Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
11 de octubre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 6

El virus del comunismo


I

El Rebelde volvió a salir a las esquinas de “La Perla del Sinú” y a circular por toda la provincia, el día 14 de Abril de 1961, con una línea crítica y de denuncia que le produjo más de un dolor de cabeza a la llamada por Remberto "oligarquía vacuna y pastoril de Córdoba". En el papel de director fungió precisamente Remberto Canabal, por su experiencia como corresponsal del semanario Costa Liberal de Barranquilla, y en el equipo de redacción estábamos Yances y yo. Lino de J. Montero, un morocho cartagenero jovial y despacioso, era el encargado de manejar el linotipo y la armada del periódico, que era editado en la imprenta prehistórica de Raúl Castillo, instalada en un caserón viejo y destartalado de la calle del Comercio. "Pienso, luego existo: El Pueblo", rezaba el lema, destacado en un recuadro de la primera página.

Este número, aparte de protestar por los chanchullos electorales y los peculados de los funcionarios públicos, se fue lanza en ristre contra el sacerdote andaluz Lorenzo Cortázar, rector del colegio, a quien acusaba de falangista y perseguidor de estudiantes. "Un educador es un cincelador de conciencias y no un testaferro que convierte un centro de formación en un campo de concentración", decía el artículo central escrito por mí.

En “la ciudad de las golondrinas”, jamás habitante alguno se había expresado así de un pastor de la Iglesia, ni siquiera los masones que aún conservaban la mala reputación de su anticlericalismo. Por tal motivo ese ataque periodístico al rector colmó la copa de la paciencia de la curia y de la Acción Católica, institución ésta que enjuició y condenó públicamente a Yances en 1959 por lo que consideró una actitud de laxa complicidad con los invasores del barrio 14 de Julio.

Y así era, en efecto. El doctor Nazario Martínez, presidente perpetuo de la Acción Católica y a quien los alumnos de secundaria le decían "camisón roto", por la singular y recatada manera de hacer el amor que había institucionalizado entre las parejas piadosas de la parroquia con la intención de que los amantes no vieran sus cuerpos y sus pecaminosos sexos, le había dicho entonces a Rafael Yances y al doctor Alfonso Sotomayor, parlamentario conservador que lo acompañó en la célebre reunión, que el virus del comunismo les estaba infectando el alma y que esas actitudes de apoyo a las aspiraciones desmedidas de los desarrapados generaban un clima de desasosiego en las gentes de bien y serios trastornos de orden público a las autoridades.

El alcalde Yances le replicó en esa ocasión que los únicos y reales dueños de esos predios eran los destechados que los reivindicaban, ya que todos ellos eran herederos genéticos de los primitivos aborígenes que comandaba el cacique Buenavista y que, según la versión contada por don Jaime Exbrayat en su Historia de Montería, vivieron en una ranchería que se extendía desde las faldas de la Sierra Chiquita hasta las playas de La Brígida, en todo el territorio hoy ocupado por la ciudad. Pero de nada le valieron a Rafael sus argucias intelectuales, ni sus apelaciones al sentido cristiano de la caridad, ni las alusiones a la política de “aggiornamiento” que el Papa Juan XXIII había anunciado al mundo y con la que quiso poner al día a la Iglesia en materias sociales. El imperturbable inquisidor de Montería se mantuvo en sus trece y solicitó a la curia, a los gremios económicos, al gobierno y a las fuerzas armadas y de policía, que se procediera con Rafael Yances del mismo modo que el cirujano con la pústula gangrenosa del enfermo.

-¡Los emerrelistas son la punta de lanza de la subversión!- repetiría en esa ocasión el mentado inquisidor al frente de una asonada de Damas Grises y seminaristas congregados frente a la Editorial Montería para protestar por las palabras impresas del periódico iconoclasta y rebelde.

Treinta y cinco años después, enfundado en su pijama y sentado en su mecedora de mimbre en el Asilo de Montería, lugar en el que vivía la letargia de sus últimos días, el ex-alcalde ejemplar me contaría que por esa actitud intransigente del inquisidor Nazario, el senador Sotomayor, menos dogmático e indolente que sus copartidarios y más para sanar su amor propio herido por la acusación injusta y temeraria del inquisidor, le había prometido gestionar ante el Congreso de la República la ley que ordenaba el traspaso de la Nación al municipio de Montería de las 144 hectáreas de la antigua granja experimental del Ministerio de Agricultura, abandonada, improductiva y casi en ruinas, en donde solamente funcionaba un puesto de monta que le servía a los muchachos de los barrios Obrero, Chuchurubí y Colón para contemplar en sus tardes dominicales de paseo por las faldas de la Sierra Chiquita, las faenas sexuales del burro reproductor.


II

El 19 de Abril de ese mismo año de 1961, las fuerzas sindicales y de izquierda habían programado un mitin en el parque de Bolívar en solidaridad con Cuba y de rechazo a la invasión iniciada por una brigada de anti-castristas auspiciada por el primer mandatario de los Estados Unidos, que intentaba establecer una cabeza de playa en la Bahía de Cochinos, al sur de la Isla. Los compañeros del partido, del MRL y de la Federación de Trabajadores, recientemente creada, habían coincidido en el mitin para protestar por la invasión y ofrecerle así a Cuba nuestra solidaridad militante. Eran las tres de la tarde. Un centenar de personas entre estudiantes, empleados de la gobernación, loteros, zapateros, carpinteros, banqueteros, maestros, tipógrafos, albañiles, sastres y vendedores de guarapo y de caraqueña, se hicieron enfrente de la estatua del Libertador, en el parque que lleva su nombre, dispuestos a hacer ver nuestra indignación por la invasión gringa, que frustraba un proceso en el cual todos teníamos fincadas esperanzas de redención. Yo intervine en mi condición de maestro y les hablé a nombre de la juventud y establecí los contrastes entre los avances económicos de la revolución cubana y lo que ocurría en Colombia. Dije que en Cuba los cuarteles se convierten en escuelas, la tierra es entregada a quienes la trabajan y las playas y los ingenios azucareros, que antes eran propiedad de los gringos, ahora son del pueblo. También hablaron el abogado emerrelista Felipe Zabala y el folclorólogo y asesor de los arrendatarios del sur, Benjamín Puche. Éste, con su indumentaria campesina tradicional, con su discurso enjaretado pero expresando ideas claras como su rostro, dijo esa vez que Cuba y su Comandante en Jefe eran la representación testicular de América. Y agregó, refiriéndose a la Iglesia, que en los colegios la Acción Católica organizaba a los jóvenes en las técnicas del combate sin tregua contra los infieles, los ateos, los revolucionarios, los protestantes, los amancebados, los moros o no bautizados y los masones, pero no decía nada de los terratenientes que desalojaban a los invasores con la policía. Dijo finalmente que el profesor Eduardo Pastrana tuvo la osadía de escribir y llevar a las tablas una obra de teatro titulada “Vivan los árboles”, en la cual defendía el derecho a discrepar de los dogmas religiosos, y que fue obligado como Galileo a retractarse si no quería perder el puesto y ser condenado al fuego eterno, en la última paila mocha del infierno.

Eran los momentos de la ilusión, de la esperanza en un mundo mejor sin miseria, corrupción ni violencia. El parque Bolívar con sus palmeras estaba lleno de banderas rojas y pancartas que pedían "manos fuera de Cuba". Los jóvenes izquierdistas entonábamos las canciones del juglar revolucionario cubano, Carlos Puebla. Si alguien nos hubiera dicho ese día que la hermosa utopía que acariciábamos se iría a derrumbar estrepitosamente en Europa y en la URSS -en medio del desconcierto de los devotos de Marx y de tantos que llegaron, incluso, a tomar las armas con la pretensión de realizarla en nuestra patria- no le hubiéramos creído. Lo hubiéramos tomado por loco, reaccionario o provocador.


III

Intervenía Felipe Zabala y sustentaba la tesis de la inevitabilidad histórica del socialismo con base en las contradicciones del capitalismo. Decía que Cuba le señalaba el camino a Latinoamérica y las banderas rojas flameaban y los asistentes coreaban el estribillo "Cuba sí, yankis no" y Edgar Potes le decía a Portillo, en la esquina de la casa del terrateniente Pacho Vega: “Vamos avanzando en el proceso de toma de conciencia”, y éste le respondía: “Lástima que tengamos que hacer las cosas disfrazados de liberales de izquierda”.

En el preciso instante en que Felipe hacía el análisis de la ley del desarrollo desigual de la economía capitalista, apareció en escena un grupo de monaguillos y alumnos del Seminario Diocesano voceando las consignas "Abajo Castro, Viva Cristo". La refriega no se hizo esperar. Los militantes de la Juco asumieron la defensa del mitin y dispersaron, a garrote limpio con las astas de las banderas, a los inexpertos jóvenes católicos, quienes se marcharon por la avenida segunda hacia el norte, desconcertados con la estrategia contundente de los jóvenes revolucionarios. Al pasar por el bar La cigarra, en la esquina de la 29 con segunda, divisaron a Yances en compañía de su compadre Elías Bechara, departiendo y tomando tinto.

Rafael Yances había cumplido su período en la Alcaldía y se había vinculado al MRL pero no asistió a ese mitin, porque para él, el comunismo era un sistema antinatural que pretendía colectivizarlo todo pasando por encima del egoísmo ancestral del hombre. Y el régimen soviético, una segunda edición del “despotismo oriental” característico de la primitiva forma de Estado que existió en los países asiáticos y africanos de la antigüedad.

Elías le decía a Rafael que por culpa de la Ley Sotomayor no había podido convertir en realidad su vieja aspiración de partear el nacimiento de la clase de los "farmers" o campesinos ricos, que hubiera transformado las relaciones agrarias de producción en el municipio. Elías Bechara y el Venerable Maestro masón Julio Cervantes aspiraban a repartir las 144 hectáreas de La Granja con recursos y capacitación agrícola, entre cincuenta familias capaces de renovar el campo y de asestarle un golpe “morcillero” al latifundismo improductivo y de emprender así la solución a la escasez de granos, tubérculos y hortalizas que existía en toda la campiña cordobesa.

Los manifestantes diocesanos, imberbes y de pantalón corto, se plantaron en la puerta del bar, desafiantes, sabedores que detrás de ellos estaban ciudadanos influyentes que los respaldaban. "Viva Cristo Rey", gritaba un mocoso de corta edad de apellido Berrocal. "Abajo el comunismo ateo", vociferaba otro niño que, con el correr de las aguas, actuaría en uno de los episodios más difíciles del gobierno llamado de las caballerizas y del cual estuvo pendiente de un hilo el prestigio diplomático de la República.

El doctor Yances aspiró hondo y sacó a relucir su paciencia de maestro de vereda. Les dijo: "A ver muchachos, ¿cuál es el problema. Por qué nos atacan?"

-¡El problema es que ustedes son marxistas y nosotros no deseamos marxistas aquí en Montería! -le contestó otro niño de nombre Iván, con cara de decisión y uniforme de “boy scout”.

-¿Y por qué no pueden los marxistas ser vecinos de esta parroquia?- les preguntó Rafael y ahogó la risa con su "Partagas". Elías se había movido hacia dentro del bar buscando la protección de la barra por si las cosas pasaban a mayores.

-¡Porque son un engendro del demonio!- le respondió airado el niño Berrocal y avanzó unos centímetros hasta la entrada de La Cigarra, mordiéndose el labio inferior con rabia y mirando a Yances con una mirada casi de alucinado.

-¿Y porqué no los exorcizamos en lugar de rechazarlos?- volvió a preguntar Yances. De reojo miró hacia donde estaban Elías, el dueño del bar y las meseras, y aspiró una bocanada de humo de su cigarro cubano, como si no temiera a los manifestantes imberbes.

-No trate de embolatarnos - contraatacó un niño delgado de apellido Vergara -. ¡Lo que pasa es que en su pasquín, ustedes ofenden los principios de la sociedad cristiana!

El dueño del establecimiento, amigo de Rafael, notó que los ánimos de la turba juvenil se desbordaban y procedió a cerrar las rejas. "Si alguno de ustedes lanza una piedra contra mi negocio, le chamusco los fondillos con plomo!", les dijo y sacó a relucir el brillo de su revólver “Smith & Wesson”. Los muchachos miraron por el rabillo del ojo la esquina del Banco Comercial Antioqueño en busca de la seña -como en el béisbol-, no vieron al doctor Nazario y se marcharon, pero no con rumbo a sus casas sino a la de Yances, que estaba situada a pocas cuadras de allí. Al pasar por la esquina de la 28 con 3a escucharon la voz de Felipe Zabala, todavía en la tribuna del parque, en el instante en que decía que las condiciones objetivas de la revolución estaban maduras pero que las subjetivas estaban biches.

En la puerta de la casa de Rafael, tres cuadras más adelante sobre la calle 28, los estudiantes del colegio diocesano encontraron a doña Ana de Yances rezando el santo rosario en familia, a la hora de las golondrinas. Tres días después El Rebelde tituló de este modo su edición número tres: "PANDILLA FALANGISTA DEL PADRE CORTÁZAR APEDREA UN RESPETABLE HOGAR CATÓLICO". En letras más pequeñas, agregó: "Agresión, primero en "La Cigarra" y seguidamente en su hogar, a Rafael Yances". La noticia, luego de describir los pormenores de la pedrea, concluía: "Afortunadamente la agresión no tuvo mayores consecuencias fuera de la pérdida de la camándula que portaba la distinguida matrona y el haber quedado trunca la oración".


IV

“Mi primera incursión en el periodismo fue en el colegio. Un profesor de Español que escribía cuentos de espantos y poemas de amor, me había iniciado en la escritura de notas sociales que él denominaba “intramurales” y en las cuales hacía mención de los cumpleaños, resultados deportivos, desfiles y excursiones que hacía la comunidad académica durante el año escolar. Me inició también en la lectura de buenas obras, como María de Jorge Isaacs o Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne, que me señalaron el camino de la literatura. Me gustaba escribir. Sentía que las ideas cobraban vida cuando las vertía en la página en blanco. Si alguna aspiración, si algún sueño tenía sentido en mi plan de vida, era el de ser escritor. Y nada más. Lastimosamente la vida política me apartó de ese camino por algún tiempo. En parte porque me privó de leer muchos libros de la literatura universal que, por obra y gracia del dogmatismo, empezaron a ser para mí “literatura burguesa”; ignoraba entonces que Marx tuvo en alta estima a Balzac, a quien consideró el escritor que mejor supo retratar la sociedad burguesa de su tiempo, y Lenin a Tolstoi, a quien calificó como “espejo de la Revolución Rusa”. Llegué a creer que todo el conocimiento estaba en las obras completas de Marx, de Engels y de Lenin, dado que el marxismo, como lo decía el trabajo de este último, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, era el resultado de todo el desarrollo precedente del pensamiento universal. Por esa época ignoraba también que el intelectual socialista Antonio García criticaba a los marxistas dogmáticos que trataban de meter la realidad del país en los estrechos marcos del leninismo, que no era otra cosa que el marxismo aplicado a las condiciones rusas. Así me lo decía el amigo y profesor Eduardo Pastrana, quien era un ferviente admirador del movimiento ”aprista” del Perú y de su líder Víctor Raúl Haya de la Torre. Pero yo no lo aceptaba. Decía que las ideologías políticas y económicas tienen el carácter de universales y me parecía inoficioso y pretensioso pretender crear una para cada país o región. Por eso me mantuve prisionero del marxismo ortodoxo por algún tiempo. Pero mis metas reales eran otras y al final logré salirme del círculo. Artista al fin, lo que pretendía era obtener el reconocimiento y el cariño de mis lectores y radioyentes, que es, en fin de cuentas, lo que busca todo escritor, todo artista, con su obra” .


V

A raíz de los sucesos del 19 de Abril en el Parque Bolívar y de la información suministrada por El Rebelde en su edición número tres, el padre Cortázar, rector del colegio nacional José María Córdoba, me despidió con la acusación de ser un "agitador marxista que envenenaba las conciencias de los estudiantes". Por iguales razones, el gerente de la emisora, un viejecito boyacense encorvado y cascarrabias de apellido Gámez, me dejó trunca la producción de un seriado en el que proyectaba contar la historia de Vicente Adamo, el fundador de la primera organización sindical y socialista en el Sinú.

Tenía el firme propósito de narrar los hechos trágicos ocurridos en 1921 en Lomagrande, colonia de invasión que era dirigida por Vicente Adamo, anarquista italiano que llegó al Sinú unos años atrás y quien fue acusado de haber ultimado a machetazos al teniente de la policía Alfredo Navas, cuando éste se presentó a la ranchería con una orden de desalojo que cumplir. Pero no lo pude hacer. Y me quedé con las ganas de probar que el socialismo no era una flor exótica en la región; que en esos años de comienzos del siglo hubo un comité de ese partido integrado por Adamo, Juana Julia Guzmán, Agustina Medrano, Francisco Buelvas, Joaquín Rodríguez y otros, comité que llamaba a los trabajadores de la comarca a no laborar en haciendas con cepo y con patronos que maltrataran a sus asalariados y los llevaran a la cárcel por deudas; y que lideró la derrota de la llamada “matrícula”, que era un contrato de trabajo hecho por los hacendados con sus concertados (trabajadores) para trabajar con su mujer e hijos como esclavos por diez centavos diarios. Y me quedé con las ganas de probar que esa lucha por la tierra culminó con el triunfo de las colonias de Lomagrande, Canalete y Callejas; y que el partido decía en su programa: "El partido socialista colombiano no pretende la abolición del Estado, la sociedad, la propiedad o el capital; quiere que aquél elimine los monopolios, los privilegios y las arbitrariedades...(y exige) la representación de la clase obrera en los cuerpos colegiados, el descanso dominical remunerado y una administración de justicia ecuánime para todos".

En los libretos escritos, Vicente Adamo fue liberado con base en un dictamen médico firmado por el galeno masón Alejandro Giraldo, en el que se hacía constar que la muerte del Teniente Navas había sido causada por un disparo con arma de fuego de largo alcance durante la escaramuza y no por los machetazos que figuraban en su cuerpo. Si el juez aceptó tal prueba y le otorgó suficiencia probatoria en la providencia que exculpó a los sindicados -sostenía uno de los personajes del libreto-, fue porque no se demostró que los campesinos estuvieran armados con "escopetas y revólveres" y mal podían ser acusados de un crimen cometido con un arma que ellos no tenían. Me había aficionado a la historia y había descubierto, leyendo El Esfuerzo y La Libertad -los periódicos de entonces- y entrevistando al dirigente artesanal José Castilla, sobreviviente de los combates de Lomagrande, que en el fondo de la tragedia estaban los celos.

-Uno de los ricachones del pueblo contrató los servicios criminales de un policía porque se enteró que su mujer se la jugaba con el Teniente -contó el artesano Castilla en una entrevista que le hice para El Rebelde-. El desalojo fue la oportunidad que supieron aprovechar para eliminar a Navas, hacer recaer las sospechas en nosotros los invasores y evitar que el hijo de sus andanzas de alcoba, tan parecido al Teniente como dos gotas de agua, pudiera dañar la reputación de su santa madre.

Sin trabajo y sin mujer -en marzo de 1.961 Ana Paola se había ido para la casa rural de su mamá con el fin de recuperarse del aborto reciente-, no opuse resistencia a la propuesta de los camaradas de que hiciera el curso de la Escuela de Cuadros en Viotá. En el Comité de Zona lo habían decidido en consideración a mis evidentes progresos como líder de masas y por mis estrechos vínculos con el MRL.

-Además -diría en esa reunión el farmaceuta Potes-, es el momento para que el camarada Sobrino supere las grandes lagunas ideológicas que tiene.

En esa ocasión, y pasando por alto el análisis que Potes hizo sobre las diferencias entre la democracia burguesa y la democracia proletaria, y en el cual concluyó que la primera había que utilizarla con el fin de enseñarle al pueblo sus limitaciones de clase, yo sostuve:

-¡Lenin explicó que al socialismo había que llegar a través de la democracia y no pasando por encima de ella!


VI

“El tema de la democracia fue siempre la manzana de la discordia entre los camaradas del Comité de Zona y yo. Mientras casi todos ellos repetían como loros que la democracia proletaria era superior porque el pueblo podría obtener sus derechos al trabajo, a la educación, a la salud y a la vivienda, yo no entendía cómo podía ser demócrata un sistema que eliminó de un tajo la oposición política de los “eseristas” y mencheviques en Rusia, que eran también revolucionarios, que introdujo la dictadura del partido bolchevique en lugar del gobierno de los “soviets” que prometió Lenin y que cometió todos los horrores de la tiranía de Stalin. No entendía cómo podía ser demócrata un gobierno como el húngaro que reprimió con sus tanques la protesta del pueblo en las calles de Budapest. Para mí la democracia era la garantía de que al pueblo no se le usurpara su propiedad social ni su poder político, que son la esencia del socialismo. Pero Potes insistía: 'Lo que pasa es que nosotros no podemos ser tan pendejos para dejarle a la burguesía, a la grande y a la pequeña, sus partidos y sus instituciones para que nos quiten el poder'. Y eso tampoco lo entendía: que el pueblo al cual íbamos a servir desde el gobierno, nos quitara posteriormente el poder”.

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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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