque era un locutor novato o porque era más bajo que sus dos colegas y no alcanzaba la altura del micrófono. La verdad es que nadie más reía mientras él leía; casi nadie le ponía atención a sus lecturas de comerciales, todos conversaban o comían palomitas de maíz, maní tostado o cucuruchos de ajonjolí recubiertos con caramelo, y volvían al orden y a la compostura desde el instante en que Vicente arreglaba su barriga frente al micrófono y decía: "Noche de gala, noche de fantasía con la gran orquesta del merecumbé: Pacho Galán, la voz de Orlando Contreras y “Noches de Caracas”...

En los momentos en que la famosa cuerda de saxos de la orquesta iniciaba los primeros compases y luego las trompetas hacían la melodía de introducción ("Noches de Caracas, noches de ilusión, las estrellas brillan, se oye una canción..."), yo le decía a Ana Paola que no podía ser, que yo no había definido lo que iba a hacer con mi vida y que los honorarios esporádicos que ganaba como libretista de radio y la mesada de solidaridad que me enviaba a el Comité Central, no me servían para un carajo... que se aguantara.

La voz de Contreras cantaba: "La canción del alma, la canción de amor, es una linda caraqueña con su voz tan armoniosa, como un ruiseñor".

-Además -le decía a mi novia-, ¿Estás segura de lo que crees? ¿No será un simple atraso?. Yo he leído en la revista LUZ que a veces a la mujer se le atrasa la regla pero por otras causas.

De nuevo los famosos saxos de Pacho, la cuerda instrumental que distinguía a la orquesta, y el ambiente de la platea se llenaba de un rumor sordo que era como si la música saliera de las entrañas de la tierra, y las parejas bailaban espontáneamente el merecumbé, ritmo híbrido que tenía dulzura, cadencia y sentimiento.

-¿Qué es lo que piensas tú conmigo, entonces?- musitó Ana Paola; y me penetró con los ojos, y apretó los labios con fuerza, casi al borde del llanto. Yo me separé un poco de ella y me asomé por el ventanal de los estudios de grabación, y vi a Santiago Vidal en las lides como operador de sonidos frente a la “Ampex” que guardaría para la historia el programa de esa noche.

-Hay que darle tiempo al tiempo- le respondí-. Un hombre y una mujer no se casan así no más, como quien sopla y hace botellas.

-¿Y si estoy encinta?- contestó, con una expresión mezcla de rabia y temor. Su piel canela palideció.

-No lo creo- le contradije-. La verdad es que nosotros nunca lo hemos hecho como dice la revista LUZ que se debe hacer.

Entonces sonreí y evoqué las citas eróticas, nocturnas y furtivas con Ana Paola en los pasillos y balcones de la emisora durante su turno de locutora de las 8 p.m. ("Anoche, anoche soñé contigo, soñé una cosa bonita, qué cosa maravillosa, ay cosita linda mamá"). Es la voz tierna de sal y yodo de Emilia Valencia cantando la eterna inspiración de Pacho, y la orquesta alcanza el nivel de lo sublime; las trompetas vuelan cual gaviotas y los saxos -¡ah los saxos!- son un rumor de playa que te cubre.

-Pero nuestros órganos han estado juntos- señaló Ana Paola y dejó escapar un par de lágrimas que adornaron sus ojos orientales y que cayeron por sus mejillas.

-¿Y qué?

-En la revista LUZ se dice que con eso basta...

"Al pie de tu ventanilla rosada, te dije ay cosita linda mi amor; porqué no me das un beso mi vida, porqué no me das un beso mi amor".

-No es suficiente- le repuse y tomé la revista que había comprado en la tienda de misceláneas "El Remolino" de propiedad del guata Ospina y empecé a buscar el artículo.

-¿Y eso que quiere decir?

-El hombre tiene que penetrar a la mujer y derramarse.

El turno es de Tomasito Rodríguez, el “guapachoso”, el cantante del merecumbé, dice Edison. Del compositor Manuel de J. Poveda, canta Cójanle la cola, anuncia Vicente y termina con la típica expresión barranquillera: ¡Ah ñoñi!

-¿Y tú no me mojas acaso?- insistió Ana Paola, cariacontecida y pensando en las noches de exploración amorosa que disfrutaba conmigo en los corredores y balcones del edificio radial.

"Cojanlé, la cola al merecumbé, el ritmo de actualidad que siempre perdurará", canta Tomasito. Enseguida Pompilio toca los platillos y las trompetas le hacen un llamado a los saxos que éstos contestan y se establece así un diálogo aprendido del porro, que fue lo que confundió a Lucho Bermúdez -otro de los grandes de la música costeña— y quien dijo en una de sus composiciones: “Qué le habrá pasado al porro que ahora es merecumbé”, para echarle vainas al Viejo Pacho, y yo digo que se confundió porque el merecumbé es distinto, bien que a veces es lento como la cumbia y en otras acelerado como el merengue; pero no es porro, es merecumbé.

-Ay Ana, pero esa es una baba inservible que no empreña- le respondí, sin estar plenamente convencido de lo que decía, preocupado y molesto a la vez y más con la intención de cancelar el diálogo, de tapar el sol con las manos.

Pero resultó que sí, que esa baba sí preña, y Ana Paola quedó embarazada y virgen y manejando su desespero de hija de familia acorralada por la fatalidad, y a mí no me quedó otra alternativa que casarme con ella, no obstante nuestra precariedad económica y los consejos de los camaradas del Partido y compañeros del MRL, quienes me dijeron que mejor le exprimiera el fuego de sus caderas y aplazara la boda para mejores tiempos.

En la sala de la casa republicana de Remberto Canabal, a pocas cuadras de la Catedral, todos mis amigos: Edgar Potes, el “polaco” Portillo, el abogado y dirigente del MRL Felipe Zabala, Roberto Yances -hermano menor de Rafael—, Edgardo Nieto, el profesor Cujavante y Remberto, hicieron un brindis por la felicidad de nosotros, aunque estaban convencidos de la locura de ese matrimonio intempestivo. Fue un brindis modesto con aguardiente Cristal, que aún conservaba el anfitrión de la última reunión del MRL realizada en los patios de la carpintería de Nel Pico y en la que el investigador cultural Benjamín Puche había presentado la ecuación matemática del sombrero "vueltiao" que trenzan los aborígenes del cabildo de Tuchín, descubierta por él después de muchas idas y venidas al caserío y de conversaciones con los artesanos y capitanes del cabildo y de muchas horas de cavilaciones matemáticas. Esa noche memorable para la ciencia del folclor, Benjamín nos explicó con emoción arcádica cada una de las variables de su ecuación: 2(N+1)+1=X, y nos hizo la lectura del poema que la sintetiza:

“Viene naciendo en la caña
la fibra de mi sombrero
que trenza allá en la cabaña
la raza de mis abuelos
Y con la tierra alcalina
con la bija y con la jagua
se va tiñendo la caña
de negrura cristalina
Trenzan los dedos con ritmo
un manantial de luceros
de infinito logaritmo
como es de infinito el cielo”.


II

Orlando Zapata, su concubina y su hijastra, quienes nos hospedaron en su casa de bahareque del barrio La Granja, fueron testigos auditivos de esa noche de bodas que me marcaría para toda la vida. Ellos dan fe de las carcajadas de felicidad y de los quejidos eróticos de Ana Paola y de mi azoramiento quejumbroso en lo que, más que un acoplamiento amoroso, parecía una zarabanda sexual interminable que hizo historia en el barrio y que fue el origen de más de un cuento sicalíptico de esos que, en las tertulias de las noches oscuras, cuentan los “pelaos” con merecimientos para excitar la libido de las “peladas” en edad de merecer.

Durante varios meses, sin empleo fijo, viviendo apenas con los pocos ingresos de la radio y la miserable mesada del partido y más de la solidaridad de los camaradas y amigos, residimos en esa pieza del compañero Orlando Zapata. Poco tiempo después, confirmando aquello que decía mi madre de que “un hijo de Dios nunca muere boca abajo”, se me abrieron las puertas de la academia en el colegio nacional José María Córdoba, por esa época el único plantel de bachillerato completo de la ciudad. Ocurrió que el profesor de Francés, un vejete delgado y pequeño que parecía un comediante del cine mudo, se enfermó de la mente y comenzó a confundir en clases los términos de las lenguas que dominaba, hasta el extremo de resultar hablando en un idioma sincrético que ni él mismo entendía. Yo había aprendido el inglés y el francés con mi hermano mayor, quien cursaba la carrera de Idiomas en Barranquilla y a quien acompañaba en los cursos vacacionales que tomaba en el Colombo Americano y en la Alianza Colombo Francesa de Cartagena, con el fin de aprovechar el talento natural que yo tenía para la Filología. De modo que no resultó difícil mi aspiración a la cátedra en sustitución del licenciado Fermín Zuluaga, que así se llamaba el viejo deschavetado, y que el rector me nombrara. Y que iniciara clases antes de lo acordado, cantándole a los pupilos de sexto año La Marsellesa en francés.

Días después de ese nombramiento me mudaba con Ana Paola a un segundo piso situado en un edificio de la Carrera 3a con la Calle 25, lugar que fue testigo de nuestros sueños tempranos de amor y sobre todo del influjo erótico de esas febriles noches de sexo que fueron religiosamente observadas desde la azotea del edificio de enfrente por los jóvenes “voyeristas” del sector, quienes habían incluido esa función libidinosa en su rutina de todas las noches en reemplazo de las películas mejicanas que exhibían en el Cine Variedades con las bailarinas Ninón Sevilla, María Antonieta Pons, Meche Barba, Amalia Aguilar o Rosa Carmina, bailando ligeras de prendas, las sambas, rumbas y congas excitantes y levanta braguetas que las coperas del bar Tropicana canalizaban con sus encantos y para su tesoro, en los cuartuchos malolientes del Hotel Mogador.

Ana Paola continuó en su trabajo de locutora y yo como docente, y allí vivimos hasta que ocurrieron la manifestación del parque Bolívar en defensa de la Revolución Cubana y el aborto de Ana Paola, consecuencia de una caída por las escaleras de la Emisora, instantes después de su salida de la grabación de un episodio del seriado sobre Adolfo Eichman, escrito y dirigido por Adolfo Maral, y en el cual ella hacía el papel de una mujer torturada por los nazis.


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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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