Agustín Díaz Pacheco - rodelu.net |
12 de noviembre de 2006
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Derrochar energía inútilmente
Agustín Díaz Pacheco
Comienza
la danza épica del fútbol; once hombres contra otros once, los mismos que han vendido su lealtad deportiva a cambio de buenas cantidades de dinero, efímera fama, la acostumbrada presentación a diversos medios de comunicación social, entrevistas, fotografías vistiendo los colores del equipo de turno, salida al campo, aplausos o abucheos, y firma de autógrafos o bien calentar banquillo.
Pero el problema no es el fútbol en sí –el cual merece nuestro respeto, y hasta una moderada espectación-, sino el enorme coraje que tan inútilmente se derrocha en los estadios, lo mal que se encausa una energía que debería ir firme y conscientemente dirigida a otros fines que de verdad sí deben de interesar a los ciudadanos, al público en general.
No obstante, al poder y sus aledaños les interesa que la gente inhale cloroformo por vía del fútbol, que ya ha dejado de ser un deporte en el más estricto sentido para transformarse en un hipnótico espectáculo de masas, el mismo que hace que se hombres y mujeres desvíen la atención respecto de sus verdaderos problemas. Lo que se persigue es –consciente o inconscientemente- de neutralizar el coraje de personas que deben atender sus problemas; y es cuando surge el fútbol, los cánticos, los parafernalia, la mítica vuelta caricatura, y cómo hacer que la gente no se ocupe de otras cuestiones que le pueden resultar apremiantes en muchas ocasiones. Así, un parado, subempleado, un trabajador en crisis o quien reivindica sus derechos, es desalojado de su meta por veintidós jugadores que reciben sueldos y primas delirantes. He aquí lo preocupante, lo que nos debe hacer reflexionar, porque el fútbol ha generado toda una manifestación subcultural que en muchas ocasiones arremete contra el ciudadano de turno.
Concederle a una persona la oportunidad de noventa minutos de diversión –y muchas preocupaciones suscitadas por el `fútbol-espectáculo´-, hacerla sudar, dejarla enronquecida y hasta deprimirla levemente, no es la mejor receta para andar por la vida. Cuando tantos problemas existen, y los ciudadanos viven, es decir, malviven muchas veces, a rastras de acontecimientos que sí han reclamar su atención, resulta del todo legítimo defender el ocio, salvo que éste debería constituirse como ocio creativo. Es cuando recordamos al joven Carlos Marx, al del tres por ocho: ocho horas para trabajar, ocho horas para entregarse a una actividad gratificante, y ocho horas para descansar. Se trata, ni más ni menos, de leer –la cultura preocupa a quienes se sitúan en el poder y sus aledaños-, oír música, acudir a museos, y cultivar el hecho cultural como una manifestación vital. Cabe, por supuesto, la oportunidad de acudir a contemplar un partido de fútbol, pero sin perder el sentido crítico, la conciencia de los hechos que acaecen en nuestra pésima y humillante, por no decir que desquiciada sociedad.
Agustín
Díaz Pacheco
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