Perfiles
14 de Marzo de 2003
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LA JORNADA de México - 14 de Marzo de 2003

El creador de Espartaco
fue una de las víctimas del macartismo

Murió uno de los autores más leídos
dentro y fuera de EE UU, Howard Fast

A lo largo de su vida
cargó con el sambenito de ser un autor de best-sellers

La pasión de Sacco y Vanzetti y Poder
figuran entre sus obras más relevantes

César Güemes y Agencias
A la edad de 88 años falleció en su casa de Old Greenwich, Connecticut, el escritor estadunidense Howard Fast, célebre por su trabajo literario y por haber conseguido salir avante con él pese al hostigamiento de que fue víctima en la ''era McCarthy".

Nacido en Nueva York, en 1914, Fast realizó varios viajes por su país durante la época de la depresión, tiempo en el cual se empleó en los más disímiles trabajos, todos ellos distantes de las letras.

Entre sus obras más leídas, algunas de la cuales fueron llevadas al cine, se encuentran Espartaco, La última frontera, La pasión de Sacco y Vanzetti, La segunda generación y Poder. Comunista de pura cepa, Fast se alejó de la participación política luego de protestar contra la represión en Budapest, a finales de los años 50, hecho que lo impulsó a escribir El dios desnudo, que se publicó en 1957.

Vicisitudes de una edición de autor

Con motivo de la aparición de su novela titulada Greenwich, sólo anterior a la postrera The crossing, narró para la empresa editorial Trussel las vicisitudes que pasó para dar a conocer Espartaco.

Fast escribió: ''Desde el inicio me di cuenta de que escribir Espartaco no era una empresa sencilla. Pero conseguí hacerla echando mano de todas mis capacidades. Una vez terminada, se la envié a mi editor, quien por consejo de J. Edgar Hoover la rechazó sin más. En esa época había muy pocos editores comparando la cifra con los que hoy se dedican al ramo. De modo que decidí publicar la novela con mis propios medios y hacer una edición de autor. Afortunadamente conocía a buenos impresores y hablé con Ben Clark, un magnífico diseñador, lo mismo que con el pintor Charles White para que me hiciera la portada.

''Imprimimos el libro con la certeza mínima de que al menos algunos cientos de personas lo iban a comprar. El caso es que alcanzamos la cifra de 45 mil ejemplares vendidos en tapa dura, lo cual no deja de ser sorpresivo para una edición independiente.

''Después apareció de manera formal y ha alcanzado ya no sé cuántos millones de ejemplares en ventas."

Crítica social y referentes históricos

Uno de los autores más leídos dentro y fuera de Estados Unidos, ya que su obra ha sido traducida a una veintena de lenguas, Fast cargó a lo largo de su vida con el sambenito del best-seller. Lejos de ser sólo un autor con ventas considerables, su obra contiene altas dosis de crítica social y referentes históricos. Es el caso, por ejemplo, de su libro Camino a la libertad, cuyo protagonista es un esclavo que consigue liberarse, llega a ser senador y con ello logra defenderse del Ku Klux Klan. Luego de 35 años de publicar Camino a la libertad, la obra fue convertida en serie para televisión.

Respecto de su amplia capacidad creativa, el narrador solía decir: ''Creo que tengo un serio problema: la cantidad de material que he conseguido y que voy trabajando para mis libros es tan amplia que me resulta muy claro que no conseguiré llevarla al papel en toda mi vida".



Howard Fast
Paco Ignacio Taibo II
Howard Fast está vivo, me dijo hace un par de años un editor en Nueva York. No me lo acababa de creer. Desde la publicación de sus novelas duras en el final de los años 80, le había perdido la pista. ¿Cuántos años tenía? Debería tener más de 85. Había nacido en 1914. Y me dijo: no sólo está vivo, está escribiendo. Puse mi mejor cara de fan y salí de la reunión con las pruebas para los críticos de las novelas que le iba a reditar, El cruce y Bunker Hill y un teléfono en Connecticut.

Si todo el mundo tiene su actriz de cine, su cantante, su gran maestro de ajedrez, su mago, su político, yo tenía mi novelista: Howard Fast. Lo había seguido con la fidelidad de un grupi a lo largo de casi 40 años, coleccionaba sus novelas y sus cuentos, sabía bajo qué seudónimos se había escondido, qué películas se habían hecho de sus libros sin darle crédito. Me había acompañado en los camiones de tercera con los que recorrí la República en los años 60 y me había descubierto las inmensas posibilidades de la novela histórica.

Nacido en Nueva York en el Lower East Side, un barrio de emigrantes judíos pobres (Fastov se volvió Fast), que habría de retratar maravillosamente en su novela Infancia en Nueva York, vendió su primer cuento a los 17 años.

En la década de los 40 publicó Los soberbios y los libres y Lugar de sacrificio, que junto con su libro sobre Washington, El hombre invencible', arman una trilogía maravillosa sobre la guerra de independencia estadunidense. Y alcanzó una enorme fama con Camino de libertad, una novela sobre una rebelión negra después de la guerra de secesión.

Durante la Segunda Guerra Mundial su condición de antifascista ''prematuro'' lo alejó de los frentes y le dio un extraño trabajo errante de periodista que retrata magistralmente en un libro de cuentos, trabajo que lo hizo desarrollar las aventuras más extrañas, como quedar perdido durante días en un depósito de cascos de coca cola del ejército estadunidense en un país árabe.

Fue blanco de la represión política de posguerra, y cuando se enfrentó a McCarthy en una de las audiencias del Senado, durante la época de la cacería rojos, logró desesperarlo de tal manera al explicarle minuciosamente la historia estadunidense, que McCarthy le interrumpió gritándole: ¡Vaya y escriba un libro! y Fast fue y lo escribió, no uno, muchos, y entonces presionaron a las editoriales y lo pusieron en una lista negra y no había editor en Estados Unidos que quisiera sus obras y lo sacaron de las bibliotecas públicas, y entonces Fast escribió Espartaco y la editó de su bolsillo y la vendió directamente a los lectores. Y cuando también esa puerta se le cerró porque le bloqueron el uso del correo para la distribución, se ocultó bajo el seudónimo de Walter Ericsson y escribió una novela policiaca inquietante, El ángel caído, una novela policiaca metafísica.

Y luego con el seudónimo E.V. Cunningham escribió una serie de novelas policiacas con títulos de nombres femeninos: Phillys, Penélope, Sylvia...

Premio Stalin de Literatura, encarcelado en 1950 por haberse negado a dar los nombres de sus compañeros en un comité de apoyo a los refugiados españoles, exilado en México, donde escribirá una historia maravillosa Cristo en Cuernavaca. Fast es autor de El ciudadano Tom Paine, Max, la mejor novela sobre los magnates de Holywood, Torquemada, El caso Winston, La pasión de Sacco y Vanzeti en el 56, después de los acontecimientos de Hungría rompió con el comunismo oficial y escribió un libro inquietante, El dios desnudo. Durante un tiempo fue censurado por fascistas y stalinistas, retirados sus libros de la circulación, retenidos sus derechos autorales.

La Warner le pirateó El otoño de los cheyenes (tomada casi literalmente en la versión de John Ford de La última frontera), porque Edgar Hoover dijo que no se podría hacer cine de las novelas de Fast y Espartaco (una novela de la que se han editado varias decenas de millones de ejemplares en todo el mundo) adaptada por Dalton Trumbo, habría de aparecer en pantalla sin su crédito.

En los años 80 volvió a la carga con una enorme capacidad de provocación, unida a sus enormes virtudes como narrador, con dos novelas espléndidas The pledge que recuperaba una historia que había recogido en Bengala durante la Segunda Guerra Mundial sobre la hambruna provocada por los ingleses, un crimen de guerra de magnitudes horripilantes y que había sido censurado hasta la aparición del libro en 1988, y reincidió con La confesión de Joe Callen, un libro que provocó que hasta el liberal New York Times lo tildara de ultra. Una historia sobre los manejos sucios, las guerras secretas de la CIA en Centroamérica.

Combinó estos escritos con dos libros de cuentos de ciencia ficción y con una serie de novelas policiacas que tienen como protagonista a un detective de origen japonés y filosofía zen en Hollywood.

Hace seis meses mantuve una larga serie de llamadas telefónicas con él. Quería hacerle un homenaje en la Semana Negra y aproveché para contarle las lecturas de sus libros que había hecho mi generación.

Lo convencí, pero no convencí a su médico. Nos mandó un mensaje grabado. Nos despedimos quedando en que en los primeros días de mayo pasaría a verlo. Dijo que me esperaría en la estación del tren, con su automóvil, que si yo lo reconocería. Dije que tenía en mi casa una foto suya de un mitin en los años 40, dijo que no había cambiado demasiado.

Hoy los cables de las agencias transportan la noticia de su muerte. Howard Fast ha muerto y algunos de nosotros nos hemos quedado más solos que de costumbre.

Pero, tres estantes de los libreros de mi casa le pertenecen, acostumbro recomendarlo a lectores jóvenes que no lo conocían y que suelen agradecerme la recomendación de las maneras más cálidas y sonrientes. Presto sus libros, no me los devuelven y los vuelvo a conseguir en librerías de viejo. Tengo su foto en mi pared, recuerdo su voz y nuestras largas conversaciones telefónicas. Lo he leído y sigo releyéndolo. Me dicen que se ha muerto. No me lo creo. Seguro que en los próximos meses, años, alguna nueva novela de Fast aparecerá por ahí escrita desde los cielos y los infiernos.

 
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