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20 de Octubre de 2002
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LA
REPUBLICA de Uruguay 20 de Octubre de 2002
Andrés TorronUn pianista se prepara meticulosamente para dar su primer concierto en un teatro del Interior. Ensaya hasta su entrada al escenario, pero no prevé que un gato subirá al escenario con él. Un frustrado vendedor puerta a puerta de medias, marca "Ilusión", idea ponerse a llorar para mejorar sus ventas. Un balcón se desploma por celos. Un hombre sueña que en algún momento fue un caballo. Un distraído pasajero de un tranvía es "vacunado", con una extraña jeringa. Se da cuenta que le han inoculado la propaganda de unos muebles que suena constantemente en su cabeza. El universo de los relatos de Felisberto Hernández es tan extraño como cotidiano. Se lo ha señalado más de una vez como uno de los pioneros, junto a Jorge Luis Borges y Macedonio Fernández (casualmente o no tanto, todos autores rioplatenses) como un pionero de la literatura fantástica latinoamericana, un antecedente fundamental del realismo mágico que vendría después. Pero la fantasía de Felisberto no es la ficción desmesurada y mágica de García Márquez, sino una de todos los días, que parece estar más dada por el sujeto que observa las situaciones que por la situación en sí. Es posible comparar la literatura de Felisberto con el cine de Buster Keaton en la que un personaje impasible debe hacer frente a situaciones totalmente inesperadas, que generalmente lo sobrepasan ampliamente, en su humana pequeñez, pero que nunca lo sorprenden demasiado. Esas situaciones pueden ser tan fantásticas -como comenzar a emitir luz por los ojos-, como comunes -la aparición inoportuna de un gato-. Felisberto fue también un pionero en basar su literatura en el ambiente de una gran ciudad y diseñar personajes pertenecientes a la clase media, siendo un cronista de la modernidad. Los medios de transporte, la radio, los discos, las tiendas, el cine, la publicidad son materia de gran parte de sus cuentos. Un relato como "Muebles El Canario", en el que el personaje debe sufrir una invasiva propaganda que suena adentro de su cabeza, es ,cincuenta años después de escrito, de una enorme vigencia. Su forma de escribir llena de coloquialismos y exenta de afectación literaria, fue también revolucionaria. En su época llegó a decirse que escribía "mal". Se ha hablado muchas veces de que
Felisberto no se parece a nadie y es cierto, pero también es verdad
que su literatura es profundamente uruguaya. Una edición española
de sus cuentos puebla los textos de diversas llamadas para traducir los
uruguayismos del escritor. Allí uno se da cuenta de cómo
la escritura de Felisberto refleja a esta tierra.
Escritor musicalAntes de consagrarse como escritor, Felisberto era un músico muy conocido, pianista de cartel en Montevideo, Buenos Aires y diversas poblaciones del interior de ambos países. La música tiñe toda su obra. En forma literal, ya que el personaje principal de sus cuentos es él mismo -un pianista pobre, obligado a dar interminables giras dando conciertos- y también en las metáforas y en el ritmo narrativo. El contacto del artista con la vanguardia musical de su época es trasladado a las palabras. Hay mucho de fragmentación, de aleatoriedad y de evitación de lo lineal en sus cuentos, que tiene mucho que ver con la música. Hay que destacar que Felisberto fue también un muy creativo compositor, con obras muy destacables como "Negros", "Borrachos" o "Festín Chino" cuyas partituras, por suerte, han sido recuperadas.Felisberto Hernández falleció de leucemia el 13 de enero de 1964. Fiel a la extrañeza de su
obra, dejó unos cuantos cuentos escritos en un sistema taquigráfico
de su invención que aún no se ha podido descifrar. El resto
de su obra publicada está ahí pronta para descubrir.
Felisberto en décadas1901/19201902- Nace Feliciano Felisberto Hernández en Montevideo el 20 de octubre. 1921/1930 1925- Se casa con la maestra María Isabel Guerra y ese mismo año publica su primer libro, Fulano de Tal. En 1926 nació en Maldonado su primera hija, Mabel. Se publica Libro sin Tapas en 1929 y La cara de Ana en 1930. Su interés por la filosofía, la psicología y el arte, lo llevó a integrar el círculo de amigos al que pertenecían Vaz Ferreira, Alfredo y Esther Cáceres y Joaquín Torres García, entre otros. 1931 /1940 Publica La envenenada en 1931. En 1937 se casa con la pintora Amalia Nieto (En 1935 se había divorciado de María Isabel Guerra). En 1938 nace su segunda hija, Ana María. En 1939 estrena Petruschka de Strawinsky en el Teatro del Pueblo. Hacia 1940 abandona definitivamente su carrera de pianista y se dedica a la literatura. 1941/1950 En 1942 publica Por los tiempos de Clemente Colling y en 1943 El caballo perdido, obteniendo un premio del Ministerio de Instrucción Pública. Ese año se separa de Amalia Nieto. En 1946 viaja a París con una beca del gobierno francés. La Editorial Sudamericana publica en 1947, Nadie encendía las lámparas. A fines de ese año, su mentor y amigo, Jules Supervielle, lo presenta en el Pen Club de París y en el anfiteatro Richelieu de La Sorbonne. Aparece en La Licorne la primera traducción al francés del cuento "El balcón". En 1948 regresa a Montevideo. Se casa con la española María Luisa de las Heras, de la que se separa en 1950. En Escritura aparece por primera vez Las Hortensias en 1949, publicada en 1950 por editorial Lumen. 1951/1960 En 1954 se casa con la pedagoga Reyna Reyes. En 1955 publica su "manifiesto estético": Explicación falsa de mis cuentos en La Licorne. Ingresa de taquígrafo en la Imprenta Nacional (él mismo había inventado un sistema taquigráfico con el que copió algunos de sus cuentos y el cual, aún, no ha podido ser descifrado). En 1958 se separa de Reyna Reyes. En 1960 publica La casa inundada. Ese año comienza su noviazgo con María Dolores Roselló. 1961/1964 En 1962 sale la edición de El cocodrilo y, póstumamente, en 1964, Tierras de la memoria. Muere el 13 de enero de 1964.
LA REPUBLICA de Uruguay 20 de Octubre de 2002 Un escritor distinto Felisberto Hernández fue también un creativo compositor. Italo Calvino (*)Uruguayo, nacido en Montevideo, narrador y pianista. Es quizá el exponente más brillante de la literatura fantástica de su país, y a juicio de los críticos comparte con Borges la primacía de ese género en la literatura rioplatense Las aventuras de un pianista paupérrimo, en quien el sentido de lo cómico transfigura el amargor de una vida amasada con derrotas, son el primer apunte del que parten los cuentos del uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). Basta con que se ponga a narrar las pequeñas miserias de una existencia transcurrida entre orquestinas de café en Montevideo y giras de conciertos por pueblitos provincianos del Río de la Plata para que en las páginas se acumulen gags, alucinaciones y metáforas en los que los objetos cobran vida como personas. Pero éste es sólo el punto de partida. Lo que desata la fantasía de Felisberto Hernández son las inesperadas invitaciones que abren al tímido pianista las puertas de misteriosas casas, de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis. Un chalet apartado, el infalible piano, un caballero dulcemente maníaco o perverso, una doncella visionaria o sonámbula, una matrona que celebra obsesivamente sus infortunios amorosos; diríase que se han reunido aquí los ingredientes del cuento romántico a lo Hoffman. Y ni siquiera falta la muñeca que parece enteramente una jovencita; aún más, en el cuento Las Hortensias hay todo un surtido de muñecas rivales de las mujeres de verdad que un fabricante tentador construye para alimentar las fantasías de un extraño coleccionista y que desencadenan celos conyugales y turbios dramas. Pero cualquier posible referencia a una imaginación nórdica se disuelve al punto en la atmósfera de esas tardes en las que se sorbe lentamente mate sentado en un patio o se está en el café contemplando cómo un ñandú pasa entre las mesas. Felisberto Hernández es un escritor que no se parece a nadie: a ninguno de los europeos y a ninguno de los latinoamericanos, es un "francotirador" que desafía toda clasificación y todo marco, pero se presenta como inconfundible al abrir sus páginas. (*) Escritor italiano. Prefacio a la edición italiana de La casa inundada en 1961.
LA REPUBLICA de Uruguay 20 de Octubre de 2002 Una llave para abrir las puertas del futuro Julio Cortázar (*)Solitario en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano. No es casual que la abrumadora mayoría de sus relatos haya sido escrita en primera persona. Basta iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más -buenos días, Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?-, en ese reconocimiento que sólo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento, la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama vivir. Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras que ayuden a compartirla. La calificación de "literatura fantástica" me ha parecido siempre falsa, incluso un poco perdonavidas. Releyendo a Felisberto he llegado al punto máximo de este rechazo de la etiqueta "fantástica"; nadie como él para disolverla en un increíble enriquecimiento de la realidad total, que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio como el elefante apuntala al mundo en la cosmogonía hindú. (...). Para algunos de nosotros, gentes del Río de la Plata, los relatos de Felisberto no cuentan por esas coexistencias que poco le hubieran interesado a él. Lo que amamos en Felisberto es la llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del Interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de mostrar que pueden ser la misma cosa? El drama actual del Uruguay está prefigurado en Felisberto (...). Nuestras falencias -hablo del Uruguay y de la Argentina como de un mismo país, porque lo son mal que les pese a los nacionalitas-, nuestra fuerza secreta o desaforada, nuestra lenta, perezosa manera de ser frente al destino planetario, toda la hermosura y la tristeza de un patio de casa pobre o de un partido de naipes entre amigos, asoman en esa especie de invencible desencanto que nace de los relatos de Felisberto. Testigo sin ganas, espectador al sesgo, él toca sus tangos para mujeres nostálgicas y cursis; como todos nuestros grandes escritores, nos denuncia sin énfasis y a la vez nos alcanza una llave para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre. (*) Escritor argentino. Fragmento del prólogo "De la casa inundada y otros cuentos", Editorial Lumen, 1975. |
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