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de Argentina - 19 de Mayo de 2003
Margrit Schiller, del gupo Baader-Meinhof
Una historia
alemana
María
Esther Gilio
Hace treinta años fue presentada
al mundo como una peligrosa guerrillera, aunque nunca había participado
de un acto de violencia. Después de siete años de prisión
y tortura psicológica, se fue a Cuba. Ocho años después,
“por no poder contar lo que me pasó, nadie me entendía”,
recaló en Uruguay, donde acaba de publicar un libro con sus experiencias
y de donde acaba de volver, al fin, a su país. La historia de un
grupo combatiente que en realidad no quería tomar el poder.
–Creo que lo primero que cualquiera
se puede preguntar es cómo una alemana vinculada con el grupo Baader-Meinhof
vino a dar a Montevideo.
–En un momento salí de Alemania
hacia Cuba, donde viví ocho años. Allí nacieron mis
mellizos que hoy tienen 14 años. Un tiempo después de llegar
empecé a escribir el libro que se acaba de publicar, Una batalla
por los recuerdos, donde relato mi experiencia en la lucha armada y la
cárcel.
–En Cuba la animaron mucho
para que escribiera esa experiencia.
–Sí, insistían pero,
luego de que empecé a hablar y a escribir, me di cuenta de que en
Cuba nadie entendía bien cómo había sido esa experiencia
que yo quería contar.
–¿Cómo que nadie
entendía, si ellos mismos habían tenido una experiencia en
parte, similar?
–No, no. Ellos piensan que en Europa
está todo bien. Son ricos y no tan malos como los norteamericanos,
¿por qué la guerrilla?
–Claro, ustedes ya tenían
las cosas por las que ellos habían peleado. Independencia, trabajo,
vivienda, salud, educación.
–Claro, pero además les costaba
entender cómo se podía luchar en medio de las ciudades.
–Usted hablaba y ellos...
–Nada. No recibía respuesta.
Ellos no podían imaginar una lucha así ni tampoco las condiciones
de la tortura tal como yo la había vivido. Te doy un ejemplo. Yo
tenía en Cuba una muchacha muy amiga a la que empecé a contar
sobre mi vida en la cárcel. Yo necesitaba hablar de eso. Pero al
poco tiempo ella empezó a llorar y me dijo “No puedo imaginar lo
que tú me cuentas”. Ella nunca había salido de Cuba. Esa
experiencia se repite a veces acá. A la gente que nunca salió
de Uruguay le cuesta entender mi manera de ver el mundo.
–No sé, pero no por
las torturas. Aquí hubo torturas, murió gente en la tortura.
La tortura psicológica a la que usted llama “tortura blanca” es
terrible. Pero una picana en la vagina o en las encías no es menos
terrible.
–Sí, claro. Ahora, lo que
yo necesitaba, cuando hablaba era sacar eso de adentro. Y no recibía
respuesta. Apenas asombro.
–Sintetizando, no le entendían.
–Por eso yo digo que viví
ocho años muda en Cuba. Aprendí muchísimas cosas en
Cuba pero nunca encontré un intercambio de verdad.
–Después de ocho años
decide irse. ¿Por qué a Uruguay? ¿Qué sabía
de Uruguay?
–Primeramente yo quería volver
a Alemania. Pero tuve una serie de problemas con los papeles. Terminé
por cancelar el viaje a Alemania, por el momento. Poco después me
enteré de que la Inteligencia alemana había ido a casa de
amigos míos a preguntar por qué yo no había embarcado
y les habían hecho propuestas. “¿Usted no querría
ir a Cuba? Nosotros le pagamos el pasaje para que usted vaya y le haga
unas preguntas a la señora Schiller?”, le dijeron a una amiga. Esto
fue en el ‘92. Al mismo tiempo me entero de que en la ciudad de Rostock
la gente reunida en torno de una vivienda de extranjeros la había
incendiado con todos sus habitantes adentro. Y que cuando las ambulancias
pretendían abrirse paso las detuvieron al grito de “que se quemen”,
“que se quemen”.
–Algunas veces mataron así
a familias turcas.
–Sí, muchas veces. Ahí
decidí no volver a Alemania.
–Empezó a pensar a dónde
ir.
–Sí, primero surgió
México. Más cerca de Cuba. Pero no era fácil México.
Otra cultura. Es una cultura indígena.
–¿Y Cuba no?
–Nooo. Es verdad que Cuba es otro
planeta si la comparás con Alemania. Pero México es todavía
más diferente. Sus costumbres. Son tan distintos a nosotros, que
me costaba, incluso, distinguir las caras. Sí, no se asombre, a
los cubanos les pasó lo mismo con los alemanes. Yo hacía
cincoaños que vivía en el mismo apartamento y un día
una vecina me dice: “¿Cuándo va a venir tu hermana otra vez?”
Yo le digo: “¿Mi hermana?” “Sí, la muchacha que siempre viene.”
Para ella todas mis amigas alemanas que me visitaban eran una sola, y tan
parecidas a mí, que eran mi hermana. No podía distinguir
entre las distintas caras. Porque además están los gestos
y la manera de decir las cosas. Tanto en Cuba como aquí, yo digo:
“¿Querés un café?” Me contestan: “Bueno”. No “sí”
o “no”, “bueno”. Y ahí no sirve el diccionario. Es inútil.
Finalmente una pareja alemana que vive acá se comunicó con
nosotros a través de amigos de Alemania. Nos dijeron “Ven, te puede
gustar”. Yo agarré el mapa y miré. “Aquí está
Brasil, aquí la Argentina, y chiquito, en el medio, Uruguay.”
–No lo conocía para
nada.
–Un poco por los tupamaros. Bueno,
tomé el avión y vine, sola, a ver cómo era. Me encantó.
–¿En qué mes
vino?
–En diciembre.
–En diciembre. Era difícil
que no le encantara.
–Es correcto. Por otra parte Uruguay
no era otro planeta. Había habido cárcel, exilio. Experiencias
semejantes. Esto también fue importante para mí. Mucha gente
del país había estado exiliada en Europa. No era otro planeta.
–¿Y?
–Fue un aprendizaje brutal.
–Un duro aprendizaje.
–Claro. Si tú vienes con
dos niños chiquitos, el padre es negro y los niños una mezcla.
–Sus hijos son lindísimos.
–Sí, son, pero no son blancos.
Llegar acá fue muy difícil. Las personas que nos ayudarían
no tenían nada que ver con nosotros. No conocíamos a nadie.
–Pero venían con algo
de dinero.
–Yo había recibido la herencia
de mis padres. Después de pagar los pasajes me quedaban unos 12
mil dólares. Me habían dicho: “No vengas sin tener resuelto
el problema de vivienda”. Pensé que con eso podía comprar.
Pero vi que no. Mis amigos de Alemania me prestaron algo. Y luego de caminar
durante tres meses, me compré la casa que tengo hoy, muy vieja por
Millán. Quedamos sin un centavo. Ahí empezó un tiempo
terrible. No teníamos trabajo ni dinero y, a menudo, por la mañana,
yo no sabía qué dar de comer a mis hijos. Fue un período
muy difícil que duró un año. Mis hijos en ese primer
tiempo lloraron mucho, extrañaron Cuba. Cuba es todavía más
cálida que Uruguay con los niños. El padre, músico...
–¿Saxofonista?
–Sí, extrañaba mucho
su ambiente. Vivimos con la enorme presión de empezar desde punto
cero sin tener un centavo, ni amigos ni nada.
–¿No buscó algún
acercamiento por el lado político?
–No, yo no quería hacer vínculos
políticos, yo quería empezar a vivir como la gente normal
de acá. Porque nos entendemos o porque nos queremos, pero no porque
yo fui guerrillera y represento “algo”. Yo no quería representar
nada. Por otro lado, en cualquier parte resultábamos raros. Yo era
una mezcla que nadie entendía. Una alemana que había vivido
ocho años en Cuba, que hablaba español con acento cubano.
–El acento cubano lo perdió.
–Sí, pero durante un tiempo
fui la alemana que hablaba con acento cubano. Y fuera a donde fuera siempre
era la alemana. La gente decía “Ah, alemana, ¡qué bien!”
Pero atrás aparecía mi marido negro y de inmediato el respeto
social se iba al piso. El racismo aquí, existe.
–Sí, existe, sin violencia
física, pero existe.
–Y mis hijos sufren eso mucho.
–No son muy oscuros.
–No, pero tampoco son blancos. Y
como los niños, a diferencia de los adultos, expresan lo que sienten,
mis hijos sintieron que, para los otros niños, ellos no valían
mucho. Es decir, sintieron el racismo que aquí sus padres no muestran.
Yo lo sentí también. Cuando aquella vecina que me trataba
con simpatía, veía a mi marido, su relación cambiaba.
–En definitiva, no se sentía
integrada, cómoda.
–A pesar de esto me sentí
bien, tengo amigos. Pero igual debo salir de aquí ya que no consigo
más que trabajos temporales. En ese sentido no me siento bien.
–No se puede pensar que consiguiera
algo en la embajada, el Goethe, el Colegio Alemán.
–No, ahí no me quieren.
–Volviendo a los comienzos
de su historia, ¿dónde tomó el avión cuando
se fue a Cuba?
–En la República Democrática
de Alemania. Había un camino, de tránsito oficial, solamente
para gente que debía tomar aviones que no bajaban en Alemania Federal.
–Cuéntenos entonces
sobre esos diez años, los setenta, que son la materia de su libro.
Para empezar, ¿qué significa RAF? Usted llama así
al grupo que en el mundo se conoció como Banda Baader-Meinhof.
–RAF quiere decir, en alemán,
Fracción del Ejército Rojo.
–A mí me sorprende la
cantidad de años de cárcel que se comió en Alemania,
porque usted no estaba vinculada con ningún acto de violencia directa.
No había muertes en su currícula. Sin embargo la policía,
la Justicia y la prensa la convirtieron en algo así como la estrella
del grupo, y le dieron siete duros años de cárcel. ¿Por
qué?
–No es fácil de explicar.
Cuando me detuvieron era un momento especial porque por primera vez el
grupo había matado a un policía. Y, unos días antes
de detenerme hubo un tiroteo donde yo participé. Cuando me prenden
me presentan en vivo en la televisión a fin de encontrar más
rápidamente mi domicilio. Ahí yo reacciono de una manera
que ellos no esperaban.
–¿Qué hizo?
–Me dejé caer delante de
las cámaras. Entonces los cuatro policías que me custodiaban
me tomaron de piernas y brazos y me levantaron la cabeza para mostrar mi
cara. Esto produjo un gran rechazo ¿cómo se podía
mostrar algo así mientras la gente estaba cenando? Era escandaloso.
Pero, además, añadía pimienta el hecho de que mi padre
fuera militar y mi madre militante de la democracia cristiana. Resultaba
doloroso –eso decían– el hecho de que yo, perteneciendo a una familia
como se debe, pudiera salirme y decir “todo es una mierda”. Creo que ellos
pensaron que yo me quebraría y terminaría arrepintiéndome
y denunciando a compañeros. Mi nombre en primera plana y a varias
columnas tenía por fin valorizarme como militante.
–Lo cual valorizaba su arrepentimiento
si éste llegaba. Leyendo su libro es fácil ver que los objetivos
de la guerrilla alemana eran bastante diferentes de los objetivos de los
guerrilleros uruguayos o argentinos. Por ejemplo, en un momento ustedes
hablan del psiquiatra italiano Franco Basaglia, quien tiene una importante
teoría sobre los manicomios. A mí me parece imposible que
a las guerrillas del Río de la Plata se les hubiera ocurrido discutir
ese tema. Ustedes disfrutan ya de cosas por las que se pelea en la Argentina
y Uruguay. Ya tienen vivienda, educación, salud. La pelea, ahora,
se da por cosas mucho menos materiales. Esto trae a la memoria las palabras
de Trotsky sobre la revolución permanente. ¿Conseguidas esas
cosas, es posible parar? No es posible. No hablo de lucha armada, hablo
de la forma de lucha que se elija. ¿Estás de acuerdo?
–Sí, por supuesto.
–En su libro habla de cosas
tales como la “aristocracia obrera” o “el desenfrenado consumo”. La lucha
de ustedes es también para cambiar situaciones como éstas.
–Claro, los objetivos dependen del
momento histórico en que surge un movimiento. Las metas de la Revolución
Cubana fueron distintas a las de Nicaragua. En Cuba, la cárcel,
ya sea para presos comunes como políticos, tiene por fin castigar.
Ellos arrastran esto desde el ‘59. En Nicaragua, la revolución,
mucho más tardía, elaboró una relación distinta
con la cárcel. Ellos desarrollaron el concepto de educar. Nuestros
contenidos, como guerrilla, tienen que ver con la situación cultural
de Alemania en esos años. Y también con el problema del hambre
en el Tercer Mundo, relacionado con la explotación que sobre éste
ejerce el Primer Mundo.
–Otra cosa, a la que alude
en su libro, es la corrupción sindical. No sabía que eso
pasara en un país con tanta historia sindical. Me sorprendió.
–Claro que no es la corrupción
al estilo argentino. Pero es. Cuando terminó la guerra, los americanos
se encargaron de estructurar los sindicatos en Alemania. Veo que te sorprende
pero no es tan raro. Los alemanes luego hicieron lo mismo en otros países.
Tanto los norteamericanos como los alemanes tienen fundaciones, escuelas,
donde la gente se forma para el trabajo sindical. Son escuelas donde no
entra cualquiera. Está muy bien establecido quién puede hacer
la carrera de sindicalista y quién no. Por presión de Estados
Unidos se prohibió en Alemania el partido comunista, por ejemplo.
Lo importante en este tema es que hoy los sindicatos alemanes tienen bancos,
empresas, muchísima plata y son corporativistas.
–¿Corporativistas? ¿En
qué se nota?
–En que defienden sus intereses
locales en Alemania y no les importa las consecuencias que pueden tener
sus acciones en el Tercer Mundo.
–¿Será que conocen
bien los problemas del Tercer Mundo?
–Te doy un ejemplo. Tengo un amigo
que trabajó en una fábrica que después de años
de hacer cosas de uso corriente, cuando se produjo la guerra del Golfo
en el ‘91 empezó a fabricar armas. Los obreros sabían perfectamente
para dónde iban esas armas. Mi amigo intentó hablar sobre
esto, con otros obreros, en el sindicato. No tuvo respuesta. Muchos obreros
en ese momento se enfermaron. Era obvio que esto tenía que ver con
el hecho de fabricar armas para la guerra, pero primero estaba el trabajo
y su dinero. No fue posible ni siquiera hablar sobre el tema. ¿De
dónde llegan muchas frutas y cantidad de objetos de madera? De Asia
o de Latinoamérica. Y en Alemania se sabe cuáles son las
condiciones de trabajo de Asia. Se sabe que los niños trabajan desde
muy pequeños. Se sabe que las condiciones son de esclavitud. Se
sabe que las flores que vienen de Ecuador las cortan niños que trabajan
diez horas por día y reciben, no sé, un dólar por
semana. Se saben muchas cosas. Se saben porque grupos ecológicos
suelen hacer campañas. Pero el obrero alemán cierra los ojos
y amontona todo el dinero que puede.
–En su libro explica cómo
en un momento empezó a ver que pertenecía a un país
que había cometido un crimen terrible. ¿Leyó, le contaron,
cómo fue? Porque sus padres no hablaban.
–No se hablaba en casa, ni en la
escuela, ni en los libros. Pero, teniendo yo 13 años, mi padre,
borracho, contó riendo cómo habían torturado hasta
la muerte a un soldado soviético en Stalingrado. Yo quedé
destruida y más tarde pregunté en el liceo sobre las cosas
que habían pasado en esos tiempos en Alemania. La profesora respondió
hablando de lo terrible que era el comunismo. No se podía hablar
del fascismo, siempre contraatacaban hablando del demonio ruso.
–¿Qué le parece?
¿Los alemanes sabían o no sabían sobre los judíos?
–Estoy absolutamente convencida
de que sí. Los judíos estaban completamente mezclados con
los alemanes y desaparecieron. ¿Cuántos? Seis millones. ¿Dónde
estaban? No podían ignorarlo. Sabían.
–Ustedes se relacionaron con
grupos guerrilleros palestinos y con otros. ¿Nunca con los tupamaros
o grupos de guerrilla argentinos?
–Es probable que sí, pero
no lo sé. Yo, dentro del grupo no tenía acceso a determinadas
cosas. Por otra parte la RAF tuvo una vida muy corta. Empezó en
el ‘71 y en el ‘72 ya estaban todos presos.
–Es más o menos en ese
momento que se empezó a discutir sobre la calidad de preso político.
¿Es un preso especial? ¿El trato debe ser igual o diferente
al del preso común? En su libro se ve cómo hacen del aislamiento
en la cárcel un instrumento de tortura. El preso a menudo era encerrado,
solo, en edificios donde no había ningún otro preso. Ni político
ni común. En el libro usted escribe: “Durante mi primer paso por
la cárcel había permanecido incomunicada, es decir aislada
de las restantes presas. Pero las veía cuando paseaban por el patio
y ellas me veían a mí cuando era mi turno. Las escuchaba
las 24 horas del día porque convivíamos en el mismo edificio,
aun cuando las reclusas de las celdas vecinas y contiguas del piso superior
e inferior habían sido desalojadas. Las escuchaba reír, gritar,
discutir y llorar. Y muchas de ellas, pese a la prohibición de tomar
contacto conmigo, intentaban hablarme de ventana a ventana o de pasarme
algún papel por debajo de la puerta de la celda, cuando nadie las
veía. Estaba sola y excluida, pero me encontraba en un edificio
lleno de vida. Estar en Toter Trakt introducía una dimensión
de aislamiento totalmente diferente. Estaba sola, a mi alrededor reinaba
un gran vacío. No veía ni escuchaba nada. Reinaba el más
absoluto silencio. Ni un sonido, ni una respuesta, ni una risa, ni un llanto.
Sólo yo. En este vacío todo pierde su contorno. Desaparece
la sensación del cuerpo, hasta la percepción de la propia
existencia. Y los muros, el armazón de hierro de la cama, los pocos
objetos y los propios movimientos adoptan la forma de una espesa papilla”.
–Bueno, eso cambió algo en
el ‘75 luego de las huelgas de hambre. Ahí conseguimos que algunos
presos políticos estuvieran juntos. La mayoría siguió
sometida al sistema de aislamiento.
–Hay una cosa que nunca plantea
en su libro y sería interesante saber. ¿Cómo pensaba
la RAF conseguir apoyo popular? Para los grupos revolucionarios del Río
de la Plata eso era fundamental.
–No para nosotros. Nosotros nos
planteamos ese problema de una manera muy distinta. Nos planteamos, sí
conseguir apoyo, pero nunca pensamos en hacer una revolución en
Alemania.
–¿Cuál era el
objetivo, entonces?
–Nosotros queríamos que la
gente nos entendiera y nos apoyara. En una discusión que se armó
entre los miembros fundadores se dijo, claramente, que no se trataba de
que un nuevo partido revolucionario cuestionara el poder para luego asumirlo.
Algo así no podía más que desembocar en la parálisis,
tal como había ocurrido en la Unión Soviética y, por
supuesto, en la RDA.
–¿Ustedes expresaban
claramente su rechazo a estos regímenes?
–La RAF siempre expresó su
relación solidaria con estos países aunque nunca compartió
sus planteos políticos concretos. No se trataba de cuestionar el
poder para luego asumirlo. La RAF sostenía que era imposible diseñar
en el presente modelos más concretos de una sociedad futura nueva,
más justa, porque el camino hacia allí era muy largo y sólo
las experiencias de esa lucha generarían nuevas posibilidades e
ideas.
–¿Cuál era entonces,
concretamente, el objetivo?
–Provocar el colapso del imperialismo
a través de una cooperación de los movimientos de liberación
del Tercer Mundo con movimientos en las ciudades de Estados Unidos y Europa,
bajo la protección de los estados socialistas. Se buscaba, concretamente,
la paralización del Primer Mundo hasta desarticular su funcionamiento.
La liberación del ser humano sólo sería posible después
del colapso del imperialismo.
–Hay otra cosa que me sorprendió
en su libro. En un momento, se refieren a la importancia de liberar a Baader
y Meinhof, quienes estaban presos. Dejarlos presos significaba que el grupo
quedaba sin líderes. Creoque esto es de las peores cosas que le
puede ocurrir a un movimiento revolucionario, que el liderazgo esté
sólo en manos de una o dos personas.
–Estoy de acuerdo en que ahí
hay un error, que las cosas no pueden funcionar así.
–Habla, más de una vez,
de actos violentos que, realizados por el Estado alemán se les adjudicaron
a ustedes.
–Tanto fue así que terminé
poniendo en duda todo lo que decían. Philips Agee, en su libro sobre
la CIA, habla de la cantidad de actos que cometía la CIA y se adjudicaban
a los grupos de izquierda. Por ejemplo, en Alemania se mataba a un tipo
de algún grupo revolucionario y luego se decía que lo habían
matado sus compañeros para tomar su lugar. Como esto hay muchísimos
casos. Ponían una bomba en tal lugar y decían que habíamos
sido nosotros. Yo aprendí, en este tiempo, a poner en duda todo.
A partir del ‘45 la CIA mata, pero claro, no lo dice. Hoy, esto está
legalizado por Bush. “Se puede matar a quien pertenezca a grupos terroristas.”
Antes no se decía tan claramente pero se hacía. Luego ex
agentes de la CIA publicaron sus experiencias. En los años ‘70 aparecieron
muchísimos libros con este tema. Hubo muchos agentes actuando en
América latina, muchos infiltrados en la prensa.
–Al comenzar esta entrevista se
refirió a la incapacidad para comprenderla de su amiga cubana. Dijo:
“Ella no me entendía, no podía entenderme. Nunca había
salido de Cuba”.
–Yo creo que para entender el propio
país hay que salir, conocer otros países. Si no, uno no sabe
dónde está. Tuve real conciencia del autoritarismo alemán
cuando pude hacer comparaciones.
–Pienso que en este aspecto
la diferencia con Cuba debe ser grande.
–Te pongo un ejemplo. Imaginemos
un borracho en una calle de La Habana. Abraza a todo el mundo. Le dice
a todo el mundo que lo quiere. Pensemos en un borracho en Berlín
o en Hamburgo ¡Cuidado! Alejate de él porque tiene adentro
una enorme violencia reprimida.
–¿Y si fuera en Uruguay?
–Los uruguayos son más parecidos
a los cubanos. Cariñosos, solidarios. Me gusta cuando entra al ómnibus
un muchacho a cantar y la gente aplaude. Ah, qué bien me siento.
Hace unos días subió un tipo casi andrajoso con una guitarra,
pero qué voz maravillosa. Saqué diez pesos, los arrollé
y se los di. Quedó mudo por un instante y luego dijo en voz muy
baja, sin mirarme, “Encantado”.
–¿Y usted?
–Yo dije “Yo también encantada”. |