Periodista
Digital de España - 6 de Noviembre de 2004
Trotsky:
el profeta
vencido
Juan
Pablo Fusi El País
Judío,
arrogante, culto, excelente escritor, orador fulgurante, Trotsky fue una
personalidad formidable: el mejor líder que la revolución
haya producido jamás, en palabras de A. J. P. Taylor. Fue el organizador
de la toma del poder en la revolución comunista rusa de octubre
de 1917 y el creador, enseguida, del Ejército Rojo, el principal
instrumento en la consolidación del régimen soviético
y fundamento del nuevo patriotismo sobre el que éste se asentaría.
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Pero Trotsky fue
también un héroe trágico, shakespeariano. Tras siete
años en el corazón del poder (1917-1924), Trotsky fue apartado
desde 1925 de todos sus cargos, exiliado primero a Alma Ata en Kazajstán,
y expulsado después, en 1929, de la Unión Soviética,
borrado literalmente de la historia por el rencor implacable de Stalin
y objeto de una persecución inaudita, que culminaría con
su asesinato en 1940 y con la eliminación física, paralelamente,
de casi todos sus antiguos colaboradores en la URSS, incluidos miembros
de su propia familia: su primera mujer, Alexandra; su hijo Sergei; tal
vez su otro hijo, León, muerto en 1938 en un hospital de París
en circunstancias sospechosas.
Desde 1925, si
no desde antes, Trotsky disintió, en efecto, del curso que seguía
la revolución comunista: poder autocrático de Stalin, burocratización
creciente del partido comunista ruso, instrumentalización de los
partidos comunistas en todo el mundo al servicio de los intereses de la
URSS. Ésa fue sin duda su aportación definitiva al debate
sobre el comunismo: ver en el estalinismo la degeneración burocrática
de la revolución, el estalinismo como la revolución traicionada.
Un tema enorme:
el fracaso del comunismo significó la derrota de la izquierda revolucionaria
en el siglo XX. La cuestión es, pues, saber si la historia hubiera
sido diferente si Trotsky y no Stalin se hubiera hecho con el poder en
la URSS, si ésta se hubiera construido como un régimen trotskista,
y no estalinista.
Pues bien; primero,
las posibilidades de Trotsky de hacerse con el poder a la muerte de Lenin
(1924) fueron siempre escasas. Trotsky era una personalidad solitaria.
Desinteresado en la gestión ordinaria del partido, apenas si asistía
a las reuniones de los órganos de dirección del mismo: no
entendió que la clave del poder en la URSS estaba precisamente en
el control de la secretaría del Partido Comunista. Su tesis más
conocida y característica, la revolución permanente, era
mucho menos coherente con las necesidades de reconstrucción de Rusia
tras la I Guerra Mundial, caída del zarismo, triunfo de la revolución,
guerra civil y guerra ruso-polaca, todo lo cual aconteció entre
1914 y 1920, que la tesis de Stalin del "socialismo en un solo país",
esto es, la transformación desde arriba de la URSS en un gigante
industrial y militar. Trotsky era notoriamente judío (aunque asimilado):
era poco menos que impensable que un judío gobernase en Rusia, dado
el intenso antisemitismo del país. Su carácter dominante,
su excesiva arrogancia -Lunatcharsky diría que Trotsky se veía
a sí mismo como el aristócrata de la revolución- y
su superioridad intelectual intimidaban: reforzaron sin duda su aislamiento
en el aparato del poder soviético.
Segundo, Trotsky
disintió del estalinismo. Pero entre 1917 y 1924 contribuyó,
con Lenin y el resto de los dirigentes comunistas, a crear el sistema y
la estructura de poder que hicieron posible el estalinismo. Fue Trotsky
quien en ocasión memorable, a las pocas horas del triunfo de la
revolución, apuntilló a los socialistas moderados, a los
mencheviques. Bajo su mando, el Ejército Rojo ganó la guerra
civil y la guerra ruso-polaca; pero, al hilo de la guerra civil, ese Ejército
eliminó a los anarquistas y luego, en 1921, aplastó la rebelión
de los marineros de la base naval de Kronstadt, uno de los símbolos
de la revolución de 1917, sublevados ahora por la gravísima
situación creada por el régimen comunista en apenas tres
años de existencia. Para el historiador E. H. Carr, Trotsky era
por temperamento y ambición el más dictatorial de los líderes
comunistas. Apenas un mes después de la Revolución de Octubre,
Gorky escribió ya que "Lenin y Trotsky no tienen la menor idea del
significado de la libertad o de los Derechos del Hombre. Están ya
envenenados por el sucio veneno del poder, y esto se ve en su vergonzosa
actitud hacia la libertad de expresión, el individuo y todas las
demás libertades civiles por las que la democracia luchó".
Apartado del poder y expulsado de la URSS, Trotsky apelaría continuamente
a un retorno al comunismo de 1917 y a la "democracia de los trabajadores",
es decir, a la reafirmación de la esencia del programa y las ideas
bolcheviques. Precisamente, el programa y las ideas bolcheviques de 1917
-partido único, nacionalización de bancos, minas, ferrocarriles,
empresas, comercio exterior e interior, socialización de la tierra
y la propiedad privada...- llevaron inevitablemente a la dictadura. Los
comunistas restablecieron de inmediato, en 1917 y 1918, la policía
política y la pena de muerte; reconstruyeron el Ejército,
disolvieron la Asamblea Constituyente, prohibieron primero los partidos
de la derecha y centro, y enseguida todos los demás (socialdemocrátas,
agraristas...), ejecutaron a la familia real y abrieron ya campos de concentración.
La primera purga interna del partido, que afectó a unos 100.000
militantes, tuvo lugar en 1921, años antes de que Stalin se hiciera
con el poder. Trotsky se identificó con toda aquella política:
como Lenin, defendió el terror rojo, la represión y, con
ello, la dictadura económica, la militarización de fábricas
y trabajadores, el encarcelamiento de huelguistas, absentistas y saboteadores
del trabajo.
La trágica
grandeza de Trotsky se fraguó después: en su vida en el exilio,
en su combate contra el estalinismo sin más armas que su personalidad,
sus libros y su labor propagandística, tarea a la que se dedicó
con energía torrencial y admirable serenidad, como un hombre poseído
ya de la conciencia de su lugar trascendente en la historia. Su Autobiografía,
La revolución rusa y Lecciones de octubre revelaron el pulso indudable
de Trotsky como escritor; los numerosísimos artículos y folletos
de combate que publicó entre 1930 y 1940 mostraron, sin embargo,
el dogmatismo de su pensamiento:obsesión enfermiza con el estalinismo,
y tópicas y apocalípticas advertencias sobre el colapso del
capitalismo como teoría del fascismo.
Expulsado de la
URSS, Trotsky se exilió primero en Turquía y luego en Francia
y Noruega, y por fin en México. Un grupo nazi asaltó su casa
en Noruega; pistoleros comunistas mandados por el pintor Siqueiros ametrallaron
su residencia en México. La muerte de su hijo León en 1938
le destrozó. Exiliado y perseguido, se reconcilió con su
condición judía y, pese a su internacionalismo, pareció
interesarse al final por la dramática suerte de su pueblo. Le asesinó
de forma atroz un comunista español, agente de Stalin. El asesino,
Mercader, planificó cuidadosamente el crimen. Durante meses se granjeó
la confianza de Trotsky; el día del asesinato, llevó oculto
bajo la gabardina un pico de escalar y buscó una ocasión
para estar a solas con Trotsky en su despacho; en un momento, y mientras
Trotsky leía, cogió el pico, lo apretó en la mano
y con los ojos cerrados, le descargó un terrible golpe en la cabeza. |