BRECHA 19 de octubre de 2001
SOCIEDAD

Carlos María Gutiérrez en el recuerdo de su hija

El Negro

El domingo se cumplen diez años de la muerte de Carlos María Gutiérrez, uno de los grandes periodistas del siglo pasado en el Río de la Plata. Su hija María Noel reapasa con BRECHA alegrías y tristezas de esa relación que la marcó de manera definitiva.

María Esther Gilio

-Me gustaría que trataras de visualizar el más viejo recuerdo de tu padre contigo.

-Me decís eso y lo que me viene a la memoria son los domingos en invierno. La estufa encendida, música clásica rodando en el pasadiscos y el tintineo de la máquina de escribir, porque escribía en el líving, cerca de la estufa.

-Tú allí, dando vueltas. -Yo, sí, cerca de la estufa pero haciendo deberes. Así me recuerdo. Otra cosa que tengo muy presente es algo que se hacía una vez por mes, bajar todos los libros de la biblioteca para luego volver a ubicarlos muy limpios y ordenados.

-Lo recuerdo, sí, a tu padre, como muy ordenado.

-El era muy meticuloso en sus papeles, libros, documentos. En este momento me viene a la memoria lo último que hicimos juntos. Ordenar la biblioteca. El me pidió que lo ayudara a ordenarla.

-Se trataba, me imagino, de los libros que usaba para su trabajo.

-Los libros en general. Los de política por país, por tema. Los de literatura por autor.

-En esas limpiezas, ¿tiraba libros?

-No, cuando se desprendió de libros fue a la fuerza. Por los viajes, por el exilio. En mi casa quedaron bibliotecas enteras a las que se fueron añadiendo otros libros que iban llegando. Recuerdo un domingo que me dijo "Vamos a hacer títeres". Entonces se puso a cocinar papel, hizo una especie de engrudo, trajo témperas de todos colores y empezó a armarme unos títeres maravillosos. Pero no terminó ahí. Me escribió los diálogos. Me habían comprado un teatro de títeres precioso... Hay recuerdos que no se borran jamás, éste es uno.

-Es natural. ¿Qué mayor felicidad para una niña de 8 o 9 años que pasar un domingo haciendo títeres con su padre?

-Sí, por eso yo no podría nunca quejarme de que lo veía poco. El tiempo era poco, pero la calidad de esos encuentros era mucha. El me forraba los cuadernos. Yo fui siempre la niña con cuadernos mejor forrados del colegio.

-¿Cómo los forraba, con qué?

-Con un plástico duro que no me imagino de dónde lo habría sacado, porque te estoy hablando de hace alrededor de cuarenta años.

-Serían unos de esos forros envidiables sin ángulos en las esquinas.

-Sí, eran ésos, pero además era la calidad del papel. La calidad del plástico era tal que el cuaderno se mantenía impecable hasta fin de año. Pero, además, muchas veces me dibujaba las carátulas. Esos cuadernos eran mi orgullo.

-¿Qué cosas dibujaba? -Recuerdo una. La maestra nos había puesto una oración que decía "El que no avanza retrocede", y había que ilustrarla. Esa fue la carátula del cuaderno. Papá dibujó un hombre remando en un barquito. Esa imagen la tengo muy grabada.

-Una vez, tal vez un domingo a mediodía, yo iba en auto por Rivera y en el momento de atravesar Arocena los vi -tú tendrías 7 años-. Ambos caminaban por Arocena.

-¿Te detuviste? -No, recuerdo que tu padre te hablaba y tú tomada de su mano lo mirabas. En ese momento conocía poco a tu padre, pensé que eras su hija. No me detuve.

-Muchas veces los domingos caminábamos por Arocena. Me acuerdo de una vez en que nuestro tema eran las arañas, a las que yo tenía un miedo atroz. Guardo en la memoria esta conversación. Ibamos pasando por la panadería Hamburgo y él me explicó por qué no debía tener miedo a las arañas que parecían espantosas. Que éstas justamente, como no eran malas, tenían que encontrar una forma de asustarnos, que era a través del aspecto que nos producían miedo. Las coloradas del lino que no asustaban eran las realmente peligrosas.

Otra de las cosas inolvidables eran los regresos de los viajes. Los viajes de papá siempre se armaban como de golpe. Llegaba y decía: "Mañana de mañana estoy saliendo para Pekín".

-Cuando eras chica él trabajaba en El País.

-También trabajó en El Día y creo que en El Debate.

-En Lunes. -Y en Reporter. Donde salió una nota muy importante que él le hizo a Eduardo Víctor Haedo en La Azotea.

-¿Y qué pasaba cuando volvía de los viajes?

-La vuelta era tan intempestiva como la ida. Era maravilloso. Yo estaba de pronto jugando y él aparecía ahí, en el vano de la puerta lleno de valijas y regalos. De noche, cuando volvía del trabajo, era difícil que no me dejara algo en la mesita de luz. Un chocolatito, un lápiz. Viajaba mucho, trabajaba mucho y tenía horarios muy locos. Un día a un vecino que me preguntó quién era mi padre le contesté: "Un señor de bigotes que los domingos viene a comer a mi casa" -dice María Noel riendo. Tiene el pelo negro y lacio de su padre, la piel morena y ojos claros entre verde y castaño. No se podría decir que -salvo en el colorido- se le parezca, pero hablando con ella se pueden descubrir de pronto pequeñas sonrisas, maneras de quedar seria, en silencio y mirando al interlocutor, como interrogándolo, que recuerdan a su padre-. Muchas veces me llevaba al diario. Supongo que a El País, un lugar enorme lleno de mesas y máquinas de escribir, o a Marcha, más pequeña.

-El salón no era tan pequeño, pero sí medio vacío, con sólo algún mueble viejo y derrengado.

-Pero también tabicado. -Sí, él se había hecho su lugar que era totalmente diferente del resto. Su mesa, además de la máquina tenía lápices de colores, diccionarios, una buena lámpara y no sé dónde algo, tal vez una pared, amarillo cromo que le daba al lugar un aire alegre y moderno que se apartaba del resto, tan viejo y gris.

-El amarillo cromo era su color preferido.

-¿Qué edad tenías tú cuando él volvió de la Sierra Maestra?

-Unos 3 o 4 años. Recuerdo unos vasos que trajo con la imagen de Fidel, el Che y Camilo. Y un muñeco de goma con barba y vestido de verde oliva que yo llevaba abrazado día y noche. Así fue que cuando llegó Fidel me llevaron al aeropuerto y yo vi que aquellos hombres que bajaban eran iguales al muñeco que me había traído mi papá, lo cual, para mí, quiso decir que esos hombres eran buenos.

-Tu padre estaba contigo en el aeropuerto.

-No, estaba en Brasil organizando Prensa Latina con otros periodistas.

-¿Y cómo era eso del almuerzo de los domingos?

-Mis abuelos vivían en Malvín, frente a la plaza Fabini, y los domingos todos los hijos almorzaban con sus padres. Mi padre y sus hermanos, que eran nueve y varios tenían hijos. Eramos tantos que comíamos por tandas. Primero los nietos, que apenas comidos nos largaban a jugar a la plaza, después los grandes. Era como una cita de honor ese almuerzo de los domingos.

-Carlos María era el mayor.

-Sí, pero además él era como el padre de todos, yo diría que hasta de su padre.

-El tiene un cuento llamado "El regreso al origen" -que está en Los ejércitos inciertos- y tiene que ver con él y su padre. Contanos un poco de esa relación.
-Te cuento la historia real que está detrás del cuento. Un día estábamos durmiendo, mi madre y yo, cuando a las tres de la mañana golpean la ventana. Nos asomamos y vemos a mi tío que nos dice que tiene a papá en la camioneta. Esto era en el 70 y no podíamos creerlo porque papá había sido deportado en el 69. "Vístanse y vamos", dice. Nos vestimos y nos encontramos con papá en el auto y todos nos fuimos a lo del abuelo, que estaba muy grave, ya casi muriendo, y había estado dos días antes hablando conmigo cuando desde La Habana llamó papá. Recuerdo lo que el abuelo le dijo: "Hijo, yo estoy muriendo y quiero verte antes de morir. Lo único que te pido es que no le pidas permiso a nadie para entrar a tu patria. Este suelo es tuyo como de todos y no tenés que pedir permiso". Dos días después llegó papá. Jugándose el pellejo, claro. Entró al cuarto y allí estuvo toda la noche hablando con el abuelo. Se pusieron al día, cerraron cuentas. Mi tío, mamá, mi abuela y yo quedamos en el líving. Mi abuela hacía café y les llevaba. A veces con algo de comer. Hasta que llegó la mañana y papá se fue.

-¿No sabés de qué hablaron?

-No, sé que estuvieron cerrando todas las cuentas pendientes. El tema lo hablamos muchos años después y yo por respeto no pregunté. Era cosa de ellos. Pienso que hablaron mucho del país. Mi abuelo era blanco, de los blancos de antes. Admiraba mucho a papá pero seguramente tenían algunas discrepancias. Papá era en ese núcleo familiar una persona muy contenedora. Siempre sabías que contabas con su apoyo.
-Al mismo tiempo te digo que como compañera recibí de él consejos, críticas y elogios. Cosas todas valiosas. El tenía algo áspero, severo, pero serio y auténtico. Además de su humor y a menudo de su ironía, que era excepcional.

-Es posible, claro. Pero no es fácil ver esa severidad y aspereza desde mi lado. Yo pienso que papá -aunque te pueda parecer mentira- tenía cierta timidez. O tal vez pudor. Una manera de ser que yo veía también mucho en mi abuela. Esto los hacía parecer fríos y hasta algo arrogantes, pero en cuanto rascabas un poco veías que eso era pura fachada, una infinita ternura y una enorme capacidad para leer entre líneas lo que le pasaba al otro. Yo recuerdo conversaciones con él sobre mi hija en épocas difíciles. "Pero vos tenés que ver esto y esto. No te quedes con lo primero que ves, hacé una segunda lectura", me decía. Era de una gran justicia y comprensión a la hora de juzgar. Lo curioso con mi padre era que...

-Siendo un hombre tan preocupado por la cosa pública estuviera tan pendiente de lo cotidiano. ¿Eso ibas a decir?

-Sí, justamente eso. El sabía qué remedio le estaba haciendo falta a su mamá, qué pasaba conmigo o con su nieta, qué precisaba mi mamá, a pesar de estar separado y no tener ninguna obligación. Se preocupaba por todos, por sus hermanos. Uno de ellos tenía un problema en la vista y él quería que fuera a España. Tenía una espalda enorme. Y creo que nosotros tal vez, a veces, se la adjudicamos más grande de lo que la tenía. Leyendo sus cartas -que son como un manual de vida- siempre encuentro respuestas a cosas que mi hija que hoy tiene 20 años o yo nos planteamos.

-Recordá alguna de las cosas que te decía.

-Una carta, tal vez la que tengo más presente es la que me dejó cuando lo sacaron del país. Yo tenía 15 años.

Hay algo que me dice ahí y luego me repitió a lo largo de su vida. No caer en la trampa de autocompadecerse. No caer en la trampa inmovilista de tenernos lástima.

-Es un mensaje de dignidad.

-Sí, pero no desde el heroísmo y el acartonamiento sino desde lo solidario. ¿Por qué vamos a sentirnos más desgraciados que otros si somos más privilegiados que tantos? Yo fui, en el liceo, compañera de Laurita Martirena. Ese sí fue un caso terrible. Cuando volvió del liceo encontró a su padre y madre acribillados en el jardín.

-El 14 de abril de 1972.*

-Sí. "¿Tú creés -me decía papá- que nosotros tenemos derecho a quejarnos porque yo haya estado unos meses preso y porque ahora tenga que irme del país?" Eso lo aprendí muy bien. No quejarme. Yo nunca oí a papá quejarse. Ni al final, cuando estuvo enfermo.

-A pesar de que en esa enfermedad le pasaron cosas muy duras.

-Al final estaba sordo y ciego. Lo cual era como estar preso en su propio cuerpo. A pesar de esto, nos daba fuerza a los que estábamos alrededor. ¿Cuántos lectores de BRECHA se enteraron de que él siguió escribiendo casi hasta sus últimos días?

-Enterarse se me ocurre que muy pocos. Entiendo que al final veía muy poco porque creo que siempre tuvo problemas de vista. Pero ¿sordo por qué?

-Ahí hubo un error médico. Un antibiótico nuevo administrado en dosis muy altas le produjo una sordera instantánea irreversible. Se trató de traer aparatos de los países más evolucionados en esto pero era inútil, no tenía solución. Yo estaba en Venezuela dando clases en la Alianza cuando me llamaron de Montevideo. "Venite ya -me dijeron-, Carlos está muy mal." Al otro día llegué. ¿Qué creés que me dice en cuanto entro? "¿Viste ya un corresponsal extranjero sordo?" Tenía un humor negro siempre pronto que aplicaba sobre todo a él mismo. Y luego, en algún otro día: "No voy a escuchar más cómo cambia la voz de mi nieta", y "Nunca más voy a escuchar cantar a Ducho".** Otra cosa de humor negro que decía era: "No hay peor sordo que el que quiere oír". Un día lo despertamos de su siestita de pocos minutos que él llamaba siest

-¿Viste cómo sin darnos cuenta salteamos y pasamos al final? Hay que rebobinar e ir hacia atrás. Volver a tu infancia.

-Sí, vuelvo siento el olor a leña, a pipa, a tinta de máquina. Y veo a mi padre con un lápiz en la mano dibujando. Siempre dibujando. Mientras piensa, mientras habla, siempre. Millones de dibujos podrían ser el testimonio de su vida. En el 70 yo fui a La Habana a verlo. Era un momento complicado.

-La zafra de los diez millones.

-Sí. Todos estaban volcados al azúcar. Había pocas cosas. Recuerdo a papá haciendo maravillas con aquellas cajas de madera donde se ponían los habanos y las carátulas de la revista Casa de las Américas. Uno abría la caja y salía una flor, un personaje.
-¿Cómo fue tu experiencia en Cuba?

-Yo sentía, desde mi ingenuidad en aquel momento, que pertenecía a este país. Lo decía mi cédula y todos mis recuerdos. Lo que sentí en Cuba me hizo pensar que no se trataba sólo de pertenecer a un país, sino que también el país te podía pertenecer. Eso les pasaba a los cubanos. El país les pertenecía. Yo lo veía en aquella enorme solidaridad que unía a los cubanos donde el principio era: "Lo poquito que tengo lo comparto, no lo que me sobra". Sentí que aquello era una patria que nada tenía que ver con los bronces y con el pasado, sino con hombres con los que te cruzabas en la calle, saludabas y hablabas. Hombres que eran tus hermanos.

-En Cuba conociste al poeta y guerrillero salvadoreño Roque Dalton, viste a Mario Benedetti.

-Sí, tuve oportunidad de hacer trabajo voluntario en Casa de las Américas y allí estaban Dalton y Mario, quien dirigía el departamento de investigación literaria. En ese año papá ganó el premio de poesía con Diario del cuartel. Conocí también al sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, que estaba en el jurado de Casa de las Américas. Es curioso, pero creo que papá nunca estuvo totalmente convencido de que eso que había escrito fuera literatura.
-Bueno, el Negro era un hombre muy exigente. Con los demás y con él mismo.

-Sus dudas sobre sus condiciones como poeta las expresó en la cita de Juan Gelman con que encabeza el libro: "Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío".

-El, sin embargo, volvió a escribir poesía unos años más tarde, en el exilio. Hay dolores que buscan la poesía.

-Sí, claro. Este segundo libro fue gestado durante la etapa más dolorosa de su vida, el exilio.

-Qué tipo tan pudoroso era tu padre. Era evidente que sufría mucho el hecho de no poder volver. Sin embargo, era casi imposible que hablara de eso. Había que suponerlo. Recuerdo algo que dijo en su libro Incluido afuera, en el que menciona el Sorocabana. Habla de él y un amigo sentados a una mesa. ¿Lo ubicás?

-Sí, lo conozco, incluso recuerdo algunas estrofas. Ese poema se lo dedicó a Carlos Núñez.

-A ver... decí algo que recuerdes.

-Sí, trozos... "Con qué cara mirarte/ cómo tomar café con vos hablando de política o mujeres/ y planear el Estadio del domingo o el almuerzo/ en el terco fantasma de fondas demolidas/ No preguntés/ no hay nada de que haya que enterarte/ de mis nadas foráneas/ sobre todo/ si vos estás mirándome parapetado en lentes que no te conocía/ Con la misma mirada que hasta hace cuatro meses daba contra una reja y una ventana ciega/ intentemos apenas retomar/ si es posible/ el hilo de la vida/ no sé decirte cuál/ sólo la vida/ yo fui y soy nada más/ que el lector de tu cárcel/ a lo lejos y a salvo/ testigo de tu sueño/ que resisto a la muerte/ avergonzado inútil contertulio/ de este café olvidado/ que se enfría.

-¿En ningún lado dice que esta poesía la dedicó a Carlitos Núñez?

-No lo dice. Me lo dijo a mí un día hablando de Carlitos. Ya que estamos hablando de su poesía, te cuento algo muy lindo que pasó en Bruselas. Un día entro a la Casa Latinoamericana y veo un afiche salvadoreño con la letra de la "Milonga del fusilado".

-La que cantaron Los Olimareños.

-Sí. Me acerco a ver si estaba firmada y leo: "Autor anónimo". Le cuento a un amigo salvadoreño que estaba en la casa que esa canción la había escrito mi padre. El me cuenta entonces que ese poema lo habían encontrado en el bolsillo de un militante muerto. La sacaron de allí y les gustó tanto que hicieron el afiche. En El Salvador -dijo- esta milonga se canta cuando un compañero se casa. Se lo conté a papá en Madrid, le llevé el afiche y pude ver cuánto le gustaba la historia. Me dijo: "Las cosas que uno escribe se vuelven importantes cuando se hacen anónimas. Cuando ni se recuerda quién las escribió y son de todos. Porque eso quiere decir que sirvieron".

-Contame de cuando fue deportado. La despedida.

-Lo llevaron esposado de la cárcel al avión y pidió pasar por mi casa, donde yo estaba en cama, muy enferma, para despedirse. Lo llevaron. Mi cama fue rodeada por cinco o seis soldados con ametralladoras y a él lo dejaron verme desde la puerta. No pudo acercarse, darme un beso, nada. El operativo fue descomunal, rodearon la casa y pretendieron que mi madre firmara un papel donde prometía entregarlo si él escapaba. No firmó, claro. El desde la puerta me dijo: "No te preocupes, chiquita, nos veremos pronto". Y me dejó la carta ésa de que te hablé.

-¿Para dónde fue tu padre en ese momento?

-A La Habana. Seis meses después, en el 70, voy a verlo y me quedo seis meses con él. Vuelvo y por seis meses pasamos incomunicados. El estaba en La Habana y la comunicación era muy difícil. Volvemos a vernos en Buenos Aires en el 74, cuando él vino a trabajar a Prensa Latina. En ese momento yo empiezo a viajar a menudo para verlo, hasta que decido irme a pasar unos meses, un año con él. Era el 76.

-Sí, ¡uy! A los dos meses viene el golpe en Argentina y a papá le aconsejan que se vaya. De ahí arrancamos para Europa. Estuvimos un mes en España, después del cual salimos para Estocolmo, donde había sido nombrado corresponsal de Prensa Latina. En Estocolmo paso tres meses, al cabo de los cuales vuelvo.

-Creo que tu padre, a pesar de que tenía allá un trabajo muy bueno, no vivió bien.

-No se reduce a eso. -No, claro que no, pero es bastante importante el trabajo.

¿Cómo hacía allá tu padre con el idioma? Era corresponsal. ¿Cómo hacía?

-Ah... qué difícil. Empezando por el idioma, que es totalmente endemoniado. A Ducho y a mí nos llamaba la atención verlo con los diarios suecos y un diccionario. Era imposible entender cómo podía hacerlo. Había en la embajada de Cuba una traductora que le daba una mano pero, de cualquier modo... No sé cómo hacía. Lo veíamos y le decíamos "¿De verdad estás leyendo o hacés como que leés?". Aquello no era un idioma, era una venganza.

-En Suecia tu padre y Ducho quedaron unos años.

-Sí, cuatro. Yo, en cambio, a los tres meses me voy y me instalo en Bélgica, en Bruselas.

-No tenías problemas con el francés.

-Yo soy profesora de francés. Ellos, después de los cuatro años en Estocolmo, se radicaron en España y un tiempo más tarde en Venezuela. En el año 83 yo me voy a vivir por un tiempo a Venezuela.

-Donde trabajás en la Alianza.

-Sí, ahí pasé dos años cerca de papá.

-Y te casaste con un venezolano con quien tenés hoy, aquí en El Pinar, La casita del Pan.

-Sí, sí, claro. Con César tengo La casita y un hijo de 5 años, Alejo.

-¿En qué año volviste?-En el 91. -Tu hija Paula, de 21 años, nació en Bruselas.

-Sí, papá viajó de Estocolmo para el parto y pudo más tarde disfrutarla en Caracas durante dos años.

-¿El papá de Paula, de quien te separaste más tarde, es belga?

-No, es un uruguayo que estaba exiliado en Bélgica.

-¿Cómo fue tu vida en Venezuela?

-Primero trabajé como traductora en el sela y luego como profesora en la Alianza Francesa, donde conocí a César, mi marido actual.

-El que dice "chévere". Hoy me lo dijo por teléfono. En Venezuela estabas cerca de tu padre.

-Sí, por suerte, porque pude contar con su apoyo en momentos difíciles. Ayer estuve releyendo sus cartas y vi ahí cosas que no se cansaba de decirme, como "El tiempo es el gran maestro. Vos ahora ves las cosas de una manera, dejá que se decanten".

-Se refería tal vez a tu separación. ¿Te dolió mucho?

-Lo que me dolía era todo lo que tenía que ver con mi hija a partir de la separación. Ahí él habló muchísimo conmigo. En algún sentido Paula estaba viviendo lo que yo había vivido años atrás. Ella era, en ese momento, mi repetición. Tanto que durante ese período él solía confundir nuestros nombres. A mí me decía Paula y a Paula le decía María. Hay muchísimos cuentos de esa época que él grabó para ayudarla a pasar el trance. Los llamaba "Los cuentos de la puertita". En los cuentos la niña protagonista tenía un cuartito donde había un ropero cuya puerta conducía a otra casa con otros personajes. Eso tenía que ver con que Paula, a partir de la separación, tendría que vivir en dos casas diferentes. Lo que él trataba de hacer era integrar lo que la separación desintegraba. Hace unos meses nos sentamos Paula y yo toda una tarde a escuchar los cuentos que él había grabado. El grababa esos cuentos y se los daba o se los mandaba. Con los cuentos también venían colores y el pedido de que los ilustrara.

-Cuánto hay de él. Público, privado.

-Mucho. El a veces me decía: "Cuando yo muera lo que te voy a dejar son los libros y un montón de deudas". Se olvidó de su mayor legado: todo lo que me enseñó. La fuerza que me dio y me sigue dando. Es curioso, pero mi padre respecto a Paula fue medio visionario. Las cosas que le pasaban a la protagonista de los cuentos -que en definitiva era Paula- le pasaron más tarde a ella. Hay por ejemplo una relación de la niña con un perro que se repitió exactamente igual. Y muchas otras cosas.

-Habiendo sufrido él como sufrió en el exilio debe haber hablado de eso contigo.

-Sí, mucho. Pero no sólo del exilio sino del hecho de vivir fuera de nuestro país. Para este padre que nunca había coartado la libertad de su hija, el que ésta con 21 años viviera en un país que no era el suyo le hacía redoblar sus enseñanzas. Te leo un pedacito de una carta suya. "Tendrás que irte aproximando lentamente al nuevo tipo de vida que Europa representa, sin perder tu propio enfoque de la vida. Hasta que ambos aprendan a convivir armoniosamente en ti, sin cerrarte a las nuevas costumbres, pero sin perder tampoco ciertas negativas a admitir algunas de esas costumbres. Porque en caso contrario habrás sido absorbida por el estilo europeo y dejarás de ser latinoamericana. Pero tampoco serás europea, sino otra víctima de la transculturación, o sea, nada".

-Pensemos en tu vuelta. Volviste en 1991. ¿Por qué no te quedaste en Caracas?

-Yo me fui con la idea de volver. Viví quince años en el exterior, un poco como en el hall del aeropuerto. Siempre con las valijas prontas. ¿Para qué voy a comprar una cama mejor si tan pronto me voy?

-Eso es malísimo. -Sí, yo viví siete años así en Bruselas, lo cual me desequilibró enormemente y no ayudó en nada a Paula.

-En una entrevista a Patricio Contreras, éste dice que él recién empezó a vivir en Buenos Aires cuando sacó del cuarto la valija con parte de las cosas que había traído de Chile. Lo cual, por supuesto, no significaba borrar a Chile.

-Hay un poema de Brecht sobre esto donde dice que no clavó un clavo ni plantó un árbol porque no quería regarlo y total ya se iba. Eso es lo que uno piensa. "No vale la pena", "ya me voy", "ya me voy". Esto le pasó a mucha gente en el exilio.

-Pero tú no estabas exiliada.

-Yo diría que sí. Muchas veces me llevaron para interrogarme.

-Otra cosa en contra era ser hija de tu padre.

-Sí, además porque yo tenía bastante militancia como para que fuera peligroso vivir acá. Y lo que puedo decirte es que el exilio es mucho más doloroso de lo que se ve de afuera. Hay cosas que ahora que estoy estudiando psicología veo mejor. El exilio no sólo es traumático porque no elegís cuándo te vas, sino porque tampoco elegís cuándo volvés. Yo creo que enfrentada a la necesidad de irte podés tener tres actitudes. Agarrar el ladrillo que te permitirá mostrarle al mundo cómo era tu casa. Eso dice Benedetti, que lo tomó de un poema de Brecht en La casa y el ladrillo. Con ese ladrillo podrás hacer tu casa. Levantar una muralla que te asile de los diferentes, con lo cual sólo te mirás en los iguales, en una imagen de rebote que no te enriquece. Te llevaste un álbum de fotos que cada día vas idealizando más. Otra actitud es "me olvido de cómo era mi casa, lo que tengo que hacer es integrarme a esto lo más posible"... Bueno, ya hablamos de esto.

-Sí, hablamos, aunque no del exilio, del hecho de ir a vivir a otro país. ¿Y la tercera actitud?

-Usar el ladrillo como un puente para dar y recibir. Mirá, te cuento qué hacía yo en la buhardilla, a donde fui a vivir cuando llegué a Bruselas. Agarraba un papel y ponía en una punta "Plaza Independencia" y en la otra "Obelisco" y escribía todas las calles que atravesaban 18 de Julio. A ese punto de locura llegué. Tenía miedo de olvidar nombres. Una y otra vez me venía a la memoria uno de los últimos días que pasamos en Montevideo antes de que se fuera. Habíamos tomado café en un bar que estaba cerca de El Gaucho. Cuando salimos empezamos a caminar por Ejido hasta La Paz, que era su barrio de niño. Ahí me mostró la casita en que había vivido de chico, el zaguán donde se sentaba. Y luego la escuela, un edificio muy grande, creo que en Paysandú -dice y mira para afuera la calle soleada de El Pinar con niños que corren, tropiezan, entre los que está su hijo Alejo. Mira luego las paredes, las vitrinas llenas de panes y pastelería europea de La casita del Pan, que manejan ella y su marido y es donde estamos, sentadas a una mesa, hablando-. Me gusta mucho Montevideo -dice finalmente-. Estoy cansada de El Pinar. Quiero vivir en Montevideo. ¿De qué hablábamos?

-Del barrio donde tu padre vivió de niño, y antes de eso, del exilio. ¿No creés que la gente que quedó aquí entiende mal el exilio?

-Sí, es una experiencia difícil de imaginar para los que se quedaron. De eso hablamos mucho en Venezuela con papá. El me decía que había que tener cuidado y no venir con una actitud de soberbia. Que había que venir a escuchar porque quienes quedaron tenían más para decirnos que lo que teníamos nosotros para decirles a ellos. Fue muy grande el dolor de los que no salieron porque fueron despojados de nosotros, que éramos sus amigos, y también de la posibilidad de hacerse nuevos amigos porque vivieron en el miedo. Una compañera que no se fue me dijo: "La paranoia era tal que no pudimos hacer nuevos amigos".

-Yo sé que tu padre era muy pudoroso en todo lo referente a su vida privada, pero quiero que me cuentes algo que, a pesar de corresponder a un hombre muy pudoroso, se pueda contar. Estamos recordando su muerte hace diez años. Él como periodista sabría que es obligatorio decir algo sobre este tema. Algo.

-Decí que ciego y sordo, al final, nunca nos escamoteó ni una sonrisa, ni las palabras que servían para sostenernos. 

* El día en que, tras la ejecución de cuatro integrantes del Escuadrón de la Muerte por los tupamaros, las Fuerzas Armadas masacraron a ocho guerrilleros.

** Dahd Sfeir, su última pareja.