Agustín Díaz Pacheco - rodelu.net
27 de noviembre de 2005

Gris, el color del otoño

Agustín Díaz Pacheco
Nada cambia con la llegada del otoño, salvo que algunos se ausentan y otros pueden zozobrar en el cotidiano gris que parece una cinta sinfín. Días mellizos, semanas que brotan como réplicas, tres meses entre tristezas e inopinadas alegrías. El temible tedio del verano es relevado por otro tedio que acecha y hasta hace caer las hojas de la vida. Entre el Síndrome de Sthendal (tan estudiado por el escritor italo-portugués Antonio Tabucchi) y una empecinada realidad que se niega ante la acción desplegada por hombres y mujeres, la existencia es tan monótona como el verano, salvo que no suele lucir el sol y la fina lluvia se asemeja a los barrotes de una cárcel cuyas paredes son de agua.

En las pequeñas o medianas ciudades, el aburrimiento es la nota constante a observar por un extraño director de orquesta. Monótono pentagrama tan constante que invita más a la lectura que a dar una vuelta por las vacías calles y plazas. Los cines continúan cerrados, y hasta un teatro parece imitar a una obra de faraónica duración. Pocas las actividades que ponen una nota de optimismo en la mente, el corazón, la mirada y los labios de hombres y mujeres. Sólo queda esperar: otra condena más; esperar, ¿para qué y por qué? Ciertos políticos empuñan la batuta y la orquesta vuelve a reincidir en su sonora gravedad.

Quedan los bares donde beber y charlar, y algunas personas, del todo saciadas, vuelven a recordar otro tedio: el del verano. Así, de tedio en tedio, la vida se puede tornar insoportable, y es entonces cuando hay que embridar a la misma voluntad para que galope hacia apetecidas metas. Pero relincha el caballo y hasta puede caer el jinete. El horizonte está tan desdibujado, hay ante él tan abundantes celajes, que más que poder resultar observado invita a imaginarlo. El horizonte de cada día, con sus numerosas adversidades, casquivanas las difusas metas, huidizo el norte por el que encaminar el ánimo, muchos son los hombres y mujeres que se aferran a la utopía, tabla de salvamento para estimular la ilusión.

Queda la lectura, el diálogo y alguna confidencia que ni llegamos a comprender del todo como tampoco a aceptar porque el escepticismo actúa como preventiva medicina. Y entre el otoño y la madrugada parece existir escasa diferencia. En la madrugada se suele dormir y acurrucados en el sueño la mente puede imaginar. Es entonces cuando surge la pesadilla, que no es más que un otoño estático cobijado en nuestra fetal postura. Hasta que llega el amanecer y tropezamos con el grisáceo aroma del otoño.

Mientras, caen las hojas de la vida, y muchos se sitúan entre el Síndrome de Sthendal y la difícil condición de existir en plenitud. Es la condena que acecha a las personas: reproducir su diario cansancio; sin oasis ni posadas, tan sólo un extraño desierto donde se repite la costumbre de aburrirse y el verano o la primavera se vuelven nostalgia.

Agustín Díaz Pacheco

www.canariasdigital.org
Director Coordinador de la Sección de Cultura
otsobakarti@gmail.com
 
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