El Sabalero
por
sí mismo
José
Carbajal
Nací
el día de las playas del 43, en Juan Lacaze o Puerto Sauce, un lugar
precioso sobre el Río de la Plata, ahí en el Departamento
de Colonia.
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Cuando era chiquilín,
había dos fábricas que regulaban la economía de toda
la población. La textil con unos 1.800 obreros y la papelera con
unos seiscientos.
Eran los años
de la posguerra y mucha gente del campo y de los pueblos vecinos y no tan
cercanos, llegaba en busca de trabajo como lo habían hecho mis padres
en el 40 y esa gente se iba estableciendo en los alrededores creando barrios
nuevos. Así fué creciendo el paisaje de casitas con terreno
y el pueblo se extendió a lo largo de la costa.
Las chimeneas altísimas
se levantaban por sobre las aguas amarronadas del Plata, por sobre las
interminables dunas donde los pescadores tenían sus chozas, sus
perros, sus redes tendidas al sol y sus botes a pocos metros de las gaviotas
y los caraos. Y pasando los médanos, un poquito más allá,
en los barrios verdes de plátanos y paraísos, el viento secaba
mamelucos y guardapolvos recién lavados.
Fuimos creciendo
en la libertad de las lagunas rebozantes de palometas, juncales y pájaros
con todos los colores y con todas las melodías. En la pesca del
sábalo a la orilla del enorme río, dura pero divertida. Con
las chimeneas delante de los ojos, que esperaban nuestros catorce años
para abrir el portonazo de hierro y tragarnos para siempre... y ese sería
nuestro destino en el mejor de los casos.
Hice los siete
años de primaria en la Escuela Industrial Don Bosco, un año
en el liceo público y cumplí los 14. Cumplí los catorce
años y abandoné el saloncito con treinta bancos, mapamundi,
hombre anatómico y risas infantilotas y me aturdí entre el
estruendo de 400 telares, otros olores, otro lenguaje y otros. Otros, mitad
maestros y mitad compañeros, que me enseñaron durante seis
años la más difícil de las materias. La fraternidad.
Mientras tanto,
con cuatro amigos, una amiga y el apoyo de algunos profesores, fundamos
el liceo nocturno libre, o sea que debíamos rendir exámenes
totales para oficializar el pase al siguiente curso.
Desde niño
me apasionó la lectura... y las letras me fueron ganando.
Comencé
a escribir desde muy joven y con una guitarra que compartíamos entre
muchos amigos y con el paso del tiempo, me fui volviendo medio cantor,
medio compositor, medio poeta.
En 1967 llegué
a Montevideo y me quedé trabajando en las peñas folclóricas
donde cantaba mis canciones y en la biblioteca del Ministerio de Ganadería
y Agricultura.
Hice un disco con
cuatro canciones que pasó desapercibido, hasta que en 1969 grabé
mi primer LP en el que sonaban "Pantalón cortito" , "La Villa Pancha"
y "Sentados al cordón de la vereda" que como a las otras, la gente
las había rebautizado, en realidad, se llaman Chiquillada, La sencillita
y A mi gente.
Mi vida cambió
porque las canciones impactaron en los uruguayos y algunas se me fueron
por Latinoamérica y se hicieron bastante populares.
Entonces llegó
el momento de elegir y elegí.
La música
y la escritura, me convencían más que los consejos de mi
madre que se preocupaba por las inseguridades de la aventura no muy prestigiosa
que yo comenzaba seriamente. Vida de cantor y guitarrero.
Y seguí
en esto. Fui a Buenos Aires (Argentina) y de allí a España,
donde estuve un año y medio hasta que el franquismo me expulsó
a Francia.
Cinco años
después, Holanda llenó todos mis rincones vacíos...
y luego... sobrevolamos México hasta el 84'. Volví o volvimos
a Uruguay el 3 de noviembre de ese año y nos quedamos ocho más
en Montevideo donde nació nuestro hijo Antolín en el 85.
Catalina nació Holanda en el 89 aunque todavía vivíamos
en Montevideo. Hace unos diez años recalamos en Amsterdam y reparto
mi tiempo entre Holanda donde escribo canciones y cuentos, estudio Holandés,
cocino, limpio y cuido mis hijos y mi casa, y Uruguay, Argentina y otros
países donde sigo trabajando en la música con un grupo permanente
de diez personas que formamos por el 86.
Publicado en La
República el 19 de Setiembre de 2004 |