Perfiles - rodelu.net
31 de octubre de 2006

Brecha de Uruguay - 29 de octubre de 2006

Brasil

Vida y muertes de Iara Iavelberg

Psicóloga, militante, cinéfila, judía y feminista, Iara fue el gran amor del capitán Carlos Lamarca, leyenda de la guerrilla brasileña. Hizo suyo el compromiso de una generación revolucionaria y se distinguió de ella por la pasión con la que reivindicó la libertad personal y la tolerancia.
Virginia Martínez

Desde siempre los Iavelberg y los Roth se profesaron desprecio mutuo. Los primeros eran rumanos de Besarabia y no ocultaban su origen campesino; los Roth exhibían con orgullo la condición de ciudadanos de Budapest, el centro cultural del imperio austro-húngaro. Unos y otros murieron en los campos de concentración nazis y los pocos que pudieron escapar llegaron muertos de miedo y de hambre a Brasil.*
Iara (1944-1971) nació en San Pablo y fue la primera de los cuatro hijos del matrimonio Iavelberg-Roth. Inteligente, seductora y caprichosa, sobresalió en la Escuela Israelita de Cambuci por la sociabilidad y el buen rendimiento escolar.
A los 16 años se casó con Samuel Haberkorn, un brillante estudiante de medicina. Amplio y blanco traje de novia, tocado, velo y guantes, imposible imaginar algo más tradicional que la ceremonia que unió a aquella adolescente, casi niña, con el joven de 22 años cuyos padres soñaban un mejor partido para él. La luna de miel fue brevísima pues al inminente médico lo ocupaban las prácticas y el internado. Absorbido por la profesión, no dormía en casa más de dos o tres noches a la semana. Tres meses después de casada, en visita a los padres, Iara les confesó llorando que aún era virgen.
En 1961 se inscribió en el bachillerato científico. Estudiaba mucho, enfrentaba a los profesores y se negaba a usar uniforme porque era una “señora casada”. El ingreso a la Facultad de Psicología amplió su horizonte cultural y el de los Iavelberg: Iara llevó a su casa la literatura, la música y conquistó a los hermanos menores para la pasión del cine y el teatro.
Aunque Brasil se estremecía con las luchas políticas y sociales, a ella sólo le preocupaba vestirse bien, tomar sol, ir al cine y tener romances. Si Samuel la ignoraba, el universo masculino de la facultad se rendía a sus encantos. Apasionada y provocativa, decía a quien quisiera oírla que el sexo no tenía necesidad de amor.

Amor y revolución

El 31 de marzo de 1964 un golpe de Estado derrocó al presidente João Goulart. Empresarios, propietarios de los medios de comunicación, latifundistas y la jerarquía de la Iglesia Católica aplaudieron a la salvadora Revolución de Marzo, que vino a ahogar la amenaza izquierdista.
Con Iara ocurrió lo que con cientos de jóvenes universitarios de la época: la radicalización. De la indiferencia pasó al cuestionamiento. La asaltó la interpelación del sabio Hillel, que le habían enseñado las maestras de la escuela judía: “Si no soy yo, ¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?”.
Una parte de la izquierda brasileña criticaba el “teoricismo” y la “conciliación de clases” del Partido Comunista, el Partidão, como se le llamaba. Había que romper con el reformismo y sumarse a la lucha armada, única vía de resistencia a la dictadura y de transformación de la sociedad. Una de las primeras organizaciones nacida como alternativa al pcb fue Política Operária (Polop), fundada por intelectuales entre los que estaban los hermanos Emir y Eder Sader, Theotônio dos Santos y Ruy Mauro Marini.
En 1965 Iara entró a la célula clandestina de Polop que funcionaba en Psicología. El resto ocurrió casi simultáneamente. Se separó, inició una terapia y comenzó a dar clases en la facultad. Todo era materia de discusión: la moral burguesa, la virginidad, el amor. Sus cursos fueron un éxito. Cumplía con las tareas militantes pero se aburría soberanamente en las reuniones políticas. Para Eder Sader era una mujer inteligente aunque con una débil formación teórica que le impedía destacarse en discusiones que siempre tenían fuerte carácter ideológico: “Insumisa, faltaba a las reuniones por motivos que años después yo consideraría saludables. Su rica existencia no podía ser contenida dentro de un grupo tan restringido y centralizador”.
La criticaban por sus gustos e ideas; también por la forma de hablar y porque dedicaba tiempo al arreglo personal. Fanática de Geraldo Vandré, Bob Dylan, los Beatles y Roberto Carlos, le encantaba el cine de Godard, el de Resnais y el Cinema Novo e inició a sus compañeras en el feminismo y la obra de Simone de Beauvoir.
Nunca se plegó a lo que llamaba el “paupérrimo racionalismo” de los militantes, que subestimaba lo individual y lo subjetivo: “Una perversión frecuente en la militancia es la de reprimir la afectividad. No se puede. Los afectos se mezclan en todo, impregnan lo político. Creer que basta sólo con combatir es el colmo del voluntarismo. Yo me siento como una marciana insistiendo en el valor de la vida íntima y de las confidencias”.
En 1966 conoció al presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad Católica de San Pablo. José Dirceu ya era un militante de tiempo completo que dominaba las asambleas y el arte de los acuerdos políticos. La relación fue corta y borrascosa. Aunque también Dirceu se sintió atraído por su gesto seductor, supo descubrir la fragilidad escondida en Iara, atormentada por saberse estéril, por haber perdido el olfato y por el asma que intentaba disimular.
En 1967 tuvo lugar el IV Congreso de Polop. A las mujeres les encargaron las tareas de “infraestructura”: compras y cocina. Iara protestó y agregó con picardía: “Bien digo yo que al final una sólo puede enterarse de las cosas en la cama”.
Discutieron sobre el carácter y los métodos de lucha de la revolución brasileña. Las decisiones de la olas ganaron a un sector que se escindió y junto a militantes de otras organizaciones crearon la Vanguardia Popular Revolucionaria (vpr). Con grandes dudas, Iara se integró a la vpr.

Atreverse a luchar, atreverse a vencer

El 23 de enero de 1969, en un terreno baldío de las afueras de San Pablo, un grupo de jóvenes pintaba un viejo camión como los que usaba el ejército. El movimiento llamó la atención de un niño. El inocente gesto desencadenó una sucesión de hechos que, con la concatenación perfecta que rige la mala suerte, terminó en desastre. Al ver acercarse al pequeño curioso, uno de los pintores perdió la calma y le dio una cachetada. El niño corrió llorando a contarle a la madre y ésta, a la comisaría. Un policía llegó al lugar con intención más de intimidar que de otra cosa pero le sorprendió el color que cubría el vehículo: verde oliva. Sospechó y por las dudas se retiró a pedir refuerzos. Los jóvenes fueron detenidos. Durante dos días mantuvieron la fábula de que eran contrabandistas. Al tercero les arrancaron la verdad. El ejército acababa de descubrir un audaz plan de la guerrilla para hacerse del armamento del Regimiento de Infantería número 4 de Quitaúna. La vpr pensaba alzarse con 60 fusiles automáticos, 360 fusiles fal, decenas de ametralladoras, armas cortas y municiones.
La caída de los militantes puso al capitán Carlos Lamarca y al sargento Darci Rodrigues del Regimiento de Quitaúna, cómplices del operativo, en la disyuntiva de pasar inmediatamente a la clandestinidad o de arriesgarse volviendo antes al cuartel para llevarse las armas que pudieran reunir. Eligieron la segunda opción.
Campeón de tiro y militar ejemplar, Lamarca contaba con el aprecio de superiores y subalternos. Casado, con dos hijos, hablaba poco, no se lo veía en el casino de oficiales ni se le conocían opiniones políticas. Tan intachable era que, días antes de desertar, su superior le confió el adiestramiento de un grupo de empleadas del banco Bradesco. La revista Manchete publicó un reportaje fotográfico a todo color en el que el capitán aparece entrenando a las bancarias para defenderse de los cada vez más frecuentes asaltos de grupos armados…
Sin embargo, el proceso que lo llevó a desertar y que lo convertiría en mito de la guerrilla brasileña tenía su historia. Desde 1962 recibía propaganda clandestina del Partido Comunista, estudiaba textos marxistas y se había convencido de la necesidad de la lucha armada. La idea había madurado tanto como para hablarla con María, su mujer, a quien, seguro de las represalias, le pidió que dejara Brasil. La Navidad de 1968 fue la última reunión familiar. Días después, María y los niños viajaron a Cuba.
El ex sargento Onofre Pinto, comandante de la vpr y principal contacto de Lamarca, le aseguraba que había condiciones para instalar un foco rural. De ahí el robo de las armas. Al salir del cuartel, Lamarca descubrió que el área para la creación del soñado foco no existía y la vpr estaba siendo agujereada por la represión.
Iara también tuvo que pasar a la clandestinidad. A partir de ese momento fue Rita, Celia, Claudia, Tania. Aprendió a tirar, hizo relevamientos para acciones armadas, distribuyó materiales de propaganda y sobre todo se asfixió en las largas horas de encierro que le impuso la vida clandestina.
Iara no había estado de acuerdo con la operación de Quitaúna: “Es una locura salir ahora. No tenemos estructura. ¿Dónde vamos a guardar un camión lleno de armamento? Y además, con eso no alcanza para empezar ningún foco”. Tenía razón. Aun habiendo obtenido sólo un pequeño arsenal, la caída de locales seguros obligó a la vpr a entregar temporalmente las armas a la Acción Libertadora Nacional (aln) que dirigía Carlos Marighella. Por otro lado, lejos de abrir el foco rural, Lamarca tuvo que encerrarse en una casa. Hacía gimnasia, estudiaba marxismo, aprendía francés. La rutina se parecía a la de un prisionero. En esas circunstancias conoció a Iara.
Al principio la relación fue de camaradas. Discutían de política, del movimiento estudiantil en Colombia, de la guerrilla tupamara, de la realidad nacional. Iara también hablaba de Freud. El miedo a enfrentar lo desconocido que anida en cada uno de nosotros era el motivo por el que la gente rechazaba la terapia psicoanalítica: “Preferimos vivir con las miserias habituales”, decía. Después, violando las reglas de seguridad que obligaban a saber lo mínimo imprescindible del otro, llegaron las confidencias. Él se desahogó contándole cuánto extrañaba a los hijos y le habló del temor de no volver a verlos. Ella, del desconsuelo de la esterilidad.
Una tarde, mientras Iara preparaba un café, el capitán la tomó por la cintura y la abrazó. Se besaron con dolorosa intensidad. “Disculpe, compañera, no sé qué me pasó. Fue un acto de debilidad”, se castigó Lamarca, apartándose.
La relación lo enfrentaba a un problema de conciencia: amaba a Iara pero no quería traicionar a María. La había despedido con la certeza de que en cinco años, el tiempo que les llevaría forjar el triunfo, volverían a estar juntos. Iara alegó que la clandestinidad tenía referencias y códigos distintos a los de la vida normal. Era otra vida. Las personas precisaban amar, recibir cariño y eso no hacía más que fortalecer el espíritu de lucha. Aunque lo ocultaba, temía que finalmente la culpa se impusiera al amor y por eso, cada tanto, le susurraba: “¿Estás pensando en cambiar de idea?”.
La vpr censuró ese vínculo que se apartaba de la “moral revolucionaria”. Para colmo, a Iara la precedía la fama de seductora y liberal. Hubo también argumentos de orden político. Tarde o temprano la represión iba a enterarse y no dudaría en usar el hecho: Lamarca, además de traidor, era un libertino que coleccionaba amantes. Resistiendo las críticas, decidieron vivir juntos en las condiciones y en los tiempos que el compromiso político les permitiera.
Tres meses después de dejar el cuartel, Lamarca participó en su primera acción armada: el asalto simultáneo a los bancos Itaú y Mercantil. Debía proteger a los militantes que salían cargando el dinero. Parado en la esquina vio que un policía apuntaba a un compañero. Disparó desde una distancia de 30 metros. El policía fue alcanzado por el impacto y antes de caer logró darse vuelta con tal mala fortuna que un segundo tiro le destrozó la cara. Lamarca cruzó al medio de la avenida, la ametralladora atravesándole el pecho, y detuvo el tránsito disparando ráfagas al aire hasta que todos los compañeros subieron al auto que los sacó del lugar. Iara lo vio regresar al local abrumado por la ejecución: “No tuve alternativa. Es mi primera muerte. Fue una tragedia. Porque el don mayor que uno tiene es la vida. Por eso es un crimen explotar al hombre, hacerlo trabajar como animal para que otros vivan como reyes”.
Después del asalto, la prensa le atribuyó todas las acciones de la vpr. La foto de Lamarca tapizaba las comisarías y las oficinas públicas. Decidió hacerse una cirugía plástica en la clínica de médicos simpatizantes de la guerrilla. Una semana después el médico le quitó el yeso y le sacó algunos puntos. Le dio cita para una segunda consulta pero Lamarca nunca más volvió. Iara lo cuidó dándole alimentos líquidos, mimándolo e interpretando sus gruñidos y señas, pues casi no podía hablar. “Eres el más lindo de todos los Frankensteins”, le decía, disimulando el impacto que provocaba ese rostro surcado por costuras y cicatrices.

Valle de Ribeira

El terror que marcó los primeros años de la dictadura brasileña se asentó en una vasta arquitectura legal: las ideas centrales de la doctrina de la seguridad nacional relucían en los actos institucionales y en leyes que periódicamente aprobaba el gobierno. Se suprimió el hábeas corpus, se instaló la pena de muerte y otras medidas que dejaron al país prácticamente en estado de sitio. Amparados en esa cobertura, los organismos de represión se lanzaron a la caza del “enemigo interno”.
En julio de 1969, financiada por empresarios brasileños y por multinacionales como la Ford y la General Motors, se creó la Operación Bandeirantes. En ella trabajaban sin interrupción los hombres de inteligencia de las tres armas y del dops, la policía política, coordinando allanamientos, detenciones, torturas e interrogatorios sin plazo.
Acorraladas, las organizaciones guerrilleras se empantanaban en discusiones sobre táctica y estrategia, sobre la necesidad de replegarse para salvar algo o de contragolpear. Muchos militantes sabían que les esperaba la derrota y la muerte pero no podían abandonar la lucha. Pesaba el compromiso con los fusilados en la calle, con los reventados en la tortura. Cada congreso concluía con una escisión que se unía temporalmente a la fracción de otro grupo hasta que –como la fisión del átomo– una nueva fractura expulsaba partes cada vez más pequeñas.
La creación del foco rural seguía siendo la principal convicción de Lamarca. Ni siquiera participó en el congreso de la nueva vpr. Nombró a Iara como representante, se liberó del encierro paulista y se fue a montar una base para la formación de cuadros político-militares en el Valle de Ribeira, al sur del estado de San Pablo.
En enero de 1970 Iara se incorporó al campamento. Lamarca comandaba el grupo con sólida disciplina. Durante el día, largas prácticas de entrenamiento; en la noche, lectura de textos políticos y balance de los compromisos personales. Dormían a la intemperie en hamacas de nailon agrupadas en círculo. Enloquecidos por los mosquitos, todos tenían la cara deformada. El almuerzo, arroz y frijoles si había, era de madrugada, único momento en que el humo podía confundirse con la neblina.
Iara tenía los pies destrozados. Tropezaba y caía. Lamarca se cuidaba de no marchar a su lado pero la protegía con la mirada. “Todo fue conflictivo para ella. En mi opinión no tuvo ninguna satisfacción en Ribeira”, testimonió Herbert Daniel, militante de la vpr con quien compartió la experiencia. Se esforzaba por estar a la altura del comandante, nunca se quejaba, pero sentía, y sufría, el rechazo del grupo. La acusaban de entorpecer el trabajo colectivo demorando las marchas, le señalaban incontables debilidades y errores. Un guerrillero se sinceró en secreto con Daniel: “Es aburrida, posesiva, floja. Y además huele mal”. Muchos años después, Daniel interpretó el hecho de una manera que nadie hubiera admitido en aquella época: “Su ‘mal olor’ era el olor de la carne”. Ella y otra compañera, únicas mujeres en una sociedad masculina, perturbaban sexualmente.
Después de grandes padecimientos, Iara encontró la oportunidad de contarle a Lamarca que tenía náuseas y sangrados vaginales. Un estudiante de medicina concluyó que estaba embarazada. Abandonó el campamento. Su etapa de guerrillera rural había durado exactamente dos meses.
La recuperación física después de Ribeira no fue fácil. Pálida, delgada, la inflamación de las piernas no cedía. Un médico le diagnosticó hipotiroidismo. La enfermedad, no la soñada gravidez, causaban el sangrado y la inflamación. Vivía encerrada en locales, pendiente de los informativos que todas las noches daban cuenta de las caídas de la organización. La vpr perdía sus mejores cuadros.
Las detenciones arrojaron información sobre la existencia y ubicación de la base de Ribeira. El ejército envió 1.500 soldados para aniquilar el foco guerrillero. Lamarca ordenó desmontar el campo. Nueve hombres quedaron en el valle. Al cabo de cuarenta días de marcha, vadeando ríos, atravesando pantanos, bajo los bombardeos y el asedio de helicópteros, lograron romper el cerco. Enfrentaron una patrulla, capturaron un camión militar e hicieron prisioneros. Sirviéndose de los uniformes que les robaron, los rebeldes burlaron los controles. Un puñado de hombres mal armados y hambrientos, resueltos al combate, se imponía a un ejército armado a guerra.
“La guerrilla es viable”, declaró Lamarca en un reportaje que dio en la clandestinidad, después de Ribeira. La realidad al menos ponía en tela de juicio la afirmación. Los efectos del “milagro económico” y la euforia por el triunfo en el Mundial de 1970 disminuyeron el impacto de la política represiva. Las campañas oficiales, que tanto amenazaban como inyectaban entusiasmo a la nación –“Brasil, ámelo o déjelo”, “Brasil, cuente conmigo”–, encontraban eco en la clase media y aun en sectores populares.
Algunos compañeros propusieron sacar a Lamarca del país. Se negó: “El exilio es el cementerio de la ideología. No me veo en el exterior, esperando la amnistía que me permita volver. El perdón es para la madre de ellos, no para nosotros”. Nuevas caídas lo obligaron a abandonar de urgencia el local donde se escondía. Sin cobertura, deambuló toda la noche hasta que dio con la casa refugio de Iara. La situación revelaba la extrema fragilidad de la organización: la vpr secuestraba embajadores para canjearlos por los guerrilleros presos, pero su dirigente, el hombre más buscado de Brasil, pasaba la noche en la calle.
Iara también eligió quedarse, aunque fuera para morir. La lucha de Lamarca era la suya. En marzo de 1971 abandonaron la vpr y se integraron al Movimiento Revolucionario 8 de Octubre (mr-8). Volverían al campo, a crear el foco rural. En junio Lamarca se instaló en Buriti Cristalino, un lugar perdido del sertão bahiano. Iara partió a Salvador.
Todos los compañeros que la conocieron dan testimonio de su obsesión por tener un hijo. Aun en la clandestinidad visitaba médicos, consultaba tratamientos. Se sentía embarazada. El triunfo de la revolución les permitiría vivir juntos en granjas colectivas, donde el niño, el “Mini” como lo llamaban, crecería con los hijos de los campesinos.

Cerco y muerte

Solange Lourenço Gomes irrumpió en una comisaría de Salvador al grito de “Soy una subversiva”. Temblorosa, la mirada perdida, balbuceaba insistiendo en la autoacusación. Perplejos, los policías optaron por mandarla a interrogar. No mentía. Formaba parte de la dirección del mr-8 en Salvador. Habló hasta cansarse. En pocas horas la represión tuvo una idea exacta de la integración del mr-8 en Bahía. También denunció al marido y presenció, apática, su interrogatorio y tortura.
En agosto Zé Carlos y César Benjamin, militantes del mr-8, hicieron contacto en una esquina del centro de Salvador. El primero conocía la zona de Buriti Cristalino, de donde venía trayendo cartas de Lamarca. El segundo era responsable de ubicar a Iara en un lugar seguro y de entregarle la preciada correspondencia. Fueron emboscados en la calle. A Zé Carlos lo detuvieron; César pudo escapar pero en su camioneta quedó un material invaluable: las cartas de Lamarca, redactadas bajo la forma de diario personal.
Iara pasó a vivir con una pareja de militantes. Aunque los organismos de inteligencia ignoraban su presencia en la ciudad, la casa estaba bajo vigilancia pues la pareja estaba entre los denunciados por Solange.
La madrugada del 20 de agosto una lluvia de disparos y el asfixiante olor de las bombas lacrimógenas despertaron a los habitantes del edificio Santa Teresita, en Pituba, un barrio acomodado de Salvador. El coronel Luiz Arthur de Carvalho dirigía el operativo de cerco a la vivienda: “¡Los del 201, entréguense!”, gritó megáfono en mano.
Los uniformados detuvieron a los dos militantes que vivían con ella y entraron al departamento. Lo encontraron vacío. Por el balcón del fondo, Iara había alcanzado la casa vecina. Acurrucada en el cuarto de servicio, con un 38, esperaba lo que viniera. Después de montar una ratonera en el 201, dejaron salir a los vecinos. Ya en la calle un niño pidió permiso para subir a buscar unos cuadernos. Cuando entró a su dormitorio vio a una mujer joven que se incorporaba pidiéndole silencio. Sólo el dedo índice sobre los labios. Quizás algún otro gesto reforzó la muda súplica de complicidad. Los ojos inmensos y congestionados, el silbido del pecho asmático… Asustado, el niño retrocedió, cerró la puerta y la trancó por fuera. Lo último que escuchó en la desesperada carrera por ganar la salida del edificio fue el inútil forcejeo de la mujer para vencer la resistencia de la puerta que acababa de convertirse en una lápida.
Lo que siguió es oscuro, enigmático. El comunicado oficial dice que Iara se pegó un tiro en el pecho. La cargaron todavía con vida en la camioneta de un vecino. Murió camino al hospital. En el auto quedaron manchas de sangre y una sandalia.
En poder del diario de Lamarca y con las informaciones que, por cuentagotas, iban arrancándole a Zé Carlos, los militares mapearon la región y montaron el cerco. Destrozado, Zé Carlos los oyó preparar, eufóricos, el operativo. Querían capturar al capitán el 25 de agosto, Día del Soldado, y exponer el cuerpo en el Regimiento de Quitaúna.
La madrugada del 28, unos cuarenta hombres armados con metralletas entraron en Buriti Cristalino y transformaron al pueblo en sitio de horror: torturaron campesinos, fusilaron animales, destruyeron viviendas. “¿Dónde está?”, rugían.
Olderico Barreto disparó su arma cuando oyó la orden de salir del caserío. Quizá los tiros advirtieran a su hermano Zequinha y a Lamarca, que estaban en el campamento. Así fue. Los dos lograron salir de la base y marcharon, la noche entera, guiados por el baqueano Zequinha.
Diez días después llegaron a la propiedad de un primo de Zequinha que, tras darles cobijo, voló a denunciarlos para ganarse la recompensa ofrecida al que entregara a los “terroristas”. Una niña, que vio partir al delator, les dio la alarma. Caminaron días y noches hasta que desembocaron en la caatinga, el desierto brasileño, campo abierto, suelo raso y espinoso. Lamarca no podía tenerse en pie. Unos campesinos los vieron avanzar casi arrastrándose. Parecían dos espectros. Zequinha cargaba sobre la espalda al esquelético capitán. Lamarca ordenando que lo dejara, que al menos uno tenía que salvarse; Zequinha negándose, que el que es amigo en la vida lo es también en la muerte.
El 17 de setiembre llegaron a un pueblo cuyo nombre no figura en los mapas. Alguien sospechó de esos dos desarrapados, tendidos bajo un árbol. Inmediatamente se puso en marcha la cadena de pequeñas delaciones en la que cada uno puso lo suyo, buscando protagonismo en la entrega.
“Capitán, están aquí”, gritó Zequinha cuando los vio llegar. Lamarca trató de incorporarse e instintivamente buscó el 38. Las ráfagas de metralleta lo sacudieron. Después, tres tiros en el pecho y el último, a quemarropa, en el corazón. Zequinha corrió, los insultó, se defendió a pedradas. Murió gritando “Abajo la dictadura”. Los cadáveres fueron llevados a Brotas de Macaúbas. Arrastrados por la calle, quedaron en exposición en una cancha de fútbol. Los soldados se divertían pateándolos. Cada tanto se detenían para dar vivas y disparar al aire y retomaban el juego.

Último combate

La dictadura ocultó la muerte de Iara más de un mes. Dicen que congelaron el cadáver con la intención de atraer a Lamarca. En setiembre, los Iavelberg recibieron una llamada anónima informándoles del hecho. Al día siguiente la televisión confirmó la noticia: Iara se había suicidado el 20 de agosto, nadie se había interesado en reclamar el cuerpo.
La llevaron al cementerio israelita de San Pablo. Siguiendo la tradición judía que consideraba el suicidio como un crimen contra Dios y contra el hombre, la enterraron con deshonra, de espaldas al resto de las sepulturas, contra el muro exterior.
En 1996, los tres hermanos Iavelberg pidieron a la comisión administradora del cementerio autorización para exhumar el cuerpo. Buscaban probar que Iara había sido asesinada. La sociedad administradora del cementerio rechazó el pedido. Casi diez años después, la Comisión Especial de Muertos y Desaparecidos Políticos aprobó por unanimidad la responsabilidad del Estado en los hechos. Aunque no pudieron llegar a una conclusión definitiva sobre las circunstancias de su muerte, consideraron que había sido un suicidio forzado. En 2005, el cuerpo de Iara salió del ala reservada a los suicidas y fue enterrado en el panteón familiar.

* El presente relato se basa en las investigaciones de Judith Patarra Lieblich, Iara, reportagem biográfica (Rio de Janeiro, Rosa dos Tempos, 1993), de Emiliano José y Oldack de Miranda, Lamarca. O capitão da guerrilla (San Pablo, Global Editora, 2000), y de Jacob Gorender Combate nas trevas. A esquerda brasilera: das ilusões perdidas á luta armada (San Pablo, Editora Ática, 1987).
 
PORTADA PERFILES