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27 de Agosto de 2006
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Página12
de Argentina - 27 de Agosto de 2006
América
Osvaldo Bayer
América
Scarfó nos dejó para siempre. Murió el sábado pasado. Tenía 93 años.
Recibí la noticia con la tristeza de saber que era la última de una época de
lucha libertaria. Mi sentimiento no era otra cosa que una melancolía mezcla de
enorme cariño y admiración. Fue la compañera de Severino Di Giovanni. El
anarquista fusilado por el dictador golpista de uniforme: Uriburu. El 1º de
febrero de 1931. Un día después era también fusilado el hermano más querido por
América: Paulino Orlando Scarfó. En 48 horas le habían arrancado a la
adolescente de 17 años sus dos más grandes cariños. Quedó sola, en un mundo
absolutamente enemigo.
Los poetas le cantaron a América Scarfó. A finales de los ’30, el querido
Raúl González Tuñón escribirá: “América Scarfó te llevará flores y cuando
estemos todos muertos, América nos llevará flores”. Es que había quedado en
todos el rostro de América el día en que mataron a su amado Severino: no
lloraba, estaba sumamente triste, pero firme. Lo iba a seguir amando toda su
vida, como me dijo cuando la fui a entrevistar, allá a comienzos de los setenta.
Yo había logrado descubrir dónde estaban las cartas de amor que le había escrito
Severino y que en el allanamiento de la quinta de Burzaco se había llevado la
policía. Las cartas de amor más bellas que he leído en mi vida. No sólo los
uniformes fusilaron a Severino sino que también hicieron “desaparecer” sus
cartas de amor. Pero así como los desaparecidos de los setenta reaparecieron en
sus Madres, así las cartas reaparecieron ante la búsqueda sin fin del
historiador. En sus líneas de despedida, antes de recibir las balas militares,
Severino le escribe a América: “Carissima: más que con la pluma, el testamento
ideal me ha brotado del corazón hoy, cuando conversaba contigo: mis cosas, mis
ideales. Besa a mi hijo, a mis hijas. Sé feliz. Adiós, única dulzura de mi pobre
vida. Te beso mucho. Piensa siempre en mí. Tu Severino”. Antes de esas últimas
líneas, se le había concedido a Severino despedirse de América, que también
estaba detenida.
América le dio el último abrazo, él la besó. Le pidió a ella que cuidara de
los hijos de él y de Teresina, su esposa. América le dijo: “voy a seguir con tu
recuerdo hasta mi muerte”. El la miró con mucha tristeza y le respondió: “¡Oh,
Fina, tu sei tan giovane!”. Se besaron de nuevo. América salió mirándolo a
Severino. Por ello tropezó con una rejilla y Severino le gritó: “¡ten
cuidado!”.
Los más destacados periodistas de Buenos Aires estuvieron en el fusilamiento.
La mejor crónica fue la de Roberto Arlt, que no puso ningún comentario propio
sino sólo la descripción de ese teatro irracional de la fuerza bruta contra las
ideas.
“La descarga terminó con el más hermoso de los que estaban presentes”, serán
las últimas palabras de la crónica del periodista del Buenos Aires Herald.
Al día siguiente, caerá también Paulino Scarfó ante el pelotón de
fusilamiento. Tanto a Severino como a Paulino, antes de fusilarlos, la policía
de Uriburu los había torturado bárbaramente. Pero ellos no delataron a ningún
compañero. El último encuentro entre América y Paulino será muy breve. Ella no
pudo disimular su dolor al ver el rostro hinchado de él. El la contuvo
diciéndole: “no llores”. Y luego agregó con mucho cariño: “pobre pibita” y le
dio un beso en la mejilla. América lo besó muy fuerte y le preguntó: “¿no querés
ver a mamá?” El le respondió: “no, ¿no ves cómo estoy?”. “Es que se le notaban
las torturas. Y agregó: “sigue estudiando. Estoy deseando que esto termine de
una vez”. La besó. América volvió a abrazarlo y se miraron a los ojos. Ella no
lloró. El policía Florio urgió para que terminaran. América se fue con paso
firme. Los periodistas notaron una lágrima en su rostro. Severino y Paulino
gritaron antes de la orden de “fuego” las palabras que definían su ideología:
“Viva la anarquía”. Fue en la penitenciaría. Las descargas se escucharon en los
jardines de Palermo.
Severino fue un antifascista, y estaba convencido de que la única manera de
responder a la violencia de arriba era con la violencia de abajo. Sus atentados
fueron siempre contra entidades fascistas o norteamericanas cuando se supo la
condena a muerte de los dos héroes proletarios Sacco y Vanzetti. Sus escritos
hablan de su pasión por su ideología del socialismo en libertad. La policía lo
sorprendió cuando salía de una imprenta. Su huida por las calles de Buenos Aires
quedó como algo legendario. En el tiroteo cayó una niña, y por supuesto le
adjudicaron a él esa muerte cuando fue notorio que recibió balas policiales.
En el escritorio del luchador anarquista, la policía encontró debajo del
vidrio esta frase: “Estimo a aquel que aprueba la conjuración y no conjura; pero
no siento nada más que desprecio por esos que no sólo no quieren hacer nada sino
que se complacen en criticar y maldecir a aquellos que hacen”.
En 1928, en una carta, Severino le escribirá a América: “El amor, el amor
libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender. Y nosotros
dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos
derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso
jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y
de amor”. Fue un amor pleno que duró poco porque todo terminó en tragedia.
Cuando América se va a vivir con Severino en la quinta, muy arbolada, de
Burzaco, ya él era el perseguido número uno de la sociedad argentina. Ella
sentirá miedo todas las noches y duerme abrazada a él. Una noche ella siente
ruidos como de gente que entra a la quinta y trata de despertarlo. Le dice en
voz baja pero insistente: “Severino, Severino, la policía”. El se despierta
apenas, la acaricia y le responde: “América, no, son los pájaros... duerme...
duerme”. De eso ella nunca se olvidará, me lo contará en uno de nuestros tantos
encuentros, mientras elaboraba una nueva edición de mi libro.
Caídos sus dos seres más queridos, la joven América será protegida por sus
compañeros de ideas. En ese período escribirá artículos para diarios anarquistas
europeos en defensa de los derechos de la mujer. Y continuará con sus estudios,
los cuales nunca dejó ni cuando era ya octogenaria. Por ejemplo, se recibió de
profesora de italiano y rindió todas las pruebas en forma brillante.
Muchos años después de la tragedia, América encontrará un compañero de ideas
con el cual fundará la librería y editorial Américalee. El nombre lo dice todo.
Durante muchos años, fue la librería libertaria más completa de la ciudad y la
editorial se dedicó a publicar todos los pensadores del socialismo
libertario.
Hace pocos años, estábamos todavía en el menemismo, América volvió a aparecer
en los diarios. Es que un día que la fui a visitar, me expresó que ya estaba
cerca de la muerte y que antes de irse para siempre quería estrechar en su
corazón las cartas de amor de Severino. Que como yo sabía dónde estaban me pedía
que hiciera todo lo posible para lograr su devolución. Le dije que iba a poner
todo mi empeño. Lo fui a ver a Unamuno, el director del Archivo General de la
Nación. Siempre dispuesto a la ayuda me preguntó donde había visto esas cartas
la última vez. Le dije: “en el Museo Policial, en un archivo aislado”. Me
respondió: “Bueno, quien puede darte permiso, por ser policial, es el ministro
del Interior, Corach”. (“La última anécdota que me faltaba”, pensé.) Pedí la
entrevista junto con América. Nos recibió a los dos días. Le expresé el deseo de
América. Me dijo que iba a hacer las averiguaciones pertinentes para cumplir con
los deseos de ella y agregó: “No se olvide, Bayer, que yo me llamo Carlos W.
Corach. Carlos, por Carlos Marx, y W. Por Wladimiro Lenin”. Me sorprendí y no
pude menos que decirle sonriente: “No lo parece”.
A los dos días nos llama el jefe de la Policía Federal que me esperaba en su
despacho. Fui con América. Nos recibieron el jefe y el subjefe. El jefe me
escuchó con forzada benevolencia. (El subjefe tenía una sonrisa cachadora como
diciendo: “cómo se vino éste acá”). Le expliqué, pero el jefe me respondió
grandilocuente: “usted me pide algo que pertenece a la Policía Federal. Mire (y
tomó un cenicero): esto aquí tiene la palabra ‘Policía Federal’, si usted me lo
pide le tengo que decir que no, porque no me pertenece a mí ni a nadie sino sólo
a la Policía Federal”. Le insistí: “pero no se trata de un cenicero, son cartas
de amor”. Me volvió a mostrar el cenicero, con gesto triunfal: “sí, pero las dos
cosas pertenecen a la Policía Federal”. Entonces tomó la palabra América que con
voz suave pero firme le expresó: “señor, son cartas de amor que me escribieron a
mí, me pertenecen a mí. No es un documento policial o que sirva como prueba de
algún delito. Las cartas me pertenecen sólo a mí”. El seguro policía se sintió
molesto y sentenció: “pongan un abogado, se resolverá”.
Pusimos el abogado y pronto llegó la respuesta. Carlos Wladimiro nos citó en
la Casa de Gobierno para devolver las cartas de Severino Di Giovanni a su amada
América Scarfó.
Cómo habrá acariciado las cartas esa bella anciana de ojos muy negros y
cabellos blancos como la nieve.
Ella no está más. Sus cenizas fueron enterradas en el pequeño jardín de la
Federación Libertaria, la casa que no se rinde. Ahí iremos una vez por mes a
leerle a ella una carta de amor del luchador caído.
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