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un viejo proverbio que proclama: Nadie es profeta en su tierra. Y que lo digan, es más, que sigan insistiendo en esta comarca de miopes deliberados y memoriones hiperamnésicos. Si pudiera surgir la ocasión, cabría preguntarle a Benito Pérez Galdós sí fue cierto o no que al llegar a Cádiz sacudió airadamente sus zapatos a modo de repulsa, por decir que como nítida demostración de inequívoco desprecio. Todo, evidentemente, dada una lejana tradición verbal, o a través de una nada descabellada hipótesis.
Muchos son los profesionales de diversos campos de la creación que se han visto relegados en su propia tierra, en este caso la canaria. Los nombres, por ejemplo, de escritores tales como: Antonio Bermejo, Joaquín Rivero Jordán, Pedro García Cabrera, Domingo Pérez Minik, Francisco Pimentel, entre otros, fueron marginados en buena parte mientras vivieron por los culturetas de canapé y los sempiternos neocensores que ni comen ni dejan comer, y a pesar de todo hacen la digestión… No dejan de rumiar y hacen todo lo posible para que los demás no puedan comer. De qué tamaño tuvieron, y todavía han de tener, el estómago, y cuánta mala bilis la que poseyeron y aún poseen. Luego de vivir entre estrecheces surge el consabido homenaje post mortem, si es que llega a darse. Llegado el momento puestos a necrófilos no hay quienes ganen a los más que desaprensivos que medran y cómo saben medrar en esta comunidad autónoma bananera llamada Canarias que se comporta como una mantis religiosa.
Desde hace algún tiempo a quien no dejan ni respirar es al catedrático de Bioquímica de la Universidad de La Laguna, Enrique Meléndez-Hevia, combatido por tirios y troyanos, objeto de los impactos de precisión provenientes de activos envidiosos e incompetentes. Más, surge la noticia: la oficina de patentes de EE UU (USPTO) ha asegurado los derechos de Meléndez-Hevia sobre la glicina. Con unos 8.000 pacientes, entre los que, al parecer, se encuentran numerosos médicos, y con unos resultados del todo positivos, Meléndez-Hevía ha seguido adelante. Enhorabuena, por dos motivos: por su inteligente tenacidad y su indiscutible resistencia. ¿Qué se ha lapidado su aportación, por supuesto, faltaría menos, es lo normal, lo grosero y hasta lo ruin? Hay que seguir con la tradición según la cual el canario es una serpiente con el canario (no importa el lugar de nacimiento de miles de canarios de adopción). Los famosos polvos del catedrático han sido desempolvados por la sempiterna burocracia de turno, y sus variados relevos, que incluyen metamorfosis y más que dudosos golpes en la espalda, a la romana, claro está.
Aquí menudean los pequeños tiranuelos y tiranuelas, miopes deliberados y memoriones hiperamnésicos; no son más que vulgares imitadores de la mantis religiosa. Lo sabe Meléndez-Hevia. Son los mismos que tienden trampas y celadas, los que ejercitan la neocensura y ponen al día las prácticas del Santo Oficio –excelente lección la de Vicente Blasco Ibáñez, presente en su novela La Catedral-, qué inimitable por macabra tarea.