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HACE 50 AÑOS MORIA ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO

Poeta de la ciudad y su gente

* Fue el 23 de diciembre de 1951, minutos antes de la medianoche, cuando se moría "de ganas de morirse" una de las más altas voces poéticas que tuvo el tango. Sin duda Santos Discépolo fue uno de los hombres más gráficos y hondos para registrar a ese ciudadano del Río de la Plata que deambula con su carga de vida y de dolor cada día.

Enrique Santos Discépolo.
RUBEN BORRAZAS

Con él llegó a la poesía del tango el desgarramiento interior del hombre solo ante la ciudad y el mundo, el escepticismo y el desencanto descarnado en una confesión, la cruda radiografía de una sociedad injusta y cruel, la búsqueda de un Dios, así como la encrucijada de un amor que condena o libera en un desenlace fatal.

Cantó y explicó su soledad apoyándose en la melodía de los tangos, irguiéndose con su voz y tomando de interlocutor válido solamente a las criaturas que pueblan las ciudades.

En una de sus ocurrentes confesiones había manifestado en una oportunidad: "Una canción es un pedazo de vida, un traje que anda buscando un cuerpo al que le caiga bien. Cuantos más cuerpos existan para ese traje, mayor será el éxito de la canción, porque si la cantan todos es señal que todos la viven, la sienten, les queda bien. Por eso un tango puede escribirse con un dedo, pero necesariamente se escribirá con el alma".

En toda su obra, Discépolo propone una manera de cantar opinando, pensando, protestando, ya no son los hombres y mujeres del arrabal los que habrán de estar en las letras de tango. Ahora de su pluma se incorporan a la temática tanguera las criaturas de la ciudad moderna, socialmente agresiva, de temperamento caótico, producto de la crisis económica en que está inmersa dicha sociedad y que hace levantarse todas las mañanas a estas criaturas con un gol en contra.

Eran los años treinta, tiempos de la llamada "década infame" en la Argentina, luego vimos que vendrían otras, y el poeta lo decía todo en forma sarcástica, ácida y amarga. "Cuando rajés los tamangos/ buscando ese mango que te haga morfar/ la indiferencia del mundo/ que es sordo y es mudo/ recién sentirás..."

"Cambalache", "Uno", Confesión", "Tormenta", "Canción desesperada", "Martirio", "Que vachaché", "Esta noche me emborracho", son algunos de esos gritos airados y rebeldes que Discépolo dejó para seguir cantando frente al dolor y la injusticia.
 
 

"Duele como propia la cicatriz ajena..."

Desde los sectores poderosos siempre lo miraron mal. Era una especie, de lo que luego serían los hippies de los sesenta o un punk actual. Nunca le perdonaron lo que decían sus tangos. "Cambalache", compuesto en 1935, acusa a los sables sin remache, al calefón de una supuesta modernidad, haciendo temblar a los alcahuetes del poder de turno gritándoles: "el que no llora no mama y el que no afana es un gil". Por ello, este tango, se convirtió en un himno de los pobres, de los perseguidos, de los laburantes sin futuro, de los honrados. Como si fuera un tango destinado a ser moneda de uso diario.

Toda su obra tiene un humor sin alegría, un humor cáustico, un llanto profundo, un aire pesimista. Dijo cosas terribles en sus letras, era su forma de esconder, detrás de ese decir patético, el amor que sentía por la gente.

Un grande del tango, Homero Manzi, le escribió un poema en su homenaje que luego musicalizó Aníbal Troilo, diciendo en uno de sus pasajes: "La gente se te arrima con su montón de penas/ y tú las acaricias casi como un temblor/ te duele como propia la cicatriz ajena/ aquel no tuvo suerte/ y ésta no tuvo amor..."

Alguien podrá sostener que la poesía suya ha contribuido a exacerbar el derrotismo ciudadano, sin embargo en el encanto de su belleza poética se encuentra, siempre, un hálito de paradójica esperanza, dentro de un conmovedor realismo.
 
 

Morir de espanto

Después de asumir por años las cicatrices de los otros, no pudo resistir su propia cicatriz. Su esposa Tania recordaba así su final: "Se fue muriendo de ganas, de amargura, renunció a la redada tanguera de la madrugada, a la que me acostumbró toda la vida. Dejó de comer... llegó a pesar treinta y siete kilos y a revivir en aisladas ironías. Pronto las inyecciones me las van a poner en el sobretodo, fue una de las más risueñamente patéticas".

Quizá Enrique Santos Discépolo tuvo las mismas razones para vivir como para morir. Era tal vez un místico, por eso quedó pendiente de un hilo, durante sus cincuenta años de vida, la espera de un Dios nombrado casi treinta veces en sus letras de tangos y que nunca llegó.

El siglo veinte que él sentía febril, obstinado en destruirse, sin rumbo y sin moral sigue estando presente en el nuevo que comienza. Tal vez por eso se murió de espanto.


 
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