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7 de enero de 2005
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Brecha de Uruguay - 7 de enero de 2005

El Negro Viñas  (1928-2004)

Una vida de folletín

De menor infractor a delincuente pesado. De gambusa a preso político. De colado en la fuga a tupamaro de ley. De cárcel a más cárcel. De cazador de corazones a vecino de enfrente. De vida, de amor y de muerte. ¡Qué película hizo de su vida este hombre!

Guillermo Reimann
Primeros días de junio de 1972. El orificio que comunicaba ambos calabozos, apenas perceptible en la pared y disimulado con 
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El Negro Viñas
Foto La República
bolitas de papel, permitió el diálogo durante dos o tres días entre los dos detenidos.

Uno no veía más que el ojo del otro, y para que la conversación fuera tal había que agarrarle la mano: uno pone el oído y escucha mientras el otro habla, bajito, claro. Y viceversa.

No se conocían, habían caído en esos días y pasaban por la etapa más dura de la detención. Los llevaban a interrogarlos, los traían, iban y venían. En los momentos más calmos hablaban, se daban ánimo, bromeaban a veces. Ambos eran muy jóvenes, veinte y poco cada uno. Ella tenía hermosos ojos claros, único detalle físico perceptible y que él recordaría durante años, hasta que pudieron conocerse “del todo”, 13 años después, en la plaza Libertad, cuando festejaban la liberación de los últimos presos políticos.

Una tarde lamentó que a su vecina la trasladaran a otro sector del cuartel. Qué lástima, estaba buena la conversación, quién sabe a quién ponen ahora en ese calabozo. No demoró en saberlo. Ni bien sacaron a la muchacha ingresaron bruscamente a otra persona. Los presos rápidamente aprenden a manejar el lenguaje de ruidos y sonidos. Esperó un tiempo prudencial y apenas miró le sorprendió un ojo oscuro, vivaz, desconfiado, que lo esperaba del otro lado. “¿Quién sos?”, le preguntó una voz gutural, y muy masculina por cierto. “Soy fulano... -le respondió-. ¿Y vos?” “Yo soy el Negro Viñas”, dijo el ojo.

BOLITA DE PURRETE ARRABALERO

Había nacido en Saladillo, provincia de Buenos Aires, y lo inscribieron el 28 de agosto de 1928 pero es probable que tuviera un par de años más. Eran siete hermanos, su madre alternaba como modista, y su padre, manco, se revolvía en la timba. La modesta condición familiar pretextó su temprana inclinación callejera. Antes de los 10 años robó las monedas de la caja en la fiambrería de la cuadra, pero dejó los billetes de papel, se lamentaría. Se dio cuenta de que podía, de que se las ingeniaba con éxito, y siguió afanando, aprovechando descuidos, ensayando las primeras planificaciones que tanto le distinguirían años después. Aparte del choreo, su pasión por Boca Juniors era la otra gran motivación que distraía su tiempo. Iba a ver gratis los partidos de las inferiores por la mañana, y se escondía en el estadio hasta la tarde, para ver al primer equipo. No obstante su ídolo vestía la casaca rival: el uruguayo Walter Gómez era estrella de River Plate. A tal punto lo admiraba que en Uruguay se hizo hincha de Central por ser el club en el que se inició Walter Gómez.

Recaló en reformatorios, juzgados de menores, y cuando hizo la colimba se escapó del cuartel con el uniforme y la pistola. Cuando obtuvo la mayoría de edad ya era un delincuente con todas las de la ley, si es que cabe la expresión. Junto a otros muchachos asaltó casas de cambio, salidas de bancos, comercios, y la amnistía que concedió Perón a los presos comunes allá por los años cincuenta evitó una condena de varios años. Fuere por ello o por tradición familiar, tal vez por la actividad gremial de su hermano Evelio, vinculado a los sindicatos de panaderos, reivindicó siempre su condición de peronista.

En 1957 conoció al Mincho Martincorena, un uruguayo que a la sazón probaba fortuna en Buenos Aires y con quien entablaría una profunda amistad. En realidad su verdadero apodo era Mishio, por aquello de la mishiadura, y no Mincho, apelativo impuesto por deformación de la crónica policial de la época. Juntos emprendieron una serie de asaltos exitosos, en uno de los cuales se produce un tiroteo con la policía y cuando un sargento está a punto de disparar sobre el cuerpo inerte del Mincho aquél cae abatido por las balas del Negro. En 1960 se incorpora a la banda Evelio, su hermano un año mayor, apodado el “Muerto” debido a su inescrutable y perpetuo silencio.

Por entonces el grupo había comprado una costosa quinta en las afueras de Buenos Aires desde donde operaba; allí residían con relativa tranquilidad los miembros con sus familias pero, luego de la muerte del sargento y de otros asuntos que acreditaban su condición de pesados, el comisario Meneses, célebre por su ferocidad en el mundo del hampa, lanzó a fondo la jauría tras los pistoleros. La profusa difusión en todo el país del pedido de captura y el tenor de la prensa de aquel momento no presagiaban otra cosa que la boleta inexorable.

El diálogo entre aquellos dos calabozos del cuartel se hizo intenso, constante casi, febril por momentos durante varios días. La fama de asesino y el cartel de “pesado” provocaban la presencia frecuente de oficiales en la ventanilla de la celda contigua. El muchacho, fascinado con la peripecia personal de su vecino, encontraba en aquella historia motivos de siempre renovadas interrogantes y, lo que es más, rompía la incomunicación. Sin proponérselo su vecino oficiaba de referente para su juvenil inexperiencia, hablaba de “la máquina” como de algo natural, un trámite casi... Él sentía que no estaba solo: no era lo mismo salir a enfrentar el interrogatorio animado por alguien confiable y solidario, o regresar del mismo y encontrar allí, tan a mano, la palabra de aliento.

La conversación exigía tener el cuerpo semiagachado: se hacía cansador hablar tanto así. El orificio llevaba tiempo de construido; sus autores no eran otros que los propios milicos del cuartel, puesto que se trataba de calabozos de arresto a rigor de la tropa, en tiempos de paz, claro. Este hecho ayudó, quizás, a que una tarde la guardia, sigilosa, desbaratara aquel prolífero intercambio. El sonido de la reja del pasillo, señal de vía libre en la comunicación, fue simulado tramposamente por los soldados: los dos prisioneros en pleno diálogo, muy campantes, y de repente los guardias que se precipitan sobre las puertas de ambas celdas y a los golpes evacúan a uno y otro ocupante. Son llevados en vilo a nuevos aposentos, distantes uno del otro. El relato quedó en suspenso.

ASES DEL CHOREO

La insostenible situación en la vecina orilla apresuró el traslado del grupo -o de buena parte de él- a Montevideo. El plan era obtener documentación falsa de buena calidad para viajar y radicarse en Europa. Seguramente el botín acumulado entonces fuera cuantioso, por más que la política “de inversión” del Negro Viñas no llegó a rendir dividendos: los numerosos bienes raíces comprados los puso a su nombre y, obviamente, fueron a parar al Estado argentino. Lo cierto es que, por necesidad o endulzados porque “acá era fácil achacar”, llevan a cabo algunos asaltos -a la casa central de Manzanares por ejemplo-, hasta que sobreviene el robo al Cambio Paganini que marcó el comienzo del fin.

El atraco se produce en julio de 1961. Allí están los hermanos Viñas, el Mincho, el “Porteño” Nicanor Noguera y el “Pibe Oscar”, Sarlenga de apellido. Dentro del cambio el “aprete” funcionó bien, pero en la calle -el Paganini estaba ubicado en la calle Colón, frente al bar El Globo en la entrada del puerto- un par de policías sospecha del vehículo que esperaba y pide documentos al hombre del volante: un par de balazos ponen fin a la vida de uno de los agentes, otros dos resultan heridos y el grupo presurosamente se da a la fuga; logra escapar pero deschavando su presencia, y la muerte del policía erizó a las autoridades uruguayas.

De allí en adelante se sucede la persecución, y un despliegue policial inusual en el medio; las rutas nacionales son controladas por el Ejército; la opinión pública sigue día a día por los diarios el operativo de captura y, luego de romper varias veces el cerco, de zafar apenas de un lugar y de otro, el 4 de agosto de 1961 es acribillado con 40 balazos el Mincho Martincorena en la cancha del club Salus, en Paso de la Arena, y el resto de la banda es apresada.

Quedó por develarse qué información útil obtuvo la Policía uruguaya en Brasil, donde fueron severamente interrogados Villarino y Varelita, compinches de la banda que habían pasado por Montevideo y conocían los aguantaderos que albergaron eventualmente al grupo en su huida final. El desconocimiento y las limitaciones del medio uruguayo jugaron en su contra, reconocieron después los capturados. Fue vox pópuli en aquellos días que a Martincorena lo fusilaron cuando se entregó desarmado, y peines de metralleta fueron vaciados sobre su cuerpo ya sin vida.

La cárcel de Punta Carretas fue para el Negro Viñas una morada donde permanecería, apenas interrumpidos, 24 años. Los primeros fueron difíciles. Solía ocurrir, en “los aniversarios” de la muerte del policía, que al Negro, sindicado como cabecilla de la banda, lo trasladaran a dependencias policiales y allí recrearan las sesiones de máquina experimentadas en su caída.

El fallido intento de fuga a poco de su estadía en el penal provocó un malón de la Guardia Metropolitana -durante el cual fue aniquilado un recluso, de igual apodo, al que confundieron con el Negro Viñas-. Redundó también en el régimen de exclusión por años a que fueron sometidos ambos hermanos. Incomunicados, cada uno solo en su celda, con doble reja en la puerta y saliendo al recreo en forma individual en el denominado corredor 23, transcurrieron varios años hasta que, en 1968, la situación empezó a revertirse con la llegada a Punta Carretas de los primeros tupamaros. Se necesitaban celdas, y la exclusión fue levantada.

En setiembre de 1972 conoció al Negro de “cuerpo entero” en el recreo de Punta Carretas. Se reconocieron por la mirada y por la palabra. Y por el afecto, claro, contraído en aquellas peculiares circunstancias. Compartieron la celda y, a pocos meses de estar allí, a fines del 72, fueron “flauteados” al penal de Libertad, habilitado de apuro para presos políticos hasta el fin de la dictadura. Fagúndez, el intendente de Punta Carretas, se sacó de arriba a la primera de cambio a un sujeto conflictivo como el Negro Viñas.

Procesado por la justicia militar por asociación para delinquir y autoevasión, en su nueva condición de preso político, durante diez meses fue el recluso 525 en el segundo piso del penal de Libertad. Pero aquella situación de extremo encierro -que recordaba los años de exclusión anteriores- hacían prever un futuro incierto para él. Eso influyó para que, luego de haber estado internado unos meses en el Hospital Militar, con toda la habilidad necesaria para convencer a sus carceleros de que realmente estaba loco, consigue que lo devuelvan a Punta Carretas, un lugar que dominaba a la perfección. Allí le aguardaron otros 12 años de prisión. El diálogo volvió a interrumpirse por más que luego sería retomado de modo indirecto, a la distancia, a través de visitas comunes.

GALLO CIEGO

En abril de 1972 el Negro ya sabía lo suficiente acerca del MLN, de los porqués de su lucha, de la necesidad de buscar soluciones colectivas en vez de las individuales con que él explicaba su derrotero por la delincuencia. Tenía en su haber muchas horas de conversación con Julio Marenales, con el “Tambero” Jorge Zabalza y con Arturo Dubra, sus referentes más inmediatos entre tantos tupamaros con los que departiera largamente en los últimos cinco años.

La experiencia traumática con Carlos La Paz Caballero luego de El Abuso, la fuga grande de setiembre de 1971, dejó en tela de juicio la participación de “gambusas”, presos comunes, en la organización. A pocos días de aquella espectacular fuga que incluyó a La Paz Caballero, éste entregó a la Policía un local con berretín repleto de militantes fugados. El Negro entendía la situación pero no se resignaba a ella. Por eso, aquella mañana del 12 de abril, cuando registró la lista de pacientes para el dentista que a viva voz llamaba el guardián, se puso en movimiento. Que a José Mujica, Jorge Zabalza, Amodio Pérez, Martínez Platero y Rivero Cedrés, entre otros, les doliera tanto la muela le llamó la atención. Siguió presuroso a aquel grupo que se dirigía al hospital, ubicado junto al muro trasero del penal, y cuando llegó éste ya estaba copado y una veintena de tupamaros se disponían a irse por un boquete en el piso: El Gallo, la segunda fuga colectiva del mln de Punta Carretas, estaba en marcha. El compañero que vigilaba la puerta del hospital trató de impedirle la entrada pero intervino a su favor Zabalza, quien autorizó a que se plegara al grupo. Antes de irse el Negro volvió la cabeza, intentó en vano divisar a su hermano para incorporarlo, y se fue con el resto. Corrió junto a los demás por las cloacas desde Punta Carretas hasta el local de Villa Dolores, compartió el berretín con ellos, luego otro, y al mes y medio de haberse fugado volvió a caer preso. Ligó mal: la gente del mln caía aceleradamente a manos de los militares. Apenas transitó por la calle en esos pocos días. Cuando vio que era inevitable volver a la cárcel pensó en pegarse un tiro, confesaría.

De todos modos tuvo tiempo para probar su fidelidad a la organización de la que se sentía miembro. Cuando le ofrecieron ser trasladado clandestinamente al Chile de Allende se ofendió: “Hace años que vengo leyendo papelitos y aprendiendo cosas, yo salí para pelear con ustedes, no para irme a otro país”, les dijo. El 27 de mayo de 1972 el Negro Viñas estaba nuevamente en prisión, sólo que ahora era un preso político. Y lo que para él más significaba: gozaba de la absoluta confianza de sus compañeros.

Supo del Negro Viñas a través de su madre que lo visitaba en Punta Carretas: estaba bien, seguía haciendo gimnasia, era querido y reconocido entre compañeros de diferentes grupos que cumplían su condena allí. Se sentía importante ayudando a los más jóvenes, trasmitiendo su experiencia canera, levantando el ánimo, impidiendo que la cárcel mellara su moral. Mantenía sus características más típicas: alegre, entusiasta, jovial, jodón, inquieto, movedizo, temperamental, calentón, perspicaz, intuitivo, y guapo, siempre guapo a la hora de hacer justicia o de defender al más débil. Se enorgullecía, y vaya si con razón, de no haberse denigrado moralmente al cabo de tantos años, algo que parecía inevitable en el universo de los gambusas. Además de tupamaros había allí comunistas, gente del pvp, de los gau y militares seregnistas: la familia del Negro se había ensanchado.

CABALLERO DEL ENSUEÑO

Ya entrados los años ochenta el Negro compartía con su hermano la celda 374 de la tercera, piso superior del celdario. Desde allí observó, tras el muro de la cárcel, que a la azotea de una casa de dos pisos que da sobre la calle Ellauri subía todos los días una mujer a tender la ropa. También reparó en que solía estar con muchos niños, y creyendo que eran sus hijos la bautizó la “Coneja”. Eran tiempos en que la dictadura perdía terreno, la gente se expresaba cada vez con menos temores y vio que en la casa de la Coneja un buen día apareció colgando una bandera del Frente Amplio: capaz que no era una pituca de Punta Carretas como llegó a suponer.

Ello lo animó. En las visitas convenció a doña Emma, la madre de su socio en los calabozos de aquel cuartel, para que estableciera contacto con aquella mujer; y ni bien conseguido esto le mandó pedir que viniera a visitarlo. Nelly Rufo, la Coneja(“Nela” era su apodo real), accedió. Ella tenía 20 años menos que el Negro, era una mujer muy bonita, se desempeñaba como maestra y cuidaba niños en su casa. Atravesaba un período difícil, acababa de separarse de su marido y estaba sola con tres hijos chicos: la personalidad de aquel hombre tan vital prendió en su corazón. Si un halo de romanticismo parecía impregnar la existencia del Negro Viñas, ahora el papel de seductor lo confirmaba plenamente.

En marzo de 1985, restablecida la democracia, fueron liberados los últimos presos políticos. Viñas prosiguió cumpliendo su condena anterior de 30 años como preso común y en agosto, tras una intensa movilización en el interior de las cárceles en la que él jugó un papel importante, el gobierno decretó una amnistía para presos sociales. Ovidio Viñas, el tan mentado Negro Viñas de la crónica roja, salió en libertad. Habían pasado 24 años desde su caída con el Mincho y su hermano Evelio. Tenía entonces 57 años, tal vez 59.

No necesitó trasladarse demasiado hasta su nueva residencia: cruzó la calle y Nela le abrió la puerta. Lo aguardaban también “Doña Luz”, Luz Ibarburu de Recagno, su “madre uruguaya” que le proporcionó en los años de exclusión la máquina de tejer que llegó a manejar a la perfección; doña Emma, que le “salvó la vida” cuando fue a visitarlo y al no encontrarlo en Punta Carretas preguntó por él en el Departamento de Policía de Maldonado y Paraguay, y allí lo encontró, en momentos en que la máquina parecía terminar con sus días. Estaban también su hermano Evelio, liberado un año antes, Tina Lessa y Emir Genta, gente solidaria que no dejó que faltara el paquete hasta el final. Estaba, junto a otros compañeros, su compañero interlocutor del 72 retomando aquel diálogo nunca interrumpido.

Desde allí, Ellauri 367, el Negro empezó a observar cada mañana el lugar donde había transcurrido más de un tercio de su vida. Contempló, desde enfrente, no sin cierto pesar, cómo su vieja penitenciaría se transformaba en centro comercial y, para reafirmar su gran paradoja existencial, a pocos metros, también frente a la cárcel, en la esquina de Ellauri y García Cortinas, instaló la vinería Salú, que trabajó con Nela durante años logrando mantenerla, entre tangos, copas y amigos, como suerte de reducto desafiante al modernismo consumista que invadió la zona.

Por razones de salud viajó a Suecia, a Cuba, fue operado del corazón y los últimos cinco años de su vida los pasó junto a Nela en la zona balnearia de Neptunia. Había restablecido vínculos con sus tres hijos argentinos a los que no veía desde 1961 e incorporó los tres de Nela que conformaron su entorno familiar de los últimos 20 años.

El cáncer lo tuvo a mal traer los últimos meses. Se sucedieron las internaciones hasta que el 28 de diciembre último, a las cinco de la tarde y rodeado de afectos, dejó de respirar en el piso 12 del Clínicas. Envuelto en una bandera tupamara fue velado en el local del mln, y quiso el destino que su cuerpo descansara junto a una maqueta del penal de Punta Carretas que pareció estar allí, esperándolo, sin que nadie lo dispusiera.

Pero el Negro Viñas siguió sorprendiendo hasta el final: en el Cementerio del Norte, en la sala donde quedó el cuerpo a la espera de fecha de cremación, ante una cincuentena de acompañantes, el vocalista Raúl Alberto, que animara la vinería Salú en sus mejores momentos, se acodó en el cajón y cantó a capela el tango “Olvido”, de Charlo y Rubinstein, uno de los preferidos del difunto. Está claro que el Negro Viñas seguirá haciendo de las suyas.

 
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