Antonio Mora Vélez Antonio Mora Vélez - rodelu.net
24 de octubre de 2006

Novela

A la hora de las golondrinas

Antonio Mora Vélez*


Capítulo 8

La Escuela de Cuadros


I

Mi angustiada mente se resiste a quedar en blanco, a viajar hacia la nada, y viaja hacia la región del Tequendama y me ve con Damaris descansando debajo de un arrayán, recreándonos con el tapiz verde de la montaña y sus cicatrices de agua bajando a raudales. Esa mañana de octubre de 1961 hacía un sol que llenaba el descampado donde funcionaba la Escuela de Cuadros y habíamos salido a disfrutarlo.

Recostados a la cerca que dividía la huerta casera del sendero, estudiábamos la teoría del valor y yo le decía a Damaris que no era más que comprender que el trabajo es la fuente del valor de cambio de las mercancías. Pero Damaris no asimilaba las intrincadas tesis de la Economía de Segal. "Eso es con los intelectuales como tú -me decía-. Yo sólo sé que los pobres somos cada vez más pobres y por eso estoy en el Partido."

Hacia abajo, bordeando la cañada por donde bajaban las aguas de la cordillera, se veían los techos de la Escuela. El de teja de la casa de madera de dos pisos, y el de zinc de la caseta de la cocina. Se alcanzaba a percibir también el balcón periférico que nos permitía columbrar el recorrido de la quebrada y el declive de las cañas de guadua, hendidas, que conducían el agua cristalina y pura de la cima nevada.

Damaris era una compañera de Pereira que trabajaba en una fábrica de camisas, con veintitrés primaveras, busto y caderas que presagiaban sin mucha imaginación a la tradicional matrona caldense. Y un rostro de jornalera feliz en el que destacaban los ojos, grandes y verdes como el paisaje, y sus labios que eran como dos lonjas de fruta fresca. Se hizo a mi lado en el aula de clases y buscó mi compañía en el estudio desde el día en que yo le respondí a Alvaro Mosquera, el profesor de Filosofía, que materia es todo lo que existe objetivamente, independientemente de nuestra conciencia, y que la Dialéctica es la ciencia de las leyes generales del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. "Tú vas a ser un gran marxista", me aseguró al día siguiente durante el acarreo de los troncos de leña que servían de combustible en los fogones. “Aspiro a serlo -–le respondí—, para ayudarle al partido en el análisis de los problemas del país y de mi Departamento”.

Esa tarde, de regreso a la casa, nos dimos el primer beso. Bajábamos los troncos al hombro y yo me hice a la vera del camino a descansar. Estaba sudoroso, jadeaba y sentía que me dolía el cuerpo. Ella se detuvo a esperarme. Con una ligera inclinación dejó caer el madero y regresó adonde yo estaba, a averiguar qué me ocurría. "Estoy fundido", le dije. Damaris me preguntó si antes había cargado troncos de esos por una ladera andina y yo le aclaré que nunca. Me observó entonces sonriente y con ternura y me ofreció sus labios. Fue un dulce y largo beso anti-dialéctico que nos desconectó del mundo y que detuvo lo que nos rodeaba menos la sangre de nuestras venas, que corría más aprisa. Un beso que fue como lluvia de estrellas, como el aroma mañanero de los cafetales y un flotar sin rumbo, mientras arriba los pájaros retozaban y cantaban y la luz del sol se despedía por entre el ramaje de los grandes árboles.

La noche estaba oscura y fría pero en la cocina el rescoldo de los fogones proporcionaba calor. Damaris y Rebeca lavaban las ollas y las cacerolas, Miguel y yo los platos de peltre y los cubiertos. Era nuestro turno en esa actividad y ambos la asumíamos con gusto, no sólo porque era más suave en comparación con la bajada de la leña, el fregado de los pisos o la limpieza de los retretes, sino porque teníamos la oportunidad de estar a solas con las compañeras.

Rebeca era una mujer del campo tolimense, mulata de ojos saltones, cuerpo sinuoso y una sonrisa permanente. Su marido, un funcionario agrario del Comité Central, se encontraba en el exterior y ella había sido destinada como empleada de servicios en la Escuela mientras duraba la ausencia de aquél. Una vez terminada la tarea de esa noche, el camarada Miguel Mendieta -cacharrero de origen santandereano, recién llegado al Sinú- nos propuso estudiar las tesis expuestas en el curso político por el miembro del ejecutivo nacional, Hernando Hurtado. Nos sentamos alrededor del mesón, cerca del rescoldo. Miguel, hombre de 32 años y de contextura magra pero atlética, leyó a la luz de un mechero, que el gobierno de Lleras Camargo había pasado del modelo conciliador al militarista, que la Reforma Agraria había degenerado en un simple negocio de compraventa de fundos depreciados y que la persecución desatada en contra de los asalariados y del MRL, hacía pensar que, frente a la lucha popular estimulada por el ejemplo de la revolución cubana, el régimen paritario de los dos partidos tradicionales optaba por la represión abierta.

-En nuestra provincia es así- aseveré yo y abrí un ejemplar de El Rebelde-. En este comunicado del MRL se protesta por el desalojo de unos pobladores en terrenos aledaños al barrio La Granja y se dice que en el país se viene produciendo un "disimulado desplazamiento del poder hacia las Fuerzas Armadas".

-En la región de Tinajones también han desalojado a unos parceleros - subrayó Miguel.

A lo lejos se escuchó el sonido de un corno, triste y frío como la noche de esa vereda. "Es el cacho de buey del compañero Monroy diciendo que todo está bien", nos hizo caer en cuenta Rebeca.

-Y que ya es hora de acostarse- agregó Damaris al levantarse de su silla.

El cacho de buey volvió a sonar y enseguida escuchamos el traqueteo de la escalera y unos pasos que nos trajeron la quijotesca figura del ecónomo Joel, enfundado en un chaquetón de lana que le daba hasta las piernas y con la cabeza cubierta con un gorro de paño.

-¡Camaradas, ya es hora de "irsen" a las camas!- dijo.


II

A la mañana siguiente, los estudiantes de la escuela nos fuimos a bañar en una quebrada que formaba una cascada de poca altura en un claro del bosque. El chorro, mágica irrupción de luz acuosa que emergía de la espesura, había abierto con el tiempo un depósito natural en donde se represaba momentáneamente el agua antes de perderse por una pendiente enmalezada y entechada de verde. El depósito tenía dos paredes: una cubierta de yedras, la de la orilla de enfrente, y la rocosa por donde bajaban las aguas. Se llegaba a él por una escalera de piedras luego de descender por los cafetales. Era el sitio ideal para el baño y así lo habían entendido los compañeros de la vereda, quienes instalaron unas regaderas de caña que le imprimían el toque de originalidad al paisaje.

Las mujeres tenían el primer turno, el de las cinco y treinta de la mañana, porque a esa hora los cafetaleros vecinos apenas estaban ensillando las bestias. A los varones les tocaba a las seis, la hora del viaje de los niños a la escuela municipal. Ese día, Miguel y yo, nos levantamos más temprano con el firme propósito de fisgonear a Rebeca y a Damaris desnudas. Era fácil. Desde el camino del cafetal se podía apreciar la cascada y a las 5 y 40 comenzaban a llegar los primeros rayos del astro rey de la mañana.

Salimos en las puntas de los pies, sin hacer ruido, y bajamos las escaleras de la Escuela casi acariciando los peldaños. Caminamos los doscientos metros del sembrado y nos ubicamos sobre un talud cubierto de grama, detrás de una mata coposa. Oteamos furtivamente hacia el estanque y contemplamos, refocilados, al grupo de mujeres en toda su natural desnudez, pero en especial a Rebeca y a Damaris.

-Oís -susurró Miguel-: Está más hembra de lo que yo creía.

-¿Quién? - le inquirí yo, sin quitarle los ojos y el deseo de encima a Damaris.

-Quién va a ser, pues Rebeca -contestó Miguel-. ¡Parece una estatua griega! -agregó.

-Pero Damaris no se queda atrás- repuse yo-. Su caderamen parece un estadio, mi hermano, como para jugar en él un partido de pelota...

-No hablés tan fuerte -dijo Miguel.

-¡Mira! Están mirándonos...

-¡Eh, que no hablés tan fuerte, hombre!

-Ahora el que está hablando fuerte eres tú...

Las mujeres miraban hacia el talud, cuchicheaban y se cubrían los senos.

-¿Te das cuenta, grandísimo pingo?... ¡ya nos descubrieron!

Elena era la más inquieta. Rebeca se reía a carcajadas, como si no le importara verse convertida en modelo de belleza al natural. Damaris decía: "Tiene que ser el negro Jamelín".

-¡Salgan de allí, mirones!- se desgañitaba Elena frente a la pared de las enredaderas y con el agua a la cintura.


III

Una semana después la Juco presentó en el portal de la casa campestre un filme cubano con las imágenes de la derrotada invasión cubano-yanqui a Bahía Cochinos. El proyector lo había traído desde Bogotá un miembro de la dirección nacional juvenil y en los momentos preliminares de la función de esa noche, los jóvenes de la región interpretaron trovas del cancionero popular. Una de ellas, la que más me gustaba, por razones obvias, decía:
"Que viva Viotá la roja
vivan las caras bonitas
Viva la que tiene amores
con un joven comunista"
Y yo le miraba la cara a Damaris y ella sonreía y me devolvía la mirada y ambos cantábamos la canción, que tenía la música de El quinto regimiento, una marcha de la guerra civil española, y en esos instantes sentíamos que toda la alegría del universo cabía en nuestros corazones de jóvenes románticos que soñábamos con construir el reino de la felicidad en nuestra tierra.

El proyector de cine fue instalado por un miembro del ejecutivo nacional de la Juco: un muchacho alto y flaco ni un palo de coco, costeño, vale decir, bullicioso, bailarín, bullanguero y dicharachero. Flaco: le decían el camarada Bayona, director de la Escuela; Joel, el ecónomo, y Nicolás Buenaventura, quien había concluido el curso sobre Historia del Partido. Dado que el proyector no tenía sonido, el Flaco, quien se sabía de memoria los parlamentos, iba diciendo lo que correspondía a cada escena o panorámica del filme.

"Ese es el comandante Fidel Castro en un tanque dirigiéndose a la Ciénaga de Zapata... Ese es el avión del capitán Del Pino haciendo trizas las barcazas de desembarco de los mercenarios... Allí está Playa Girón, lugar de la primera derrota militar del imperialismo en América... Esas son las valerosas unidades de las milicias campesinas haciendo los primeros prisioneros... Desfila el glorioso Ejército Rebelde por las calles de La Habana... y allí en esa esquina histórica, el comandante Fidel declara el carácter socialista de la revolución!".

Y a los presentes se nos ponían los pelos de punta y aplaudíamos regocijados las imágenes de la pantalla de tela porque el socialismo hablaba en español y tenía un rostro diferente: moreno como el color de nuestras mujeres, con el azul intenso de nuestros mares y el verde exuberante de nuestras montañas, y porque estaba allí, a pocos kilómetros de nuestras costas caribeñas.

Al término de la función, El Flaco llamó a los dirigentes de la Juco que estábamos en la Escuela y nos hizo saber que quería charlar un rato con nosotros sobre las tareas regionales. Damaris, Acaritama, Sputnik, Elena y yo nos sentamos en las bancas del salón de clases y esperamos a que el dirigente juvenil guardara el proyector en su estuche.

Cuando hubo terminado, llegó hasta nosotros, nos saludó y nos preguntó por nuestros nombres y responsabilidades.

-Yo soy Acaritama, financiero del Regional de Antioquia -dijo un hortelano simpático que se le pasaba contando chistes de arrieros.

-Yo soy Sputnik, propagandista de la zona de Puente Aranda- se presentó un "rolo" prognato y chaparro que trabajaba en la industria de la construcción.

-Mi nombre es Damaris y soy del comité ejecutivo de la Juco en Pereira.

El Flaco la reparó de arriba a abajo y acotó:

-Estás bien, muchacha, estás bien...

-Me llamo Elena y soy del Regional de Pereira, lo mismo que mi hermana-. Señaló con la diestra a Damaris.

Yo esperé a que El Flaco hiciera otro comentario acerca de Elena, que era todavía más baja y más gorda que Damaris. Pero no, se dirigió enseguida a mí.

-Ajá cuadro ¿Y tú? -Se quedó mirándome fijamente sin poder disimular sus ganas de "mamarme gallo".

-Mi nombre es Guillermo, aquí me dicen Ráfaga y soy el responsable del trabajo juvenil en el Comité de Zona de Montería -le contesté.

-¡ñeeerda!, como quien dice, el Manuel Cepeda de Corronchilandia, ah?- respondió con su proverbial sentido del humor.

Al final de las presentaciones, El Flaco nos habló de las tareas de la promoción de reclutamiento, que había que hacer con atarraya y no con anzuelo; de la campaña nacional de finanzas (" Lenin dice: sin finanzas no hay Partido y sin Partido no hay revolución") y de las experiencias de su último viaje a la URSS. De remate nos contó varios chistes costeños, entre los cuales ese que termina con la expresión: "Mieddda, un muettto", dicha en vez de: "Cáspita, un cadáver", por un desmemoriado actor cartagenero.

Antes de despedirse, porque ya era hora de acostarse y el cacho de buey del vigilante Monroy había sonado dos veces, Elena le averiguó por su nombre, echando mano de su simpatía.

-Mirá Flaco ¿y vos cómo te llamás?

-Yo soy Jaime Beiman. Se escribe Bateman pero se pronuncia Beiman- le respondió.


IV

Al término de esa aventura por los laberintos de la filosofía, la economía política, la línea política, el programa, la historia y los estatutos del PC, bajábamos por el carreteable que une la vereda de la escuela con la cabecera municipal, con las maletas a cuesta y el disgusto de no haber encontrado en el primer sitio la “chiva” de escalera que debía transportarnos a la población "roja". Todavía el sol se mantenía escondido detrás de la cima empinada del Tequendama y el viento frío de la madrugada nos calaba hondo en el cuerpo.

La calzada de la vía era de balasto y la lluvia la había humedecido y puesto resbalosa. Por eso Damaris nos pidió a Miguel y a mí que la ayudáramos con el equipaje, lo que hicimos gustosos. Abajo y a lo lejos, en la panorámica abismal, se veían los trazados de luces de los caseríos del valle. En la Escuela quedaban sesenta días de inolvidables experiencias: las clases, el baño, las caminatas y, en especial para mí, las citas de amor con Damaris todas las mañanas detrás de la puerta del aula, en el primer piso. Allí Damaris me recibía en camisa de dormir y, no obstante la penumbra, alcanzaba a observar la turgencia de sus senos y la silueta erótica de sus caderas. La tela era apenas un velo de resguardo al pudor y al frío de esas tempranas horas del día. Yo trataba de arrimarla a mi cuerpo encendido pero ella colocaba sus manos en mi pecho y

me decía que era mejor así, apenas unos ligeros roces de brazos y piernas, unos besos cortos y las palabras iniciales del amor, en lo que no era otra cosa que una concesión a la ternura.

Mientras descendíamos por el carreteable, repasaba mentalmente las ideas expuestas por el camarada Alvaro Vázquez del Real en el curso sobre la declaración programática del octavo congreso. "En ella no figura el concepto de dictadura del proletariado –decía el destacado intelectual y dirigente-, ya que tal tipo de Estado se corresponde con la situación de clases de las naciones industrializadas. En Colombia, el gobierno que resulte después de la toma del poder por el pueblo tiene que ser necesariamente una alianza de clases en donde los obreros y los campesinos jueguen un papel primordial".

Situados en la cabecera municipal, la Escuela era una inmensa selva verde surcada por una línea ascendente de grava amarilla y envuelta a ratos por nubes blancas que parecían tachones de luz. Allá quedaron, y por siempre porque no los volvimos a ver: Víctor J. Merchán, el líder agrario que peleaba por "la paz y la tranquilidad de los caficultores de la comarca"; el director de la escuela, Jorge Bayona, obrero del vidrio que derrotó la ignorancia y que más tarde canceló su puesto en el combate por una moscovita que lo vinculó a su encanto, y quien sería, años después, un destacado traductor de la Editorial Progreso de Moscú; el ecónomo Joel, tan elemental y tan indispensable en la escuela como el pan. Y los condiscípulos: Jalisco, Fidel, El charro, Jamelín, Sputnik, cuyos nombres verdaderos jamás supimos. Y Damaris, la asalariada adolescente que me enseñó la ternura y quien desapareció de mi vida a partir del momento en que yo tomé el bus de la Flota Bolivariana con rumbo a la “ciudad de las golondrinas”, luego de conocer en la ciudad del Bolívar Desnudo el equipo de radiación del cancerólogo y camarada, Santiago Londoño; la casa construida en el aire, sobre un barranco y a la orilla de un camino montañoso, y en donde vivían decente y humildemente los padres de Damaris; de conocer personalmente al entonces secretario de la Juco, el camarada Iván Ospina, quien me invitó a pasear por la Pereira coqueta y nocturna; y de escuchar a Manuel Vázquez Castaño decir en una conferencia realizada en la casa del Partido, que las comunas populares chinas eran la vía del tercer mundo para llegar al comunismo.

A la entrada de Bogotá, tuve que apearme en la carretera a petición de la policía, institución que adelantaba una requisa porque ese día llegaba al país el presidente de los Estados Unidos y el gobierno nacional tomaba las medidas de protección que el suceso exigía. Un oficial de sable me conminó a abrir la maleta vieja que portaba y revolvió el contenido de ropa, libros y papeles que había adentro. Tomó en sus manos uno de los rollos de documentos mimeografiados de la Escuela, los abrió pero no los leyó. Le llamó más la atención el libro rojo titulado Treinta años de lucha del PCC, tal vez por la superposición de los símbolos de la paz y del comunismo -una paloma blanca y la hoz y el martillo-, que ocupaban toda la portada y que no debió parecerle lógica.

-¿Usted de dónde viene?- me inquirió con cara de pocos amigos.

-De Viotá- le contesté nervioso. Divisé seguidamente la hilera de automóviles estacionados que recibían el mismo tratamiento.

-¿Y donde compró este libro?- El oficial hojeaba sus páginas y ojeaba al dueño por encima de las gafas.

-En una librería- le respondí. Un carabinero se acercó al oficial inquisidor y le dijo: "¡Capitán, en aquel bus encontramos un arma!", señalando a uno de los autobuses de la caravana.

-¡Váyase! -me ordenó el oficial-. Y no ande comprando propaganda subversiva que se puede meter en líos -me recomendó finalmente con la típica voz de mando de los militares.

Al día siguiente del viaje a Bogotá y después de visitar a Damaris en el hospedaje transitorio que hizo en la pieza de vecindad del ecónomo Joel y de ponerme de acuerdo con ella en los detalles del viaje a Pereira, estaba yo, Guillermo Sobrino, ex-Ráfaga, parado en la esquina atestada de público de la Avenida Jiménez con Carrera Séptima, mirando la caravana de vehículos del presidente Kennedy y admirando, a pocos pasos, la elegancia y la belleza rosada de su esposa Jacqueline y enterándome por el semanario Voz de la Democracia de los planes de vivienda de su marido, el estadista del imperio, y con los cuales pretendía disminuir entre los pobres la influencia de la reforma urbana cubana.


V

“En esa aventura por las montañas del Tequendama, conocí a un señor alto y de complexión atlética que vestía como charro mejicano y que parecía tal por los bigotes poblados que usaba. Se llamaba Luis Morantes y era el secretario nacional de finanzas del Partido. Una noche, bajo la luz de una lámpara de kerosene, Morantes nos dijo que él no creía en la evolución pacífica de la lucha y que, todo lo contrario, a él le parecía que el desenlace del enfrentamiento clasista iría a ser sangriento porque la oligarquía dominante no quería soltar nada del poder ni de sus riquezas, y los profesionales marginados y los campesinos sin tierra tarde o temprano se irían a rebelar. Por esa época el Partido Comunista Chino sostenía la tesis de la inevitabilidad de la lucha armada y de la guerra mundial para dirimir el conflicto entre la burguesía y el proletariado y entre el capitalismo y el socialismo. Mao calificaba entonces al Imperialismo como “tigre de papel” y llamaba a destruirlo para levantar sobre sus ruinas el hermoso edificio del comunismo. Yo no estaba de acuerdo con tales tesis y no lo estaba porque se me ocurría una estupidez, rayana en la locura, que hubiera necesidad de destruir medio mundo para derrotar a la clase burguesa, para gobernar luego sobre los escombros de la civilización y tener que enfrentarnos entonces a palos con los capitalistas supérstites, como lo vaticinara Einstein. En lo interno era partidario de la tesis de la necesidad de defender hasta el último minuto las libertades democráticas, que no eran un regalo de la oligarquía y sí una conquista de las clases populares, según decía Vieira. Morantes, quien con el correr del tiempo llegaría a ser el famoso comandante Jacobo Arenas de las “Farc”, no creía mucho en la lucha por las conquistas democráticas dentro de la democracia burguesa y veía en la tesis de la combinación de las formas de lucha el medio de transición hacia la lucha armada generalizada y de allí su decisión de enmontarse. Su muerte natural en la selva, siendo miembro del secretariado de las “Farc”, fue lamentada no solo por sus camaradas, sino por los analistas de la guerra que lo tenían como jefe del ala política de la guerrilla, más predispuesto al diálogo y al entendimiento que los comandantes del ala militarista. Ignoraban que fue él, Luis Morantes, el comandante Jacobo Arenas, el hombre que le respondió a los intelectuales del Partido -la vez que éstos fueron a plantearle al secretariado guerrillero un cambio de la táctica política para evitar el exterminio de la Unión Patriótica- que la revolución tenía que continuar, por encima de todos los muertos que fueran necesarios. Desde las alturas del poder que nace del fusil, imperturbable, soberbio y hablando como un poseso, les dijo secamente que la decisión de enmontarse o de hacerse a un lado estaba en ellos, pero que, eso sí, les aseguraba que en diez años como máximo, él y Manuel Marulanda Vélez, estarían entrando a caballo en el Palacio de Nariño, y colocando en el ático presidencial la bandera roja de la hoz y el martillo”.

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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.


Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
 
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