Antonio Mora Vélez - rodelu.net |
31 de octubre de 2006
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Novela
A la hora de las golondrinas
Antonio
Mora Vélez*
Capítulo 9
“¡Viva el gran partido liberal!”
I
La apoteosis de mi trabajo en el seno del MRL se produjo el día 14 de Febrero de 1962 en el acto de cierre de la campaña electoral con la presencia del candidato presidencial Alfonso López Michelsen. Yo me había reincorporado a las labores políticas en el comando del MRL, con el aval de mi formación reciente en la Escuela de Cuadros –que determinó una mejora en la mesada del Comité Central- y el argumento de que el movimiento de López representaba a esa burguesía nacional que el Partido estimaba importante ganar en esta etapa de la revolución. Eran las cuatro de la tarde y una brisa veranera refrescaba el paisaje. Las palmeras de la Plaza de Bolívar estaban cubiertas de pancartas y banderas rojas que flameaban alegres. En la terraza del edificio de la alcaldía exhibían su optimismo los candidatos: el ex-alcalde Yances, con su indumentaria de costumbre (cachucha, guayabera y corbatín) y fumándose un "Partagás" superfino comprado en la exclusiva tienda de Buenaventura Beleño; el talabartero Arenales, un hombre alto y enjuto, vestido de jinete, que parecía sacado de un filme mejicano de charros y rancheras; el intelectual Felipe Zabala; el arenero Rafael Rosso, hombre de facciones rústicas cinceladas por la dureza de la vida, y yo. Nos acompañaban los integrantes de la comitiva del candidato: doctores Hemel Ramírez, Estanislao Posada y Jaime Isaza Cadavid.
Un pasacalle con la leyenda LOPEZ PRESIDENTE 1962-1966, cubría las barandas del balcón de la tribuna. Abajo, entremezclados con la multitud, estaban: Marcos Flórez, émulo de Paganini y el encargado de darle a las tertulias del MRL la altura musical con sus versiones en “pissicato” de los vallenatos de Escalona; el periodista Remberto Canabal, despotricando en contra de la oligarquía vacuna y pastoril de Córdoba; el joven estudiante de bachillerato Geminiano Pérez, "mamándole gallo" a todo el mundo; el jurisconsulto Olimpo Ojeda, a quien le decían cariñosamente Mussolini por su parecido con el Duce; el boticario Jaramillo, el cacharrero Beltrán, el quincallero Vitola, el lotero Mina, el fotógrafo Correa, el zapatero Mercado, el sastre Cancino, el tipógrafo Arroyo, el camarada Badillo, el profesor Cujavante y el larguirucho y colorado visitador médico, Maximiliano De la Ossa, quien se hospedaba en la casa del doctor Roberto Yances cada vez que llegaba con su caudal de muestras médicas y quien era famoso por las cartas de estilo decimonónico que enviaba a las páginas del Magazin Dominical de El Espectador, y en las que sacaba a relucir su condición de hombre de mundo que se paseó por los museos, clubes, paraninfos, bibliotecas y galerías pictóricas de Centro América y El Caribe y en donde conoció a los más importantes políticos e intelectuales del continente, entre ellos a Alfonso López Michelsen, con quien disfrutó los mejores licores y los mejores cabarets aztecas, por la época en que éste manoseaba en Ciudad de Méjico los originales de su novela “Los elegidos” y se lamentaba en el famoso bar Mi Tenampa por la compra de las acciones de la Handel en Bavaria, que contribuyeron a la división liberal en 1946 y al triunfo de Ospina Pérez en las elecciones de ese año. Por el conocimiento que tenía de él, Maximiliano no lo tomaba políticamente en serio, lo consideraba un hijo descarriado de la oligarquía bogotana que tarde o temprano regresaría al redil.
También estaban los jóvenes emerrelistas Adolfo Berrocal, Carlos Morón, Oscar Padrón y Alfredo Mestra y, por supuesto, Ana Paola, quien había regresado de la casa rural de su mamá totalmente recuperada de su aborto, aunque lesionada en lo más íntimo del amor por la dejadez mía, producto de mi entrega a la lucha electoral.
En la tribuna dije esa vez que el MRL era un movimiento pacífico y civilista que aspiraba a la toma del poder con el partido liberal para defender la democracia y los intereses del pueblo y de las capas medias, pero advertí: ¡Que no se engañe el gobernador si piensa que en esta ocasión los hombres y mujeres cordobeses se van a dejar aplicar el mismo tratamiento que pusieron en práctica las dictaduras pasadas. Ahora existe la conciencia de que la violencia se paga con violencia y que el desquite no es con las gentes del común ni con los instrumentos al servicio de la maldad sino con los inspiradores de ella!. Porque, como dijo el presidente Kennedy: “Quienes imposibiliten la revolución por medios pacíficos, acabarán haciéndola inevitable por medios violentos”.
Me refería al atropello cometido contra los pequeños agricultores de la colonia Centro América, en el municipio de Montelíbano, a quienes la fuerza pública les destruyó sus sembrados y ranchos por orden del terrateniente Rodrigo Serpa, quien reclamaba los montes que ellos habían limpiado y ocupado, en represalia porque no pudo probar ante el insobornable juez municipal Marcos Alvarez, la alegada propiedad del fundo.
Yo había sido escogido en la convención municipal del MRL como candidato suplente de Rafael Yances al Concejo, no obstante ser un líder de masas. Pero había que aprovechar el prestigio moral, político e intelectual de Rafael, quien se había afiliado al MRL después de su salida de la alcaldía. Los manifestantes, no sobra decirlo, se entusiasmaron con mis arengas y acertadas disquisiciones, pero a los secretarios del Comité de Zona no los convencía del todo. En la tienda de abarrotes de las hermanas Soto, ubicada en la esquina diagonal al edificio de la Gobernación, llamado por Remberto Palacio de Cachichí, los integrantes del Secretariado del Comité de Zona: Edgar Potes, el “polaco” Portillo y Miguel Mendieta, presenciaban el acto y comentaban:
-Guillermo debe ser más explícito en el análisis clasista -juzgaba Miguel, quien a su regreso de la Escuela de Cuadros hablaba con la seriedad de un Ministro y el esponjamiento de un pavo real.
-Lo que pasa es que el lenguaje liberal se pega -opinó León y estiró sus largos brazos hacia arriba y el voluminoso cuerpo hacia los costados para desentumecerse.
Potes lanzó su risa explosiva que dejaba al descubierto sus grandes dientes y sentenció, refiriéndose a mí:
-¡Más bien que va de culo pa´el oportunismo! Lo mismo que Nieto.
Sus acompañantes, confundidos entre la muchedumbre, le festejaron el apunte.
Justo en ese instante empezaron a percibirse los pitos sincronizados de los vehículos de la caravana y los tambores de la música acompañante. Todos miramos entonces hacia el fondo del parque y comprobamos que por la Avenida Segunda asomaba el campero descapotable que transportaba al Compañero Jefe, al candidato presidencial Alfonso López Michelsen, quien venía de pie, acompañado por el camarada concejal Edgardo Nieto y luciendo un sombrero "vueltiao" trenzado en Tuchín, que le había regalado Benjamín Puche. Los vehículos estaban adornados con guirnaldas y cintas abigarradas y carteles del candidato en los capós y en las portezuelas. Sus ocupantes daban vivas al MRL y al barrio La Granja, en medio de la algarabía de los manifestantes y el ritmo de bullerengue que era interpretado por el conjunto de pitos y tambores de Puerto Bijao, traído a la capital de la provincia por el candidato a la Asamblea Departamental, Eugenio Mejía, líder de los pescadores de Ayapel.
"López presidente, se siente, se siente", repetíamos todos mientras el campero se aproximaba al sardinel del edificio del Ayuntamiento.
A continuación una ovación lo recibió en la tribuna. Diez mil gargantas que exteriorizaban los sentimientos del pueblo y los anhelos de nuestras familias porque López era, como decía Jaime Isaza Cadavid: "...la esperanza de restauración de la democracia en Colombia y el artífice de un nuevo concepto de la política que habría de llevarnos a romper con los moldes exclusivistas del Frente Nacional oligárquico".
El candidato presidencial contempló, visiblemente satisfecho, el paisaje de banderas y la presencia tumultuosa de los cordobeses en el parque Bolívar. A los pocos minutos, después del saludo entusiasta de nuestras gargantas, dijo:
-Compañeras y compañeros: déjenme decirles que estoy profundamente conmovido por este apoteósico recibimiento de ustedes.
-¡Viva el gran Partido Liberal!.................¡Vivaaaaaa!
-¡Viva el doctor López Michelsen!...............¡Vivaaaaaa!
-¡Abajo el Frente Nacional oligárquico!.........¡Abajoooo!
López continuó:
-No existe en mí una sombra de duda, que el Frente Nacional acabará convirtiéndose en una camarilla odiosa, atrincherada detrás de las disposiciones constitucionales y con el único fin de repartirse el botín burocrático...
Miles de gargantas congregadas en la plaza rugieron de nuevo y al cabo de otros vivas y abajos, el concejal Nieto se acercó al doctor López y echando mano del tono grandilocuente de los oradores andinos, le dijo:
-Doooctor Lóooopez: aquíii están las muuucheduuumbres rojas de Uribe Uribe, de Gaitán y de López Pumarejo. ¡Los liiibeeerales de raca mandaca que no se “pandean”!
-¡Viva el concejal Nieto!- gritó una mujer proletaria a la que apodaban La Mona y que enarbolaba una bandera roja con las letras del MRL en el centro. Las pancartas de La Granja eran un ballet de textos que decían: "Ahora le toca al pueblo", "La Granja con López", "Sobrino al Concejo"...
El orador y candidato presidencial esperó complacido a que todos los hombres y mujeres que ayer carecían de un techo y que lo obtuvieron gracias a la labor organizadora de Nieto, Arenales y de los demás compañeros del Partido y del MRL, y al buen corazón del ex-alcalde Yances; a que todos los que aún soñaban con ver realizado el plan SETT en nuestra patria, terminaran de manifestarle su apoyo. Luego prosiguió:
-El Frente Nacional es el monopolio del poder por parte de las viejas clases políticas del capitalismo y ha dejado de ser un expediente transitorio, acordado para remediar los males del sectarismo, y se ha convertido en algo permanente que amenaza con acabar la democracia en nuestro país. Colombia necesita un sistema de gobierno en el que todos los partidos tengan la oportunidad de acceder al Poder y a los cuerpos colegiados, de acuerdo con su caudal de votación...
-!Viiiiva el doctooor López Michelsen! -gritó otra vez Nieto en la tribuna, y sonrió de comisura a comisura al constatar que los manifestantes respondían su invitación con creces. Al instante se acercó al abogado marxista Felipe Zabala, y le dije al oído: "Esta es la vía de la revolución, Felipe. Con las masas y nada de aventuras".
López terminó su intervención señalando que su triunfo en esos comicios significaría una reforma constitucional hecha por el constituyente primario, y que su futuro gobierno le daría a los colombianos humildes: salud, educación, tierra y techo.
Minutos después, en la esquina de las Soto, los dirigentes del comité de zona hacían el balance del discurso.
-No hay nada que hacer -concluía Potes-. Este hombre lo que quiere es un barniz del sistema capitalista y una modernización del Estado burgués.
En la ciudad eran ya las seis de la tarde y las golondrinas se posaban como fusas y corcheas sobre las alambradas eléctricas del Centro.
II
"Edgardo Nieto llegó a Montería en 1957. Acababa de concluir sus estudios de Pedagogía en la Normal de Barranquilla. Era un joven soñador y rebelde que quería "tomarse el cielo por asalto" con su inteligencia y que llegaba con el antecedente de haber participado en 1952 en la constitución de la Juventud Comunista de Colombia. Tenía siempre una sonrisa a flor de labios y era amigable y generoso, como casi todos los camaradas de esa época. Amaba a los libros y los cuidaba como a la niña de sus ojos, leía todas las noches hasta altas horas de la madrugada. Tenía, por esto, una buena cultura literaria e histórica que le valió para obtener su primera colocación como maestro de escuela, convertirse en dirigente del gremio y participar en 1958 en la fundación de la Asociación de Maestros de Córdoba. Por su experiencia sindical y militante fue elegido bien pronto en el comité de zona como secretario de agitación y propaganda y delegado al 8º congreso del PCC en 1959, del cual regresó entusiasmado por su consigna central de “acumulación de fuerzas” mediante el impulso a la lucha de masas para ganar a la mayoría del pueblo colombiano para la revolución. Consecuencia de este entusiasmo y convicción fue su gestión dirigente para fundar a su regreso la Federación de Trabajadores al año siguiente. Fue el alma del comité central dirigente de las luchas por la vivienda que concluyeron en la inauguración en mayo de 1960, con Obispo a bordo, de la primera etapa del populoso barrio La Granja. Uno de los fundadores del colegio Atenas y el diseñador de sus planes de estudio y de su declaración de principios. En él introdujo las lecturas de hombres importantes de la educación como Aníbal Ponce, Agustín Nieto Caballero y Jean Piaget, totalmente desconocidos por los directivos de los demás planteles de la ciudad. Fue también redactor del periódico "El Rebelde", concejal de Montería, escritor y poeta, autor de un hermoso poema titulado "Credo de la Revolución", y por todo lo anterior, solidario conmigo en mis luchas ideológicas con los dogmáticos del Comité de Zona; y mi amigo personal, una amistad que no fue empañada ni siquiera cuando, movido por su pasión por las mujeres bonitas, le “soltó los perros” a una de mis novias, una niña de piel canela, ojos garzos y caderas sinuanas de apellido Solera, quien se perdió de nuestras vidas desde el aciago momento en que su padre –un godo cazurro- la hizo jurar ante el Santo Cristo y en presencia de un cura exorcista, que no se amancebaría jamás con un comunista ateo, porque éste en sus genes llevaba el programa que el demonio había elaborado para someter al mundo.
Cuando las contradicciones sociales empezaron a resolverse a tiros, lógica consecuencia de todo el tiempo perdido por la clase politiquera de Córdoba en francachelas y comilonas con el tesoro público, Edgardo se retiró de la vida pública, estudió su carrera de abogado y se refugió, como muchos intelectuales compañeros de la época, en la literatura, y en las aulas, desde donde continuó su magisterio esclarecedor y humanista, primero en el Bachillerato Nocturno y luego en la Universidad del Sinú, que le otorgó el título y luego lo acogió como docente gracias a la solidaridad de su Rector Elías Bechara, y en la que se convirtió en consultor de estudiantes y de investigadores. Hoy, mi buen amigo y camarada Edgardo, piensa y trabaja solo para la educación de sus hijas, tratando de no colocarse en el punto de mira de los asesinos, igual que muchos de nosotros".
III
López no resultó elegido presidente ese año, pero el MRL obtuvo en las elecciones de mitaca tres curules en el Concejo de Montería. Rafael Yances, Luis Arenales, Edgardo Nieto, Rigoberto Kerguelén, Rafael Rosso y yo, hicimos parte de ese paquete de concejales que participaba en casi todas las sesiones en virtud de un acuerdo de la bancada emerrelista que así lo estableció y que nos permitía a los suplentes reemplazar a los principales en puntos concretos del debate que eran de interés y para los cuales nos habíamos preparado.
Por ese entonces vivía con Ana Paola en un apartamento compartido con el farmaceuta Potes, situado en el Edificio Panzenú, en la esquina de la calle 34 frente al río. El apartamento era un monumento al desorden y a la simplicidad: pocos muebles (dos camas, cuatro taburetes, una mesa de centro y dos estantes de libros) y casi ningún adorno diferente de los cromos y almanaques que enviaban las Embajadas Soviéticas de México y Montevideo, colgados en la pared de cualquier manera. En ese apartamento se reunían todas las semanas los jóvenes de la Juco, a escuchar al profesor Eduardo Pastrana decir que a Gaitán lo mató la oligarquía liberal-conservadora en contubernio con la CIA, asustados ambos con el previsible triunfo presidencial del caudillo y con la Marcha del Silencio que puso contra la pared al dictador Ospina Pérez; y sostener con su autoridad de historiador que el empleado de la Embajada Alemana y adepto rosacruz, Juan Roa Sierra, no fue sino el instrumento que supieron utilizar. Y para escuchar también las clases magistrales del intelectual Felipe Zabala sobre "los modos de producción"; las charlas doctrinarias del camarada secretario político del comité regional de Barranquilla, César Martínez, en torno a la llamada "línea de masas"; y las de Potes, sobre los criterios teóricos de Mao Tse Tung, concebidos por el gran timonel chino para "resolver acertadamente las contradicciones en el seno del pueblo". Y para leer las revistas Cultura soviética, China reconstruye, Problemas de la paz y del socialismo y demás materiales de propaganda que Potes sacaba religiosamente, los sábados, del apartado postal 206 que tenía arrendado en la oficina del correo nacional, a una cuadra de allí.
Las metas que me había propuesto se cumplían en parte con mi elección como concejal y por ello me disponía a jugar en el Cabildo un papel protagónico en contra de las modificaciones introducidas por los dueños de los ejidos al plan de desarrollo urbano del municipio, que fue elaborado por el arquitecto graduado en París, Sigifredo Coronel Arroyo. Pensaba demostrarles de ese modo a los doctrinarios del Comité de Zona que la obligación de un revolucionario era estar en el movimiento de masas, al lado de los proletarios, acompañándolos en sus luchas, adaptándose al nivel de conciencia de ellos, con la idea de elevarlos en consonancia con las actitudes de respuesta de las oligarquías; en lugar de manejar la táctica y la estrategia, como si se tratara de un ajedrez político en el que los peones (campesinos, trabajadores, vecinos) juegan y los dirigentes deciden el mejor movimiento, las más de las veces a la sombra y con esa mentalidad conspirativa heredada de las viejas acciones en contra de las dictaduras.
Hoy, a pesar de los años transcurridos, recuerdo esa reunión del Concejo en la que orienté el debate en defensa del plan del urbanista y atacaba las modificaciones introducidas por los ediles Corrales y Giraldo. Decía que tales modificaciones equivocaban el camino porque no incluían las dehesas de la margen izquierda del río, ni las situadas en el este, más allá del cementerio. "Y la razón es que son lotes de engorde de Austreberto Navarro, protegidos aquí por el honorable concejal Abel Corrales", añadí. Con el buen humor que caracterizó a los militantes del MRL, concluí mi intervención embromando a mis colegas con el apunte de que no tendría nada de extraño que los concejales de los terratenientes propusieran un desarrollo urbano hacia arriba porque los costados estaban taponados por sus patronos con sus haciendas.
En momentos en que yo intervenía y las barras agitaban al concejal Abel Corrales -a quien le decían Caín y no Abel- hizo su entrada al recinto el edil suplente de Rafael Rosso, el acatado guía de los adjudicatarios de La Granja, Luis Arenales. Segundos antes, en el acto de asegurar su caballo en uno de los maineles de entrada del edificio, recibió el saludo de los pobladores que no habían podido ingresar al salón de sesiones. "¡Viva el gitano Arenales!", gritaban sus seguidores. Iba vestido con su habitual camisa ranchera manga larga, sus pantalones ceñidos, su sombrero alerón de color negro y sus botas de cabalgar, también negras.
Al pasar por el portal de la cámara de sesiones, las barras dejaron de agitar al concejal Abel Corrales y se volcaron a vitorearlo (¡Arenales! ¡Arenales! ¡Arenales!) y el presidente del Concejo llamaba al orden y amenazaba con desalojar las graderías. Arenales se quitó el sombrero y con él saludó a sus vecinos y a sus compañeros de bancada. Le dije entonces al oído al camarada Rosso: "Rafa, dale entrada a Lucho. Hay que complacer a las masas, tú sabes". Y así ocurrió. El delegado de los areneros se levantó y le hizo señas al líder de La Granja para que entrara a ocupar su puesto, y al presidente del Concejo, para que autorizara el cambio.
Arenales ocupó su curul en la media luna, cerca de la mesa del secretario y me pidió que lo pusiera al tanto del desarrollo del debate. Y lo hice. Le informé que había hecho una crítica a los aspectos principales del plan de calles presentado por los portavoces del latifundio, porque no tenían en cuenta los potreros situados al otro lado del Sinú, ni los del occidente, ni los del norte. Terminaba su intervención el concejal Rigoberto Kerguelén: "Hay que retomar el plan de Coronel Arroyo", decía.
"El Gitano" Arenales sintió una corriente de indignación por todo su cuerpo. "¿Coronel Arroyo?", se preguntó y se levantó enseguida, con la mano derecha en alto, pidiéndole la palabra al presidente Giraldo. Yo alcancé a decirle: "Espérate Lucho, entérate primero de lo que pasa". Pero el concejal talabartero no me puso atención; y, al recibir la orden para hablar, señaló con el índice derecho a las gradas, miró hacia atrás en la Historia con una mirada de hombre ducho en el manejo del Foro, y manifestó.
-Yo quiero que se escuche aquí la voz de los perseguidos por la dictadura de Rojas, la voz de quienes no comimos en el mismo plato del General, como sí lo hicieron varios de los mandaderos de la fronda heliotropera aquí presentes. Y lo que voy a decir es que nosotros no aceptamos que un coronel nos venga a decir cómo carajo tenemos que arreglar el despelote urbano de este pueblo.
Los espectadores no lo ovacionaron, como en ocasiones anteriores, sino que soltaron una inesperada, sólida y sostenida carcajada que se oyó en los corregimientos vecinos de Mocarí, El Sabanal y Jaraquiel, y que quedó impresa en la memoria emotiva de los pobladores de la comarca y en el inventario de sus ilusiones fugaces, porque muchos vecinos creyeron esa noche que se trataba del estallido de júbilo que habían estado esperando y que anunciaba la buena ventura que a “La Perla del Sinú” le había sido tan esquiva desde que Yances dejó la alcaldía y por ella comenzaron a desfilar los hijos de la plutocracia.
Arenales supuso que había dicho mal alguna palabra del castellano y se quedó mudo de asombro. El concejal Abel Corrales se acercó entonces al doctor Yances, quien se paseaba de un lado a otro en la antesala con su acostumbrado cigarro “Partagás” en la boca. "Rafa, por favor, salve usted el prestigio del Concejo Municipal", le suplicó. Sigifredo Coronel Arroyo, quien se encontraba en el estrado de los invitados, sufrió un ataque de tos por la risa, y le suplicó también, con la mirada, al doctor Yances que aclarara el desaguisado.
Rafael me sustituyó en el debate y se dirigió a sus colegas y al público presente con su parsimonia y precisión lexical acostumbrada.
-Doctor Giraldo, colegas y distinguidos asistentes. Hemos sido testigos de la confusión de uno de nuestros ediles estrellas. Pero estoy seguro que al doctor Coronel Arroyo le ha gustado esta intervención de don Luis porque con ella le toma mejor el pulso a la población, a sus habitantes, sabe de ese modo cómo piensan y esto es importante para los urbanistas, conforme me lo ha dicho. Concejal Arenales-lo reparó de arriba a abajo sin poder disimular su picardía-, el doctor Sigifredo Coronel Arroyo no es oficial del Ejército ni cosa parecida, es un destacado arquitecto especializado en urbanismo y fue contratado durante mi administración para que diseñara el plan de desarrollo urbano de Montería.
Luis Arenales rió a mandíbula batiente y observó a sus compañeros del MRL, a Edgardo, muerto de la risa; y a sus amigos y también compañeros en las lides por la vivienda: los concejales Reynerio Tozcano, a quien le decían el zapatero arbitrario; el sastre Cancino y el lotero Víctor Forero, del movimiento popular conservador, también muertos de la risa. Y complementó su actitud con estas palabras:
-Pero no le dicen el nombre completo, doctor Yances. ¿O es que Sigifredo les parece un nombre feo como Geminiano?
IV
“A Luis Arenales lo conocí en una de las reuniones del comité pro -vivienda del barrio Colón y como organizador del célebre mitin realizado frente al Palacio Municipal que le pidió a Yances tierra para construir casas de palma y balsa, y con el cual se inició esa etapa de lucha de los pobladores marginados que condujo a la fundación del barrio La Granja. Era un hombre bueno, inteligente, trabajador y valiente. Nunca quiso entender las razones de los camaradas, ni las mías, para estar en la lucha, para él era una simple cuestión de sentido común: “O te metes y logras el pedazo de tierra para levantarle el techo a tus hijos, o te quedas viendo un chispero y sin casa”. Pero sentía por esa oligarquía, que se mantenía insensible ante los sufrimientos de los trabajadores, un desprecio que no ocultaba. De allí su fama de hombre franco y de carácter que no vacilaba en cantarle sus verdades a los voceros de esa clase en el Concejo y en los puestos públicos. A un célebre politiquero conservador, ex-policía “chulavita” y amigo personal, que lo fue a visitar en uno de sus arrestos policiales quien le preguntó: “Don Luis ¿usted preso?”, le contestó: “Como le parece Don Clodomiro Carazo, y usted libre”. Y el día que su jefe, el dueño de la Talabartería, le preguntó si no le daba pena andar con los desarrapados de Pueblo Pescado, le contestó que él era hijo de machetero con cocinera. Por eso jamás entendí que, con el paso de los años, pobre y enfermo, tomara la decisión de terminar con sus días del modo como lo hizo. Cuando lo supe, de labios de una de sus hijas, sentí un nudo en la garganta, al constatar con esa muerte que los tiempos de la alegría del MRL y de la esperanza en los mejores días que estaban por venir, habían pasado. Y pensé, para consuelo, que tal vez lo hizo por la decepción de ver que toda su gesta y su oratoria habían sido en vano, que el pueblo que ayer lo vitoreaba, le rendía hoy culto a los voceros de la politiquería, a los badulaques de la corrupción que empezaban el saqueo al erario para engrosar sus cuentas privadas y que harían fracasar al Estado y que terminarían por convertir a Colombia en el infierno que hoy es.”
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* Antonio Mora Vélez, abogado, escritor, columnista de prensa, docente universitario y Director de la Revista Institucional de la Corporación Universitaria del Caribe de Sincelejo.
Antonio Mora Vélez
Escritor colombiano
antonio_moravelez@yahoo.com.ar
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