| RADAR/PAGINA/12
de Argentina - 22 de Febrero de 2004
Papá
Quino habla
de Borges, Oesterheld,
Fidel, Mafalda,
Kirchner y el mundo hecho sopa
Quinografía
Su encuentro
con Borges. Las propuestas más indecentes que le han hecho a Mafalda.
La prueba irrefutable de la falta de humor de los argentinos. El día
en que alguien usó a Manolito para justificar la dictadura. Las
mañas que le trajeron los años. Los motivos que le impiden
dejar de dibujar. Su última conversación con Oesterheld.
Las tiras por las que Fidel Castro lo chicanea cada vez que va a La Habana.
Su socialismo impenitente. Quino accedió a hablar de todo esto para
la edición con que la Playboy mexicana festejó su 50º
aniversario. Radar reproduce esa deliciosa entrevista de manera exclusiva.
Mónica
Maristain
En una ocasión,
le preguntaron a Roberto Fontanarrosa qué era lo más difícil
de ser caricaturista. “Convencer a los invitados de que una fiesta no se
anima cuando llega uno”, respondió el rosarino. Se equivoca el que
crea que cuando Quino arriba a algún sitio el ambiente se torna
chistoso. Aunque nos siga haciendo reír con el humor más
filoso e inteligente de que pueda ser capaz un genio de su naturaleza,
Joaquín Salvador Lavado provoca en persona muchas cosas, menos la
risa. Por lo pronto, es un hombre que a los 71 años se conserva
increíblemente seductor. Tal vez, como en uno de esos dibujos inolvidables
que lo han hecho un maestro del humor de página entera, no faltarán
en su vida las mujeres que le echan en cara la apostura frágil con
la que intenta agenciarse el cariño del sexo opuesto.
Lo cierto
es que este hijo de inmigrantes andaluces, nacido en la ciudad de Mendoza
el 17 de julio (aunque en los registros oficiales conste nacido el 17 de
agosto), logró lo que nadie en la reciente edición de la
Feria del Libro de Guadalajara. “Quino, casi estoy enamorada de ti”, le
confesó en público la joven directora de la Feria, Nubia
Macías.
Desde que
nació se lo llamó Quino, para distinguirlo de su tío
Joaquín Tejón, pintor y dibujante publicitario con quien
a los 3 años descubrió su vocación. Y desde que en
1954 saliera publicado su primer dibujo, Quino ha transcurrido los últimos
50 años de su vida como el gran portavoz de varias generaciones
de personas que no se resignan al estado de las cosas y siguen soñando
con un mundo mejor.
Da escalofríos
pensar que cuando Hugh Hefner juntaba sus escasos 8 mil dólares
para crear Playboy, la revista que iba a revolucionar el pensamiento contemporáneo,
Quino lograba vender su primer dibujo al semanario Esto es, de Buenos Aires.
“El día que publicaron mi primera página pasé el momento
más feliz de mi vida”, declaró. Desde entonces y hasta la
fecha, sus dibujos de humor se vienen publicando ininterrumpidamente en
infinidad de diarios y revistas de América Latina y Europa. Mafalda,
el personaje que no dibuja desde hace 30 años, significó
una verdadera revolución a favor de la libertad de pensamiento,
la defensa de los derechos humanos, el elogio a un vida en armonía
con la naturaleza. Con ella aprendimos a no aceptar las cosas como son
y a preguntarnos por qué, en un mundo lleno de manjares exquisitos,
debíamos conformarnos con una sopa rancia e insípida.
¿Le
molesta que le hablen de Mafalda?
–No. Me molesta
un poco la reiteración de las preguntas, pero no sólo sobre
Mafalda sino sobre todo. Hace poco leí una vieja entrevista a Vladimir
Horowitz, que estaba casado con la hija de Toscanini; cuenta que estaba
en un estudio de grabación rodeado de periodistas, la mujer de él
estaba sentada a un costado y escuchaba todo lo que le preguntaban y en
eso murmura: ¡siempre las mismas preguntas! A mí me pasa algo
de eso. Por eso, en mi página oficial (www.quino.com.ar) hay un
espacio llamado “Preguntas más frecuentes”, en donde respondo las
preguntas de siempre, así no me las vuelven a hacer.
¿Ha
sido buena su vida?
–¿Ha
sido buena? ¡Hombre!, comparada con tanta gente que no puede vivir
de lo que le gusta, entonces ha sido buena. Yo, de chiquito me propuse
dedicarme al dibujo, y lo he logrado.
¿De
dónde ha venido esta afición a planificar una vida?
–Es que no
la planifiqué siquiera. En Juan Cristóbal, de Romain Rolland,
se narra la vida de un músico; y hay una parte en que el niño
escucha por primera vez un piano y el efecto que le produce ese bosque
de sonidos es el mismo efecto que a mí me produjo ver a mi tío
dibujar cuando yo era pequeño. Ese efecto lo utilicé para
una tira del Guille, cuando dibuja todas las paredes y le dice a su madre:
“¡Mamita!, ¿viste todas las cosas que hay adentro de un lápiz?”.
Qué cosa extraña eso de la vocación...
–Sí,
a mí me hace pensar que he tenido mucha suerte, de no andar como
estos chicos que veo cambiar de carreras y de colegios a cada rato. He
tenido una suerte tremenda al saber desde muy chico lo que quería
ser. Pero debe ser algo de familia. A mis dos hermanos también se
les despertó muy temprano su vocación.
Este vivir
entre tres ciudades (Milán, Madrid y Buenos Aires), ¿ha sido
una elección?
–No, de ninguna
manera, porque cuando me fui por primera vez de Argentina no fue porque
quise. A partir de ahí ha sido el no saber manejarnos de otra manera,
y todo quedó en manos del azar.
¿Y
cuándo está en Milán extraña Madrid y cuando
está en Madrid extraña Buenos Aires?
–No, a Madrid
no la extraño porque la incorporamos hace poco a nuestra vida. A
mi mujer, Alicia, no le gusta nada Madrid, a mí tampoco me entusiasma,
pero, bueno, por el momento estamos así.
¿Cómo
es Milán?
–Uy, es muy
linda. Aunque la mejor casa la tenemos en la Argentina. Siempre nos falta
algo. Toda la biblioteca la tengo en Buenos Aires, las enciclopedias, todo
esto que uno necesita para el trabajo está en Argentina.
¿En
qué barrio vive?
–En pleno
centro: Talcahuano y Santa Fe, desde hace 30 años.
Ha visto casi
todo ahí.
–Sobre todo
he visto el desplazarse de la ciudad. Antes resplandecía y hoy es
una zona abandonada, de oficinas; he visto empobrecerse el Barrio Norte
también.
¿Ha
visto a Borges? Era su zona.
–Sí.
Él comía en un lugar que se llamaba Cantina Norte, que estaba
en Paraguay y Maipú.
¿Se
le acercó alguna vez?
–No. Intenté
acercarme a Borges una vez que estaba dando una charla en la Sociedad Hebraica.
La charla era sobre el idioma español, algo con lo que yo tuve siempre
muchos problemas porque me crié hablando andaluz. Mis compañeros
en la escuela primaria no me entendían. Cuando llegué a Buenos
Aires hablaba en mendocino, así que tampoco me entendían.
Entonces quería preguntarle acerca de los matices del español
en Argentina, preguntarle por el uso del che, del vos, de cómo hablan
los uruguayos, en fin, total que empecé diciéndole a Borges
que yo era andaluz y entonces me dijo: “Ah, usted sabe que la palabra andaluz
viene de vándalos” y se fue por otro lado... yo me quedé
mudo. Además le cité un ejemplo de mi provincia. En Mendoza,
cuando una persona está espiando a otra se dice “aguaitar”, igual
que en catalán; entonces le pregunté a Borges si no pensaba
que eso podría estar relacionado con el inglés “to wait”,
de esperar, y él me dijo: “No, de ninguna manera, eso no tiene ninguna
relación”. Una contestación antipatiquísima. Todo
fue muy antipático en mi encuentro con Borges.
¿Y
a quién le hubiera gustado conocer?
–A Julio Cortázar.
Pero se deben
haber cruzado varias veces... qué raro que no se hayan visto.
–Una vez le
dejé en París la colección completa de Mafalda, pero
nunca me enteré si se la dieron o no. Él no estaba. Sólo
andaba su gato dando vueltas por las afueras del departamento.
Ernesto Cardenal
recordaba mucho a Julio Cortázar en la Feria del Libro. Tenía
muchos recuerdos del apoyo de Cortázar a la revolución nicaragüense,
que parece lejana, pero en realidad transcurrió hace muy poco, hablando
en términos de tiempo histórico...
–Pero el capitalismo
también se va a ir al carajo. Esto no puede continuar así.
Yo lo que espero es que a la larga se intente otra forma de socialismo.
No igual al que ya fue, pero para mí sigue siendo el mejor sistema
de gobierno.
¿Cómo
ha vivido los últimos acontecimientos en Cuba? Me refiero sobre
todo a los fusilamientos.
–En el momento
en que eso pasó dije que hacía mías las palabras de
José Saramago. Aunque después, hablando con un cubano y con
un francés que es agregado cultural en La Habana me dijo que, visto
desde adentro de la isla, todo era muy distinto a como se vio afuera. Que
realmente esta gente era para matarla. De todas maneras sigo pensando que
nada es para matar a nadie.
¿Hace
mucho que no va a Cuba?
–La última
vez fue en el ‘97. En total estuve ocho veces en Cuba, pero siempre he
ido a trabajar. Conozco La Habana, Varadero, y nada más.
¿Conoce
a Fidel?
–Sí,
aunque no tengo buena relación con él. Hay dos tiras de Mafalda
en las que se habla de él y no le han caído muy bien. Cuando
fui por primera vez a Cuba me pidieron explicaciones al respecto. Fidel,
que es famoso por su memoria, cada vez que me ve, me pregunta: ¿Quién
tú eres, chico? Me ignora completamente.
¿Cómo
se piden explicaciones?
–Directamente.
La gente que te van presentando te va preguntando: ¿Por qué
en esa tira de Mafalda tú dijiste que el Comandante era un cretino?
¿Usted
dijo que Fidel era un cretino?
–Claro, ¿no
te acuerdas? Era la época de Onganía, donde todo lo que dijera
Fidel era considerado malo. Entonces Mafalda se pregunta por qué
Fidel no dice que la sopa es buena, así en la Argentina la prohíben.
Y en el último cuadro, Mafalda termina gritando: “¿Por qué
este cretino no dice que la sopa es buena?”.
¿Y
la otra tira?
–Es cuando
Felipe va a la casa de Mafalda, le lleva una flor y Mafalda la coloca entre
un montón de flores que tienen las plantas de su padre. Felipe termina
diciendo: “Es como regalarle un terrón de azúcar a Fidel
Castro”. También me preguntaron qué había querido
decir con eso. Una vez, visitando la redacción de Dedeté
(legendaria revista cubana de historietas), me dijeron que nunca nadie
había dicho nada, pero que caricaturas de Fidel no se hacían.
A la noche siguiente, en una recepción oficial a la que fui invitado,
yo me había tomado dos mojitos enormes antes de que llegara el Comandante.
La cosa es que cuando llegó, luego de que él me preguntara
el consabido “¿Chico, quién tú eres?”, le dije: “Comandante,
me han dicho algunos colegas que en Cuba no se pueden hacer caricaturas
sobre usted”. Fidel me contestó: “¿Yo he dicho eso? ¿Alguien
me ha sentido alguna vez decir eso? Tú hazme todas las caricaturas
que quieras”. Y pegándome con el dedo en el pecho, me aclaró:
“Siempre que no me hagas contrarrevolución porque si no te tengo
que poner preso”. Claro, nunca entendí qué es hacer contrarrevolución.
¿Dónde
ha comido la comida más rica del mundo?
–En Génova.
Era un pescado con hongos que fue ponerme el primer bocado en la boca y
saltárseme una lágrima de lo rico que era eso. Nunca sentí
una cosa igual con la comida.
¿Su
esposa es buena cocinera?
–Sí,
excelente.
¿Qué
es lo más rico que hace?
–No tiene
una especialidad. Mejor dicho, lo que mejor le sale es cuando inventa una
comida con todas las cosas que han sobrado de otras comidas.
¿A
usted nunca se le ha dado por cocinar? –No, soy un desastre. A veces me
he quedado solo en Milán y he intentado cocinarme, pero me ha salido
mal. Quiero decir: puedo hacer una pechuga a la plancha con ensalada. Pero
cuando le quiero agregar una sopa, o se me quema la sopa o se me quema
la pechuga.
¿Y
dónde está el mejor vino?
–Yo sigo prefiriendo
los de Rioja, los españoles. Aunque hace poco estuve en San Pablo.
Fui a cenar con Ziraldo, el dibujante, y pedí un cabernet sauvignon
de Brasil. Ziraldo creía que yo estaba loco por pedir un vino de
Brasil, pero al final terminó reconociendo que estaba bien. Era
buenísimo. Como decía un vinero que vivía en Milán
debajo de mi casa cuando le íbamos a devolver un vino que estaba
mal: “¿Qué quiere, señor Quino?, el vino es una cosa
viva. Y el corcho también”. En ese sentido, en la Argentina soy
fiel a las bodegas López, porque mantienen una calidad constante.
Es raro que una botella te salga mal. En cambio hay vinos riquísimos,
como los Torres, de Cataluña, que de cada 10 botellas, dos te salen
con gusto a corcho. Pero no sé... una vez alguien dijo que los que
más saben de vino son los borrachos y no los críticos que
hablan del sabor de terciopelo y esas chorradas. Lo importante es que los
vinos están cada vez más caros y que para que un vino sea
bueno uno debe gastar mucho dinero, lamentablemente.
¿Qué
cosas viven en usted de Mendoza, su provincia natal?
–Voy todos
los años a Mendoza. Es una provincia muy bella, pero no recuerdo
que los mendocinos tengan un sentido del humor tan desarrollado como los
cordobeses. La teoría de Luis Landriscina es que el humor de los
cordobeses se debe a que los andaluces fundaron allí su universidad.
Cada vez que voy a Córdoba me sorprende por la imaginación
que tiene esta gente para inventar nombres o criticar situaciones, es algo
notable. Volviendo a Mendoza, me gusta más la gente de San Rafael
que la de la capital. Los mendocinos son raros, jamás te invitan
a su casa, se reúnen todos en la calle San Martín y ya está,
ya cumplieron socialmente.
¿Cómo
se mantiene un matrimonio de tantos años? (Quino se casó
en 1960 con la doctora en Química Alicia Colombo.)
–Bueno, a
ver, se mantiene con muchas crisis. No es que uno esté siempre bien
en el matrimonio. Pero si tuviera que dar una receta esa sería el
respeto, el cariño, la paciencia...
¿Y
en su profesión Alicia ha cumplido un papel importante?
–Sí,
muy importante, porque yo soy muy dejado. Mafalda se empezó a publicar
en Europa porque Alicia fue la que contestó a la persona que escribía
desde Italia y yo no le respondía nunca. Un día Alicia me
dijo: “A mí me da vergüenza este hombre que siempre escribe
y vos nunca le contestás. ¿Me dejás que le conteste
yo?”. Con los viajes pasa lo mismo, me tiene que incentivar ella a que
viajemos, yo soy más de quedarme en la casa, de no salir. No sé.
La verdad es que yo me manejo muy mal en la vida, con todo.
¿Cómo
ha llegado a esta edad con tantas ganas de seguir?
–Y... bueno,
no sé, no he hecho otra cosa en mi vida y no sabría qué
hacer si dejo de dibujar. Sobre todo le tengo terror a dejar de publicar
en los periódicos. Porque si no tuviera la presión de la
entrega, no tendría la disciplina de sentarme a dibujar porque sí.
Entonces,
usted nunca ha trabajado para el éxito...
–No, incluso
siempre me he negado a que usaran mis dibujos en campañas publicitarias.
He preservado a mis personajes del merchandising rabioso y de todo eso.
De todas maneras, a veces pienso que debería haber sido una especie
de empresario para manejar con un sentido comercial lo que me ha tocado
crear. No he sabido administrar mi carrera y eso es algo que nos ha sobrepasado.
Digo “nos” porque Alicia es mi representante y se ocupa de todos los contratos,
tiene una oficinita en casa, que también la sobrepasa y está
cansada, harta..., ya no sabemos cómo hacer.
¿Ha
ganado mucho menos dinero del que podría haber ganado?
–Sí,
he rechazado muchas cosas. Hace unos 15 años mi editor francés
me ofreció hacer un libro de Mafalda para la Shell. El tema era
así, a cada cliente que entrara a una de las gasolineras de la Shell
le iban a regalar uno de mis libros. Pagaban mucha plata. Creo que a mí
me hubieran tocado unos 50 mil dólares y yo dije que no, por supuesto;
¿cómo un personaje que vive despotricando contra las multinacionales
se va a quemar de esa manera? Otra vez los caldos Maggi me ofrecieron una
fortuna para que les diera a Mafalda. La idea era hacer un aviso que dijera:
“Ahora sí, a Mafalda le gusta la sopa”. Otra vez dije que no y casi
nadie lo entendió, pero así fue.
¿Y
no le preocupa no ser entendido?
–No, porque
para mi moral yo tengo razón.
¿Y
no le preocupa haberse quedado un poco solo en esas decisiones?
–No. Me da
mucha rabia que me propongan estas cosas, porque me da la sensación
de que no entendieron mi trabajo o, lo que es peor, si lo entendieron,
no lo respetan.
El escritor
mexicano Juan José Arreola decía que nunca iba a perdonar
ni entender haber sido expulsado del vientre materno...
–Sí,
es cierto. Mis padres murieron muy temprano y siempre me pregunté
qué clase de tipos son los padres que te largan al mundo y luego
se van. Para mí fue muy dura esa experiencia.
¿Nunca
sintió la necesidad de ser padre?
–No. Me cuesta
entender a las parejas que hacen unos sacrificios terribles para poder
tener un hijo; hacen el amor a las 7 de la mañana, recogen el semen,
lo llevan a un laboratorio, van al médico, la verdad es que no lo
entiendo. Me parece una desmesura. Me asusta mucho la idea de tener un
hijo y que se me enferme, me entraría una desesperación terrible.
No lo soportaría. En eso coincido con el Negro Fontanarrosa: “A
uno le preocupan mucho más las 5 líneas de fiebre de su hijo
que la Guerra del Golfo”. Tengo cinco sobrinos y con eso me basta.
¿Es
un amigo suyo Fontanarrosa?
–Tenemos una
cosa que nos separa mucho culturalmente y es que el Negro vive pendiente
del fútbol. A mí me gusta el fútbol, pero siempre
prefiero que gane el mejor, no tengo un equipo en particular. A mí,
que la Selección Argentina gane el Mundial me importa un pito. Si
el otro equipo juega mejor me parece justísimo que la Argentina
no gane nada. Y Fontanarrosa no entiende esas cosas. Cuando Colombia le
ganó 5 a 0 a Argentina lo llamé a Daniel Samper (periodista
colombiano) para felicitarlo y me preguntó si estaba loco y qué
clase de argentino era yo. Cuando me preguntan si los argentinos tienen
sentido del humor siempre respondo que no, porque con el fútbol
no te podés meter. Hacés una broma de fútbol y hasta
podés perder la vida. Te pueden matar en serio. El fútbol
me encanta como coreografía, como propuesta, lo encuentro muy inglés
en la rudeza de las reglas: por un tipo que mete un foul es penalizado
todo el equipo, eso sólo puede pasar en un colegio inglés
y, por tanto, en el fútbol.
¿Y
Caloi es amigo?
–Sí,
pero en ese caso nos divide la política, porque él es peronista
fanático, pero llegamos a un acuerdo gracias a mi mujer, que puso
límites y nos prohibió hablar de política. Nosotros
respetamos ese acuerdo y nos llevamos muy bien.
¿Qué
otros dibujantes son amigos suyos?
–Soy muy amigo
de Miguel Rep, que me parece uno de los dibujantes más talentosos
de la última generación. Pero diría que en general
me llevo bien con todos, menos con Nik, que publica en La Nación
y empezó robando muchísimo a Rudy, a Daniel Paz, de Página/12.
Nik vino a crear un malestar por primera vez entre los dibujantes argentinos.
Nadie lo soporta. Al punto que si hay una mesa redonda, todos participan
con la condición de que él no esté.
¿Valora
la experiencia de la revista Humor, que en los 80 cambió el lenguaje
del humor en la Argentina?
–Sí,
muchísimo. Su creador, Andrés Cascioli, fue un verdadero
baluarte en el sentido de que comenzó a informar lo que estaba pasando
realmente en la Argentina con la dictadura.
¿Y
por qué nunca publicó allí?
–Porque no
me gusta publicar en revistas de humor. Me gusta publicar en periódicos
y en revistas de interés general. En la revista de Clarín
estamos el Negro Fontanarrosa, Caloi y yo, pero no es una revista de humor.
Es un suplemento dominical. Publiqué hace muchos años en
Rico Tipo, pero donde escribían de cine y de otras cosas unos tipos
geniales que no me di cuenta en el momento lo buenos que eran. Me di cuenta
después. Tampoco hago sátira política, yo no hago
humor con ministros ni con presidentes. Dicen que mi humor trata de la
esencia del ser humano, y tal vez sea así, porque por más
tecnología que descubran, la persona sigue siendo la misma. Además,
en estos tiempos los políticos tienen muy poco peso. Hay una sola
potencia que domina y antes por lo menos estaba Flash Gordon para que nos
defendiera de Ming. Ahora sólo quedó Ming, que es
George Bush.
Ming gobierna
el mundo, entonces...
–Claro, y
además Ming es sordo. No escucha a la gente. Todo el mundo sabe
que Bush invadió Irak por el petróleo, pero lo peor es que
Bush sabe que todo el mundo sabe, pero no le importa. No le importa el
futuro de la humanidad, ni el de sus nietos, ni el de sus bisnietos, eso
me llama mucho la atención. Los gobernantes de ahora han construido
un gran muro de goma en donde rebotan las protestas de los ciudadanos.
Podemos decir todo, pero nadie nos escucha, a nadie le importa.
¿De
qué otras cosas tratan sus dibujos, además de la esencia
humana?
–De la relación
entre los débiles y los poderosos. Eso siempre me ha obsesionado.
Esa sensación de impotencia que tienen los pobres frente a los ricos,
de los mandados frente a los amos, no sé, a veces pienso que debería
dejar de dibujar por un tiempo, para no vivir la angustia o el miedo a
repetirme. Pero cuando pienso en que voy a abrir el periódico y
no van a estar mis dibujos, me da más angustia y sigo dibujando.
Es como ese jefe de estación que se jubila, pero vuelve todos los
días para ver si los trenes pasan a horario. No me puedo imaginar
esperando pasar los trenes. Además, en mi oficio no hay trenes.
¿Quién
se fue demasiado pronto en su vida además de sus padres?
–Ahora en
enero acaba de morir un amigo que ni siquiera había cumplido los
60 años. Para mí y para mi mujer la muerte de Vázquez
Montalbán también ha significado la pérdida de un
amigo aunque no lo conocíamos. Con tantos españoles que hay
para morirse, ¿por qué no se murió Aznar en lugar
de Vázquez Montalbán? Qué injusticia. ¿Por
qué no se murió Fraga?
¿Llegó
a conocer a Oesterheld?
–Sí,
y siempre me quedó el sabor amargo de que la última vez que
lo vi discutimos mucho por política. Fue una discusión muy
fuerte. Estaba el dibujante Oski, fue en la casa de él, estaba toda
su familia, era un tipo muy radicalizado que decía cosas como que
si el pueblo no entiende a Picasso, entonces Picasso no sirve. Me quedé
muy mal, porque ésa fue la última vez que lo vi.
Ni siquiera
ese radicalismo alcanza a explicar la barbarie cometida por los militares
argentinos...
–No, claro
que no. Qué maricones los militares argentinos. Porque por lo menos
los militares brasileños admitieron haber matado y les devolvieron
los cadáveres a los familiares. Los argentinos los desaparecieron
y todavía siguen negando todo. La cobardía de esta gente
es lamentable, inadmisible.
¿Le
gustan las fiestas navideñas?
–No, porque
vengo de una familia que nunca festejó nada. A nosotros ni siquiera
los cumpleaños nos festejaban.
¿Qué
día cumple años?
–El 17 de
julio, pero como estoy anotado un mes después, es un conflicto.
Pero no, porque
se lleva dos regalos.
–Te crea algo
falso que se suma a que hay dos banderas argentinas, una con sol y la otra
sin sol, un dólar que vale dos o tres, que River o que Boca, que
peronista o radical.
¿Qué
cosas lo hacen perder la calma? Usted parece bastante tranquilo... o contenido.
–No, no soy
tranquilo. Soy contenido, por eso tengo tantos problemas de salud, porque
guardo todo, nunca expreso lo que verdaderamente me pasa. Hay muchas cosas
que me hacen perder la calma, no elegiría ninguna en particular.
¿Y
qué cosas lo hacen sentir fuerte, a usted que parece tan frágil?
–Nada.
Ni siquiera
sus dibujos.
–Bueno, mis
dibujos sí. Cuando estoy muy mal, me encierro en mi estudio y dibujo.
Pero jamás me siento fuerte. Soy muy débil, un hombre inseguro
para todo.
¿Qué
está leyendo ahora?
–El libro
de las ilusiones, de Paul Auster, en el que curiosamente aparece un argentino.
Empecé a leer las memorias de Gabriel García Márquez,
pero me desilusionaron bastante. Lo considero un libro antiguo.
¿Y
el último disco que ha escuchado con pasión?
–El de Romeo
y Julieta de Sergei Prokofiev en versión de Ricardo Mutti, que me
encanta. Lo que pasa es que me he vuelto muy maníaco. Es verdad
eso que dicen que cuando uno se pone viejo comienza a tener muchas manías.
Antes podía dibujar escuchando música, pero ahora no. Antes,
sólo necesitaba el silencio para que me surgiera una idea, y luego
ponía música para dibujar a lápiz. Con el tiempo,
me distraía la música en el dibujo, así que comencé
a ponerla sólo cuando pasaba el dibujo de lápiz a tinta.
Ahora no puedo escuchar nada en ninguna parte del proceso. Son manías.
¿Qué
opina del nuevo gobierno argentino, encabezado por Néstor Kirchner?
–En primer
lugar me queda claro que los argentinos no quieren ser gobernados por ningún
político que no sea peronista. Yo no soy peronista, como todo el
mundo sabe, pero le tengo simpatía a Néstor Kir-
chner. Me
gusta él y me gusta Lula, de Brasil. Además, me gusta que
ambos estén tratando de hacer cosas juntos, de fortalecer el Mercosur,
por ejemplo. Ahora que los norteamericanos están distraídos
en otra zona del planeta, puede ser que nos dejen hacer algo bueno en nuestros
países.
¿Siempre
le ha interesado la política?
–Desde niño,
porque soy hijo de andaluces y cuando tenía cuatro años escuchaba
hablar de la Guerra Civil Española, que se vivió en mi casa
con mucho pesar. Pero no he leído ni a Marx ni a Maquiavelo, no
soy un teórico de la política.
¿Y
a Les Luthiers hace cuánto que no los ve?
–Hace poco
me invitaron a una fiesta de aniversario en Madrid, y no pude ir porque
tenía que escribir un contrato, bueno, yo no, pero Alicia sí,
y tenía que ayudarla. Total que los vi hace 15 días.
¿Es
amigo de todos los integrantes del grupo?
–No, de Daniel
Rabinovich, fundamentalmente. Y de Jorge Maronna.
Siempre se
lo compara con ellos y la gente suele preguntarse cómo siendo tan
argentinos han trascendido en el mundo.
–Bueno, ellos
todavía más que yo. Porque es un caso curioso de cómo
son tan entendidos en el resto del mundo, si su humor es tan local. Es
como si trasladaran al Inodoro Pereyra, que a mí me parece genial,
pero sacado de su contexto, no tiene mucho sentido.
¿Qué
le gusta de los nuevos dibujantes?
–No soy un
gran experto, no leo ni veo mucho. En España apareció uno
muy bueno que se hace llamar “El Roto” (Andrés Rábago), ése
me encanta. Veo que el arte de la caricatura está bastante vivo,
pero no sé si el humor que hago yo, que hace Sempé, que por
otra parte tiene mi edad, tiene seguidores. Es un tipo de humor más
reflexivo, que no se ve a la primera. Ese humor me parece que está
en vías de extinción.
Le voy a decir
un piropo...
–Decime todos
los que quieras.
Se lo ve a
usted bastante bien.
–Sí,
aunque debería caminar 4 kilómetros diarios y no lo hago.
Soy muy sedentario. Tengo muchas operaciones en la vista, así que
por eso dibujo a lápiz, porque no puedo ver la pantalla de la computadora.
La tecnología no está hecha para mí. Me han operado
el corazón y ya no puedo fumar. Antes fumaba 40 cigarrillos diarios.
Sigo una dieta rigurosa, no puedo comer con sal, pero bebo vino y me gusta
mucho el ron.
¿Ha
sufrido muchas persecuciones en la Argentina?
–Bueno, comencé
a dibujar en los tiempos difíciles, que se fueron complicando cada
día más. De esos tiempos me quedó una autocensura
que ya no puedo sacarme de encima. En 1976, en los inicios de la dictadura,
me destrozaron la puerta de mi casa a patadas. Nosotros no estábamos.
Otra vez, unos amigos y yo habíamos hecho copias de un dibujo de
Mafalda que señalaba el bastón de un policía y lo
nombraba como “el abollador de ideologías”. Al día siguiente,
la ciudad amaneció empapelada con un dibujo de Manolito, que portaba
un bastón de policía y decía: “¿Ves, Mafalda?,
gracias a esto, ahora podemos caminar con libertad por las calles”. Pero,
en fin, eso fue todo. Ya después me fui del país.
Eran tiempos
en los que se pensaba que el mundo podía cambiar.
–Sí,
ahora directamente no sabemos qué hacer. Cuando éramos jóvenes
escuchábamos las canciones de Joan Manuel Serrat y creíamos
que íbamos a cambiar el planeta con una canción o con un
dibujo. Más tarde nos dimos cuenta de que la lucha armada no era
el camino. Ahora nos damos cuenta de que ya no hay políticos. Jacques
Chirac, por ejemplo, aunque sea de derecha, es un político nato
y gente como él ya no queda en el mundo.
¿Por
qué dejó de dibujar Mafalda?
–Porque un
personaje esclaviza mucho y yo tenía mucho miedo de repetirme. Mafalda
sigue viva en los lectores, pero yo no la quiero más que a otros
dibujos míos. Soy como un carpintero, Mafalda es un mueble que me
quedó bien y vendió mucho, pero quiero a todos mis muebles.
¿Qué
tiene de sus personajes?
–Tengo todo,
porque nacieron de mí. Aunque me identifico más con Miguelito
y Felipe, porque como ellos vivo haciéndome preguntas inútiles.
Cuando llegué a Buenos Aires, vivía en una pensión
con un periodista, que por cierto desapareció a manos de la dictadura.
Un día estaba mirando por la ventana y le pregunté a este
muchacho: “Che, Julián, decime, ¿cuánto creés
que pesa un árbol?”. Y él me contestó: “¿Por
qué no te vas un poco a la puta que lo parió?”. De Manolito
lo que tengo es el manejo del dinero, quiero decir, yo soy un desastre
para manejar el dinero, nunca me supe administrar en ese aspecto, entonces
puse toda la eficacia que no tengo en Manolito. Con Susanita me identifico
por lo chismoso. Soy incapaz de contar un chisme, pero me encanta que me
vengan a contar cosas de los demás.
¿De
dónde saca material para sus dibujos de amor y desamor?
–Son recuerdos
de los radioteatros que escuchaba cuando era niño. También
saco material de las películas de Ingmar Bergman, que me encantan.
No veo telenovelas. Hace poco alguien me recomendó de manera entusiasta
a Betty La Fea, pero aunque me pareció divertida no pasé
de un solo episodio.
¿A
quién admi ra?
–Bueno, admiro
mucho a Sempé; de Argentina me gusta mucho Miguel Rep, de México
me gusta Rius, pero también admiro a las enfermeras, a los Médicos
Sin Fronteras, a muchas organizaciones no gubernamentales que luchan por
mejorar el mundo. De todas maneras, pienso que esas organizaciones les
alivian la tarea a los gobernantes, sin quererlo, claro, pero mucho de
lo que ellos hacen deberían hacerlo los presidentes, los ministros.
¿Morirá
siendo socialista?
–Sí,
por supuesto. Esa es la mejor forma de gobierno que concibo, es el mejor
sistema. Apenas tuvo 70 años para expresar y es probable que estuviera
mal aplicado. Si pensamos que al cristianismo le llevó tres siglos
imponerse, ¿por qué no podemos pensar que el socialismo regresará
y finalmente podremos vivir en un sistema más justo y más
humano para todos? |