| LA
JORNADA de México - 26 de Abril de 2004
Sendic
Carlos
Fazio
Hace unos
cuantos abriles, allá por 68, surgió en Uruguay una organización
campesina, el Movimiento Nacional de Lucha por la Tierra (MNLT), que tenía
como instrumento de concientización para el medio rural un mensuario
que salía cuando podía. Se llamaba Tierra y Libertad.
Debajo del nombre un subtítulo rezaba: "Tierra para quien la trabaja".
¡La consigna zapatista! Circulaba en las zonas cañeras, remolacheras
y arroceras del interior del país y en los círculos de obreros
y estudiantes urbanos. En los prolegómenos del golpe de Estado de
1973, cuando los militares iniciaban su irresistible ascenso hacia el poder,
el ministro de Cultura de la dictadura, Julio María Sanguinetti
(luego dos veces presidente de Uruguay) llegó a exhibir en el Parlamento
ejemplares de Tierra y Libertad como símbolo de la "subversión".
Y tenía razón: aquel periodiquito que exhibía a la
"rosca uruguaya" y desnudaba contubernios entre oligarcas, terratenientes,
banqueros y políticos de entonces subvertía la conciencia
del peón, del trabajador agrícola, del tambero, de los explotados
y oprimidos del campo y de la ciudad.
El MNLT ponía el acento en
la estructura de la propiedad agraria, bajo predominio del latifundio,
y formaba parte de un puñado de organizaciones políticas,
sociales y sindicales que habían crecido al amparo de una nueva
forma de hacer política, original, contestataria, revolucionaria.
La "corriente combativa", como se la identificó a finales de los
años 60, había sido impulsada por un pelotón de los
asalariados más explotados del Uruguay: los cortadores de caña
de Bella Unión, en el norteño departamento de Artigas. Los
peludos, sinónimo coloquial de los cañeros, estaban agrupados
en el sindicato UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas),
liderado por un casi abogado de aspecto desaliñado y parco hablar.
Su nombre, Raúl Sendic.
El Bebe Sendic, o Rufo,
como se le conocería después, tenía un vicio: olfatear
lejos. Le gustaba definir la esencia de los fenómenos y sus causas
determinantes; descubrir "las cosas detrás de las cosas". Heterodoxo
militante del Partido Socialista, partidario de "un socialismo revolucionario
de estirpe libertaria", cometía la irreverencia de anteponer Rosa
Luxemburgo a Lenin, y descubrió temprano en el peruano José
Carlos Mariátegui los rudimentos de un marxismo latinoamericano,
que inevitablemente lo llevaría hasta las fuentes artiguistas de
una unidad continental por la suma de ligas federales. Luxemburgo, Mariátegui,
Artigas, era un collage para nada disparatado, que permitía
una síntesis adecuada a las condiciones concretas de los escenarios
posibles de una revolución y de los papeles protagónicos
que deberían asumir, al decir de Artigas, "los pueblos soberanos",
"reunidos y armados" en cabildos, de las cuales debían emanar las
autoridades delegadas. Antecedente lejano, si lo hay, de los actuales caracoles
autonómicos zapatistas de México.
Reacio a las maratónicas discusiones
ideológicas de la izquierda, Sendic era un agitador, un luchador
social, un político, un dirigente partidario y un organizador sindical.
Pero, ante todo, un hombre de acción. Para ciertas cosas, en aquel
Uruguay que tenía una cara y una careta, no discutía: hacía.
En los años 50, como litigante se especializó en demandas
y defensas laborales y comprobó que en la Suiza de América
la democracia terminaba en los ejidos; que la ley cesaba en el portón
de los arrozales y de las remolacheras, donde se aplicaba la ley del patrón,
inflexible y de mano dura, con el apoyo, siempre, de la policía
y el ejército. Fue entonces cuando llegó a la conclusión:
se necesitaba modificar el sistema de propiedad y de producción
de la tierra por la vía de una reforma agraria radical.
Cuando a comienzos de los 60 llegó
a Bella Unión, la última frontera, el lugar más olvidado
del Uruguay, Sendic tenía como objetivo organizar a los peludos
de Azucarera Artigas y de la American Factory, propiedad de unos gringos
corridos de Cuba al triunfo de la revolución. Signo de los tiempos,
en agosto de 1961 el Che Guevara había pasado por Montevideo
y poco después llegaba Francisco Juliao, dirigente de las "ligas
campesinas" en el nordeste brasileño. Pronto la consigna zapatista
de "tierra para quien la trabaja" encontró oídos receptivos
en UTAA, sindicato de nuevo tipo que impulsaba la expropiación de
latifundios improductivos y ensayaba algunas formas de acción directa,
como la "ocupación" de un ingenio a cargo de un tal mister Henry.
En 1962, con su paso a la clandestinidad, el seudónimo Bebe dio
origen a la leyenda. Poco después Uruguay cobijaría a la
primera marcha cañera, que atravesaría el país y atronaría
la capital con su grito de guerra "UTAA, UTAA, por la tierra y con Sendic".
Y allí mismo, en el seno de los peludos, no tardaría
en germinar el Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros, guerrilla
urbana que aportó algunos elementos originales a la lucha revolucionaria
mundial.
Después vinieron las ejecuciones
de los escuadrones de la muerte, la represión militar, la
tortura como método y aquella frase que dio la vuelta al mundo:
"Yo soy Rufo y no me rindo", pronunciada por el jefe tupamaro una
madrugada de 1972 antes de caer abatido por un disparo que le destrozó
la cara. Sendic y sus compañeros pasaron 13 años en prisión.
Igual que en la Alemania nazi, él y ocho más fueron considerados
rehenes de la dictadura. Pero no los pudieron quebrar.
En 1985, cuando la movilización
popular rescató de las cárceles a los últimos presos
de la dictadura, Sendic volvió a su obsesión: la lucha por
la tierra. El MLN definió transitar en la legalidad. Aprovechar
para crecer en el pueblo, crear empresas cooperativas y ejercer otras formas
de poder popular. Vivas las experiencias de Nicaragua y El Salvador, apostaron
por crear un Frente Grande que revitalizara al Frente Amplio. En 1987,
en una convención del MLN, Sendic planteó que el método
guerrillero seguía siendo válido en la lucha por la liberación
de los pueblos: "Que ahora no lo usemos aquí, no quiere decir que
no sea válido en otro avance del fascismo".
Un año después, un
28 de abril, lo que no pudieron los milicos lo hizo el mal de Charcot:
el Bebe Sendic moría en París víctima de una
enfermedad devastadora. El mal le doblegó su cuerpo, pero no su
pensamiento. Este miércoles se cumplen 15 años. En Chiapas,
estoy seguro, habrá quien lo recuerde. Como en todo México. |