Agustín Díaz Pacheco Agustín Díaz Pacheco - rodelu.net
13 de mayo de 2006

Bucear en las librerías

Agustín Díaz Pacheco
Una vez más, el Día del Libro, en otras palabras, el 10 por ciento de descuento, y algún que otro, confiado en el ocio creativo -del todo enriquecedor…-, así como en determinadas ventas anticipadas, venidas como best seller, tratarán de seducirnos: bellas portadas, gramajes del papel o exhibirnos la cinta roja para recordarnos físicamente dónde hubo caída de párpados, y lógicamente, la trayectoria de algún que otro escritor que tiene numerosas cuentas con los tribunales, bien por plagio o por algún que otro escándalo.

Se echa de menos al profesional que orienta, y hasta desdeña los hipnóticos guiños de la publicidad al uso y hasta al abuso. Quien se haya acercado por Cuesta Moyano (Madrid), o por La Ramblas (Barcelona), difícilmente encontrará en algunas librerías –no en todas, afortunadamente existen excepciones- el texto que tanto tiempo llevaba buscando. A Enrique Tierno Galván, el Viejo Profesor, le molestaban los libros cuyo lomo resultaba tan rígido que al intentar abrirlos, por razones de comodidad o para subrayar, y esto se aparea con pretendidas labores de coautoría, se doblegaba su endeble columna vertebral, y el otoño vegetal hacía de las suyas, cayendo las hojas a nuestros pies.

Más de un librero agradecerá la presencia de lectores fetichistas, cuyo fin, al parecer, no consiste en leer sino en apilar libros. Menuda obsesión la de esos manirrotos coleccionistas de ajenas imaginaciones nunca leídas. Sucede que ha dichos compradores, tan sólo parece conducirlos a una librería el hacerse con alguna que otra novedad, movidos, muchas veces, por calculadoras páginas literarias. Ciertos libreros, aunque no siempre, poco o nada les interesa el valor esencial del texto a vender, su contenido, su enorme riqueza. Lo único que persiguen es anticipar mercantiles agostos, y así tratan de colar insufribles obras del todo soporíferas, libros superficiales, vacía literatura light.

El Día del Libro se ha ido convirtiendo en un homenaje a los otros, que no a los creadores radicados en las Islas, y fuera de nacionalismos... Porque llegado el caso, para nada excepcional, muy al contrario, el mayor desdén es destinado hacia los escritores canarios. No interesan en absoluto; es más, sus obras suelen ser confinadas en la antesala del acostumbrado pudridero editorial. Y referirme a los escritores canarios, resaltan nombres que convencen por su categoría. Por ejemplo, Faycán, una bellísima obra del magnífico creador que fue (y sigue siendo) Víctor Doreste, por citar a uno de los mejores escritores con que cuenta nuestra literatura. Y junto a Edgard Allan Poe, Ambrose Bierce, Franz Kafka, Dino Buzzati, Julen Gracq, J.M. Coetzee, situemos, sin agravios de ningún tipo, a Víctor Doreste, Julio Tovar, Antonio Bermejo, Agustín Millares Sall, Luis Feria, Rafael Arozarena, Isaac de Vega, Carlos Pinto Grote o Arturo Maccanti, los pertenecientes al boom de la narrativa canaria, o bien a aquellos inscritos en la nómina de la nueva poesía y la prosa del archipiélago.


Agustín Díaz Pacheco

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