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25 de septiembre de 2005
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Brecha
de Uruguay - 23 de septiembre de 2005
“Justicia, no venganza”
Simon
Wiesenthal, “el cazador de nazis”
Como sobreviviente
de los campos de concentración del nacionalsocialismo se impuso
la obligación de no dejar olvidar los horrores del exterminio. Fue
un personaje ambivalente, que despertó elogios y odios, reconocimientos
y críticas. Finalmente, sobrevivió no solamente a las víctimas
sino también a sus verdugos. A sus 96 años, acaba de morir.
Jorge
Larrosa Desde Montreal
En la mayor parte de los casos, tras la
liberación, las víctimas se esfuerzan por recuperar la forma
de vida anterior o al menos comenzar una nueva. Muchas veces
intentan escapar al recuerdo del horror de la tortura que, sin
embargo, las persigue hasta en los momentos más
íntimos. Wiesenthal pudo escapar al exterminio, pero no
quiso olvidar a los que no lo habían logrado. Sintió que el
destino lo había protegido para que cumpliera el deber que se
impuso, de no dejar morir el recuerdo de los que habían sido
asesinados. Con la convicción de que no mantener vivo el
recuerdo de las víctimas era tan cruel como matarlas
nuevamente. Por lo tanto, se había impuesto la obligación de
recordar y no dejar olvidar. La vida de “después” fue
diametralmente opuesta a la de los veteranos que en Viena se
reunían para contarse una y mil veces las hazañas heroicas, y
vanagloriarse regándolas con cerveza. Como todos los soldados
del mundo. Él había escapado de la muerte rodeado de fantasmas
y levantado la bandera de dedicar su vida no a la venganza
sino a que se hiciera justicia. La primera vez que lo
entrevisté, a instancias de Hugo Alfaro y pensando en una nota
para BRECHA, recuerdo que me asombró su memoria, lucidez y
capacidad para saltar de un tema a otro sin perder el hilo de
la conversación. Desde nombres y fechas relacionados con la
guerra, los campos de concentración y los responsables de los
crímenes hasta anécdotas sobre el tiempo que dedicó a estudiar
documentos en Sevilla para demostrar que Colón era judío, y
que el descubrimiento de América había tenido la finalidad de
encontrar a las tribus perdidas de Israel y un hogar para los
judíos expulsados ese mismo año de España.
PRESO EN UCRANIA
Wiesenthal nació el 31 de diciembre de 1908 en
Buczacz, entonces parte del imperio austro-húngaro, luego
perteneciente a Polonia en el período entre las dos guerras, y
actualmente a Ucrania. Cursó su educación primaria en Lemberg,
la secundaria en Viena y se recibió como arquitecto en Praga,
en 1932. Las tropas alemanas de vanguardia hacia la Unión
Soviética lo apresaron en Ucrania, en 1941. Mientras estuvo
internado intentó suicidarse dos veces. La primera vez,
debilitado después de la tortura, y temiendo que la Gestapo lo
fusilara, se cortó las venas. En los servicios sanitarios
donde estaba en recuperación le robó un frasco de píldoras al
médico que lo atendía (también un recluso). Esa noche se tomó
todo el contenido, se sintió mal, vomitó... hace una pausa,
sonríe enigmáticamente y termina diciendo: “Eran las píldoras
de sacarina de mi amigo”. Como en el campo de concentración
de Mauthausen temía que no le creyeran cuando contara lo que
hacían los nazis con sus prisioneros, se dedicó a memorizar
datos y la forma de demostrarlos. Al igual que en un moderno
disco duro, en su cerebro se fueron acumulado hechos vistos,
oídos o leídos que sirvieran de prueba en su alegato. Aunque
todo parecía indicar que nadie saldría de allí con vida. El
día de la liberación un oficial estadounidense se acercó a
aquel hombre tirado en una esquina del campo y le preguntó qué
profesión tenía antes de la guerra. Wiesenthal le contestó que
había sido arquitecto y el soldado le dijo: “Estás libre, ya
puedes construir casas nuevamente”. Sin embargo, en su fuero
interno, él ya sabía que no volvería a trabajar con planos.
Desde que supo el resultado de la batalla de Stalingrado
confiaba en que los alemanes iban a perder la guerra y había
empezado a prepararse para su batalla. Pidió para hablar con
el comandante aliado y le entregó los 91 nombres de criminales
que había recopilado en su memoria. Ya en Mauthausen comenzó a
colaborar con la us War Crime Office.
TESTIGO DEL HORROR
Estaba convencido de que su esposa había muerto. Según las
noticias que llegaban, Polonia era prácticamente un
cementerio. Había visto morir a cientos de miles en los 12
campos por los que había pasado en esos cuatro años. Sin
embargo, Cyla Wiesenthal había vivido clandestina, con papeles
falsos, en Varsovia. Perdieron todo contacto en medio de los
avatares de la guerra, hasta que por casualidad Simon supo que
un antiguo amigo la había visto con vida en Cracovia. Se
reencontraron en Mauthausen pocos meses después de la
liberación, y ella murió hace dos años, después de haber
estado unidos durante más de 70 años. En 1947 Wiesenthal
fundó en la ciudad de Linz (Austria) un comité de ayuda a los
judíos, con el respaldo de las fuerzas de ocupación de Estados
Unidos. Poco después se trasladó a Viena donde instaló el
centro de documentación en el mismo apartamento donde vivía,
en el centro histórico de la ciudad. Cuando en 1954, en plena
Guerra Fría, se perdió el interés por el esclarecimiento de
los crímenes nazis, y la financiación estadounidense,
Wiesenthal mandó todas sus investigaciones a Israel (menos las
de Adolf Eichmann, el cerebro de la “solución final”, que
acaba de descubrir). Cuando lo entrevisté la primera vez, en
1987, la habitación donde trabajaba estaba nuevamente atestada
de libros, archivos y carpetas. Allí leía una y otra vez las
fichas, la correspondencia (recibía alrededor de 50 cartas por
día) en la que llegaban informes de todo el mundo, con pistas
a veces interesantes y otras veces disparatadas, sobre los
nazis aún no encontrados. En total, Wiesenthal aportó datos
para apresar a más de 1.100 criminales de guerra. El
objetivo de su vida era que se juzgara a los culpables, que se
conociera la verdad de lo sucedido, que no se olvidaran los
horrores cometidos, que se comprendiera que para determinados
crímenes no podía existir la prescripción del delito. Debía
ser un punto primordial en la vida política y en la moral
contemporáneas, sería imposible construir un futuro creíble si
se ocultaban los horrores del pasado y no se determinaba la
responsabilidad de los criminales de guerra. Cuando en 1960
el servicio secreto israelí secuestró a Adolf Eichmann en
Buenos Aires gracias a las pesquisas de Wiesenthal, se lo
conoció mundialmente como “el James Bond judío”. Nada más
alejado de esa imagen, sostenía. Ni James Bond, ni Quijote. Lo
que estaba haciendo era importante y lo seguiría haciendo
mientras tuviera fuerzas. Su deber era alimentar a la
justicia, ese era el precio que quería pagar por haber
sobrevivido. En ese momento tuvo una propuesta de Kirk
Douglas para hacer una película con la historia de su vida.
Varias veces recibió ofertas, que rechazó por diversas
razones. Hasta que en 1987 aceptó una producción en la que
participaban varios países europeos, que tendría como
protagonista a Ben Kingsley, el actor que había interpretado a
Gandhi y a Lenin (y que posteriormente aparecería como
supuesto torturador chileno en La muerte y la doncella, de
Polanski).
ENEMIGOS
Insistía en que su lucha no se
limitaba al exterminio judío, ni siquiera al período nazi,
sino a todos los genocidios y asesinatos masivos motivados por
diferencias religiosas, ideológicas o de raza. Sin embargo,
aunque alguna vez se refirió a las persecuciones en los
Balcanes, nunca se expresó de manera crítica con la política
del Estado de Israel (donde será enterrado hoy viernes), con
el que mantenía lazos sólidos, ni con la de Estados
Unidos. En lo político, Wiesenthal distaba de ser
progresista, en realidad confesaba ser anticomunista visceral.
Los grupos sionistas estadounidenses lo financiaban, por lo
que, al menos en las entrevistas, evadía el tema del Oriente
Medio, con frases como “las guerras cambian las fronteras”.
Con respecto a los refugiados palestinos, desviaba el tema
hacia los barriles de petróleo que producían los países árabes
y sostenía que los jeques tenían la responsabilidad de
integrarlos en sus tierras. Uno de los mayores enemigos de
Wiesenthal fue el famoso ex canciller socialista de Austria
Bruno Kreisky, también judío. Ambos se profesaban un odio
extremo. Al punto que Kreisky acusó a Wiesenthal de haber
salvado su vida en los campos de concentración gracias a haber
sido un colaborador de la Gestapo. El juicio duró años y
Kreisky fue condenado a pagar una cantidad inmensa de dinero
por no aportar pruebas suficientes. No mantuvo en todo
momento el perfil bajo que pretendía tener y se prestó al
ritual típico estadounidense sobre el genocidio, para agradar
al lobby sionista que financiaba su centro de documentación.
En 1977 se creó en Los Ángeles la Fundación Simon Wiesenthal,
con una fiesta anticipada por su 80 aniversario, en la que él
participó. En el estrado una orquesta ejecutaba la canción
que, se decía, cantaban los presos cuando iban a la cámara de
gas. Muchos judíos acusaban a Wiesenthal de alimentar el
antisemitismo con sus actitudes. En el otro extremo, el World
Jewish Congress lo acusó de ser demasiado tibio con el pasado
nazi del ex secretario general de las Naciones Unidas y ex
presidente austríaco Kurt Waldheim, lo que le costó el premio
Nobel de la paz en 1987. |