Perfiles
8 de octubre de 2002
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PAGINA/12 de Argentina - 8 de octubre de 2002

HACE HOY 75 AÑOS MORIA
EL ESCRITOR RICARDO GÜIRALDES

Un patricio
con espíritu gauchesco

El autor de “Don Segundo Sombra” resignificó la imagen brutal del gaucho, y obtuvo así elogios de Borges, Lugones y Marechal.

Angel Berlanga
Güiraldes era “un señorito”, según el escritor David Viñas. Su famosa novela “Don Segundo Sombra” lleva ya 50 ediciones.
Si hasta estos días su nombre, Ricardo Güiraldes, todavía se sigue diciendo es, por sobre el resto de su obra, debido a Don Segundo Sombra, la novela que publicó en julio de 1926. Ese mismo año, para sorpresa del propio autor, agotó dos ediciones, en lo que significó para la época un auténtico éxito de público y crítica, porque de inmediato tanto Jorge Luis Borges como Leopoldo Lugones se esmeraron enfáticamente en escribir sus bendiciones literarias. Aunque con el correr del tiempo Borges cambió de idea respecto de la novela y algunos otros relativizaron su valor, el libro parece seguir teniendo lectores: hace poco apareció la edición número cincuenta. 
Para Güiraldes esos dos asuntos que terminarían resultando consagratorios, crítica y público, le fueron en parte esquivos para con sus primeros libros y le causaron más de una amargura. Ante los comentarios adversos de las revistas literarias respondía de inmediato, e incluso escribió sobre la “impotencia” y la paradójica “supremacía” de los críticos. Y ante la falta de interés por sus obras iniciales fue más drástico: hizo un pozo en su estancia y enterró centenares de ejemplares que no consiguieron lector. “Ni mis parientes los leían”, escribió en una carta. Tampoco pudo disfrutar demasiado del reconocimiento por Don Segundo Sombra, porque, enfermo de cáncer, al año siguiente de la publicación murió en París, el 8 de octubre de 1927, con apenas 41 años. Se cumplen hoy 75 desde esa fecha, y la novela sigue siendo un sólido ladrillo en la construcción de las letras argentinas. 
El personaje, Don Segundo Sombra, es percibido y retratado en la novela por el narrador como un héroe gaucho, resero y domador, admirable por su aplicación, conocimiento y habilidad en los trabajos camperos. Un hombre muy diestro para la pelea que sin embargo evita el cuchillo y que, llegado el combate, evita matar. Un hombre que no habla de más; en ese marco está admitido el retruque ingenioso y el relato de historias. Sombra no tiene problemas con la ley ni con los patrones, no discrepa con ellos y tampoco cuestiona el orden prestablecido. No se queja y aguanta las adversidades con fuerza y naturalidad. El narrador, coprotagonista, en su adolescencia descubre al héroe, se deslumbra, decide largar todo y emprender el viaje tras sus pasos, aprender de él. Güiraldes se detiene poético y pictórico, enérgico y conciso, en cada elemento de la pampa bonaerense, y cuida que nada ajeno interfiera en ese escenario nacional. Hay, apenas, unos comentarios socarrones para unos extranjeros en una fonda. Ni siquiera el mar, al ser descubierto, requiere más atención que una vaca. 
Descendiente de una familia patricia, nacido el 13 de febrero de 1886, Güiraldes supo de los menesteres del campo porque su padre, intendente de Buenos Aires en la época del Centenario (1910), era dueño de la estancia La Porteña, en San Antonio de Areco, promocionada desde hace unos años como destino turístico y museo del escritor. Tras fallidos intentos por estudiar Arquitectura y Derecho, Güiraldes se decidió por la literatura. Era “un señorito”, según David Viñas. A tono con su clase, muy viajado y cosmopolita. En 1910 partió hacia París y luego recorrió Europa y Medio Oriente. Volvió un par de años después, se casó con Adelina del Carril y publicó (y luego enterró) sus dos primeros libros: El cencerro de cristal y Cuentos de muerte y de sangre. Fracaso y posterior viaje hasta Mendoza, Chile, Caribe, Jamaica, como para despejarse. De la recorrida, años después, saldría Xaimaca, una novela de amor con formato de diario poético, la preferida de Adolfo Bioy Casares entre su producción. Las novelas Rosaura y Raucho completan la lista de lo publicado en vida.
Distribuyó sus lugares de residencia entre Buenos Aires, La Porteña y Europa. En los años 20 se vinculó, en París, con la vanguardia literaria, movimiento que más tarde buscó recrear aquí, especialmente a través de revistas como Martín Fierro y Proa, en compañía de figuras como RaúlGonzález Tuñón, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Macedonio Fernández y Borges, entre tantos. Desde agosto de 1924 y hasta 1925, junto a Borges, dirigió Proa. Roberto Arlt, quien por entonces era su secretario, publicó allí dos cuentos que poco después formarían parte de su primera novela, La vida puerca, corregida por Güiraldes y retitulada, por sugerencia suya, El juguete rabioso. “Todo aquel que pueda estar junto a usted sentirá la imperiosa necesidad de quererlo”, anotó Arlt en la dedicatoria de su libro, cuya primera edición, al igual que el Don Segundo, es de 1926. Beatriz Sarlo y David Viñas escribieron –tangencialmente– sobre los apasionantes contrastes (estilo, ámbitos, morales y evoluciones) y coincidencias (adolescencia de los protagonistas, inicio de un periplo) entre ambas novelas. En esas coordenadas late una historia gigantesca, pendiente de ser contada.
Según observó Borges a poco de la aparición de Don Segundo Sombra, Güiraldes resignificó la imagen, hasta ese momento brutal, del gaucho. Leopoldo Marechal, por su parte, escribió: “Me parece la obra más honrada que se haya escrito hasta ahora sobre el asunto (por el criollismo). El autor destierra ese tipo de gaucho inepto, sanguinario y vicioso que ha loado una mala literatura popular”. “Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre”, escribió Güiraldes al final de la novela, en referencia a Don Segundo Sombra perdiéndose en la llanura. Una idea acabada, pretendida definitiva. Atahualpa Yupanqui, años más tarde, escribió y cantó sobre el paisano que ama a su tierra pero sufre de miseria y marginación, que está en conflicto con patrones e instituciones, y que incluso llega a ser perseguido. 
Con el tiempo Borges mantuvo por Güiraldes su reconocimiento personal (una muestra es el poema que le dedicó), pero tras señalarlo como figura clave y renovadora de las letras del primer cuarto de siglo le retaceó elogios literarios. “El narrador de Don Segundo Sombra no es el chico agauchado –escribió–; es el nostálgico hombre de letras que recupera, o sueña recuperar, en un lenguaje en que conviven lo francés y lo cimarrón, los días y las noches elementales que aquel no hizo más que vivir.” Los dos registros, en efecto, están en la novela, y tomados por separado acaso resultaran impecables, en especial la oralidad de los personajes. El contraste se evidencia en el lenguaje del seguidor de Don Segundo Sombra, quien narra “francés” y dialoga “cimarrón”. Detalles, en fin. A lomo de las cincuenta ediciones de Don Segundo Sombra cabalga, soportando estoico las inclemencias del tiempo, Don Ricardo Güiraldes.


PAGINA/12 de Argentina - 8 de octubre de 2002

Dos opiniones autorizadas

- Adolfo Bioy Casares: “Don Segundo tiene un defecto que he advertido hace unos años, tratando de leerle a Borges, no digo todo el libro, sino algunos capítulos. El defecto es que Güiraldes quiere escribir esa historia con un lenguaje muy moderno, de literatura de vanguardia, y creo que hay incompatibilidad entre esa literatura de vanguardia y el tema del campo”. (de Siete conversaciones con ABC, Fernando Sorrentino).
- Roberto Arlt: “¿Ahora qué le diremos a él, a nuestro hermano mayor, a nuestro valiente hermano mayor a quien era alegre querer? Te queríamos mucho. Todos te queríamos mucho. A veces nos imaginábamos que estabas solo e indefenso para tener la dichosa ilusión de salvarte la vida y ser héroes ante tus ojos. De verdad que te queríamos mucho. Suerte que vos lo sabías, pero a pesar de eso necesitamos charlar con vos, y renovarte, renovarte siempre, como si fueras el prodigio nuevo de nuestro conocimiento. Llevabas a Don Segundo en tu gran corazón. Nosotros muchachos cínicos y desgastados de esta ciudad sombría te llevamos a vos: el señor don Ricardo Güiraldes. Iremos alguna vez a tu sepulcro donde el viento levanta tierra y el sol quema los yuyos para llorar despacito y para hacerte compañía, a vos hermano nuestro mayor y valiente, noble fiesta de Dios”. (Citado en El escritor en el bosque de ladrillos, Sylvia Saítta.)Dos opiniones autorizadas
- Adolfo Bioy Casares: “Don Segundo tiene un defecto que he advertido hace unos años, tratando de leerle a Borges, no digo todo el libro, sino algunos capítulos. El defecto es que Güiraldes quiere escribir esa historia con un lenguaje muy moderno, de literatura de vanguardia, y creo que hay incompatibilidad entre esa literatura de vanguardia y el tema del campo”. (de Siete conversaciones con ABC, Fernando Sorrentino).
- Roberto Arlt: “¿Ahora qué le diremos a él, a nuestro hermano mayor, a nuestro valiente hermano mayor a quien era alegre querer? Te queríamos mucho. Todos te queríamos mucho. A veces nos imaginábamos que estabas solo e indefenso para tener la dichosa ilusión de salvarte la vida y ser héroes ante tus ojos. De verdad que te queríamos mucho. Suerte que vos lo sabías, pero a pesar de eso necesitamos charlar con vos, y renovarte, renovarte siempre, como si fueras el prodigio nuevo de nuestro conocimiento. Llevabas a Don Segundo en tu gran corazón. Nosotros muchachos cínicos y desgastados de esta ciudad sombría te llevamos a vos: el señor don Ricardo Güiraldes. Iremos alguna vez a tu sepulcro donde el viento levanta tierra y el sol quema los yuyos para llorar despacito y para hacerte compañía, a vos hermano nuestro mayor y valiente, noble fiesta de Dios”. (Citado en El escritor en el bosque de ladrillos, Sylvia Saítta.)


PAGINA/12 de Argentina - 8 de octubre de 2002

La concisión del francés

“Los franceses han sido, antes que nosotros los de habla española, buscadores de concisión en la literatura. De esto no puede inferirse que todo propósito de concisión tenga abolengo francés. Cuando escribí los Cuentos de Muerte y de Sangre y El Cencerro de Cristal, pasaba por una desesperada crisis de sintetismo. Tengo apuntado mi propósito en la siguiente frase: “Quisiera que mis cuentos fueran extractados, breves, concisos, lo que más me gusta de la mano es el puño”. Afán de vigor en el fondo, que requerían los sujetos enérgicos de los relatos criollos. En cuanto a los versos, estaba harto de poesía-caramelo, de sentimentalismo, de retórica. La necesidad de acercarme a la vida me alejaba naturalmente de los gestos falsos que significaban ante todo: “Miren, miren cómo me floreo”. Actitud romántica de eterno exhibicionismo a la cual por cansancio estábamos forzados a contestar: “No nos sobrehumanicemos tanto, antes pensemos que en las míseras pequeñeces cotidianas hay algo que expresa nuestro cariño”. La severidad bombástica de los fabricantes de sublime, de trascendental y de conspicuo, exigía una contraparte de simplicidad y de risa. Hartos de andar montados sobre un caballo de general, teníamos prisa por abandonar toda actitud de monumento, para tirar unas zapatillas al aire, sin preven (sic) de los que nos miraban por el vidrio de aumento de su dignidad. “La rire gaulois”, dicen los franceses. ¿No hay en español este orgullo de nacionalizar la risa? Creo que no. Pero puedo afirmar que aunque la risa fuera tachada de pecaminosa, nosotros nos reiremos cuanto nos plazca aunque lo hayan hecho antes los Atlantes y lo hagan hoy los negros de Madagascar. No podemos sino alegrarnos pensando que otros han disfrutado antes que nosotros de este gran privilegio de la alegría. 

Este texto fue tomado de “Los cuadernos perdidos”, de Ricardo Güiraldes.

 
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