| Perfiles - rodelu.net |
31 de octubre de 2006
|
Brecha
de Uruguay - 29 de octubre de 2006
Brasil
Vida y muertes de Iara Iavelberg
Psicóloga, militante, cinéfila, judía y feminista, Iara
fue el gran amor del capitán Carlos Lamarca, leyenda de la
guerrilla brasileña. Hizo suyo el compromiso de una generación
revolucionaria y se distinguió de ella por la pasión con la
que reivindicó la libertad personal y la tolerancia.
Virginia Martínez
Desde siempre los Iavelberg y los Roth se
profesaron desprecio mutuo. Los primeros eran rumanos de
Besarabia y no ocultaban su origen campesino; los Roth
exhibían con orgullo la condición de ciudadanos de Budapest,
el centro cultural del imperio austro-húngaro. Unos y otros
murieron en los campos de concentración nazis y los pocos que
pudieron escapar llegaron muertos de miedo y de hambre a
Brasil.* Iara (1944-1971) nació en San Pablo y fue la
primera de los cuatro hijos del matrimonio Iavelberg-Roth.
Inteligente, seductora y caprichosa, sobresalió en la Escuela
Israelita de Cambuci por la sociabilidad y el buen rendimiento
escolar. A los 16 años se casó con Samuel Haberkorn, un
brillante estudiante de medicina. Amplio y blanco traje de
novia, tocado, velo y guantes, imposible imaginar algo más
tradicional que la ceremonia que unió a aquella adolescente,
casi niña, con el joven de 22 años cuyos padres soñaban un
mejor partido para él. La luna de miel fue brevísima pues al
inminente médico lo ocupaban las prácticas y el internado.
Absorbido por la profesión, no dormía en casa más de dos o
tres noches a la semana. Tres meses después de casada, en
visita a los padres, Iara les confesó llorando que aún era
virgen. En 1961 se inscribió en el bachillerato
científico. Estudiaba mucho, enfrentaba a los profesores y se
negaba a usar uniforme porque era una “señora casada”. El
ingreso a la Facultad de Psicología amplió su horizonte
cultural y el de los Iavelberg: Iara llevó a su casa la
literatura, la música y conquistó a los hermanos menores para
la pasión del cine y el teatro. Aunque Brasil se
estremecía con las luchas políticas y sociales, a ella sólo le
preocupaba vestirse bien, tomar sol, ir al cine y tener
romances. Si Samuel la ignoraba, el universo masculino de la
facultad se rendía a sus encantos. Apasionada y provocativa,
decía a quien quisiera oírla que el sexo no tenía necesidad de
amor.
Amor y revolución El 31 de marzo de 1964 un
golpe de Estado derrocó al presidente João Goulart.
Empresarios, propietarios de los medios de comunicación,
latifundistas y la jerarquía de la Iglesia Católica
aplaudieron a la salvadora Revolución de Marzo, que vino a
ahogar la amenaza izquierdista. Con Iara ocurrió lo que
con cientos de jóvenes universitarios de la época: la
radicalización. De la indiferencia pasó al cuestionamiento. La
asaltó la interpelación del sabio Hillel, que le habían
enseñado las maestras de la escuela judía: “Si no soy yo,
¿quién? Si no es ahora, ¿cuándo?”. Una parte de la
izquierda brasileña criticaba el “teoricismo” y la
“conciliación de clases” del Partido Comunista, el Partidão,
como se le llamaba. Había que romper con el reformismo y
sumarse a la lucha armada, única vía de resistencia a la
dictadura y de transformación de la sociedad. Una de las
primeras organizaciones nacida como alternativa al pcb fue
Política Operária (Polop), fundada por intelectuales entre los
que estaban los hermanos Emir y Eder Sader, Theotônio dos
Santos y Ruy Mauro Marini. En 1965 Iara entró a la célula
clandestina de Polop que funcionaba en Psicología. El resto
ocurrió casi simultáneamente. Se separó, inició una terapia y
comenzó a dar clases en la facultad. Todo era materia de
discusión: la moral burguesa, la virginidad, el amor. Sus
cursos fueron un éxito. Cumplía con las tareas militantes pero
se aburría soberanamente en las reuniones políticas. Para Eder
Sader era una mujer inteligente aunque con una débil formación
teórica que le impedía destacarse en discusiones que siempre
tenían fuerte carácter ideológico: “Insumisa, faltaba a las
reuniones por motivos que años después yo consideraría
saludables. Su rica existencia no podía ser contenida dentro
de un grupo tan restringido y centralizador”. La
criticaban por sus gustos e ideas; también por la forma de
hablar y porque dedicaba tiempo al arreglo personal. Fanática
de Geraldo Vandré, Bob Dylan, los Beatles y Roberto Carlos, le
encantaba el cine de Godard, el de Resnais y el Cinema Novo e
inició a sus compañeras en el feminismo y la obra de Simone de
Beauvoir. Nunca se plegó a lo que llamaba el “paupérrimo
racionalismo” de los militantes, que subestimaba lo individual
y lo subjetivo: “Una perversión frecuente en la militancia es
la de reprimir la afectividad. No se puede. Los afectos se
mezclan en todo, impregnan lo político. Creer que basta sólo
con combatir es el colmo del voluntarismo. Yo me siento como
una marciana insistiendo en el valor de la vida íntima y de
las confidencias”. En 1966 conoció al presidente de la
Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad
Católica de San Pablo. José Dirceu ya era un militante de
tiempo completo que dominaba las asambleas y el arte de los
acuerdos políticos. La relación fue corta y borrascosa. Aunque
también Dirceu se sintió atraído por su gesto seductor, supo
descubrir la fragilidad escondida en Iara, atormentada por
saberse estéril, por haber perdido el olfato y por el asma que
intentaba disimular. En 1967 tuvo lugar el IV Congreso de
Polop. A las mujeres les encargaron las tareas de
“infraestructura”: compras y cocina. Iara protestó y agregó
con picardía: “Bien digo yo que al final una sólo puede
enterarse de las cosas en la cama”. Discutieron sobre el
carácter y los métodos de lucha de la revolución brasileña.
Las decisiones de la olas ganaron a un sector que se escindió
y junto a militantes de otras organizaciones crearon la
Vanguardia Popular Revolucionaria (vpr). Con grandes dudas,
Iara se integró a la vpr.Atreverse a luchar, atreverse
a vencer El 23 de enero de 1969, en un terreno baldío de las
afueras de San Pablo, un grupo de jóvenes pintaba un viejo
camión como los que usaba el ejército. El movimiento llamó la
atención de un niño. El inocente gesto desencadenó una
sucesión de hechos que, con la concatenación perfecta que rige
la mala suerte, terminó en desastre. Al ver acercarse al
pequeño curioso, uno de los pintores perdió la calma y le dio
una cachetada. El niño corrió llorando a contarle a la madre y
ésta, a la comisaría. Un policía llegó al lugar con intención
más de intimidar que de otra cosa pero le sorprendió el color
que cubría el vehículo: verde oliva. Sospechó y por las dudas
se retiró a pedir refuerzos. Los jóvenes fueron detenidos.
Durante dos días mantuvieron la fábula de que eran
contrabandistas. Al tercero les arrancaron la verdad. El
ejército acababa de descubrir un audaz plan de la guerrilla
para hacerse del armamento del Regimiento de Infantería número
4 de Quitaúna. La vpr pensaba alzarse con 60 fusiles
automáticos, 360 fusiles fal, decenas de ametralladoras, armas
cortas y municiones. La caída de los militantes puso al
capitán Carlos Lamarca y al sargento Darci Rodrigues del
Regimiento de Quitaúna, cómplices del operativo, en la
disyuntiva de pasar inmediatamente a la clandestinidad o de
arriesgarse volviendo antes al cuartel para llevarse las armas
que pudieran reunir. Eligieron la segunda opción. Campeón
de tiro y militar ejemplar, Lamarca contaba con el aprecio de
superiores y subalternos. Casado, con dos hijos, hablaba poco,
no se lo veía en el casino de oficiales ni se le conocían
opiniones políticas. Tan intachable era que, días antes de
desertar, su superior le confió el adiestramiento de un grupo
de empleadas del banco Bradesco. La revista Manchete publicó
un reportaje fotográfico a todo color en el que el capitán
aparece entrenando a las bancarias para defenderse de los cada
vez más frecuentes asaltos de grupos armados… Sin embargo,
el proceso que lo llevó a desertar y que lo convertiría en
mito de la guerrilla brasileña tenía su historia. Desde 1962
recibía propaganda clandestina del Partido Comunista,
estudiaba textos marxistas y se había convencido de la
necesidad de la lucha armada. La idea había madurado tanto
como para hablarla con María, su mujer, a quien, seguro de las
represalias, le pidió que dejara Brasil. La Navidad de 1968
fue la última reunión familiar. Días después, María y los
niños viajaron a Cuba. El ex sargento Onofre Pinto,
comandante de la vpr y principal contacto de Lamarca, le
aseguraba que había condiciones para instalar un foco rural.
De ahí el robo de las armas. Al salir del cuartel, Lamarca
descubrió que el área para la creación del soñado foco no
existía y la vpr estaba siendo agujereada por la represión.
Iara también tuvo que pasar a la clandestinidad. A partir
de ese momento fue Rita, Celia, Claudia, Tania. Aprendió a
tirar, hizo relevamientos para acciones armadas, distribuyó
materiales de propaganda y sobre todo se asfixió en las largas
horas de encierro que le impuso la vida clandestina. Iara
no había estado de acuerdo con la operación de Quitaúna: “Es
una locura salir ahora. No tenemos estructura. ¿Dónde vamos a
guardar un camión lleno de armamento? Y además, con eso no
alcanza para empezar ningún foco”. Tenía razón. Aun habiendo
obtenido sólo un pequeño arsenal, la caída de locales seguros
obligó a la vpr a entregar temporalmente las armas a la Acción
Libertadora Nacional (aln) que dirigía Carlos Marighella. Por
otro lado, lejos de abrir el foco rural, Lamarca tuvo que
encerrarse en una casa. Hacía gimnasia, estudiaba marxismo,
aprendía francés. La rutina se parecía a la de un prisionero.
En esas circunstancias conoció a Iara. Al principio la
relación fue de camaradas. Discutían de política, del
movimiento estudiantil en Colombia, de la guerrilla tupamara,
de la realidad nacional. Iara también hablaba de Freud. El
miedo a enfrentar lo desconocido que anida en cada uno de
nosotros era el motivo por el que la gente rechazaba la
terapia psicoanalítica: “Preferimos vivir con las miserias
habituales”, decía. Después, violando las reglas de seguridad
que obligaban a saber lo mínimo imprescindible del otro,
llegaron las confidencias. Él se desahogó contándole cuánto
extrañaba a los hijos y le habló del temor de no volver a
verlos. Ella, del desconsuelo de la esterilidad. Una tarde,
mientras Iara preparaba un café, el capitán la tomó por la
cintura y la abrazó. Se besaron con dolorosa intensidad.
“Disculpe, compañera, no sé qué me pasó. Fue un acto de
debilidad”, se castigó Lamarca, apartándose. La relación lo
enfrentaba a un problema de conciencia: amaba a Iara pero no
quería traicionar a María. La había despedido con la certeza
de que en cinco años, el tiempo que les llevaría forjar el
triunfo, volverían a estar juntos. Iara alegó que la
clandestinidad tenía referencias y códigos distintos a los de
la vida normal. Era otra vida. Las personas precisaban amar,
recibir cariño y eso no hacía más que fortalecer el espíritu
de lucha. Aunque lo ocultaba, temía que finalmente la culpa se
impusiera al amor y por eso, cada tanto, le susurraba: “¿Estás
pensando en cambiar de idea?”. La vpr censuró ese vínculo
que se apartaba de la “moral revolucionaria”. Para colmo, a
Iara la precedía la fama de seductora y liberal. Hubo también
argumentos de orden político. Tarde o temprano la represión
iba a enterarse y no dudaría en usar el hecho: Lamarca, además
de traidor, era un libertino que coleccionaba amantes.
Resistiendo las críticas, decidieron vivir juntos en las
condiciones y en los tiempos que el compromiso político les
permitiera. Tres meses después de dejar el cuartel, Lamarca
participó en su primera acción armada: el asalto simultáneo a
los bancos Itaú y Mercantil. Debía proteger a los militantes
que salían cargando el dinero. Parado en la esquina vio que un
policía apuntaba a un compañero. Disparó desde una distancia
de 30 metros. El policía fue alcanzado por el impacto y antes
de caer logró darse vuelta con tal mala fortuna que un segundo
tiro le destrozó la cara. Lamarca cruzó al medio de la
avenida, la ametralladora atravesándole el pecho, y detuvo el
tránsito disparando ráfagas al aire hasta que todos los
compañeros subieron al auto que los sacó del lugar. Iara lo
vio regresar al local abrumado por la ejecución: “No tuve
alternativa. Es mi primera muerte. Fue una tragedia. Porque el
don mayor que uno tiene es la vida. Por eso es un crimen
explotar al hombre, hacerlo trabajar como animal para que
otros vivan como reyes”. Después del asalto, la prensa le
atribuyó todas las acciones de la vpr. La foto de Lamarca
tapizaba las comisarías y las oficinas públicas. Decidió
hacerse una cirugía plástica en la clínica de médicos
simpatizantes de la guerrilla. Una semana después el médico le
quitó el yeso y le sacó algunos puntos. Le dio cita para una
segunda consulta pero Lamarca nunca más volvió. Iara lo cuidó
dándole alimentos líquidos, mimándolo e interpretando sus
gruñidos y señas, pues casi no podía hablar. “Eres el más
lindo de todos los Frankensteins”, le decía, disimulando el
impacto que provocaba ese rostro surcado por costuras y
cicatrices.Valle de Ribeira El terror que marcó los
primeros años de la dictadura brasileña se asentó en una vasta
arquitectura legal: las ideas centrales de la doctrina de la
seguridad nacional relucían en los actos institucionales y en
leyes que periódicamente aprobaba el gobierno. Se suprimió el
hábeas corpus, se instaló la pena de muerte y otras medidas
que dejaron al país prácticamente en estado de sitio.
Amparados en esa cobertura, los organismos de represión se
lanzaron a la caza del “enemigo interno”. En julio de
1969, financiada por empresarios brasileños y por
multinacionales como la Ford y la General Motors, se creó la
Operación Bandeirantes. En ella trabajaban sin interrupción
los hombres de inteligencia de las tres armas y del dops, la
policía política, coordinando allanamientos, detenciones,
torturas e interrogatorios sin plazo. Acorraladas, las
organizaciones guerrilleras se empantanaban en discusiones
sobre táctica y estrategia, sobre la necesidad de replegarse
para salvar algo o de contragolpear. Muchos militantes sabían
que les esperaba la derrota y la muerte pero no podían
abandonar la lucha. Pesaba el compromiso con los fusilados en
la calle, con los reventados en la tortura. Cada congreso
concluía con una escisión que se unía temporalmente a la
fracción de otro grupo hasta que –como la fisión del átomo–
una nueva fractura expulsaba partes cada vez más pequeñas.
La creación del foco rural seguía siendo la principal
convicción de Lamarca. Ni siquiera participó en el congreso de
la nueva vpr. Nombró a Iara como representante, se liberó del
encierro paulista y se fue a montar una base para la formación
de cuadros político-militares en el Valle de Ribeira, al sur
del estado de San Pablo. En enero de 1970 Iara se incorporó
al campamento. Lamarca comandaba el grupo con sólida
disciplina. Durante el día, largas prácticas de entrenamiento;
en la noche, lectura de textos políticos y balance de los
compromisos personales. Dormían a la intemperie en hamacas de
nailon agrupadas en círculo. Enloquecidos por los mosquitos,
todos tenían la cara deformada. El almuerzo, arroz y frijoles
si había, era de madrugada, único momento en que el humo podía
confundirse con la neblina. Iara tenía los pies
destrozados. Tropezaba y caía. Lamarca se cuidaba de no
marchar a su lado pero la protegía con la mirada. “Todo fue
conflictivo para ella. En mi opinión no tuvo ninguna
satisfacción en Ribeira”, testimonió Herbert Daniel, militante
de la vpr con quien compartió la experiencia. Se esforzaba por
estar a la altura del comandante, nunca se quejaba, pero
sentía, y sufría, el rechazo del grupo. La acusaban de
entorpecer el trabajo colectivo demorando las marchas, le
señalaban incontables debilidades y errores. Un guerrillero se
sinceró en secreto con Daniel: “Es aburrida, posesiva, floja.
Y además huele mal”. Muchos años después, Daniel interpretó el
hecho de una manera que nadie hubiera admitido en aquella
época: “Su ‘mal olor’ era el olor de la carne”. Ella y otra
compañera, únicas mujeres en una sociedad masculina,
perturbaban sexualmente. Después de grandes padecimientos,
Iara encontró la oportunidad de contarle a Lamarca que tenía
náuseas y sangrados vaginales. Un estudiante de medicina
concluyó que estaba embarazada. Abandonó el campamento. Su
etapa de guerrillera rural había durado exactamente dos
meses. La recuperación física después de Ribeira no fue
fácil. Pálida, delgada, la inflamación de las piernas no
cedía. Un médico le diagnosticó hipotiroidismo. La enfermedad,
no la soñada gravidez, causaban el sangrado y la inflamación.
Vivía encerrada en locales, pendiente de los informativos que
todas las noches daban cuenta de las caídas de la
organización. La vpr perdía sus mejores cuadros. Las
detenciones arrojaron información sobre la existencia y
ubicación de la base de Ribeira. El ejército envió 1.500
soldados para aniquilar el foco guerrillero. Lamarca ordenó
desmontar el campo. Nueve hombres quedaron en el valle. Al
cabo de cuarenta días de marcha, vadeando ríos, atravesando
pantanos, bajo los bombardeos y el asedio de helicópteros,
lograron romper el cerco. Enfrentaron una patrulla, capturaron
un camión militar e hicieron prisioneros. Sirviéndose de los
uniformes que les robaron, los rebeldes burlaron los
controles. Un puñado de hombres mal armados y hambrientos,
resueltos al combate, se imponía a un ejército armado a
guerra. “La guerrilla es viable”, declaró Lamarca en un
reportaje que dio en la clandestinidad, después de Ribeira. La
realidad al menos ponía en tela de juicio la afirmación. Los
efectos del “milagro económico” y la euforia por el triunfo en
el Mundial de 1970 disminuyeron el impacto de la política
represiva. Las campañas oficiales, que tanto amenazaban como
inyectaban entusiasmo a la nación –“Brasil, ámelo o déjelo”,
“Brasil, cuente conmigo”–, encontraban eco en la clase media y
aun en sectores populares. Algunos compañeros propusieron
sacar a Lamarca del país. Se negó: “El exilio es el cementerio
de la ideología. No me veo en el exterior, esperando la
amnistía que me permita volver. El perdón es para la madre de
ellos, no para nosotros”. Nuevas caídas lo obligaron a
abandonar de urgencia el local donde se escondía. Sin
cobertura, deambuló toda la noche hasta que dio con la casa
refugio de Iara. La situación revelaba la extrema fragilidad
de la organización: la vpr secuestraba embajadores para
canjearlos por los guerrilleros presos, pero su dirigente, el
hombre más buscado de Brasil, pasaba la noche en la calle.
Iara también eligió quedarse, aunque fuera para morir. La
lucha de Lamarca era la suya. En marzo de 1971 abandonaron la
vpr y se integraron al Movimiento Revolucionario 8 de Octubre
(mr-8). Volverían al campo, a crear el foco rural. En junio
Lamarca se instaló en Buriti Cristalino, un lugar perdido del
sertão bahiano. Iara partió a Salvador. Todos los
compañeros que la conocieron dan testimonio de su obsesión por
tener un hijo. Aun en la clandestinidad visitaba médicos,
consultaba tratamientos. Se sentía embarazada. El triunfo de
la revolución les permitiría vivir juntos en granjas
colectivas, donde el niño, el “Mini” como lo llamaban,
crecería con los hijos de los campesinos.Cerco y
muerte Solange Lourenço Gomes irrumpió en una comisaría de
Salvador al grito de “Soy una subversiva”. Temblorosa, la
mirada perdida, balbuceaba insistiendo en la autoacusación.
Perplejos, los policías optaron por mandarla a interrogar. No
mentía. Formaba parte de la dirección del mr-8 en Salvador.
Habló hasta cansarse. En pocas horas la represión tuvo una
idea exacta de la integración del mr-8 en Bahía. También
denunció al marido y presenció, apática, su interrogatorio y
tortura. En agosto Zé Carlos y César Benjamin, militantes
del mr-8, hicieron contacto en una esquina del centro de
Salvador. El primero conocía la zona de Buriti Cristalino, de
donde venía trayendo cartas de Lamarca. El segundo era
responsable de ubicar a Iara en un lugar seguro y de
entregarle la preciada correspondencia. Fueron emboscados en
la calle. A Zé Carlos lo detuvieron; César pudo escapar pero
en su camioneta quedó un material invaluable: las cartas de
Lamarca, redactadas bajo la forma de diario personal. Iara
pasó a vivir con una pareja de militantes. Aunque los
organismos de inteligencia ignoraban su presencia en la
ciudad, la casa estaba bajo vigilancia pues la pareja estaba
entre los denunciados por Solange. La madrugada del 20 de
agosto una lluvia de disparos y el asfixiante olor de las
bombas lacrimógenas despertaron a los habitantes del edificio
Santa Teresita, en Pituba, un barrio acomodado de Salvador. El
coronel Luiz Arthur de Carvalho dirigía el operativo de cerco
a la vivienda: “¡Los del 201, entréguense!”, gritó megáfono en
mano. Los uniformados detuvieron a los dos militantes que
vivían con ella y entraron al departamento. Lo encontraron
vacío. Por el balcón del fondo, Iara había alcanzado la casa
vecina. Acurrucada en el cuarto de servicio, con un 38,
esperaba lo que viniera. Después de montar una ratonera en el
201, dejaron salir a los vecinos. Ya en la calle un niño pidió
permiso para subir a buscar unos cuadernos. Cuando entró a su
dormitorio vio a una mujer joven que se incorporaba pidiéndole
silencio. Sólo el dedo índice sobre los labios. Quizás algún
otro gesto reforzó la muda súplica de complicidad. Los ojos
inmensos y congestionados, el silbido del pecho asmático…
Asustado, el niño retrocedió, cerró la puerta y la trancó por
fuera. Lo último que escuchó en la desesperada carrera por
ganar la salida del edificio fue el inútil forcejeo de la
mujer para vencer la resistencia de la puerta que acababa de
convertirse en una lápida. Lo que siguió es oscuro,
enigmático. El comunicado oficial dice que Iara se pegó un
tiro en el pecho. La cargaron todavía con vida en la camioneta
de un vecino. Murió camino al hospital. En el auto quedaron
manchas de sangre y una sandalia. En poder del diario de
Lamarca y con las informaciones que, por cuentagotas, iban
arrancándole a Zé Carlos, los militares mapearon la región y
montaron el cerco. Destrozado, Zé Carlos los oyó preparar,
eufóricos, el operativo. Querían capturar al capitán el 25 de
agosto, Día del Soldado, y exponer el cuerpo en el Regimiento
de Quitaúna. La madrugada del 28, unos cuarenta hombres
armados con metralletas entraron en Buriti Cristalino y
transformaron al pueblo en sitio de horror: torturaron
campesinos, fusilaron animales, destruyeron viviendas. “¿Dónde
está?”, rugían. Olderico Barreto disparó su arma cuando oyó
la orden de salir del caserío. Quizá los tiros advirtieran a
su hermano Zequinha y a Lamarca, que estaban en el campamento.
Así fue. Los dos lograron salir de la base y marcharon, la
noche entera, guiados por el baqueano Zequinha. Diez días
después llegaron a la propiedad de un primo de Zequinha que,
tras darles cobijo, voló a denunciarlos para ganarse la
recompensa ofrecida al que entregara a los “terroristas”. Una
niña, que vio partir al delator, les dio la alarma. Caminaron
días y noches hasta que desembocaron en la caatinga, el
desierto brasileño, campo abierto, suelo raso y espinoso.
Lamarca no podía tenerse en pie. Unos campesinos los vieron
avanzar casi arrastrándose. Parecían dos espectros. Zequinha
cargaba sobre la espalda al esquelético capitán. Lamarca
ordenando que lo dejara, que al menos uno tenía que salvarse;
Zequinha negándose, que el que es amigo en la vida lo es
también en la muerte. El 17 de setiembre llegaron a un
pueblo cuyo nombre no figura en los mapas. Alguien sospechó de
esos dos desarrapados, tendidos bajo un árbol. Inmediatamente
se puso en marcha la cadena de pequeñas delaciones en la que
cada uno puso lo suyo, buscando protagonismo en la entrega.
“Capitán, están aquí”, gritó Zequinha cuando los vio
llegar. Lamarca trató de incorporarse e instintivamente buscó
el 38. Las ráfagas de metralleta lo sacudieron. Después, tres
tiros en el pecho y el último, a quemarropa, en el corazón.
Zequinha corrió, los insultó, se defendió a pedradas. Murió
gritando “Abajo la dictadura”. Los cadáveres fueron llevados a
Brotas de Macaúbas. Arrastrados por la calle, quedaron en
exposición en una cancha de fútbol. Los soldados se divertían
pateándolos. Cada tanto se detenían para dar vivas y disparar
al aire y retomaban el juego.Último combate La
dictadura ocultó la muerte de Iara más de un mes. Dicen que
congelaron el cadáver con la intención de atraer a Lamarca. En
setiembre, los Iavelberg recibieron una llamada anónima
informándoles del hecho. Al día siguiente la televisión
confirmó la noticia: Iara se había suicidado el 20 de agosto,
nadie se había interesado en reclamar el cuerpo. La
llevaron al cementerio israelita de San Pablo. Siguiendo la
tradición judía que consideraba el suicidio como un crimen
contra Dios y contra el hombre, la enterraron con deshonra, de
espaldas al resto de las sepulturas, contra el muro
exterior. En 1996, los tres hermanos Iavelberg pidieron a
la comisión administradora del cementerio autorización para
exhumar el cuerpo. Buscaban probar que Iara había sido
asesinada. La sociedad administradora del cementerio rechazó
el pedido. Casi diez años después, la Comisión Especial de
Muertos y Desaparecidos Políticos aprobó por unanimidad la
responsabilidad del Estado en los hechos. Aunque no pudieron
llegar a una conclusión definitiva sobre las circunstancias de
su muerte, consideraron que había sido un suicidio forzado. En
2005, el cuerpo de Iara salió del ala reservada a los suicidas
y fue enterrado en el panteón familiar.
* El presente
relato se basa en las investigaciones de Judith Patarra
Lieblich, Iara, reportagem biográfica (Rio de Janeiro, Rosa
dos Tempos, 1993), de Emiliano José y Oldack de Miranda,
Lamarca. O capitão da guerrilla (San Pablo, Global Editora,
2000), y de Jacob Gorender Combate nas trevas. A esquerda
brasilera: das ilusões perdidas á luta armada (San Pablo,
Editora Ática, 1987).
|