Perfiles
8 de Febrero de 2003
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Brecha 897 7/Febrero/2003

Julio Sosa, "Canela"

Un guerrero de verdad

Canela, un referente imborrable para quienes viven el Carnaval montevideano, Julio Sosa en los papeles, conversó con BRECHA sobre los buenos y los malos y sobre su feroz negativa a ser cómplice de los segundos.
María Esther Gilio
-¿Querés, en serio, que hable de mi vida? Es difícil.

-Difícil nada, ¿qué conocés mejor que tu propia vida?

Vamos bien atrás, a la infancia.

-Mi infancia no fue acá, fue en Florida, en Nico Pérez. Una infancia de sacrificios. Si pensás que éramos 16 hermanos es fácil de entender. Siendo todavía un niño nos instalamos en el Cerrito de la Victoria, de donde no nos movimos en 57 años. Era una zona de prostíbulos.

-¿Sí? No sabía.

-¡Pero!, rodeada de milicos y cuarteles, qué otra cosa podía ser. Aquí no había fábricas, m'hija. Y yo empecé ahí, vendiendo empanadas que hacía mi madre. Y después carbón, porque date cuenta que en esa época llegaban al prostíbulo las muchachas y…

-¿Cómo, no vivían en el prostíbulo?

-No, venían de otros barrios. Del Cerro, del Puerto Rico, de la Aduana. Sobre todo en días de pago de la milicada. Los días de pago el Cerrito era una pura fiesta.

-¿Cuánto se cobraría en esa época?

-Me acuerdo bien. Cincuenta centésimos, un peso, y un peso y medio.

-¿Y el precio de qué dependía, del tiempo, de la belleza de la mujer?

-No, de las habilidades. Lo más caro era servicio completo. Cuchi, cuchi, cuchaca. Era la época en que la mujer decía "La pollera hasta acá, tanto, toda la ropa afuera otro precio". Y haciendo otras chanchadas, otro precio.

-¿El carbón era para calentar los cuartos?

-No, para calentar las calderas de agua. Aquellas enormes, llamadas "calderas de quilombo". Yo tengo una. Marcelo, traé la caldera del quilombo.

Marcelo levanta la gran caldera de metal plateado donde caben por lo menos tres litros de agua. Canela me mira para constatar mi sorpresa.

-La palangana y la caldera eran imprescindibles. Tum. Tum. Agua en el calentador y dale que va otro. Después crecí y agarré un trabajo mejor. Vender diarios y lustrar en la estación Reducto. Ahí ya ganaba más y tenía otro trato, con otra gente.

-Pero no te trataban mal, me imagino, en los prostíbulos.

-No, eran amorosas. Muchas de estas mujeres hoy tienen grandes familias. Hijas médicas. Maestras.

-¿Cómo hicieron?, ¿mantenían a las hijas apartadas?

-Era la época de "no contés", "no digás". Vivían en otro barrio y venían a changuetear acá. La familia no se enteraba. O, si se enteraban, se hacían los tontos.

-¿El marido, incluso?

-Sí, claro. Hoy es diferente. La mujer anda mucho en la calle… Y ya no hay códigos.

-¿Cuáles eran esos códigos?

-Ser leales al hombre, al fiolo.

-¿Qué significaba ser leal al fiolo? Darle todo lo que ganaban.

-No lo digas así, como rencorosa. Yo discrepo de esa historia de que los fiolos las mataban a palos. Puede ser alguno, como puede matar a palos un marido. El fiolo se la tenía que jugar para defender a la mujer.

-Hablábamos de los códigos. ¿Qué códigos?

-Y… los amigos de los fiolos jamás se ocupaban con las mujeres de ellos. Había otro respeto. Los ladrones tenían códigos. Respetaban la zona en que se vivía. Respetarse entre ellos. Hoy no, cualquier ladrón, más que ladrón es un rastrillo. Hasta los políticos son un rastrillo. Que roban siempre a los de abajo, a los que no pueden defenderse. Antes el político robaba pero dejaba vivir, hoy el que roba mata al pueblo. Batlle, el viejo Batlle, era un ladrón.

-¿Batlle era un ladrón?

-Todos los políticos eran y son corruptos. Pero Batlle, Herrera, eran corruptos, pero dejaban vivir. Hoy viven en Punta del Este, son bacanes, se burlan de vos y ojo si robás un melón, porque te mandan preso. Antes se ocultaban para hacer sus cosas, tenían vergüenza. Se iban a Buenos Aires. O a París a ver a Josephine Baker... (queda pensativo).

-Quedaste pensando en Josephine Baker.

-Es mi ídola, la ídola de Marta, de la Johnson, todas nacieron a partir de Josephine. Y también Carlos Albín, Pirulo, uno de los más grandes coreógrafos que tuvo este país. El que le enseñó a caminar y a vestirse a la mujer del Carnaval. Antes, las negras, eran de pata y hacha. Con él el Carnaval fue adquiriendo refine (hizo con las manos el gesto que, en su espíritu, indicaba "refine").

-Quiere decir que hoy no todo es peor.

-Nooo. Para mí todas las épocas son buenas. Las de ayer y las de hoy. Aunque hoy cuesta más llegar al pueblo.

-¿Por qué cuesta más?

-Porque antes los vecinos ponían la guita, se levantaba el tablado y ahí caíamos todos. Hoy tiene que venir un empresario y, lógicamente, cobra la entrada. Pero de lo que me quejo hoy es de la falta de respeto a los códigos. Antes un ladrón no le robaba al pobre la bicicleta con que trabajaba, ni le sacaba el monedero a la mujer que salía al amanecer para llegar en hora a la panadería donde trabajaba. El ladrón del pasado respetaba al pobre como él, robaba, pero a las casas ricas. Hoy, van y roban una casa que no tiene una cerradura Yale, sino un candado, para llevarse la catrera y el primus. Recuerdo un ladrón, vecino de mi juventud, cuando me dijo: "Entré a la casa y eran tan pobres que les dejé un peso veinte sobe la cocina y me fui sin llevarme nada. Aquel rancho daba ganas de llorar". Hoy, van y se llevan el primus, sin pensar que esa gente, al otro día, no podrá ni calentar una taza de leche para los chicos. Los ladrones de antes eran caballeros. Y los fiolos, los caferatas, salían del Tupí, o del Antequera, se paraban en 18 y Andes y cuando pasaba una dama la saludaban con cortesía. Hoy pasa una dama y la rapiñan.

-¿Y cómo fue que entraste en el Carnaval?

-Accidentes de la vida. A mí me gustaba bailar malambo. Mi familia, todos criollos…

-Pero, ¿no es argentino el malambo?

-No, es de aquí y de allá. Hace poco en el estadio de River distribuyeron unos volantes que decían: "El tango y el candombe son argentinos. ¡Defiéndanlos!" Yo amo la Argentina, pero si los dejamos se llevan todo. ¡Nos robaron una isla! Pero es inútil. ¿Quién nos defiende? Los políticos tienen la ley de defensa del artista quién sabe en qué cajón perdido. Y otra cosa del pasado. Los artistas teníamos trabajo. Había cuarenta cabarets en Montevideo.

-¿Y quién tenía plata para ir al cabaret?

-Pero m'hija, Montevideo era la tacita de plata. Esto estaba lleno de argentinos que venían a ver a los negros candomberos. Venían a divertirse con el Carnaval, a hacer sus chanchadas en los quilombos y a jugarse el sueldo en los casinos. Era una maravilla.

-¿Tenés una foto de cuando salías con cintas y plumas?

-Ahí, en la pared, hay una. Fue hecha en París.

-¿De qué estás vestido?

-De La dulce melodía hecha canción. Mirá qué gambas. Ahí era un bebé de 27 años.

-Y ya habías dado el paso hacia el baile.

-Un señor, Salvador Granata, que me compraba el diario, me vio, un pardito pintún y bastante coqueto, de rulitos. Podés imaginarte, a los 70 todavía doy el golpe. Y me dijo de ir al ensayo de una revista. "No", dije yo, "me agarra mi madre y me muele a palos. En mi casa hay que laburar".

-¿Cómo era tu madre?

-Una mujer maravillosa, a la antigua, pero que entendía todo.

-¿Qué cosas entendía?

-A la gente. Entendía a la prostituta, al homosexual. Todo entendió y aceptó en la vida. Parió 16 hijos y lavó ropa para ayudarnos a todos. Cuando yo fui a plantearle de salir tenía 14 años. Ella dijo: "Mire m'hijo, usted no sirvió para sacarle jugo al lápiz, si esto le parece que le va a gustar, pruebe. Pero no debe olvidar que debe seguir trayendo su pan. No sea cosa que lo traigan sólo sus hermanos. Y usted se coma el pan ajeno". Sabiduría de mi madre. Y bueno, fui y empecé como bailarín de fondo. Hasta que a los 18 empecé a trabajar en el cabaret. Estaba el Embassy, el Royal, el Pigalle, el Bonanza, el Sevilla Colmao. A lo que no existía la televisión, había grandes cuerpos de baile. Todos teníamos trabajo. Yo a veces hacía tres cabarets por noche.

-¿Cómo era la ropa, en esa época?

-Era la épocas de las blusas, grandes volados. Mucho paillaité, pero hecho a mano, no ese pegado que hoy mandan los chinos.

-Tipo Miguel de Molina.

-Sí, así. El vestuario era muy rico, mucho despliegue de telas. Hoy no se puede. Sacar la comparsa como la saco yo es un gran sacrificio. Nadie nos da nada, ni el Ministerio de Cultura, ni el municipio.

-¿Y cómo se fue formando ese grupo de tamborileros y bailarines con que salís al Carnaval desde hace años?

-Yo siempre concité alrededor mío gente que ama el Carnaval. En un momento se formó en el barrio una cuerda de tamboriles, y así comenzamos.

-Tú siempre bailando.

-Fijate que en el corso de ayer a pesar de mis 70 moví bastante el caracú. Y observé bien al público. Me quieren mucho, ¿sabés?

-Sí, claro. ¿Por qué te quieren?

-Saben que hago todo para darles alegría, para sacarles sonrisas. Soy el último mohicano en este país. Se nos fue Marta, se nos fue la Johnson. Las grandes figuras se nos fueron.

-La Johnson… ¿por qué la llamaban así?

-Porque tenía pasión por Al Johnson, de quien había sido amiga. ¡Marcelo, traé el cuadro de la Johnson! Mirá, mirá qué mujer. Setenta y un años, y qué figura. Una diosa. Más linda que Marta. Era su adversaria. Marta era lo desfachatado, el escándalo. La Johnson era una dama, la dama de la noche. Bailó 36 años conmigo y murió aquí, en mi casa, hace siete años.

-¿Por qué en tu casa?

-Porque cuando dejó de bailar me la traje conmigo. Nunca le dieron una pensión que le permitiera mantenerse en su vejez. Al Estado uruguayo nunca le importaron los que ponen el alma para hacer feliz a la gente en Carnaval. No sé… será que ese no es un trabajo.

-No es fácil verlo como trabajo por la felicidad que les da a ustedes mismos.

-No todos los trabajos producen sufrimiento. Preguntale a un médico si su trabajo no lo hace feliz, a un maestro, a un actor. Cuando uno está en esto hay días en que le duele la panza o se le murió el perro. Igual hay que ir, zangolotearse y sonreír. Y ponete a comprar telas y chirimbolos y vas a ver cuánto se sufre porque la plata no alcanza. Aquí no te dan nada. Dicen "los argentinos nos roban los artistas". No, los argentinos les matan el hambre a los artistas uruguayos. ¿Qué habría sido de Julio Sosa si no se hubiera ido a Buenos Aires?

Bueno, ahora apagá.

-¿Qué cosa?

-Cómo qué cosa, tu aparatito. Te voy a decir una cosa. Yo no quiero que en la nota pongas cualquier cosa. Quiero que digas las cosas tal como las digo.

-Prometido.

-Nosotros somos ingratos con nuestros artistas y con nuestros buenos políticos. Preferimos hacerle monumentos a los ladrones y olvidar a los decentes.

-A ver, nombrame un decente olvidado.

-No, porque van a decir "ah, nombra a ése porque es de su partido".

-¿Y qué te importa?

-Te nombro un decente. Enrique Erro. Y hay otros, en todos los partidos hay ladrones y decentes (queda en silencio). Yo fui colorado, pero me aburrí de ser cómplice. Hoy soy del Frente. Aunque sé que frente a blancos y colorados del jurado eso me perjudica. ¿Vos creés que no tengo derecho a optar por lo que quiero? Tengo. Tanto por ser un maricón como por ser blanco, colorado o del Frente. Me lo gané trabajando 55 años por el Carnaval, como me gané el cariño del pueblo. Por eso no puedo ser cómplice de quienes lo someten al hambre. No quiero salir más con un cartelito a gritar por un partido que nos está matando de hambre. A este país lo estamos viviendo mal. Tenemos que aclararlo. Lo lamentable es que yo me voy sin ver soluciones.

-¿A dónde te vas?

-¿Cómo a dónde? Un tropezón, un estornudo y nos vamos. Y si uno no espera la carroza que le están preparando para ese día, es que no vive la realidad. Y quiero decirte algo. Me preguntaste qué pensaba de Bush. Lo que te digo tiene que ver con una videncia que tuve el día que salió: ese hombre llegó para traer sangre y dolor al mundo. Es el Mesías del terror.

Veo que te preparás para irte. No me pongas como un mariquita. Poneme como un guerrero de verdad.

-Te pongo como lo que sos: un guerrero de verdad. 

 
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