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- 19 de Agosto de 2003
Personajes del siglo XX -
Violeta Parra
¡Canta
fuerte, mierda!
Daniel
Samper Pizano
Dieciocho
años tenía Violeta Parra cuando recorrió las aldeas
polvorientas del Chile profundo a bordo de un circo trashumante. Ella y
su hermano Lalo entretenían al público rasgueando cuecas
en la guitarra. Una noche, en Curacaví, exhausto y mal alimentado,
Lalo apenas modula las palabras. Violeta trata de animarlo con la mirada
y, al no conseguirlo, pierde la paciencia, le da un puntapié y le
dice:
-¡Canta fuerte, mierda!
Los campesinos cobrizos y tristes
acogen la frase con un aplauso y terminan coreándola entre risas.
"¡Canta fuerte, mierda!" resultó
ser más que una expresión para sacudir a Lalo. Fue el principio
vital que estimuló a Violeta Parra desde que nació, armada
ya con dos significativos dientes, en San Carlos, sur de Chile, el 5 de
octubre de 1917.
Los hijos de doña Clarisa
-que cosía en una Singer remendada con alambres- y don Nicanor -un
maestro que rara vez hallaba empleo, pero vinacho siempre- fueron muchos
y muy pobres. Rebuscaban monedas robando flores en el cementerio, ayudando
en labores domésticas en el vecindario o vendiendo empanadas. Jugaban
en los basurales y eran víctimas propicias de toda epidemia, como
la de viruela que marcó la cara de Violeta. "Fue muy perra la infancia
de nosotros", recuerda Roberto.
Hasta que descubrieron la música,
escondida en una vieja guitarra de familia. La música los sedujo
primero, los secuestró después y terminó por redimirlos.
Por ella Violeta y su hermana Hilda
viajaron a Santiago en 1933 e iniciaron una vida modesta de artistas de
barriada. Nicanor, hermano mayor, poeta y maestro, les pagaba la posada.
Y como no hay nadie más solidario que un pobre, pronto eran cuatro
los hermanos hacinados en una habitación. Allí casó
por primera vez Violeta con un obrero ferroviario. Allí tuvo a sus
hijos Isabel y Ángel, que luego formaron un famoso dúo. Allí
se interesó por la política.
El Frente Popular socialista caminaba
con pasos de animal grande y los Parra se sumaron entusiastas a la campaña.
La izquierda cantó fuerte, mierda, y ganó las elecciones
en 1945, pero perdió el poder porque Gabriel González Videla,
elegido con sus votos, se entregó a la derecha.
Para entonces Violeta recogía
en campos y salitres el folclor chileno, del cual se nutre buena parte
de su obra. Ya era personaje de radio en 1955, cuando recibió una
invitación para acudir al Festival de la Juventud en Polonia.
Así comienza su etapa europea,
que incluye un novio español, una temporada artística en
París y el mito del inmigrante suramericano en la Europa acogedora.
Se presenta en la boîte L'Escale y en otros subterráneos parisienses
que mezclan a exiliados nostálgicos y a europeos con alma de poncho.
Canta fuerte, y exige silencio al público. Son los tiempos legendarios
de los exiliados españoles; de un Gabriel García Márquez
que espera en su chambre de bonne el giro que nunca llega; un Mario
Vargas Llosa reportero de agencia; un Julio Cortázar que escribe
Rayuela en los bistrós de Saint Michel. América
Latina limita al oriente con el Barrio Latino y cocina la revolución
en la librería Maspero.
Pasado año y medio, Violeta
vuelve a Santiago acosada por las nostalgias y atiborrada de proyectos.
No más llegar conoce a Gilbert Favré, un suizo 18 años
más joven, que vive con ella entre 1960 y 1965, la rejuvenece (Volver
a los diecisiete) y al final se marcha solo a Bolivia, donde llega
a ser quenista del conjunto Los Jairas. El Gringo fue luz de las más
grandes alegrías de Violeta, como la inauguración de una
gran carpa artística popular en el parque La Quintrala en 1965,
y fantasma de sus mayores penas, como cuando se tajó las venas en
1966. Alguien la llevó a tiempo al hospital y ella se levantó
y compuso entre vendajes Gracias a la vida.
La década de los sesenta sacudió
la música y la política en América Latina. Surgió
un poderoso movimiento folclórico que ilusamente pretendía
ser también anuncio de tiempos más justos. Florecieron las
peñas de aires típicos, los sones a la revolución
cubana, los cantores del pueblo como Víctor Jara, los grupos que
interpretaban nuevas versiones de La tortilla republicana con zampoña
y charango.
Los Parra, madre e hijos, agitaron
tanta frescura y tanta cueca. "Me gustan los estudiantes", proclamaba Violeta,
"porque son la levadura / del pan que saldrá del horno con toda
su sabrosura". Salvador Allende prometía un socialismo con vino
y empanada. La peñas le hacían eco. Flotaban aires de cambio
y renovación.
Violeta se consagró a grabar
discos, tejer artesanías, fungir de alfarera. Quería estar
en contacto con el pueblo-pueblo. Denunció a oligarcas que prometían
mejores tiempos y a curas que prometían mejores mundos: "Porque
los pobres no tienen adónde volver la vista, / la vuelven hacia
los cielos / con la esperanza infinita".
Ignoraban que el bullicio y la alegría
de esos años no eran presagio de una nueva sociedad, sino de un
sórdido terremoto.
La vida de Violeta anticipó,
a modo de parábola personal, lo que estaba a punto de suceder en
el continente. El 5 de febrero de 1967, deprimida y sola, se encierra en
su carpa y, al filo de las seis de la tarde, se dispara un tiro en la sien.
Tenía 49 años. Al día siguiente, más de 10.000
chilenos desfilan en su entierro llorando y cantando fuerte.
La gloria de Violeta ha volado tras
de su muerte mucho más de lo que voló en vida su fama, pero
su retrato permanece inconcluso.
¿Quién era, pues, Violeta
Parra? Que lo diga el coro.
Un editor argentino que compartió
con ella muchas tardes de vino afirma: "Generosísima. Malgeniada
y arbitraria, excepto con los amigos". El chileno Alfonso Alcalde, antologista
de sus canciones: "Era pura dignidad: no dejó que nadie le pusiera
el pie encima". Amigos guasones que conocían su temperamento la
apodaban Violenta Parra. "Era medio ronquita", recuerda don Lautaro, propietario
de la taberna El Popular, donde cantó recién llegada del
campo. Un músico valenciano que la conoció en L'Escale: "Genial,
pequeñita, enamoradiza, poco agraciada". Ella misma tenía
pobre concepto de su aspecto físico: "Soy la mujer más fea
del planeta", escribió una vez. Y solitaria: "Toda mi vida fui muy
sola; por eso me he metido en tanto camino oscuro". La define el folclorista
Payo Grondona: "Muy simpática, exigente en su oficio, mandona, matriarcal,
empeñosa, tribal, arriesgada". Y Fernando Sáez, su mejor
biógrafo: "Tendencia a deprimirse, tremenda humildad en la consagración;
podía ser maternal, cariñosa y divertida, y de un momento
a otro podía volverse exigente y dominante a grados insoportables".
El escritor peruano José María
Arguedas declara que era "lo más chileno de lo chileno, y lo más
universal de Chile". Y Pablo Neruda: "Santa Violeta, tú te convertiste
en guitarra con hojas que relucen al brillo de la luna... en pueblo verdadero,
en paloma del campo, en alcancía". La defiende Nicanor Parra, su
hermano, que escribe poesía con una sonrisa: "Se te acusa de esto
y de lo otro. / Yo te conozco y te digo quién eres, / ¡oh
corderillo disfrazado de lobo!".
A Violeta Parra hay que mirarla desde
la galería, sentados entre el público, hombro a hombro con
un campesino viejo, un estudiante joven, una baronesa europea, un minero
de pellejo oscuro. Hay que oír el rumor que la juzga y la aplaude,
pues su vida transcurrió a la vista de la gente, con una guitarra
en el regazo. Cantó en casas, calles, tabernas, campos de labranza,
teatros, circos, cabarés, clubes sociales (una sola vez, a decir
verdad, y propinó zapatazos al gerente cuando pretendió que
almorzara en la cocina), plazas, barcos, trenes, estudios, aulas, estadios...
Cantó desde que era niña; cantó con nueve de sus 11
hermanos; cantó en una docena de países y un centenar de
villas desterradas; cantó para protestar, para recordar, para enamorar,
para olvidar, para sonreír, para llorar. Cantó para armar
el lío y para apaciguarlo; cantó a la vida para agradecerle,
y cantó porque sentía rondar la muerte. Y 36 años
después de aquel disparo sigue cantando en la voz de artistas internacionales:
Mercedes Sosa, Joan Báez, Joan Manuel Serrat...
"¡Canta fuerte, mierda!".
Canción social
Violeta Parra, cantante y compositora
(San Carlos Ñuble, 1917- Santiago de Chile, 1967). Compone su primera
canción a los 12 años. Gran conocedora de la música
popular chilena, que investigó desde 1952, es la iniciadora de la
canción social, que dio a conocer por todo el mundo en largas giras
desde 1954. Fue una de las inspiradoras de la canción protesta en
español. Se suicidó el 5 de febrero de 1967. |