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3 de Marzo de 2006
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Brecha
de Uruguay - 3 de Marzo de 2006
Cápsulas de tiempo
Con Aurelio González, fotógrafo de “El Popular”
María Esther Gilio
Para evitar que 30 mil negativos pertenecientes al
archivo fotográfico de “El Popular” cayeran en manos de la
dictadura el fotógrafo Aurelio González los escondió. Más de
30 años después esas fotos reaparecieron.
Aurelio González abre la puerta de calle. La
expresión de su rostro tostado revela lo que me ha llevado a
su casa con un grabador en la mano: el trabajo del equipo de
fotógrafos de El Popular (al que Aurelio perteneció), perdido
durante 32 años, acaba de aparecer. Son más de 30 mil
negativos que relatan 17 años de nuestra historia
reciente. —Bueno, contá. —¿Por dónde empiezo? —Por el
comienzo. —¿Por el momento en que sacamos de El Popular las
fotos que hoy aparecieron? —Podés ir más atrás, así quienes
no te conocen podrán ubicar mejor quién sos. Sos español
aunque ya, de español… —Me queda poco. Soy uruguayo. Mis
amigos, mi mujer, mis hijos están acá. —Hasta tu acento
está más acá que allá. —Soy un español nacido en Marruecos
que llegó acá de polizón en el Andrea C el 14 de noviembre de
1952. Eran las 2 de la tarde cuando bajé y pisé los adoquines
del puerto. Ese día estaba cumpliendo 22 años –dice Aurelio
tirando la cabeza hacia atrás y entornando los
ojos. —Habías viajado de acuerdo con alguien del
barco. —No, no, con nadie. Yo estaba haciendo el servicio
militar en Canarias y hacía mis planes estudiando en el puerto
la entrada y salida de los barcos. Con un paquete de bananas
bajo el brazo subí al Andrea C y me escondí en un depósito de
pinturas que estaba en la proa. —¿Querías venir a
Uruguay? —No, a América del Sur, a cualquier país de
América del Sur. —¿Por qué querías dejar España? —Yo era
bastante inquieto, aventurero. Pero, además, en España
teníamos a Franco y una situación de hambre. Pero ocurrió que
a los cuatro días de navegación me agarraron. Un marinero
entró a buscar algo y me vio. —Fue una situación
grave. —Sí, pero después de varios altibajos las cosas me
rodaron bien. Para empezar, porque tuve gran apoyo del primer
oficial, quien simpatizó mucho conmigo y consiguió convencerlo
al capitán, que era muy duro. “Es un muchacho que trata de
encontrar su camino en la vida”, decía. “Hay que
ayudarlo.” —Tuviste suerte. —“Hay que oírlo hablar. Es
un muchacho de familia.” El capitán finalmente aflojó. “Está
bien”, dijo, “lo bajamos en Montevideo que es el puerto más
potable. Pero que a partir de Rio se esconda, así todos
creerán que en Rio lo entregamos.” Yo, entonces, a partir de
Rio me escondí y no salí ni para comer. Me traían la comida al
escondite. —Pero tú… sos un seductor. —Ah sí, siempre lo
fui. Bajé entonces en el puerto, miré la cúpula de vidrio del
edificio de la aduana, tomé para allá y subí por Colón hasta
Buenos Aires o Sarandí, por donde llegué a 18 de Julio. Fui
caminando por 18 de Julio, donde me tropecé con mi novia del
barco que miraba una vidriera. —¿Una novia en el
barco? —Sí, en el barco. Ella se había casado por poder con
un español de Argentina con quien venía a encontrarse. Nos
abrazamos, lloramos. O ella lloró. Pero la cosa era que ella
seguía y yo quedaba. —¿Española? —No, italiana, una
italiana preciosa de nombre María. Nunca más la vi. Seguí
caminando y… bueno, ocurrieron mil altibajos que si los
contara precisaría diez páginas. —Estoy de acuerdo, pero
¿tenías algo de dinero? —Antes de bajar los trabajadores
del barco habían hecho una colecta para mí. Estaban todos en
el comedor cuando el primer oficial me mandó llamar y me dijo:
“Clandestino (así me llamaban), quiero entregarte lo que tus
compañeros aquí presentes juntaron para ti”. Y me dio varios
miles de liras. —Los italianos son divinos. —Son. “Todos
te deseamos la mejor fortuna”, dijo el oficial. Bajé y abajo
junto a la escalera estaba uno de esos marineritos uruguayos
que apenas me miró. —Un inocente. —Un inocente que me
dejó pasar sin preguntar nada. Trabajé en lo que encontré y un
día en que andaba por 18 de Julio vi un letrero que decía que
Casa de España invitaba para un acto político. Tomé la
dirección y fui. Subí la escalera y arriba encontré una
cantidad de gente que me recibió con enorme cariño y con el
tiempo me ayudaron consiguiéndome un mejor trabajo. Allí, un
día preguntaron si alguien podía ocuparse de un español, de
nombre Lucio, que acababa de salir del Saint Bois y precisaba
alimentación y techo. Yo dije que podía hacerme cargo y lo
llevé a mi casa, un ranchito, hasta que estuvo gordo y
reluciente. Tan reluciente y recuperado que salía y caía con
alguna novia y a veces con dos. “Esta es para ti, Aurelio”,
decía. Él, que era fotógrafo, me enseñó el oficio y me ayudó
luego examinando la máquina usada que me compré, una Kodak
Retina. “La construcción no es trabajo para ti”, me decía, “tú
tenés que meterte en la fotografía. Lo malo es que no vas a
saber cobrar, pero ya aprenderás”. Y bueno, con la máquina que
había comprado y ciertos conocimientos empecé. Iba a las
paradas de taxi y sacaba a los taximetristas y luego les
vendía las fotos. Yo seguía en la construcción. A la
fotografía sólo dedicaba mis ratos libres. Así conseguía algún
pesito más. Hasta un día en que llegó a mi casa un compañero,
Luciano Weimberger, que me preguntó si me animaba a hacer unas
fotos para Justicia. Sólo me pagarían el material pero dije
sí, contento. Hasta que murió Justicia y nació El Popular,
donde me tomaron con sueldo. Y aquí entramos… —En el
corazón del tema. ¿Abandonaste la construcción? —Sí, El
Popular te absorbía 20 horas por día. Como además de fotógrafo
era militante no tenía límites para trabajar. —Tú sacaste
fotos de los cañeros. —Montones. —¿Fuiste tú que una vez
sacaste a un milico colocando un arma entre las ropas de los
cañeros, cuando habían venido marchando hasta
Montevideo? —No es así, no es así. Eso fue en el Sindicato
del Transporte, en Venezuela 1432, y te digo cómo fue. Un día
los compañeros cañeros me avisan que se habían enterado de que
la Policía, decidida a armarles una provocación, mandarían a
un milico al sindicato, donde ellos paraban, a meter un arma
entre las ropas. Yo me fui al sindicato y esperé. En un
momento, cuando llegaron los tiras y algún uniformado, un
compañero me señala al encargado de poner el arma. “Ves ese de
bigotito”, me dice, “según nuestra información, ése va a hacer
la cosa”. El tipo venía con una caja en la mano. Qué tenía la
caja yo no lo sé. La caja nunca la abrió. El hombre entró con
dos o tres más y, cuando estaba inclinado, revolviendo las
colchonetas, yo entré y le chisté. Él se volvió y ahí yo le
saqué la foto. Con cara de sorprendido y la caja acá, se puede
ver la foto en la Biblioteca Nacional. Yo saqué la foto y salí
corriendo. Ellos corrieron detrás de mí pero no había manera
de agarrarme. Yo era más veloz que ellos. Siempre fui muy
veloz. —¿El arma nunca se vio? —No se vio. No sé si la
llevaba. —Se puede suponer que sí. Era el hombre
denunciado, que llevaba una caja, se puso a revolver las ropas
y te corrieron. ¿Para qué? —Sí, es posible, pero no puedo
afirmarlo. —Y pasando a este hallazgo, el que motiva esta
charla… —Yo lo veo como algo singular, muy importante. Se
trata de 17 años gloriosos de la historia de Uruguay. Años que
marcaron a este país. Ahí se creó la Central de Trabajadores,
se creó el Frente Izquierda de Liberación, la Unión Popular,
el Frente Amplio. En la Universidad se dieron luchas de gran
trascendencia que esos negativos registran. En el momento que
tomé esas fotos no pensaba “estoy registrando esto para la
historia”. —Pero pasan 30 años y te enteras de que
registraste para la historia. —Claro. Y no se trata de que
yo valorice sólo las cosas políticas. Todo tiene valor. Hay
una foto, por ejemplo, en que aparece un grupo de guardas
parados, con sus gorras y sus carteritas colgadas. ¿Quién
recuerda así a los guardas, quién recuerda que trabajaban de
pie? Muy poca gente. Eso también es historia. Son fotos de la
vida de Uruguay. Nosotros sacábamos fotos desde la madrugada
hasta la noche. Fotos de deportes, de campeonatos de ajedrez,
de ocupaciones de fábricas, represión policial, muertes. Allí
está Atahualpa, con su nieto en brazos, que murió en su cama,
y el doctor Manuel Liberoff, que desapareció en
Argentina. —En definitiva si el material no era todo
explosivo, ¿por qué se te ocurrió esconderlo de esa
manera? —Por supuesto que el material no era todo
explosivo. Estas fotos le van a interesar a este vecino y
estas otras a aquel profesor y estas otras a este hincha de
Peñarol. Nosotros en El Popular teníamos un archivo que no era
bueno, pero de cualquier modo las fotos se guardaban. El
Popular compraba unas latas de película virgen de 30 metros.
Cuando las latas se vaciaban, metíamos allí los negativos y
pegábamos en la tapa la fecha, setiembre del 69, enero del 71.
En la época de Pacheco, en que la represión fue tan dura, se
sacaron cantidad de fotos. ¿Por qué esconderlas si no eran tan
explosivas? Porque si caían en manos de la Policía iban a
desaparecer. No te olvides de que eran fotos de El Popular. Yo
empecé a buscar lugares donde se pudiera esconder este tipo de
cosas, además de uno mismo, antes de junio del 73. En el piso
12, por ejemplo, tuve escondidas, hasta que me fui del país,
las fotos de la huelga general. —¿Qué había en el piso
12? —En el piso 12 había un tragaluz con vidrio fijo que
daba al exterior, a una pequeña superficie plana, sin baranda,
que no era para el uso y por lo tanto carecía de un acceso
natural. Ahí, en ese pedazo de terraza, a la intemperie,
habían dejado hacía mucho tiempo una grúa. Cuando yo vi cómo
venía la mano con Pacheco, empecé a revisar el Palacio Lapido,
en donde estaba El Popular. Vi esa máquina ahí afuera y pensé
que adentro se podía esconder algo. Ubicado el lugar, mucho
antes de la huelga general, fui con una navajita, aflojé el
vidrio y luego lo aseguré con masilla en cuatro puntos de
manera que fuera fácil de sacar en un momento de
apuro. —Ese momento llegó en julio del 73. —Sí, el 9 de
julio el diario quedó cercado. Después de una gran represión,
y varias horas de lucha, la manifestación fue disuelta. El
diario y todo el edificio estaban cercados. Agarré aquellos
rollos de la huelga general que todos habíamos sacado, agarré
a mi hijo Fernando, que tenía 15 años, y subí. A mi hijo lo
llevé al cuarto piso, al departamento de dos señoras con las
que había entablado una buena relación. Las encontraba,
charlaba. Golpeé y dije que era Aurelio. Ellas estaban tan
asustadas que dijeron: “No podemos abrir”. Había habido gases,
bombas, tiros. Les expliqué que sólo quería dejar a mi hijo
por un rato. Abrieron apenas para que él pasara. Recuerdo bien
a una de las señoras, muy pálida y con una bolsa de agua
caliente apretada sobre el pecho. —Entregado el niño te
fuiste al 12. —Me fui y traté de raspar la masilla con una
llave, escondiéndome cada vez que oía el ascensor que subía y
bajaba con un milico adentro. —¿Y mientras tanto, el
diario? —El Ejército logró arrancar la puerta del diario
con una tanqueta. —¿Cómo con una tanqueta? El diario estaba
en el segundo piso. —El diario estaba desde el segundo
subsuelo al segundo piso. En el segundo piso estaba la
administración. La tanqueta tiró abajo la puerta de 18 y Río
Branco. Los soldados subieron luego, bayoneta en mano y se
llevaron a 135 compañeros que estaban adentro. Rompieron
cuadros, dieron vuelta mesas, pisaron a la gente como si
fueran alfombras. —¿Y tú? —Yo escondido, allá arriba,
junto a un precipicio, congelado. Eran las 2 de la madrugada
cuando escuché el silbido que venía del tragaluz. “Pucha, me
descubrieron”, pensé. Quedé quieto y esperé. Volvieron a
silbar. Pensé que si alguien se metía por el tragaluz no
precisaba mucho para mandarme abajo. Salí no muy asustado. El
silbido había sido bastante amigable. Había acertado. En el
tragaluz vi el rostro de don Óscar, el vigilante del edificio.
Él sabía que ahí estaba faltando el vidrio, es decir que algo
había pasado. “Venga, venga”, me dijo cuando me vio. “Venga
que tengo un apartamento para usted.” —Vos tenés un ángel
de la guarda. —Sí, sí, tengo. Pero no creo que los ángeles
vengan porque sí. Vienen porque uno los busca. O porque hacés
cosas que mueven al ángel a venir a protegerte. En el
apartamento había tres o cuatro personas más. Y el frío era
tan insoportable que prendimos diarios sobre la mesada para
calentarnos. A eso de las tres, uno de los refugiados, dueño
de una camioneta que transportaba los diarios, dijo que se
iba. “Tengo que salir porque si le pasa algo a la camioneta
que no terminé de pagar me muero.” “No podés salir. Si te la
quemaron, ya fue. Si no te la quemaron está allí”, le dije.
Era peligroso para todos que saliera. Entendió y se quedó
hasta el amanecer. Cuando amanecía bajó, luego de combinar que
si no había peligro nos lo indicaba con un gesto de la mano
alisándose el cabello. Bajó y varios minutos después lo vimos
pasar alisándose el cabello. Todos bajamos. Había un olor
impresionante a gases lacrimógenos y un miliquito en la puerta
que no preguntó nada. Llamé a la señora que tenía a mi hijo y
le pedí que cuando saliera a hacer algunas compras lo hiciera
con mi hijo para que pudiera irse a casa. —¿Y tú? —Me
fui a tomar unas fotos de Medina, aquel muchacho, Walter
Medina, que habían matado. —No recuerdo, ¿en qué
enfrentamiento? —No, él escribió en una pared la palabra
“libertad”. Le pegaron un tiro y lo mataron. La gente que
estaba en el sepelio y me veía no podía creer, “pero cómo, si
los llevaron a todos presos”. —Tú escondiste en el piso 12
los negativos de la huelga general. Pero eso no fue lo que
apareció ahora. —No, lo que estaba arriba yo lo llevé
conmigo cuando me exilié. Lo que apareció ahora lo escondí en
un lugar más grande y distinto al del piso 12. Detrás de la
pantalla del cine York. Pero como en un momento me pareció que
ese lugar no era adecuado lo saqué y lo metí en otro que tenía
visto, en las tripas del edificio. —Ese lugar… —No, no
te voy a decir cuál es. —Es el lugar donde aparecieron
ahora. —No, no es ahí que aparecieron ahora. Cuando me
detuvieron y me llevaron a la calle Maldonado, me estuvieron
preguntando durante ocho o diez días dónde estaba el archivo
de El Popular. Uno que me conocía decía: “Gallego, ¿con el
archivo qué hiciste?”. “Estará en el diario. No me voy a
llevar una camioneta de negativos. Estará allá”, decía yo.
Cuando me fui del país, en setiembre del 76, el archivo seguía
escondido. Cuando volví, en octubre del 85, me fui a ver el
edificio y vi que habían hecho obra. —¿Obra en el lugar en
que estaban tus cosas? —Más o menos. Yo vi aquello y dije:
“Lo encontraron”. —Habían pasado nueve años. —Claro.
Traté y di cien vueltas buscando pistas, pero nada. Nada,
nada. —Hace 20 años que volviste del exilio. —Sí,
durante 20 años nada. Yo creo que hay cosas que son mágicas.
¿Por qué el archivo aparece ahora? No lo sé, pero hay algo
mágico en eso. Un día hablo con el intendente Ehrlich y le
digo que quiero conversar con él para plantearle
algo. —Querías pedirle que te permitiera entrar al Palacio
Lapido a buscar. —Sí, quería plantearle este problema,
preguntarle, pedirle si podría hacer esa búsqueda minuciosa
que debía hacer. El día que fui a hablar con él estaban allí
varios muchachos del Centro Fotográfico de la Intendencia que
escucharon el planteo que yo le hacía a Ehrlich. Ehrlich me
escuchó, se fue, y yo seguí charlando con ellos que muy
interesados empezaron a hacer preguntas. “Esta es una historia
que tiene 33 años”, les dije. “En el Palacio Lapido yo escondí
cien latas, o ciento cincuenta, no sé cuántas. Más una valija
llena de negativos.” Todos estaban interesadísimos. Pero había
uno que parecía hipnotizado por la historia. Volví a mi casa y
a los dos días me llamaron de la Intendencia, como hacen
muchas veces, porque querían que viera unos negativos de la
huelga general. Voy, entro y una compañera me dice “Aurelio
sentate”. Yo veía que todos me habían rodeado y me miraban. Me
senté. “Aparecieron los archivos de El Popular”,
dijo. —¿Qué hiciste? —Me emocioné tanto que tenía ganas
de llorar, pero no lo hice. A veces lloro, pero no me gusta.
No lloré pero quedé mudo por un rato. Finalmente me contaron
la historia. El archivo estaba en dos lugares. —Hoy todo
está a la mano. —No, una parte grande hoy ya la tenemos, ya
está conmigo. Hay otra que todavía está allá. —¿Esa parte
que sacaron dónde estaba? —Estaba en un pozo, un ducto, uno
de esos lugares a donde nunca se llega. Podría algún día
haberse llegado para reparar un caño o no sé para
qué. —Podría haber quedado ahí 50 años. —O perderse para
siempre. Ahora, ¿cuál es el problema acá? —Primero decime
cómo encontraron en un lugar tan remoto esa parte que ya tenés
contigo. —Alguien lo encontró de casualidad. No puedo dar
el nombre pero te cuento cómo. Uno de los muchachos del Centro
Fotográfico, aquel que había quedado como hipnotizado cuando
escuchó mi historia, fue y le dijo a otro compañero fotógrafo
“Aurelio contó una historia que me tiene loco”. “¿Por qué, de
qué se trata?”, dijo el otro. “Se trata de un archivo
fotográfico de 17 años, que hace 33 fue escondido y está
desaparecido.” “¿Pero cómo, archivo de dónde, de quién?” “De
El Popular.” “El Popular… ¿Dónde estaba El Popular, dónde se
editaba?” “No sé bien, creo que en el edificio Lapido.” “Un
hermano mío conoce a alguien que un día encontró en un garaje
de ese edificio una lata de negativos.” Vimos a la persona
que había encontrado la lata y nos la dio. ¿Sabés qué había
en esa lata? El entierro de Líber Arce. Y así empezamos a
tirar de la piola y apareció otra persona que dijo “Haciendo
una vez unas reparaciones vi una cantidad de latas tiradas.
Fuimos, pero era imposible bajar. Las sacamos con un imán
atado a una caña larga”. —¿Cómo se llama ese otro
que…? —Tampoco puedo decirlo. —Ta. No importa. —Ellos
no quieren. —Está bien. ¿Por qué la parte que falta no se
ha recuperado? —Porque está en un espacio del Lapido que es
propiedad privada. Necesitamos un permiso para entrar y
recuperarla. —De ahí no sacaron nada. —Sólo lo vimos.
Hay negativos sueltos, muchos sobres y escombros. —El
acceso también es difícil. —Sí, hay que hacer una pequeña
obra. Mientras, la Junta declaró al archivo patrimonio
cultural de la ciudad. Y bueno, esta es la historia. —Para
terminar, ¿qué sentís? —Una enorme dicha. Pero también es
verdad que yo siempre partí de la base de que no podían estar
perdidas. Son cosas sagradas cuyo destino está sellado, no
pueden desaparecer y perderse. —Hay un ángel que vela por
ellas. —Si tú querés.Siguen ahíEl martes
28 corrió veloz y aterradora la noticia de que las fotos que
habían quedado en el local privado del Palacio Lapido ya no
estaban. Calma, están. Las tiene el dueño del citado local, y
todo hace pensar que en pocos días se sumarán al
resto.
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